Capítulo 9
—Bueno, ¿dónde quieres hacer esto? —pregunta Rosa Pérez cuando Lily la guía hasta el salón de su casa.
—¿Qué? —Lily se queda mirándola, sin entender a qué se refiere.
—Las prácticas —explica Rosa.
—Oh, ¿el salón no es un lugar apropiado?
—Nos sirve cualquier sitio donde tú te sientas cómoda. Si quieres hacerlo aquí, no hay problema.
Rosa se gira para dejar su móvil sobre la mesa, y por poco muere de un infarto cuando Kitty salta encima de la madera y le suelta un bufido salvaje que eriza el vello de la madame casi tanto como el de la gata.
—Dios mío —dice la mujer, dando varios pasos hacia atrás sin perder a la gata de vista.
Observa sus ojos, que parecen desenfocados, y por un momento piensa que está poseída.
—Ah, es Kitty, no te preocupes —Lily camina con calma hasta la gata, se pone delante de ella para interrumpir la línea visual y se coloca los brazos en jarras—. Kitty, te he dicho antes que tenías que portarte bien. Rosa es nuestra invitada y pasará unas horas con mamá.
La gata vuelve a bufar, pero poco a poco su pelaje vuelve a su sitio hasta que salta de la mesa y se pierde por el pasillo ante la mirada perpleja de Rosa.
—Lo siento, es muy protectora conmigo —se disculpa Lily, ajustándose las gafas.
—Quizá sería mejor hacer esto en tu habitación, con la puerta cerrada —sugiere Rosa, a quien la situación ya le parece lo bastante extraña como para añadir la presencia inoportuna de una gata perturbada.
Lily parece meditarlo unos segundos, porque su habitación es un templo sagrado para ella, pero también sabe que es el lugar más común para practicar el coito, así que lo mejor es estar familiarizada con el asunto.
—De acuerdo.
Aliviada, Rosa la sigue por el pasillo y suspira con calma cuando Lily cierra la puerta a sus espaldas.
—Muy bien, ¿por dónde quieres empezar? —pregunta Rosa.
Los ojos de Lily se agrandan, emite un sonido extraño por la boca, como de sorpresa, y después sale corriendo de la habitación, dejando a Rosa petrificada a los pies de la cama.
Escucha los pasos apresurados de la anfitriona cuando se aleja y también cuando regresa, cerrando de nuevo la puerta y mostrando una libreta como si fuera un trofeo.
Perpleja, Rosa la ve pasar páginas hasta que encuentra la que busca.
—Ayer Pontia me besó aquí —Lily se señala muy cerca de la comisura—. Me gustó mucho y quería que me besara aquí —ahora se señala los labios—, pero no podía permitirlo sin haber ensayado antes.
Rosa necesita unos segundos para comprender el alcance de la inexperiencia de su clienta.
—¿Nunca has besado a nadie? —no hay burla ni asombro en su tono, solo curiosidad.
Lily niega con vehemencia.
—Entonces es un buen punto de partida.
Rosa se acerca y, despacio, coloca las manos en la cintura de Lily. La nota tensarse y la escucha exhalar, pero la agente se mantiene en su sitio, mirándola con sus ojos verdes muy abiertos.
—Bien, si quieres hacerlo despacio, sin que ella se sienta agobiada por la intensidad, puedes empezar por una caricia en la cara y después dejas tu mano ahí; ella entenderá perfectamente lo que quieres.
—Rosa se lo muestra y después se queda quieta mientras la mano temblorosa de Lily se mueve de la misma forma que la suya.
—¿Y ahora? —la curiosidad profunda brilla en la mirada de Lily.
—Ahora nos acercamos; no podré hablar si te lo muestro, pero será un beso que empezará despacio y, conforme te acomodes, te rozaré con la lengua.
Lily traga saliva, le parece un intercambio de bacterias que no puede limpiar con una toallita, así que toma nota mental de lavarse bien los dientes cuando Rosa se marche.
—Vale, estoy lista —dice asintiendo.
Rosa se inclina y la besa, empieza despacio, tanteando, y se da cuenta de que Lily repite cada movimiento que ella hace como si lo estuviera memorizando. Se adapta a su ritmo y después se separa.
—¿Lo he hecho mal? —Lily frunce el ceño.
—No, cielo, lo haces muy bien. En realidad, los besos son instintivos, así que ahora quiero que lo repitamos y seas tú quien lleve la iniciativa; yo seré la que se adapte.
—¿Instintivos? —reflexiona Lily—. Ayer me imaginé la lengua de Pontia en mi boca —explica tranquila.
Rosa no puede evitar reírse.
—Es justo eso, instinto y necesidad. Pontia te gusta y la deseas, eso te da la ventaja de tener la mitad del trabajo hecho. Ahora cierra los ojos e imagina que yo soy Pontia.
—No eres Pontia —Lily parece ofendida.
—Ya lo sé, pero esfuérzate y piensa en lo que harías si yo fuera ella. ¿Mejor así?
La agente inmobiliaria asiente y cierra los ojos.
Le cuesta sacarse la imagen de la mujer que tiene delante de la cabeza, pero de repente ve esa mirada chocolate de Pontia, sus labios carnosos y la sonrisa que siempre tiene para ella.
Lily se lanza a por la boca de Rosa y se sorprende cuando nota que le cuesta respirar, también cuando un sonido bajo y suave sale de su garganta y mucho más cuando nota que las cosquillas se arremolinan en su vientre.
Se aparta asustada y da un paso atrás, abriendo los ojos para ver cómo Rosa la mira sonriendo.
—No creo que necesites seguir practicando besos, Lily; te aseguro que lo haces muy bien.
Lily sonríe con orgullo.
