Capítulo 7
—¿Qué hacías ayer con Lily? ¿A dónde ibas con ella? —pregunta Pontia, que ha estado deseando que llegara la hora del desayuno para interrogar a su hermana.
—No es asunto tuyo.
—No me jodas, Kate, sabes que todo lo que tiene que ver con ella me interesa.
Katherine ladea un poco la cabeza, intentándose imaginar a Pontia, que es abierta, divertida, informal y un poco plasta, al lado de una mujer como Lily, que tiene un vocabulario muy particular, una inexperiencia notable con cualquier cosa relacionada con el sexo y una gata psicópata, y la imagen la hace sonreír.
—¿De qué te ríes? Habla de una vez.
La empresaria se inclina hacia delante.
—Negocios, Pontia, es un asunto que no te interesa, aunque si quieres saber más, le preguntas a ella.
La terapeuta quiere seguir interrogándola, pero la mirada de su hermana se desvía por encima de su hombro y cuando se gira para ver qué está mirando, ve que Annie Cohen ha entrado en el comedor.
—Llegas tarde —protesta Katherine cuando su mejor amiga llega hasta su mesa.
La banquera mira la hora y ve que solo pasa un minuto.
—Pero ¿qué dices? ¿Jodie no te ha dado amor esta mañana? —pregunta, dando un apretón al hombro de Pontia para saludarla antes de sentarse.
—¿Te lo ha dado Parker a ti? Porque pareces estresada.
—La maldita barrera de tu aparcamiento privado no se levantaba. ¿Qué pasa? ¿Has borrado mi matrícula de la base de datos? ¿Ya no tengo privilegios en el Mallois? —bromea, tratando de provocarla.
—Quizá debería quitarla… —responde Katherine mientras lee su carta.
Annie resopla.
—Ignórala —aconseja Pontia, con los ojos fijos en su hermana—. Lleva varios días bastante rara, y eso implica que sea más borde y gruñona que de costumbre.
Annie aparta la silla para sentarse y le da las gracias al camarero cuando le entrega la carta de los desayunos, pero en lugar de mirar el menú, mira de reojo a su amiga.
El comentario de Pontia le confirma lo que ella también lleva días notando.
Kate le ha estado dando largas últimamente cuando le dice de quedar, hasta que ayer se cansó y le dijo que, si no se veían, se iba a presentar en su casa para preguntarle a Jodie por qué no le había sacado el palo que tiene metido por el culo.
Y fue entonces cuando la dueña del Mallois le dijo que tenía el día complicado, que viniera a desayunar con ella y su nueva hermana.
—No estoy rara, ¿por qué no me dejáis en paz para que pueda desayunar tranquila? —explota de repente, y Annie y Pontia cruzan una mirada preocupada entre ellas antes de fijarla en la rubia de mirada helada.
—Kate, ahora sí que me estoy preocupando —dice Annie.
La rubia no levanta la mirada, sigue leyendo —o intentándolo— hasta que nota el calor de la mano de Annie sobre su brazo.
—Oye, ahora en serio —la voz de Annie baja un par de tonos y se suaviza—. ¿Qué te pasa? ¿Tienes algún problema con Jodie? ¿Con los hoteles? ¿Estás enferma? —sus ojos se agrandan y Pontia se tensa.
Hastiada, Kate deja la carta sobre la mesa y se frota la sien derecha con los dedos.
—No estoy enferma —dice al fin, y escucha claramente el suspiro de alivio de las dos mujeres.
—¿Entonces? —interviene Pontia—. Puedo marcharme si prefieres hablar con Annie a solas, Kate, pero suéltalo de una vez o te acabarás poniendo enferma de verdad. ¿Tú sabes lo malo que es guardarse las cosas? Hay un estudio que dice que…
—Jodie quiere ser madre.
—Oh —dice Annie, mientras que Pontia solo se la queda mirando hasta que decide preguntar.
—¿Y tú?
—Esa no es la cuestión —Kate levanta la mano para avisar al camarero—. Decidid qué queréis de una vez, estamos ocupando una mesa que podría ser para otros clientes.
Las cejas de Annie se levantan.
—Ahora no te pongas en modo empresaria agarrada, no te pega nada —escupe la banquera.
—Desde luego que no, yo estoy ocupando un ático —murmura Pontia.
—Y yo ocupé una suite durante semanas —añade Annie—. Solo está desviando el tema, algo típico de ella.
—Pues has dado con dos huesos —sonríe Pontia, ganándose una mirada severa de su hermana.
El camarero toma nota de los platos y cuando se marcha, Annie no pierde el tiempo.
—¿Por qué dices que esa no es la cuestión? Claro que lo es; tu opinión también cuenta en un asunto tan importante como este.
—No me lo dijo.
—¿Qué? —Pontia empieza a pensar que su hermana sería una buena candidata para hacer terapia.
