Capítulo 10
—En este caso el vecino más próximo está a cien metros a la derecha y a la izquierda está la calle porque, como has podido comprobar, la propiedad hace esquina —Lily se ajusta las gafas mientras da varios pasos hacia una de las habitaciones—.
Esta es la más optimizada para usarla como despacho.
Mucha luz natural, buena acústica y al otro lado la suite principal para que no sientas que trabajas donde duermes.
Pontia aún no se acostumbra a esa Lily Porter profesional que no pierde el ritmo de la explicación, no tartamudea y parece conocer los datos exactos de las casas que muestra.
Llevaban dos días sin verse y la psicóloga estaba deseando encontrarse con ella; le daba igual si le enseñaba un castillo a las afueras de Nueva York, ella lo que necesitaba era poder respirar el aroma suave que siempre acompaña a la agente inmobiliaria y también deleitarse con su presencia.
Hoy Lily se ha vestido con una falda de tubo de color gris y una camisa blanca sin blazer, además de unos tacones preciosos que tienen detalles en plata.
Pontia se muerde los labios; últimamente le cuesta controlar las ganas que tiene de echarse encima de la mujer y, aunque se prometió que esperaría a que fuera Lily la que diera el primer paso, digamos que está haciendo un poco de trampa para intentar provocarla y lograr que se acerque antes, como, por ejemplo, vestirse con esa blusa turquesa de escote pronunciado y recogerse el cabello para dejar a la vista la piel de su cuello que tanto ha gustado a algunos de sus anteriores amantes.
—Hay un altillo al que se le hizo una reforma el año pasado y está preparado para almacenaje o habitación extra.
Por fuera, Lily Porter parece una experta segura de lo que habla, pero por dentro su cuerpo vibra tanto que teme tropezarse.
La intensidad de la mirada de Pontia la atraviesa, lo que hace que no pare de hablar ni permita darle esos minutos que suele otorgarles a sus clientes para que se paseen tranquilamente por la vivienda.
No deja de repetir en su cabeza los besos que practicó con Rosa, como cuando cerró los ojos y se imaginó que era Pontia y un cosquilleo inquieto la hizo jadear.
De hecho, en cuanto la madame abandonó su casa y Lily se lavó bien los dientes, apuntó en su libreta los pasos que consideraba importantes para que un encuentro de labios con la rubia saliera a la perfección: caricia en la mejilla, acercamiento lento, contacto de pieles, lengua y dejarse llevar.
Le encantaría hacerlo ya, pero a pesar de lo que la gente pueda suponer a veces, Lily no es tonta, sino inocente, una mujer inexperta que ha preferido construir una vida en soledad junto a Kitty antes de dejar caer sus barreras y entregar su corazón a alguien que no pueda entenderla a ella ni a sus manías.
Es por eso que le cuesta tanto lanzarse y prefiere que sea Pontia quien lo haga.
—Me encantaría verlo —dice la chica Taylor más por curiosidad que por otra cosa. La casa no le gusta; ya sabe que no se la quedará.
Lily asiente y camina hasta el final del pasillo, donde hay una escalera de madera de suelo a techo.
—Normalmente la escalera está plegada —señala un sistema de anclaje sofisticado— para que sea más cómodo y no entorpezca el espacio.
Pontia mira hacia arriba y pone el pie en el primer peldaño. La estructura parece robusta, así que da un segundo paso y ladea la cabeza cuando nota que Lily la espera con paciencia en la esquina.
—¿No vienes?
La agente niega mientras se ajusta las gafas con el dorso de la mano.
—Mis recorridos no incluyen altillos ni lugares demasiado estrechos. Está en el correo que te envié sobre todo lo que cubren mis visitas.
Lily va moviendo la cabeza mientras le explica a su clienta algo que para ella es ley.
Entonces a la mente agitada de Pontia se le ocurre un movimiento absurdo, pero posiblemente eficaz, porque apenas puede contener las ganas de acercarse a Lily.
Termina de subir y hace un recorrido de tan solo un minuto por el altillo y, cuando empieza a bajar de espaldas, hace un pequeño drama.
—¿Puedes ayudarme, por favor? —pide Pontia alzando un poco la voz.
La agente levanta la mirada y arquea las cejas.
—¿Qué quieres que haga? —inquiere indecisa.
—Intenta sujetarme para que al bajar puedas evitar que me caiga.
Lily mueve los ojos nerviosa de un lugar a otro y se acerca a la escalera, decidida a sujetar a Pontia e impedir que se estampe contra el suelo así sea lo último que haga. Se posiciona y levanta las manos, concentrada con el ceño fruncido.
—Estoy lista —dice como si estuviera a punto de partir a la guerra.
Pontia baja despacio y se mueve de una forma tan calculada que logra que su trasero aterrice en las palmas de Lily Porter.
Sonríe con malicia porque siente la tensión, pero de inmediato se aprieta por dentro porque la agente hace pinza con los dedos como si comprobara de qué está hecha su retaguardia.
