Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

L ily se ha estado preparando para la llegada de Pontia desde que ha llegado a la oficina, o más bien mentalizándose de ello.

Son las diez y dos minutos y tiene el corazón desbocado y un calor desconocido en todo el cuerpo.

Se arrepiente de no haberle dado cita cuando se la pidió, porque ahora no sabe cuándo va a venir y eso la pone nerviosa, así que intenta distraerse centrando su atención en la pantalla del ordenador, donde ha lanzado otra búsqueda muy concreta:

Necesito piropos bonitos para la chica que me gusta.

El buscador ha devuelto decenas de páginas, con titulares que la han hecho ruborizarse: piropos atrevidos y originales para mujeres, elogios que vuelven locas a las mujeres o frases para enamorar a una mujer.

Lily está desconcertada porque no entiende que una mujer pueda enamorar a otra con una frase, pero ella tiene la libreta abierta —por una página nueva— porque no puede mezclar esto con su tarea de pedir consejo a Katherine Taylor; son dos cosas distintas que perturbarían su paz mental si se mezclan.

Ya ha anotado varias expresiones y piropos que le han parecido adecuados teniendo en cuenta su poca experiencia en estos temas.

Está anotando el siguiente cuando la puerta se abre y la melena rubia y ondulada de Pontia aparece frente a ella. Lily se apresura a guardar la pestaña del navegador en favoritos y cerrarla de inmediato, y para cuando cierra su libreta, la chica Taylor que le gusta está frente a ella.

—Hola, Lily.

—Buenos días, Pontia Taylor —responde, alineando el bolígrafo que acaba de utilizar hasta dejarlo paralelo a la libreta, que a su vez está en línea recta con el teclado, el cual tiene su propia posición sobre la alfombrilla antideslizante que utiliza de base.

Pontia la mira con atención, fascinada con las manías de esta mujer y con el color sonrosado de sus mejillas.

—Bueno, he llegado a tiempo de que me atiendas, ¿no? —dice divertida.

Lily mira de reojo hacia la parte inferior de la pantalla, asintiendo.

—¿Cómo está Kitty?

La pregunta coge completamente desprevenida a Lily, que no está acostumbrada a que nadie pregunte por su gata.

—Hoy ha desayunado lata de salmón, es su favorita —dice mientras abre su agenda y anota que Pontia ha llegado—. Sus heces son normales y no se rasca; gracias por preguntar.

La cara de Pontia es un poema ante lo excesivo de la información, y cuando Lily levanta la mirada, siente que le pasa algo en el pecho y se pregunta si es normal que un corazón lata tan deprisa sin motivo aparente, pero sí que hay motivo, porque los ojos oscuros de Pontia Taylor están fijos sobre los suyos y su sonrisa está curvada de una forma que hace que su mirada se vuelva más intensa.

—Me alegro mucho de que las cacas de Kitty sean bonitas y de que haya tenido la suerte de desayunar su comida favorita.

A Lily la recorre una especie de calambre que empieza en su garganta, atraviesa su pecho y se detiene en un lugar de su vientre que la hace removerse en la silla con incomodidad.

—G-gracias —tartamudea de nuevo y no puede evitar mirar a la mujer que tiene delante, esperando esa burla o la sonrisita que siempre aparecía en la cara de sus compañeros de colegio, pero lo que recibe a cambio es un guiño simpático que hace que el suelo se mueva bajo sus pies.

—¿Por dónde empezamos? —pregunta Pontia cuando ve lo nerviosa que se ha puesto, y la agente inmobiliaria agradece poder ponerse en modo profesional, aunque no puede evitar echar un vistazo otra vez a la camisa abierta que lleva la terapeuta y el escote generoso que ofrece la camiseta de tirantes que viste debajo.

Se mira a sí misma y se pregunta cómo le quedaría una prenda tan informal como esa, y lo descarta porque le resulta imposible imaginarse mostrando tal cantidad de piel.

—Lo primero es saber qué estás buscando exactamente y el presupuesto que estás dispuesta a destinar a la búsqueda de vivienda.

Lily abre su programa de gestión para añadir los datos de su nueva clienta.

—Pues no tengo clara ni una cosa ni la otra —dice Pontia, y Lily parece congelarse en la silla.

—No podemos trabajar sin datos, Pontia Taylor. Es necesario para una correcta gestión del tiempo que nos centremos solo en aquello que puede ser de tu agrado.

Pontia decide en ese instante que adora a esta mujer, y que la besaría ahora mismo si alguien le asegurase que Lily no se desmayaría por la impresión.

—Está bien, vale —Pontia se atusa la melena, mitad por costumbre y mitad porque le encanta ver cómo se agrandan las pupilas de Lily cuando hace ciertos gestos—. Quiero una casa que no sea muy grande, con jardín y un porche; a ser posible que no sea adosada, no quiero vecinos pegados a mis paredes.

Lily toma notas, pero tiene un problema con el espacio que la hace detenerse.

—¿Qué quieres decir con que no sea muy grande? ¿Solo una habitación? ¿Dos? ¿Quieres despacho?

Pontia parpadea.

—Dos habitaciones está bien, creo.

—No sé si tengo casas tan pequeñas en el catálogo, Pontia Taylor.

—Está bien —Pontia se inclina hacia delante, apoyando los brazos en la mesa, y a Lily le llega una ráfaga suave de su perfume que la hace inspirar con brusquedad, como si quisiera guardárselo solo para ella—.

¿Qué te parece si eliges las casas más pequeñas de tu catálogo?

Descartas las que tengan vecinos demasiado cerca y me enseñas las que queden.

—Pero... —Lily parpadea y presiona tres veces la parte de arriba del bolígrafo que acaba de coger—. ¿Y la zona? Tienes que elegir, no podemos...

