Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Rosa se concentra durante unos segundos en su ordenador y luego abre un cajón a su derecha para sacar un iPad. Lo desbloquea y se lo entrega a Lily.

—Completa estos datos y firma al final. Si tienes alguna duda, las resolveremos todas.

Lily mira el aparato y, aunque parece limpio, no puede dejar de pensar en todas las manos que lo han tocado. Se envalentona y lo coge con el ceño fruncido; por Pontia Taylor sería capaz de ensuciarse las manos.

Lee todo con calma: cláusulas de confidencialidad que conoce bien porque son parecidas a las que aplica en su negocio, comportamiento con las trabajadoras, en el club y un largo etcétera de puntos que le impresionan.

Firma al final del documento; tiene tantas dudas que estaría días hablando con esa mujer sobre cada línea que acaba de leer, pero eso estropearía sus tiempos porque Lily ha planificado entre veinticuatro y treinta horas de práctica activa para adquirir la experiencia que busca. Es una buena aprendiz.

Le devuelve el aparato a la madame y saca una toallita húmeda para limpiarse los dedos a conciencia. Rosa la mira, pero una vez más, no dice nada.

—Lily —lee el nombre en el iPad—, ¿me cuenta lo que necesita para saber qué puedo ofrecerle? Tenemos chicas de distintas nacionalidades, expertas en algunos servicios y con una educación exquisita.

La agente se endereza en su silla y no tiene ni que pensarlo.

—No busco nada de eso, yo solo quiero una profesora que me sepa guiar sobre las cosas que se hacen en la cama —Lily saca su libreta y revisa un listado que preparó la noche anterior—.

Besar, desnudar a una chica, qué hacer cuando ya está en la cama —a la agente el cuello empieza a ponérsele rojo—, cuándo usar los dedos y cuándo los juguetes.

—Entiendo —la interrumpe Rosa, que no necesita conocer todos los detalles. Coge otro iPad y, tras tocar la pantalla varias veces, se lo entrega a Lily—. He filtrado por un perfil de chicas que estoy segura de que serán perfectas para lo que busca.

Lily se acomoda en la silla con el dispositivo sobre las piernas.

Empieza a leer las fichas individuales en las que aparece la foto de una mujer y datos como su edad, los idiomas que habla y los servicios que ofrece.

Hay cosas que ella ni siquiera puede identificar, como «lluvia dorada», y se hace un apunte mental para buscarlo cuando vuelva a casa.

Pasa más de media hora revisando fichas y ninguna le convence.

Son mujeres atractivas y por lo visto muy inteligentes —hay una rusa que habla seis idiomas— pero son demasiado jóvenes, y ella necesita a alguien mayor porque para la mente de Lily es imposible que una persona tenga tanta experiencia con tan solo veintiocho años.

—Necesito a alguien con más edad —suelta Lily, poniendo el iPad sobre la mesa—. Que tenga al menos cincuenta años.

A Rosa se le nota un ligero gesto de asombro; eso sí que es nuevo para ella.

—Lo siento, Lily, no tenemos mujeres de esa edad. Danya es la mayor y tiene treinta y siete.

La agente niega; poca experiencia. Entonces, cuando está a punto de levantarse para marcharse con el fracaso a cuestas, observa a Rosa con detenimiento. Parpadea varias veces.

—Puedes hacerlo tú —lo dice con total seriedad y Rosa por poco suelta una carcajada.

—Yo no presto servicios —le responde la mujer, poniendo ambas manos sobre la mesa—. Dirijo el club, nada más.

Lily sigue pensando que Rosa es perfecta para lo que busca, pero quizá ofrecerle más dinero le ofendería. Debate un instante en su cabeza y decide lanzarse igualmente.

—Haré solo lo que tú me digas y te pagaré lo que me pidas —se ajusta las gafas y sube la mirada a la estantería que hay al fondo; necesita contar algunos objetos para que su mente reduzca la velocidad a la que va—.

Me gusta mucho Pontia y es u-una mujer guapísima que seguro que sabe hacer de todo.

Quiero llevarla a cenar y, según lo que he leído, después de algunas citas, es posible que se practique el coito.

Rosa no sabe de dónde ha salido la mujer que tiene frente a ella, pero desde luego, no es de este mundo.

Hace bastantes años que no presta ningún servicio sexual; tiene clientes que le han ofrecido cantidades absurdas por pasar unas horas con ella, pero siempre se ha negado.

Sin embargo, hay algo que la remueve por dentro.

Lily está dispuesta a lo que sea con tal de aprender a llevar al cielo a la chica que le gusta, y Rosa siente un deje de envidia mezclada con ternura. Qué suerte tiene esa tal Pontia.

—De acuerdo —dice la madame, y a Lily se le ilumina la cara—. Lo haremos bajo un contrato y con un máximo de seis sesiones de dos horas cada una.

Lily lo acepta; está segura de que no necesitará tanto tiempo para aprender, siempre se le ha dado bien estudiar y esto no puede ser diferente.

La siguiente hora transcurre entre papeleo, cláusulas y dudas que Rosa resuelve con paciencia. No hay nada complicado en ese acuerdo, pero Lily parece tan perdida que la madame necesita asegurarse de que lo entiende todo antes de estampar ambas firmas.

—¿Cuándo será la primera sesión? —inquiere Lily, apuntando el nombre de Rosa Pérez en una nueva hoja de su libreta.

—Le pediré a Elena que revise mi agenda y te enviará a tu correo mi disponibilidad para que elijas.

Lily asiente y aprovecha para tachar ese punto en la lista. Se da cuenta de que el siguiente es hablar con Katherine Taylor y decide que mañana mismo lo hará.

—Muchas gracias, Rosa Pérez, espero ese correo —se ajusta su bolso al ponerse de pie—. Por favor, que sea esta semana antes de las seis de la tarde. Solo reviso mi mail hasta esa hora.

Rosa se pone de pie y la acompaña hasta la puerta.

—Por supuesto. Nos vemos pronto, Lily.

La agente hace un corto movimiento de cabeza y sale del despacho de Rosa con el corazón acelerado. La primera parte del plan para conquistar a Pontia está en marcha.