Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

L ily taconea con el pie derecho sobre la acera mientras mira la hora una vez más —aunque hace diez segundos que lo ha hecho— porque ha quedado con Pontia para enseñarle la casa que tiene a sus espaldas y la hija de Warren Taylor ya lleva un minuto de retraso.

Empieza a picarle la nuca, se rasca y sigue taconeando mientras aprieta el asa de su maletín y trata de pensar en algo que la distraiga.

—Repasa todo lo que has hecho durante el día cuando te pongas nerviosa —le dijo una terapeuta a la que asistía cuando era adolescente.

Así que Lily repasa su ritual matutino, empezando por el momento en que ha abierto los ojos y ha esperado —rígida como una tabla— a que sonara la alarma.

Se ha duchado, se ha lavado los dientes y ha ido a la cocina a ponerle la lata a Kitty.

Hoy no era de salmón, era de verduras con arroz, y Kitty ha protestado con un maullido diabólico mientras sacaba la comida del cuenco con la pata.

—Te lo has de comer, Kitty, es importante que tengas una dieta equilibrada —le ha explicado como si la gata pudiera entenderla.

La ha dejado ahí y se ha hecho el café, dos tazas, y Kitty ha comenzado a comer cuando ha comprendido que no le iba a cambiar la comida.

Después ha cogido su libreta y ha observado sus apuntes, donde el nombre de Katherine Taylor parpadeaba ante ella como una señal luminosa.

Ha tenido que posponer su visita a la hermana de Pontia porque ayer le entraron dos casas nuevas y ha perdido media mañana visitando una de ellas para hacer las fotografías y comprobar el estado.

—Hola, lo siento —la voz de Pontia le llega por la derecha y, cuando Lily se gira, se la encuentra de frente, con unas enormes gafas de sol, unos vaqueros oscuros y una camiseta de tirantes.

La cercanía hace que los ojos de Lily bajen de su cara hacia sus pechos como si una fuerza magnética la hubiera obligado a hacerlo.

Se queda traspuesta, con la boca medio abierta mientras observa cada línea que forman esos pechos por encima de la camiseta.

Su gesto es tan descarado que a Pontia se le curvan los labios, y lo que en otra persona la habría ofendido y parecido una falta de respeto, en Lily Porter le parece un gesto de seducción.

—¿Lily? —dice al fin, a punto de chasquear los dedos frente a ella.

Lily da un paso atrás, turbada porque experimenta una sensación inquietante en el vientre que hace que le cueste respirar con normalidad.

—Hola, Pontia Taylor. Llegas dos minutos y medio tarde —dice, mirando la hora de nuevo.

La terapeuta se rasca la nuca con expresión culpable y su melena se mueve sobre sus hombros, arrastrando mechones rubios por su pecho que hacen que la mirada de Lily vuelva a descender.

—Es aquí —dice, girándose de golpe para señalar la casa y apartarse de la tentación.

—¿Hoy no tienes ningún piropo para mí? —suelta Pontia, colocándose a su lado.

El cuerpo de Lily se tensa por completo cuando cree que ha fracasado con su intento de conquista. ¿Cómo ha podido olvidarse de algo que al parecer es tan básico? Nerviosa, abre su maletín y saca su libreta, y Pontia tiene que esforzarse por no soltar una carcajada.

—¿Me sujetas esto? —pide Lily, concentrada, mientras eleva el maletín hacia la nueva hermana Taylor.

Pontia lo coge encantada y también roza sus dedos a propósito, observando cómo el rubor sube por el cuello de la agente inmobiliaria y la vena se le hincha y se le dilata con las palpitaciones de su corazón desbocado.

—Aquí —Lily señala con el dedo sobre la hoja—. Eres como el sol en invierno, calientas hasta los días más fríos —lee del tirón, y levanta la mirada para encontrarse con el brillo de los ojos de Pontia.

—Gracias, Lily. Es muy bonito, y siempre es un placer calentarte —suelta Pontia.

La agente frunce el ceño, repitiendo el comentario en su mente hasta que logra entender la doble intención y sus pulmones se cierran de golpe.

—Yo no tengo ningún piropo preparado —Pontia se atreve a recortar la distancia entre las dos, ofreciéndole el maletín—, pero sí puedo decir que soy la chica más afortunada de Nueva York por ser el objetivo de tus piropos —susurra, y Lily suelta algo parecido a un jadeo antes de girarse y sacar las llaves para abrir.

—La casa cumple los requisitos del apellido Taylor —empieza a recitar mientras se limpia las manos con una toallita—.

Y tu condición de no tener vecinos cerca.

He tomado medidas, hacia la derecha, hay setenta y seis metros desde tu pared hasta la del primer vecino, hacia la izquierda, cincuenta y uno. ¿Es suficiente?

Pontia parpadea, impresionada.

—¿De verdad lo has medido?

Lily arruga la frente, ofendida.

—Por supuesto.

—Dios, Lily, eres la mujer más eficiente que he conocido nunca.

—¿Eso es un cumplido?

La risa suave de Pontia hace que Lily se olvide de lo que tiene que hacer durante unos segundos.

—Sí, es un cumplido.

La mujer asiente.

—Gracias, Pontia Taylor.

—Solo Pontia, inténtalo. Lo conseguiste una vez y estoy segura de que volverás a hacerlo.

Lily no recuerda esa vez de la que habla, pero, aunque sea verdad —y no tiene razones para dudar de Pontia— está segura de que no podrá lograrlo porque para eso necesita estar tranquila, y al lado de esta chica siempre está nerviosa y acalorada.