—Siempre me lo había imaginado así de suave —susurra Lily con la voz cerrada.
El juego de Pontia Taylor se ha vuelto en su contra —eso no lo había visto venir—, pero la situación ha sido tan sorprendente que la rubia termina de bajar las escaleras como puede y se gira clavando sus ojos color chocolate en la agente.
—¿Te gusta que sea así de suave? —la forma en que lo pregunta hace que Lily abra demasiado los ojos y ese verde se convierta en un prado en plena primavera.
La mujer separa los labios y rebusca en su cabeza alguna respuesta que encaje con esa pregunta.
Le pican los dedos porque ha dejado su bolso en la planta de abajo, donde tiene su libreta en la que lleva apuntados varios piropos que seguro serían adecuados, pero no le queda otra que tirar de memoria.
—Sí, parece bastante cómodo.
La respuesta de Pontia es acercarse a ella para pegar su frente con la de Lily. Quiere besarla, pero le da miedo asustarla y que esa conexión que ha creado con la agente desaparezca de un plumazo.
Ambas suspiran y parece que el día va de sorpresas porque Lily —fiel a su manual de «cómo besar a Pontia Taylor»— sube la mano despacio y se la coloca en la mejilla derecha, deja una suave caricia, la mira a los ojos y entonces atrapa los labios de la rubia con seguridad.
El beso se vuelve intenso de inmediato; no hay un toque de reconocimiento sino una voracidad que Lily llevaba guardando mucho tiempo. El sonido que la garganta de Pontia produce le eriza la piel a las dos y en menos de un segundo ambas están tan pegadas que parecen un par de imanes.
La agente inmobiliaria recrea en su mente cada paso que escribió en su libreta a conciencia, sobre todo esos momentos en los que, como ahora, empieza a ahogarse por la falta de oxígeno.
—Joder —los labios de Pontia están hinchados y los ojos le brillan—. Qué bien…
Lily la corta cuando vuelve a saborear su boca, pasando la punta de la lengua por todos los recovecos que encuentra.
Siente un cosquilleo en la entrepierna que la está mareando y cuando Pontia empuja su pierna derecha justo en esa zona, ejerciendo una presión deliciosa, la mujer gimotea sin poder controlarse.
—Dios, Lily —susurra Pontia y la coge por la cintura para empezar a acariciar su cuerpo.
Cuando Lily Porter siente los dedos de la chica Taylor acariciar su pezón por encima de la tela, da tal respingo que pega la espalda y la cabeza a la pared haciéndose daño.
—Ay —se queja mientras se masajea la nuca.
Pontia respira con dificultad e incluso le cuesta enfocar la mirada de lo excitada que está.
—¿Estás bien? —se preocupa mientras se echa la melena a un lado.
Lily asiente, pero sus ojos se clavan en el suelo.
—Ey —Pontia le pone los dedos en el mentón y hace que Lily la mire—. ¿Qué pasa? ¿Te he hecho algo que no querías?
La agente abre mucho los ojos.
—No —la voz le tiembla—. Llevo mucho tiempo queriendo besarte.
Pontia sonríe y quisiera volver a pegarse a sus labios, pero si sigue así acabarán follando en el suelo de esa casa que no pretende comprar.
—Podemos ir a otro sitio para…
—Soy virgen.
Pontia da varios pasos atrás como si hubiera recibido un disparo en el pecho.
Su gesto tiene que ser de absoluto horror porque es lo que su cuerpo está experimentando.
No se le pasó por la cabeza en ningún momento; simplemente pensó que Lily no tenía tanta experiencia, pero cuando la ha besado de esa manera, estuvo tan segura de que se había equivocado que no ha dudado en seguir adelante.
—L-lo siento —suelta y aprieta las manos tres veces para intentar liberar la tensión.
Pontia entiende entonces que está reaccionando como una imbécil. Acorta la distancia entre ellas y le habla con suavidad.
—No pasa nada, Lily; no tienes por qué disculparte —le regala una sonrisa—. ¿Qué te parece si retrocedemos un poco? Ten una cita conmigo.
La mujer mueve los ojos de un sitio a otro porque no tiene nada apuntado —ni documentado— sobre el funcionamiento correcto de las citas.
—Podemos ir a cenar a un sitio tranquilo —le explica Pontia ante su cara de desconcierto—. ¿Te parece bien?
Lily lo piensa por un momento.
—Tengo que estar antes de las diez en casa; Kitty toma su medicación a esa hora —se ajusta las gafas—. Y ahora lleva dos días con diarrea y tengo que analizar sus deposiciones por si debo llevarla al veterinario.
Pontia asiente sabiendo que lo que ocurra entre ellas dos no será para nada aburrido.
—¿Y si tenemos esa cita en tu casa? —a Lily se le ilumina la mirada—. Así puedes estar tranquila y no agobiarte por la hora.
—De acuerdo —contesta solemne mientras siente el picor en las yemas de los dedos porque no tiene su agenda a mano para apuntar la cita.