Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

L ily Porter se ajusta el asa de su bolso al hombro mientras mira hacia arriba.

Es un edificio tan alto que le es imposible saber cuántas plantas hay, pero ella tiene muy claro que va a la quinta, en donde está el despacho de uno de sus clientes más excéntricos, de esos que compran pequeños apartamentos por la ciudad escondidos de su mujer y piden máxima discreción por parte de la agencia inmobiliaria.

Ha tenido que repasar a conciencia su lista porque Lily a lo largo de los años ha creado un buen número de clientes y siempre ha tenido el detalle de apuntarlos en su programa con una palabra que los haga fáciles de identificar, como por ejemplo, a Caroline Taylor «Cruceros» o al doctor Jason Peter «barba teñida».

Sabe que algunos de esos nombres no son políticamente correctos, pero es un sistema que funciona para una mente tan especial como la suya.

—Buenos días, vengo a ver al señor Albert Anderson —saluda Lily a una mujer detrás de un gran mostrador.

—¿La está esperando?

—No ha dicho buenos días —es la respuesta de Lily.

—¿Cómo dice? —la agente de seguridad junta las cejas.

Lily se ajusta las gafas y parpadea dos veces, fastidiada de tener que explicar algo tan sencillo.

—He dicho buenos días y usted —se acerca a mirar la pequeña credencial que cuelga de su cuello, pero la tiene dada la vuelta y no puede leer su nombre—, no ha respondido mi saludo. Me ha hecho una pregunta directa que denota su mala educación.

La mujer no puede comprender lo que acaba de escuchar, pero decide no seguirle el juego o lo que sea que está iniciando la visitante.

—Buenos días —compone una sonrisa falsa—. ¿Tiene cita con el señor Anderson?

Lily asiente complacida.

—Sí, el señor Albert Anderson me está esperando. Ayer hablé con su secretaria y me citó para hoy a las nueve en punto.

La agente de seguridad teclea algo en su ordenador durante unos segundos hasta que coge una tarjeta de plástico blanca, la pasa por una máquina y se la extiende a Lily.

—Quinta planta, la primera puerta a la derecha. Por favor, mantenga esta identificación visible —Lily no se mueve de su sitio y cuando la mujer va a preguntarle si necesita algo más, recuerda que está frente a una loca—. Que tenga buen día, señora.

—Gracias, usted también.

Lily camina hacia el ascensor y espera paciente mientras va contando los segundos que tarda el aparato en abrir sus puertas. Una vez dentro, presiona el número cinco y se limpia el dedo con una toallita que ya tenía preparada.

La secretaria la atiende con amabilidad y ella solo tiene que esperar cuatro minutos para que pueda acceder al despacho de su cliente.

—Buenos días, Lily, siéntate, por favor —saluda el hombre, que no pierde el tiempo en extender su mano porque ya conoce las rarezas de la agente.

—Buenos días, Albert Anderson —se sienta y de inmediato saca su libreta del bolso—. Mi consulta es breve.

Mientras busca una nueva página y pone el nombre completo de Albert «putero», recibe la pregunta del hombre.

—¿Qué necesitas?

—Tengo entendido que es usted asiduo a contratar servicios sexuales de varios tipos y me gustaría que me recomendara uno —Lily termina de apuntar en su libreta y sube la mirada, encontrándose a Albert completamente pálido—. ¿Está bien, Albert Anderson?

El hombre se remueve incómodo en su silla y después se destensa el nudo de la corbata.

—No sé de dónde sacas esa información —dice nervioso—, yo no…

Carraspea, asfixiado, y Lily aprovecha para hablar.

—No tiene nada de qué avergonzarse —Lily piensa que si no estuviera casado, quizá no sentiría vergüenza, pero hasta ella misma sabe que mencionarlo es descortés—. Y ya sabe que soy muy discreta, solo necesito que me recomiende algún lugar. Busco algo muy exclusivo, por eso acudo a usted.

El hombre se mantiene en silencio durante unos segundos debatiendo si se trata de una broma, una trampa o de verdad su agente inmobiliaria le está pidiendo un consejo sobre prostitutas.

Tiene que carraspear para que la voz le salga.

—The Hollow —dice por fin—, es el más exclusivo y, por tanto, discreto. Allí puedes encontrar casi cualquier… servicio.

Albert no quiere indagar en qué tipo de práctica busca una persona como Lily Porter.

La mujer asiente mientras termina de apuntar los datos en la libreta tras introducir el nombre del lugar en internet y encontrarlo con facilidad bajo la fachada de un centro recreativo de encuentros.

—¿Hay alguien por quien deba preguntar?

Albert se tensa porque por su mente pasan las cientos de veces que ha estado ahí y disfrutado de las pieles más tersas de toda Nueva York, pero no se ve hablando de estas cosas con Lily, así que decide ir por lo fácil.

—Rosa es quien lleva el lugar, seguro que podrá ayudarte.

—¿Y su apellido? —Lily es incapaz de apuntar nada si no tiene el dato completo.

Albert niega.

—Solo se le conoce como Rosa —se rasca el pecho—, en estos sitios los apellidos no son tan importantes.

