Capítulo 2
A Lily le duele tanto la espalda que, si no se levanta en ese momento de la cama, teme partirse por la mitad.
Hace quince minutos que ha abierto los ojos porque una mirada oscura y penetrante que se ha colado en su mente durante la noche la ha hecho moverse incómoda por el colchón, haciendo que el sueño sea más bien ligero y obligándola a despertarse más temprano que de costumbre.
Tiene las manos rectas a ambos lados de su cuerpo, la manta floreada justo hasta el nivel de sus pechos y la mirada fija en el techo blanco mientras soporta la tensión en sus músculos.
Un minuto después —al fin— suena la alarma de un pequeño despertador de color marrón que tiene sobre su mesilla y Lily se mueve con energía para apagarlo antes de que suene por más de tres segundos.
Se incorpora despacio y pone los pies en el suelo, estirando su cuerpo hasta que varios crujidos le recuerdan que ya no tiene veinte años.
Pudo haber salido de la cama en cuanto se ha despertado, pero una de las tantas manías que tiene —la de levantarse solo cuando se lo indica su despertador— le ha impedido hacerlo, así que ahora está completamente rígida y dolorida.
Camina hacia la ventana de su habitación y la abre para ventilar, sintiendo cómo el aire primaveral se cuela en su espacio. Repite la misma acción por toda la casa y, acto seguido, pone una alarma de dieciséis minutos que le indicará cuándo debe volver a cerrar todo.
—Hola, preciosa —le dice a una muy enfadada Kitty que dormía plácidamente en su canasta de madera hasta que su dueña ha empezado a hacer ruido.
La gata le bufa mientras la mira como si estuviera planeando cómo desgarrarle el cuello, y Lily le sonríe con amor.
—Hoy toca la lata de salmón —la agente inmobiliaria le pasa el dedo por la cabeza y Kitty se relaja—. Tu favorita.
Lily Porter tiene una rutina que cumple cada día con exactitud. Una que diseñó hace varios años y que la hace vivir en calma, sin tener que improvisar ni cometer errores que la distraigan.
Después de servir el desayuno a su gata, enciende la cafetera con la medida justa para dos cafés.
Uno que se toma mientras se come un panecillo de cereales.
El otro cuando ya está lista para salir a su oficina, a la vez que revisa su cuaderno en el que apunta cada cosa importante que tiene que hacer.
Lily también hace su cama —tan perfecta como la deja el personal del hotel Mallois—, enciende la aspiradora para que haga su trabajo mientras ella se ducha y deja la cocina impoluta porque no soporta la vajilla sucia.
Para ella es muy importante lavarla justo después de usarla.
Hoy no toca sesión de yoga porque solo lo hace tres días a la semana; hoy toca hacer caminata nocturna por el barrio cuando vuelva de trabajar.
Toda esa rutina funciona muy bien para ella, la hace cada día de manera mecánica con tiempos casi medidos, salvo hoy.
La cita con Pontia Taylor la ha sacado de su elemento y cada movimiento que ha ejecutado desde que ha abierto los ojos esa mañana ha sido errático e inseguro.
Por eso, cuando se mira en el espejo de cuerpo entero que tiene frente al armario, sus hombros se hunden de golpe.
Lleva puesta una camisa oscura con las mangas largas abombadas, hombreras y un lazo cruzado en el cuello que era de su madre.
La falda le llega hasta los tobillos y el cinturón negro grueso se le ajusta a su cintura haciéndola ver más tensa de lo habitual.
No está muy segura de saber ponerle nombre a lo que le pasa con Pontia, pero cuando piensa en Katherine o en algunas de sus clientas atractivas, a Lily no le vibra el vientre como lo hace cuando la nueva incorporación de las Taylor surca su mente.
—Así no vas a gustarle a Pontia Taylor —niega con la cabeza mientras lo dice y la angustia le trepa por el pecho.
Lily mueve los ojos por la habitación como si estuviera buscando a alguien; el problema es que está sola.
Completamente sola para todo porque no tiene amigas ni a nadie a quien recurrir para pedirle un consejo.
Piensa de inmediato en su vecina Dorothy, la más cercana que tiene a ser alguien en quien confía.
Sale de su piso a paso apresurado y, cuando se planta frente a la puerta, toca el timbre tres veces.
Pone el cronómetro en marcha. Lily debe esperar un minuto completo para volver a llamar y, aunque hoy la impaciencia la asfixia, es incapaz de romper sus propias reglas.
Cuando el minuto pasa, vuelve a tocar el timbre a pesar de que ya escucha los pasos acercándose, pero como Dorothy aún no ha abierto, ella tiene la obligación de llamar.
