Capítulo 8
L ily se mira en el espejo de cuerpo entero que tiene en el armario, pero esta vez lo hace de una manera diferente porque hoy su mente le dice que merece la pena darse un gran repaso.
Se ha gastado una buena suma de dinero —aunque se lo puede permitir porque lleva años ahorrando cada céntimo con su técnica depurada— en varios trajes, camisas y vestidos que su nueva asesora personal Katherine Taylor la ayudó a elegir.
Ha elegido para hoy un traje entero de color blanco, con pantalones de corte recto y una camisa entallada de manga larga verde que hacen juego con sus ojos.
Los zapatos son de medio tacón, sencillos de manejar para días ajetreados, y un bolso de buen tamaño donde caben todos esos artículos que para ella son indispensables.
—Kitty, sé buena y acaba de tomarte el sobre —Lily revisa la hora en su reloj por tercera vez y, si no sale en unos minutos, posiblemente llegará tarde—. Te prometo que mamá te dará de desayunar mañana la latita del salmón.
La gata levanta la mirada como si hubiera entendido la promesa a la primera. Un ojo le baila y parece un poco bizca, pero a Lily no le hace gracia, sino más bien la enternece.
El felino deja el cuenco limpio, así que la mujer lo recoge, lo lava rápidamente y sale por la puerta caminando con velocidad.
El Uber la está esperando porque tuvo la precaución de pedirlo con tiempo. Siempre es puntual, pero cuando se trata de Pontia, la agente inmobiliaria hace su mayor esfuerzo para que todo salga perfecto.
Cuarenta minutos después, el coche pasa por la garita de seguridad de la urbanización y tiene que girar por dos calles antes de acercarse a su destino.
El corazón de Lily se detiene por unos segundos y después empieza a latir con tanta fuerza que siente un dolor agudo en el centro del pecho.
Pontia Taylor ya está en la acera esperando, tiene la mirada puesta en la pantalla del móvil y sonríe como si estuviera leyendo algo gracioso.
Viste toda de negro, con un pantalón que puede ser de cuero, una camiseta con algo dorado en su estampado y una gabardina fina que a principios de junio es perfecta por el buen clima que otorga la ciudad.
—Buenos días, Lily —Pontia da un paso hacia la agente y la mira de una forma tan descarada que la ve ruborizarse—. Estás muy guapa y el cabello suelto te queda bien.
Las ganas de acorralarla contra una pared que experimenta Pontia son dignas de un impulso de una estudiante de instituto, pero es que no venía preparada para ver a la mujer que últimamente no sale de su cabeza vestida de esa manera.
No es solo la ropa, es que Lily parece sentirse tan a gusto que la luce con una seguridad que nunca había demostrado.
Esos ojazos verdes le brillan más y las puntas del pelo castaño le rozan los hombros.
—Buenos días, Pontia —la agente hace tres respiraciones cortas—. Gracias por el cumplido. Tú estás preciosa, me gustas mucho.
La hermana Taylor, que estaba lista para responder a cualquier comentario, se queda sin palabras ante la sinceridad aplastante de la mujer. No recuerda que alguien haya sido así de transparente con ella; de hecho, en sus relaciones ha tardado un tiempo considerable en escuchar algo parecido.
—¿Vamos? —pregunta Lily ante el pasmo de su clienta—. Esta visita tiene una duración máxima de una hora y nos quedan cincuenta y seis minutos.
Cuando Pontia asiente, ambas caminan hacia la entrada de la casa. Lily abre la puerta con un manojo de llaves que saca de su bolso y acceden al porche.
—Este espacio recibe sol las primeras horas de la mañana —la agente señala el lugar y los sofás bien ubicados—. Es perfecto para tomar el café o recibir visitas tempranas.
Se hace a un lado como dicta su propio protocolo para que Pontia pueda observarlo con tranquilidad. Tres minutos después, están entrando al salón de la casa.
—A la izquierda —señala—, tenemos una salida al patio trasero. A la derecha, la cocina de concepto abierto.
En cada una de las estancias, la agente menciona lo que considera más importante, da algunas indicaciones y se retira a un lado para dejarle tiempo a su clienta para que pueda ver y tocar lo que quiera.
Luego suben a la primera planta donde están las habitaciones y finalmente salen al patio, que tiene una pequeña piscina, área de barbacoa y una caseta.
—Tiene muchas posibilidades —Lily empuja la puerta y muestra un espacio diáfano, pero impecable—. Puede servir como una habitación para invitados si haces una pequeña obra para colocar baño e incluso una cocina.
Pontia la mira y por poco tiene que limpiarse la saliva de los labios.
Lleva toda la visita pendiente de la otra mujer, por la seguridad con la que se mueve, por la profesionalidad que muestra en todo momento.
De hecho, ha prestado muy poca atención al recorrido porque en tres ocasiones sus cuerpos se han rozado por alguna tontería: abriendo un armario, caminando por el pasillo o tocando el mármol de la cocina, y eso le ha erizado tanto la piel como la entrepierna.
—¿Te está convenciendo? —Lily lo pregunta con el mismo tono experto que usa siempre que enseña una propiedad.
—Sí, bueno… —Pontia se pasa la mano por la melena suelta mostrando un nerviosismo inusual en ella—. Es bonita.
La agente no dice nada; solo con esas palabras ya tiene claro que a su clienta no le gusta la propiedad y ella —cuando llegue a su oficina— tendrá que descartar todas las que tienen muchas similitudes con esta y crear una nueva hoja con otras opciones.