—Algo así me lo tendría que haber dicho antes de casarnos —expresa, doblando y desdoblando la servilleta de forma constante.
—¿Qué gilipollez es esa, Kate? —pregunta Annie—. ¿Es que acaso la habrías dejado? ¿Si te hubiera dicho que quería ser madre habrías decidido no casarte con ella? Porque todas aquí sabemos que es mentira; te habrías casado con ella aunque te hubiera dicho que quería tener una serpiente en casa.
—No se trata de eso, se trata de que ella tenía planes que incluyen a una persona nueva en mi casa, y no me lo dijo —explota la rubia.
—¿No te lo dijo o no lo sabía entonces? Porque son dos cosas muy distintas —dice Pontia.
Katherine la mira como si no la entendiera, y Annie pone los ojos en blanco porque le alucina que su amiga tenga la capacidad de comunicarse como una fiera cuando se trata de negocios y después sea tan torpe cuando se trata de su mujer.
—Tampoco es tan complicado. ¿Le has preguntado desde cuándo lo piensa? Quizá antes ni siquiera se lo había planteado, pero ahora que tiene una estabilidad contigo, bueno —Annie se encoge de hombros, despreocupada—, tampoco me parece descabellado.
—¿Es que tú quieres ser madre? —la pincha Katherine—. Porque pareces entender muy bien el tema.
—Preferiría arrancarme una muela con unos alicates, sin anestesia, pero si Parker me dijera que quiere serlo, dudo mucho que entrase en pánico como tú.
—Seguro que no… —el tono irónico y bajo de Katherine hace sonreír a Pontia.
—Kate —dice su hermana—. Lo quisiera antes de casaros o no, esa no es la cuestión. ¿Tú qué le has dicho? Porque habrás dicho algo, ¿no?
Los ojos azules de la empresaria parecen oscurecerse un par de tonos cuando levanta la mirada.
—Le dije que tenía que pensarlo.
—¿Y ya te lo has pensado? —pregunta Annie.
—Estoy en ello.
—Dios mío —dice Pontia, preocupada—. ¿Cuánto tiempo llevas pensando?
—Un mes, más o menos.
—Joder, Kate —Annie no sale de su asombro—. ¿Y cómo es vuestra relación desde entonces? Porque te puedo imaginar tensa como un junco cuando estás con ella…
—Supongo que no es nuestro mejor momento, pero tampoco estamos mal; me dijo que me tomara el tiempo que necesitase y eso hago.
—Claro —asiente Pontia, comprensiva.
—Solo una duda —interviene Annie—. ¿La mamá gestante sería ella o serías tú?
Porque joder, Kate, verte con un bombo sería impresionante.
Es decir, no es que no te pegue, pero eres tan fría que…
—Annie no puede terminar; ella y Pontia estallan en una carcajada que se corta de golpe cuando Katherine le da con la servilleta, con la mala puntería de que golpea la copa de agua y esta se derrama sobre el mantel.
—Vale, joder —dice divertida, moviéndose hacia un lado para alejarse de la zona mojada—. Venga, ahora en serio, esta es la pregunta del millón: ¿tú quieres ser madre o no?
—Yo quiero a Jodie.
—Eso no es lo que te ha preguntado, Kate —dice Pontia cuando termina de masticar.
—No lo sé —Katherine siente que la cabeza le da vueltas—. A veces quiero, y otras me da tanto miedo no hacerlo bien que se me quitan las ganas.
—Entonces sí que quieres —sonríe Annie, poniéndole una mano en el brazo con cariño.
La dueña del hotel la mira de soslayo, pero no afirma ni desmiente.
—Lo harás bien —sigue Annie—. Eres fría, inaccesible emocionalmente para la mayoría de los mortales y un poco estirada, pero eres la mejor persona que conozco, defiendes y proteges a los tuyos por encima de cualquier cosa, y estoy segura de que cuando tengas a esa personita en los brazos te derretirá ese corazón de hielo en cuanto te mire la primera vez.
Kate esboza una sonrisa, mirando a su amiga con agradecimiento, que es todo lo que puede hacer porque si lo verbaliza le entraría urticaria.
—Sigue tomándote tu tiempo, Kate; es una decisión importante, pero también lo es que te comuniques con Jodie; tienes que decirle cómo te sientes.
—Ya veremos.
Pontia pone los ojos en blanco y se levanta, acercándose a su hermana.
—Tengo sesión con un paciente en diez minutos, nos vemos, ¿vale? —se inclina y besa la cabeza de su hermana, guiñándole un ojo a Annie para despedirse.
—Intenta no hacer la sesión en el lobby —suelta Kate cuando su hermana se aleja.
Pontia se gira con una sonrisa divertida y también le guiña un ojo a ella.
—De verdad que no me acostumbro —dice Annie, volviéndose hacia Katherine—. Se parece tanto a ti que cuando la veo sonreír me resulta raro.