Una mujer que parece tener dos siglos de edad abre la puerta, enfundada en una bata gruesa y aferrada a un bastón de madera.
—Lily —saluda la mujer—. ¿Ocurre algo, cielo?
La agente niega y toma una respiración profunda antes de hablar.
—Buenos días, Dorothy Mars —hace una corta inclinación de cabeza—. Quiero saber tu opinión sobre mi vestimenta elegida para hoy.
La mujer no puede ocultar la sorpresa ante la pregunta.
Para ella, Lily es una gran chica, rara eso sí, pero muy buena.
La ayuda siempre en todo lo que necesita desde aquel momento en que coincidieron en el pasillo y Lily le dio un discurso de cómo regar y cuidar cada una de sus plantas porque, bajo su criterio, lo estaba haciendo francamente mal.
—Estás vestida como siempre —Dorothy no sabe qué otra cosa decir.
—Tengo una cita profesional con una mujer que creo que me atrae —Lily lo explica de manera solemne sin despegar los ojos de la cara de Dorothy—. Ella es muy guapa y siempre viste bastante bien. Quiero agradarle y me preguntaba si, vestida así, tenía alguna oportunidad.
A la mujer le enternece esa inocencia de Lily, pero a la vez le da pena porque el mundo es demasiado cruel con las personas como ella.
—Creo que lo único que puedo decirte ahora mismo es que tienes que buscar a alguien de tu edad para que pueda asesorarte —la mujer aprieta el mango del bastón; estar demasiado tiempo de pie la agota—.
Yo soy demasiado mayor para opinar sobre lo que está de moda. ¿Conoces a alguien que pueda ayudarte?
Lily lo valora por unos segundos mientras su mente se mueve a toda velocidad y, por alguna razón que desconoce, el único nombre que resuena en su cabeza es el de Katherine Taylor.
—Creo que sí —contesta y se ajusta las gafas con cuidado de no manchar el cristal.
—Hoy, para tu cita, puedes ponerte algo más claro —aconseja Dorothy de manera sutil, sin hacerle sentir a su vecina que parece la trabajadora de un cementerio casi abandonado.
Lily parece meditarlo un instante con el ceño fruncido antes de asentir.
—Gracias, Dorothy Mars —la mira y ladea la cabeza—. Tienes mal aspecto; si te encuentras mal, no dudes en llamar a emergencias.
La agente inmobiliaria se da la vuelta y regresa a su piso.
Kitty la observa con curiosidad cuando su dueña coge su libreta y se sienta en uno de los taburetes altos en los que suele desayunar.
Lo primero que hace Lily es abrir el navegador de su móvil para hacer una búsqueda rápida; no tiene demasiado tiempo para invertir en eso, pero sí unos cuantos minutos.
«Ropa para gustar a una mujer atractiva».
El buscador le devuelve trajes de corbata y hombres posando con gesto ridículo. Comprende entonces que necesita ser más específica.
«Soy mujer, busco ropa para gustar a otra mujer con la que tengo una cita profesional esta mañana».
Su pantalla se llena de féminas ataviadas con vestidos, blusas vaporosas y otras con conjuntos de lencería que Lily no comprende para qué sirven si apenas cubren la piel.
Desliza el dedo buscando algo que pueda encontrar en el armario, pero mientras lo hace se da cuenta de que no tiene nada siquiera parecido; de hecho, el consejo de su vecina tampoco le sirve porque ella solo tiene prendas oscuras de color marrón, negro o azul.
Se queda un instante analizando su complicada situación y llega a la conclusión de que solo una persona podrá ayudarla. Abre su libreta y en una hoja limpia apunta la fecha, la hora de su ocurrencia y el nombre de Katherine Taylor, puntualizando que es la dueña de los hoteles Mallois y Magnolis.
—Mamá se marcha —anuncia Lily acercándose a Kitty, que está en su momento de limpieza—. Pórtate bien; nos vemos más tarde.
La felina la observa con sus ojos oscuros y la pata colocada en una posición imposible mientras desliza la lengua por su pelaje.
La mujer sonríe y levanta la mano mientras le dice:
—Deséame suerte —acerca sus dedos al cuello de Kitty, pero la gata suelta tres bufidos y luego pega la cabeza a la mano de su dueña para disfrutar de unas caricias.
Lily respira varias veces mientras coge su bolso y su botella de agua. Hoy tiene por delante un gran día y necesita mentalizarse de que pasará horas con la única mujer que ha hecho que su cuerpo vibre por dentro.