—La visita ha finalizado —Lily asiente mientras confirma en su reloj que sus tiempos han sido correctos—, tengo que…
—¿Y el sótano? —la interrumpe Pontia como una jovenzuela a la que se le acaba la hora de estar con la chica que le gusta.
—Lo siento —se disculpa la agente de forma solemne—. Hace poco ha sufrido una modificación y los propietarios no han podido enviar al equipo de limpieza a tiempo.
Pontia levanta una ceja.
—¿No me muestras el sótano porque está sucio?
Lily se queda estupefacta ante la pregunta tan absurda.
—No muestro a mis clientes ningún espacio que no esté en óptimo estado. Además —vuelve a revisar su reloj—, la visita ha acabado hace tres minutos.
Pontia se acerca a Lily y la mira a los ojos de forma tan intensa que nota cómo se tambalea.
—Me gustaría verlo —susurra—. Es uno de mis requisitos.
Lily siente que varios cables se unen para crear un cortocircuito que le cierra la garganta. Es imposible que acceda a esa petición; estaría yendo en contra de, como poco, dos de sus normas, pero cuando ve los labios húmedos de Pontia y la mirada seductora, le es tremendamente difícil negarse.
—De acuerdo —logra no tartamudear y empieza a caminar hacia el interior de la casa.
Pontia la sigue y nota la redondez de las nalgas de Lily. Antes no lo había notado, pero es que esos faldones del siglo pasado no dejaban ver todos los atributos de la mujer.
Cuando la agente abre la puerta que conduce al sótano y enciende la luz, las motas de polvo parecen cubrirlo todo. Lily se mueve para bajar las escaleras, pero Pontia la detiene.
—Espera —la coge del brazo y ambas dan un respingo. Lily por el toque inesperado y Pontia por el susto—. Será mejor que te quites la blazer para que no se te manche.
El movimiento es rastrero, lo sabe, pero no ha podido detenerse.
Coge las solapas y las abre para deslizar la tela por los hombros de la otra mujer.
Las pupilas de Lily se dilatan y la rubia se deleita mientras la observa.
Sus dedos rozan la camisa y, aunque no esté teniendo contacto directo con la piel, puede sentir cómo el calor del cuerpo de la agente la enciende.
—G-gracias —esta vez el cerebro de Lily no ha sido capaz de coordinar no desmayarse con hablar correctamente.
El recorrido dura apenas unos minutos porque el espacio está tan lleno de suciedad que no se aprecian los detalles, así que en cuanto acaban vuelven a subir las escaleras en silencio y van hasta la cocina donde la agente ha dejado su bolso.
Saca su libreta y busca la hoja marcada con una pegatina fucsia —su color favorito— que sobresale por encima.
Debajo del nombre de Pontia Taylor hay un listado de propiedades que Lily ha seleccionado para ella y organizado en visitas en días diferentes.
Tacha la dirección de la casa en la que están porque está bastante segura de que su clienta no la va a elegir.
—Esta tarde te mando los detalles de la visita que tendremos pasado mañana —comenta Lily mientras termina de apuntar en su libreta.
—Vale —Pontia lo dice soltando un suspiro—. ¿Te acerco a algún sitio? Katherine me ha prestado a Mike esta mañana.
No le pregunta qué hacía con su hermana porque no quiere ser demasiado intrusiva. Confía en Kate y en que solo estaban haciendo negocios, porque si fuera otra cosa, está segura de que se lo diría.
—No, muchas gracias —inclina un poco la cabeza—. He quedado con dos clientes aquí en media hora.
Pontia tuerce los labios.
—Me estás siendo infiel, por lo que veo.
Lily abre mucho los ojos y luego frunce el ceño. Según lo que ella entiende, para cometer adulterio la persona debe estar dentro de una relación sentimental y entre ellas aún no ha pasado nada. Además, Lily nunca engañaría a Pontia.
—No, yo no…
—Es una broma —sonríe Pontia—. Perdona, un chiste de mal gusto.
La agente inmobiliaria asiente sintiendo cómo le arden las mejillas.
—Nos vemos entonces —Pontia se despide, pero duda por un momento—. Puedo acercarme a ti para despedirme.
Lily no sabe muy bien a lo que se refiere, pero la rubia la tiene tan hipnotizada que accede sin pensarlo.
Pontia da varios pasos y le deja un beso en la mejilla, tan cerca de la comisura que siente la suavidad de ese trozo de piel al lado de su boca.
Quisiera profundizarlo, moverse un poco más y besar a Lily Porter con todas las ganas acumuladas que tiene prácticamente desde el día que la conoció, y las que explotaron en la boda de Kate con Jodie cuando la vio tan bonita con ese vestido.
No lo hace porque sabe que Lily es una mujer especial y tiene la sensación de que su experiencia es escasa en todo lo que tiene que ver con el contacto físico a ese nivel.
—Hasta luego, Lily —susurra y camina hacia la puerta a paso seguro.
—Hasta luego —balbucea ella como respuesta sin siquiera decir el nombre de su clienta.
Cuando la puerta principal se cierra y ella se queda sola en la cocina desierta, Lily coge su teléfono móvil con tanta rapidez que se le cae al suelo. Lo recoge y busca un contacto en su agenda a través de la mensajería de texto.
Lily: Confirmo la cita para mañana, necesito iniciar las prácticas lo antes posible.
Unos minutos después el aparato emite un sonido.
Rosa Pérez. Prostituta: Nos vemos a las seis.