—Lo anotaré en la agenda para no olvidarlo.

La comisura izquierda de Pontia se curva y Lily, por primera vez y de forma muy nítida, se visualiza besándola, y la imagen la turba tanto que cuando se gira para entrar a la casa tropieza con un escalón y no se da de bruces en el suelo porque el cuerpo de la terapeuta aparece frente a ella, amortiguando todo su peso mientras le rodea la cintura con las manos.

Lily también se sujeta a los costados de Pontia, más por buscar equilibrio que porque lo haya premeditado, pero cuando nota el calor de su piel bajo los dedos, sus pechos contra los suyos y su melena haciéndole cosquillas en la cara mientras se droga con el olor de su perfume, siente que la cabeza le da vueltas como si dentro tuviera una noria.

—¿Estás bien? —el susurro de Pontia le atraviesa los tímpanos mientras el calor de su aliento resbalando por su cuello le eriza el vello de la nuca.

Lily no contesta; de hecho no se mueve. Se mantiene pegada a ella con una rigidez que hace que Pontia se dé cuenta de hasta qué punto es difícil esto para la agente inmobiliaria.

—No pasa nada, Lily. Solo has tropezado y estás bien —susurra, intentando centrarla cuando ve que su respiración se acelera—. ¿Qué ha comido Kitty esta mañana? ¿Ha tenido suerte con su lata favorita?

Lily fija la mirada en la puerta cuando escucha el nombre de su gata, y su cuerpo empieza a relajarse lo suficiente como para que pueda tomar el control y separarse de Pontia.

—La de hoy no le gustaba mucho, pero se la ha comido, es bueno para su dieta —responde sin mirarla.

—Por supuesto —Pontia sonríe y se hace a un lado—. ¿Entramos?

La mujer asiente, coge con fuerza el asa de su maletín y sube los escalones del porche. Durante quince minutos, Lily le enseña cada estancia de la casa, describiendo cada una con una precisión asombrosa y sin tartamudear ni una sola vez.

—¿Es un desván? —pregunta Pontia en el pasillo, señalando una puerta detrás del hueco de la escalera.

—Un sótano —corrige Lily, y Pontia descubre que ella misma también está nerviosa.

La agente inmobiliaria abre la puerta y enciende la luz, que consiste en la típica bombilla amarillenta que cuelga de un cable al final de la escalera, igual que en las películas de miedo.

—Agárrate a la baranda, Pontia Taylor —aconseja Lily, empezando a bajar.

—Guau —dice Pontia, impresionada porque la estancia ocupa tanto espacio como la casa.

Se acuerda de la sala que Katherine y Jodie han acondicionado en su casa como lugar para reuniones familiares entre las hermanas, y decide que, aunque esta casa no termina de convencerle, ella también quiere un sótano.

—Añade a tu lista de requisitos Taylor que tenga un sótano —pide Pontia mientras sigue observándolo todo y, cuando Lily está a punto de sacar su libreta, se escucha un chasquido parecido a una pequeña explosión y la bombilla se apaga.

El grito de Lily es tan desgarrado que Pontia no tarda ni un segundo en volver a pegarse a ella, cogiéndola por la cintura mientras sus ojos se adaptan a la poca luz que entra desde la escalera.

—Solo se ha fundido la bombilla —explica calmada—. ¿Te da miedo la oscuridad?

Lily niega con la cabeza, y esta vez es su perfume el que se cuela por las fosas nasales de Pontia y la hace suspirar tras identificar el ligero aroma a coco que desprende.

—No me da miedo, pero me pongo nerviosa cuando no controlo las situaciones. Esa bombilla no debería haberse fundido —explica más calmada.

—Bueno, yo no estoy de acuerdo —dice Pontia, haciendo que Lily la mire fijamente a los ojos a pesar de que no tiene luz suficiente para apreciar su color marrón como el chocolate derretido.

—¿P-Por qué? —tartamudea, porque las manos de Pontia están en su cintura y, en esta ocasión, ella no tiene la cara hundida en el hueco de su cuello, la tiene frente a ella, tan cerca que si se mueve está segura de que rozará su nariz.

—Porque vuelves a estar aquí, pegada a mi cuerpo —susurra Pontia—, y me gusta tenerte tan cerca, Lily Porter.

Lily traga saliva con brusquedad.

—A mí también me gusta —confiesa con su habitual sinceridad.

—Eso es genial. ¿Sabes cuál es el siguiente paso en un caso como este? —la voz de Pontia es más ronca, y Lily siente que atraviesa su piel y hace vibrar todo su cuerpo.

—No, no lo sé.

—El siguiente sería besarnos. ¿Te apetece que te bese, Lily?

La cabeza de la agente vuelve a dar vueltas.

—¿En la boca?

Pontia no puede evitar sonreír.

—Sí, en la boca, mis labios contra los tuyos.

Por impulso, Lily sube sus dedos y se roza los labios, lo cual le parece a Pontia un gesto increíblemente sexi.

—Sí me gustaría, pero todavía no puedo.

Viniendo de otra persona, la respuesta habría sonado como una excusa mal elaborada para Pontia, pero viniendo de Lily se la cree, así que da un paso atrás y le sonríe.

—De acuerdo, nos besaremos cuando estés lista. ¿Te parece bien?

—Sí. ¿Debo apuntarlo en mi libreta? —pregunta nerviosa.

Pontia vuelve a sonreír.

—No hace falta, te prometo que te lo recordaré.