—Entonces, ¿lo tacho de la lista?
Rosa sonríe sin poder evitarlo.
—Sí, podemos pasar al siguiente punto. ¿Qué más tienes ahí?
Lily se ajusta las gafas y se rasca detrás de la oreja.
—El coito. Es el orden lógico, ¿no?
La madame carraspea.
—Bueno, depende. No siempre se pasa de los besos al coito, puede quedarse en eso o simplemente en unas cuantas caricias; eso ya lo irás viendo sobre la marcha.
Te aseguro que no me necesitas para entender lo que te pida el cuerpo cuando estés con Pontia, así que podemos pasar directamente a... al coito.
—Estupendo —aplaude Lily, mirándola expectante.
Rosa la mira con ternura. Lily Porter le parece una mujer muy particular, pero está segura de que el mundo sería mucho mejor con más personas como ella.
—Vale, ahora voy a quitarte la ropa.
El manotazo de Lily sobre su mano cuando la acerca a los botones de su camisa coge completamente desprevenida a Rosa.
—Esto está reservado solo para Pontia Taylor —expresa Lily, dando un paso atrás.
Rosa parpadea, todavía reponiéndose de la sorpresa.
—Quiero que solo Pontia, bueno… —Lily duda, sin saber cómo explicarse.
—Entiendo, quieres que ella sea la primera.
Lily asiente. Puede aceptar que otros labios rocen los suyos antes; en realidad, los de Rosa no son los primeros.
Una vez, cuando estaba en la biblioteca estudiando para su último año de carrera, una compañera tan tímida y reservada como ella la besó.
Estaba sentada a su lado, siempre se sentaban juntas aunque apenas se conocían, pero se miraban mucho y Lily no entendía por qué sentía ansiedad pensando en su boca.
Hasta que una tarde, la chica se atrevió a acercarse y le dio un beso suave en los labios.
Las dos se quedaron muy quietas, mirándose, y después se sonrieron.
Nunca pasaron de eso, Lily ni siquiera llegó a saber su nombre, pero se besaron cada día hasta que el curso terminó dos semanas más tarde, y después de eso no volvió a verla.
Pero su cuerpo… A ella nadie la ha tocado, y no quiere ningunas manos sobre ella que no sean las de Pontia Taylor.
—Sí.
—En ese caso lo haremos al revés. Desnúdame tú a mí para que cuando llegue el momento con Pontia no te deshagas con los nervios. Sobre todo es importante practicar con el sostén; el cierre puede ser muy rebelde algunas veces.
Complacida porque Rosa se adapte a sus necesidades, Lily se acerca y le quita la chaqueta del traje.
Quitarla es algo que hace bien, no titubea y desliza la prenda por los brazos de Rosa de una forma sensual que deja a la mujer sorprendida; el problema viene justo después, cuando Lily no suelta la chaqueta, sino que se la cuelga de un brazo y camina hasta el armario para sacar una percha.
—Lily.
La agente inmobiliaria se gira.
—No hace falta que la cuelgues, puedes dejarla ahí mismo —Rosa señala los pies de la cama y Lily parece dudar, pero al final obedece, deja la prenda con cuidado y vuelve a acercarse a ella.
—¿Qué quito primero? ¿El pantalón o la camisa?
—Lo que te plazca, Lily; unas veces querrás quitarlo todo y otras la necesidad hará que te baste solo con lo que más te estorba, pero de nuevo, eso lo harás por instinto. Te aseguro que sabrás lo que quieres.
—Entendido —Lily asiente y se decide por el pantalón.
De nuevo, Rosa no puede evitar fijarse en la sensualidad que desprende la mujer sin proponérselo, y suspira resignada cuando Lily se incorpora con sus pantalones en las manos y los dobla perfectamente para dejarlos sobre la cómoda.
—Vale, hay algo que ahora no parece obvio porque para ti esto es solo un trámite, pero te aseguro que cuando sea la ropa de Pontia la que estés quitando, no vas a tener ganas de ponerte a doblarla, y si las sientes, las ignoras.
Pontia estará desesperada porque la toques, no porque dobles su ropa, ¿lo entiendes?
—¿Y qué hago con ella?
—La tiras al suelo, Lily.
—El suelo ensucia la ropa…
—Cielo, te aseguro que a Pontia le importará una mierda que su ropa se ensucie. Para ti, lo importante debe ser ella, no las prendas que le quites.
Lily medita.
—Y no esperes que ella doble tu ropa, ni te asustes cuando la lance lo más lejos de ti posible.
Las manos de Lily se abren y se cierran tres veces. Va a tener que pensar mucho en esto y concienciarse para que no le entre un tic nervioso si ve su ropa por el suelo.
—Está bien, un segundo, voy a apuntarlo en la libreta como dato relevante.
Rosa se ríe y espera con paciencia y, para cuando Lily regresa y le quita por fin toda la ropa, respira profundo tres veces para calmarse, porque lo último que se imaginó cuando aceptó —por hacerle un favor— hacer este servicio para ella, es que una mujer tan inocente y particular como Lily la iba a poner tanto.
—¿Y ahora? —Lily pregunta sin apartar los ojos de su cuerpo.
En el vestuario de la clase de gimnasia veía a sus compañeras desnudas y jamás se fijó en ellas, quizá porque eran unas zorras desalmadas que se reían siempre de ella, pero Rosa no se ríe, y Lily considera que su cuerpo le gusta, aunque está segura de que le gustará más el de Pontia.
—Creo que por hoy es suficiente, hemos avanzado mucho, Lily. Lo has hecho muy bien.
Lily mueve la cabeza con satisfacción, orgullosa de sí misma porque ella siempre ha sido una buena alumna para todo, y estaba segura de que esto no iba a ser menos.