—Yo también sonrío —se defiende la dueña del hotel.
—Sí, eres la alegría de la huerta —ironiza, y Katherine deja que sus labios se curven un poco.
—¿Cómo está Parker? ¿Qué tal le va en el taller?
—Muy bien —a Annie se le ilumina la cara al hablar de ella.
Hace unos meses que se mudaron a la casa de la madre de Parker y la mujer se trasladó al centro, al apartamento de Annie, todo porque encontraron un local muy cerca que era perfecto para que su chica empezara el proyecto que siempre había soñado: tener un sitio propio donde trabajar la madera a tiempo completo.
—Está encantada, y poco a poco está consiguiendo clientes.
—Me alegro —dice Katherine—, pero dile que me reserve un hueco, porque si Jodie sigue con lo mismo, alguien tendrá que hacer los muebles de la habitación del bebé.
Annie la mira, a punto de soltarle un dardo, pero sabe que no es el momento porque la conoce muy bien y sabe que no es el momento, que para alguien tan hermética como ella digerir que su vida puede cambiar por completo es algo que le cuesta.
—Estará encantada de hacerte los muebles.
Katherine asiente, con la mirada perdida en algún punto de la mesa.
—Oye, ¿te pasa algo más? —tantea Annie—, porque parece que tienes la cabeza a punto de estallar.
—¿Te acuerdas de Lily Porter? —pregunta la rubia de repente, mirando hacia la puerta como si temiera que su hermana regresara.
Annie frunce el ceño.
—La agente inmobiliaria, sí. ¿Por qué?
—Ayer vino a verme, quería asesoramiento para vestirse mejor.
La cara de Annie es de completo desconcierto, la misma que ella tenía ayer.
—Le dije que le daba el número de mi estilista, pero dijo que no, que solo se fiaba de mí, ya sabes cómo es. En resumen, fui con ella a algunas tiendas y por el camino me dijo algo con lo que creo que soñaré toda mi vida.
Los ojos de Annie se abren de forma desorbitada por la intriga.
—¿Qué te dijo?
—Aparte de que le gusta Pontia y quiere vestirse bien para ligársela, me explicó, así como quien habla del tiempo, que ha contratado los servicios de una prostituta para que le enseñe todos los pasos que debe seguir para tener un buen coito.
Durante unos segundos, Annie la mira, perpleja, pensando que le está tomando el pelo, pero cuando ve la expresión turbada de su amiga, estalla en una carcajada imparable que contagia también a Kate y hace que las dos terminen llorando de la risa.
—¿De verdad usó esa palabra? —pregunta atónita, mientras se seca los ojos con un pañuelo de papel.
—La palabra es lo de menos; no me imagino a Lily hablando de follar, pero joder, ¿una prostituta? ¿En serio?
—Bueno, a mí no me sorprende tanto; parece una mujer muy —no sé cómo decirlo— inocente quizá, como si viviera en una realidad paralela.
—Mi padre me contó que sufrió mucho bullying en el colegio y que sus padres se volvieron tan sobreprotectores durante su adolescencia que, en lugar de ayudarla, lo que provocaron fue que se encerrara en una especie de burbuja donde no existía nada que no fuera estudiar para sacarse la carrera.
—Pues ahí tienes la explicación. ¿Pontia qué dice? ¿Sabe que Lily está interesada en ella?
—Al parecer están muy interesadas la una por la otra. De mi hermana lo sabía, babea por ella desde que la conoció cuando estábamos buscando casa; la sorpresa me la llevé con Lily, no esperaba esa facilidad para hablarme de su interés en conquistar a mi hermana.
—¿Tú qué le dijiste cuando te contó lo de la prostituta? —Annie mira su reloj; si no se marcha ya, va a llegar tarde a la oficina, pero está tan intrigada que no puede moverse.
—No le dije nada; bastante tuve con sobrevivir al impacto que me provocó.
—Joder, Kate, ¿vas a dejar que la contrate? —pregunta, sin aguantarse la risa.
—¿Y qué coño quieres que haga? ¿La enseño yo?
Las dos vuelven a reírse hasta quedarse secas.
—¿Lo sabe Pontia?
Katherine niega con la cabeza mientras suspira.
—No me he visto capaz de contárselo; además, tengo la sensación de que, de alguna manera extraña, Lily me ha elegido como su confidente para esto, y teniendo en cuenta que no tiene amigas y dado que parece que formará parte de la familia, no voy a traicionar su confianza.
Si quiere decírselo a Pontia, que lo haga ella.
Y, sinceramente, a lo mejor le va bien practicar un poco antes; así no se asustará cuando se corra.
—Eres una zorra despiadada, me encanta —dice Annie, besándole la mejilla antes de levantarse—. Me voy al trabajo, no vuelvas a darme largas, y llámame cuando te estreses pensando en el bebé.
—No me estreso —la empresaria también se levanta para ir a su despacho.
—Claro que no…