Escribe el nombre de la mujer, pensando que los apellidos siempre son importantes, pero no lo dice. Guarda sus cosas en el bolso, se pone de pie y mira a su cliente.

—Muchas gracias por la recomendación —duda antes de marcharse si tiene que agregar algo, pero en vista de la cara aún impresionada de Albert, decide no hacerlo.

Unos minutos después, Lily está en el asiento trasero de un taxi que ha cogido al salir del edificio y se dirige a The Hollow.

Necesita cerrar un trato esa misma mañana y como es una inexperta en estos asuntos amatorios, prefiere hacerlo en persona antes de hacer una llamada o mandar un simple email.

Cuando el vehículo la deja frente al local, tiene que mirar varias veces si no se ha equivocado porque, a pesar de que Albert ha afirmado lo muy discreto que es, a Lily le parece la entrada de cualquier sitio menos la de uno que presta servicios sexuales.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —Lily ha empujado la puerta y la entrada le parece la de un centro de estética en el que te cobran miles de dólares solo por una consulta, aunque este tiene la luz un poco más tenue.

—Buenos días, busco a Rosa —el nombre le sabe incompleto y tiene que abrir y cerrar las manos tres veces.

La mujer morena —que no debe tener más de treinta años— la mira con escepticismo.

—Lo siento, Rosa no está disponible.

Claro, debe trabajar a base de agenda tal como hace ella misma.

—Entonces necesito una cita con ella —pide con calma.

—Lo siento, no funciona de esa manera —la mujer no mueve ni un solo músculo al hablar—. Somos un club y solo los socios tienen acceso a nuestras instalaciones. Para hablar con Rosa, debe ser una miembro activa.

A Lily toda esa palabrería le sobra, ella lo que necesita es contratar un servicio y nada más.

—Vengo de parte de uno de sus socios, Albert Anderson —la agente lleva demasiados años rodeada de multimillonarios para saber que nada abre más puertas que los buenos contactos—. No quiero ser socia del club, quiero hablar con Rosa para un servicio puntual.

Lily se ajusta las gafas con el dorso de la mano y parpadea varias veces porque los ojos se le han quedado secos. Le pasa cuando no puede controlar una situación como quiere.

La mujer levanta el teléfono que tiene sobre la mesa y marca una extensión.

Habla en un tono tan bajo que a Lily le cuesta entenderla, pero sí sabe que ha dado el nombre del «putero» y alguna frase más sobre alguien que quiere verla.

Entonces, cuando está devolviendo el auricular a su sitio, una puerta oculta en un lateral de la habitación se abre y por ella aparece una mujer tan impresionante como misteriosa.

Camina hacia ella y Lily queda hipnotizada por el movimiento de sus caderas; se detiene frente a la agente respetando apenas su espacio personal.

—Hola, soy Rosa —lo dice mientras repasa a Lily con la mirada—. ¿Me acompaña?

—V-vale —Lily aprieta los puños porque ese tartamudeo no lo ha visto venir.

Rosa camina delante de ella y Lily no puede evitar fijarse en ese increíble trasero. Rosa es una mujer tan llamativa que a Lily el pecho se le aprieta, pero de inmediato la imagen de Pontia Taylor aparece en su mente y todo lo demás simplemente pierde importancia.

El despacho no tiene látigos ni una cama de tamaño extra grande en el centro como Lily se había imaginado; es un espacio sencillo más digno de una contable que de quien dirige un prostíbulo de élite.

—Me ha dicho Elena que viene de parte de uno de nuestros socios —la madame se sienta y cruza su larga pierna sobre la otra—, pero no tengo muy claro que podamos ayudarla.

La agente inmobiliaria tiene que hacer varias respiraciones antes de abrir la boca porque sabe que si no se tranquiliza, no le saldrá la voz.

—Quiero contratar un servicio para ganar experiencia. Me gusta una chica y quiero hacerlo bien cuando llegue el momento.

Lo dice de carrerilla y suspira porque ni se le ha trabado la lengua ni ha tartamudeado.

Rosa no lo dice en voz alta ni lo demuestra, pero está sorprendida; con toda su experiencia, es la primera vez que una mujer se sienta frente a ella y le hable con tal sinceridad sobre lo que necesita.

La madame lleva treinta y cinco años en este negocio, comenzó cuando tenía veinte y era demasiado estúpida como para tomar buenas decisiones.

Después de muchas experiencias y malos momentos, decidió salir de ahí, pero uno de sus clientes le ofreció estar al frente de un nuevo sitio que quería abrir y desde ese momento sus pasos la han llevado a dirigir varias casas hasta que hace casi una década fundó The Hollow desde abajo y se ha convertido en uno de los mejores clubes de servicios sexuales de Nueva York.

—No solemos trabajar con personas que no estén asociadas a nosotras, pero dado tu caso, haré una excepción —Rosa abre el portátil que estaba cerrado sobre su mesa—.

Tendrás que rellenar un formulario, eso es imprescindible; en The Hollow lo más importante es la seguridad de mis chicas y la discreción para nuestros clientes.