—Lily —la corta Pontia, y la agente inmobiliaria siente que su pulso se está volviendo loco—, todo esto es cosa de mi padre, insiste en comprarme una casa que no he pedido. Tú llevas años trabajando con ellos... Con mi familia, y conoces sus gustos mejor que yo misma.

—¿No conoces a tu familia? —pregunta Lily con los ojos muy abiertos, sintiendo que su mente analítica se desordena.

—No mucho, pero eso ya te lo contaré otro día.

—Eres igual que Katherine Taylor —Lily parece entrar en bucle—. No puedes no conocerlos.

Pontia sonríe y se pregunta cómo es posible que alguien con la bondad y la inocencia de Lily Porter haya sobrevivido en un mundo tan perverso.

—No supe que existían hasta hace unos meses, solo soy Taylor por mi padre. Mi madre no era la misma que la de mis hermanas, pero dejemos esto para otro día —pide la rubia, y a Lily le cuesta apartar el pensamiento.

—Está bien. Entonces... —la agente inmobiliaria abre su libreta por pura necesidad de hacer algo con las manos, porque la confesión de Pontia la ha dejado descolocada y eso la pone nerviosa.

La libreta se abre justo por la última hoja en la que ha escrito, donde estaba apuntando piropos justo antes de que Pontia llegara, y decide que este es un buen momento para empezar su conquista.

Se toma unos segundos para leer, se decide por uno y lo memoriza, repitiéndolo en su cabeza hasta tres veces sin equivocarse, así que, cuando se siente lista, pone la mano sobre la hoja —porque Lily siempre ha estado en contra de copiar— y mira fijamente a Pontia.

—Tus ojos son más bonitos que... que... —la boca le tiembla y, al tartamudear, su mente se queda en blanco y olvida el resto de la frase.

Pontia está impresionada y emocionada a partes iguales, porque lo último que se esperaba de una mujer como Lily era que se atreviera a lanzarse de este modo tan repentino como inesperado.

—¿Qué, Lily? —trata de ayudarla, con un brillo en sus ojos marrones que a Lily le recuerda el chocolate caliente.

Le cuesta concentrarse, intenta buscar el resto de la frase en algún rincón de su mente y le resulta imposible localizarla.

—Vamos, Lily, dilo, por favor —el susurro casi ronco de Pontia la atraviesa como si le hubiera dado la corriente.

Quiere decirlo, quiere completar la frase a pesar de que el corazón le late en la garganta y no está segura de que le salga la voz, y por primera vez en su vida, hace trampa y decide consultar la libreta.

Aparta la mano con la que cubría la hoja y empieza a leer. Al principio Pontia cree que la está ignorando, que busca una excusa para cambiar de tema, pero entonces se da cuenta de que lo tiene apuntado y, en lugar de enfadarse, el corazón se le aprieta.

—Tus ojos... —empieza Lily de nuevo, pero los nervios no la dejan concentrarse y las letras se mezclan ante ella sin que pueda ordenarlas, así que no le queda más remedio que improvisar—. Tus ojos son más bonitos que la mayoría de los ojos —dice al fin.

Pontia se queda quieta un momento, mordiéndose los labios porque quiere reírse, no de Lily, sino de la comparación, pero cuando ve cómo su cara empieza a pasar de la incertidumbre al pánico, se apresura a decir algo para tranquilizarla.

—Es lo más bonito que me han dicho nunca, Lily.

Lily levanta las cejas, desconfiada. Incluso ella, que no domina el arte de la seducción, sabe que su intento de piropo ha sido un desastre.

—Mentira —dice, y Pontia ladea la cabeza de forma lenta y tortuosa para una mujer que no sabe qué hacer con las reacciones repentinas de su cuerpo.

—Es verdad —admite Pontia—, tal vez no es lo más bonito, pero sí es lo más tierno y sincero que le he escuchado decir a nadie.

Lily asiente, satisfecha porque Pontia parece sincera; aun así, anota que sin duda necesita ayuda también para esto. Debe encontrar a alguien que pueda darle clases o instrucciones, esto también tendrá que buscarlo.

—Buscaré en el catálogo y haré un listado filtrado con tus indicaciones, algo acorde al apellido Taylor que no tenga vecinos —resume Lily sin mirarla.

—Exacto, justo eso.

—La reunión concluye entonces; te llamaré...

—Lily —la agente levanta la mirada del teclado—. ¿Tenías el piropo apuntado en una hoja?

La reacción de Lily es coger la libreta y esconderla bajo su regazo como si Pontia fuera a quitársela.

—He estado investigando.

Pontia levanta una ceja, cada vez más impresionada con la mujer que tiene delante.

—¿Qué has investigado?

—Piropos bonitos para la chica que me... —se queda callada y se ajusta las gafas, y Pontia, entrenada para observar cada detalle de sus pacientes y entender cómo se sienten solo con verlos, decide que Lily ya ha soportado suficiente tensión por hoy.

—Ese también es un detalle muy bonito, gracias, Lily.

Desconcertada porque no se esperaba esa reacción, Lily se centra en su agenda y trata de alejar cualquier otro pensamiento de su cabeza que tenga que ver con una mujer rubia y un escote que está segura de que no olvidará jamás.

—Te llamaré mañana a las diez y media para concertar la primera cita. Es importante que contestes, sigo un orden riguroso de...

—Contestaré, Lily —Pontia se levanta y se inclina ligeramente sobre la mesa—. No me perdería una cita contigo por nada del mundo.

Pontia abandona la oficina y Lily la observa hasta que sube en el mismo coche oscuro con chófer que utiliza Katherine Taylor.