Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4) Capítulo 1
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Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4)

Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4)

Por Eva Gonzay, Julia C. Brown

© inepub.com

Capítulo 1

—Siento llegar tarde, ¿llevas mucho rato esperando? —pregunta Katherine, apareciendo por detrás de Pontia, que está sentada a una de las mesas del restaurante del Mallois.

Nota el roce de su mano por la nuca cuando pasa por su lado, que es una de las formas que la hermana a la que más se parece tiene de mostrarle su afecto.

—Nada, cinco minutos. ¿Jodie te ha entretenido?

Pontia lo dice en broma, porque, al igual que Caroline, encuentra divertido chinchar a su hermana; sin embargo, en lugar de lanzarle una mirada helada como suele hacer, Katherine Taylor parece congelarse en su silla por un segundo.

Es algo casi imperceptible: la línea de su mandíbula se aprieta y su mirada se desvía antes de que se centre en Pontia y recupere sus frases afiladas.

—Lo que Jodie y yo hacemos por las mañanas no es asunto tuyo —suelta Katherine, levantando la mano para que el camarero se acerque.

—Vale —sisea Pontia, arrastrando las sílabas mientras levanta las manos con expresión divertida.

—¿Lo mismo de siempre, señora Taylor? —pregunta un camarero joven y demasiado delgado.

—Hoy solo café, gracias —responde, y el chico se gira hacia Pontia.

—¿Y usted, señora Taylor? —pregunta turbado, intentando acostumbrarse al parecido de las hermanas y a no confundir a su jefa con la huésped del hotel.

—Yo sí quiero lo de siempre, Joshua, gracias.

El chico se aleja y Pontia apoya los brazos en la mesa, inclinándose un poco hacia delante.

—¿No vas a comer nada? —pregunta a su hermana.

Katherine, que estaba comprobando su móvil, lo bloquea y lo deja sobre la mesa antes de responder.

—He desayunado en casa. No tengo hambre.

Pontia sabe que no es verdad. Hace semanas que las dos hermanas han tomado por costumbre desayunar juntas en el hotel.

Kate viene veinte minutos antes de empezar su jornada para pasar ese rato con ella, y Pontia, que siempre tiene hambre en cuanto se levanta, la espera cada mañana.

Es absurdo que haya desayunado en su casa, pero Pontia decide no insistir porque, aunque no conoce mucho a su hermana todavía, sí sabe que si la presionas se cierra, y Katherine Taylor lleva varios días un poco rara.

—Bueno —Katherine rompe el silencio que se había instaurado—. ¿Lista para tu cita con Lily Porter?

Su expresión cambia, la sonrisa de la dueña del hotel se vuelve torcida y perversa.

—No es una cita —Pontia no puede creerse que reaccione así cuando escucha su nombre, ruborizándose como una adolescente.

—¿No? —la ceja de Kate se levanta, provocadora.

—Voy a verla para decirle lo que busco y programar citas. Eso no es una cita.

—¿Y qué buscas, Pontia? ¿Una casa o colarte bajo la falda de la buena de Lily?

Pontia suelta una carcajada inevitable, sintiendo que al mismo tiempo se le tensa algo en el estómago por el simple hecho de imaginar sus manos en la cintura de la mujer.

—Joder, estoy nerviosa y no lo entiendo —dice frustrada.

El camarero llega con el pedido y mira dos veces a cada hermana como si necesitara asegurarse de cuál es cada una antes de servirlas.

—Pobre chico, podrías ser más amable con él; se caga encima cada vez que se acerca.

—Soy amable —Katherine frunce el ceño.

—Ni siquiera lo has mirado cuando ha dejado la taza; tiene que dejar que te vea la cara para que no se confunda —se divierte Pontia.

—Es que no entiendo qué es lo que le confunde tanto; le basta con recordar que su jefa tiene clase para vestir y que tú, bueno —Katherine la señala y Pontia suelta una carcajada fuerte.

—Tengo más clase que tú, y voy mucho más cómoda —Pontia levanta una pierna por un lado de la mesa, mostrando los pantalones cargo que ha elegido para hoy, las botas medio abiertas complementando el conjunto con una camiseta básica de manga corta y una gabardina fina para el fresco de las mañanas.

—Me encantará verte al lado de Lily con sus vestidos y trajes de señora de los setenta; sin duda seréis una pareja llamativa —se mofa, y Pontia vuelve a sentir ese aleteo en el estómago cuando piensa en la mujer.

—¿Crees que sus padres eran muy estrictos con ella y por eso es tan…? —Pontia se detiene porque ni siquiera sabe cómo definir a Lily Porter.

—¿Remilgada? —la ayuda Katherine.

—Creo que peculiar es mejor.

—Sé que es hija de un militar, pero poco más. Si quieres saber más de ella puedes preguntarle a papá; él los conoce desde hace años.

Pontia quiere saberlo todo de ella, pero le gustaría que fuera Lily la que se lo contara, aunque toma nota mental de sonsacar a su padre si lo necesita.

—¿A qué hora has quedado con ella? —pregunta la dueña del hotel.

—No he quedado a ninguna. Ahora tengo un par de sesiones con los pacientes. Cuando acabe me pasaré por su oficina para hablar con ella.

—Ajá —murmura Katherine, con una sonrisa diabólica en la cara.

—¿Qué?

—Nada, dale recuerdos de mi parte.

Katherine da un último sorbo a su café y, por un segundo, se queda con la taza a medio camino entre la mesa y sus labios, como si se hubiera perdido en algún pensamiento.

—Oye, Kate, sabes que estoy aquí para lo que sea, ¿verdad? —pregunta Pontia.

—No te entiendo.

La ceja de Pontia se curva con la misma elegancia que lo hace la de su hermana.

—Sí que me entiendes —puntualiza—. Llevas unos días un poco rara. Caroline diría que eso te viene de serie —las dos se ríen—, pero es otra cosa. Solo digo que si necesitas hablar, soy tu chica.

—Gracias, pero estoy perfectamente. Ve a tus reuniones —dice cuando Pontia se levanta—. Y suerte con Lily; saluda también a su gata siniestra si está con ella.

—No te metas con Kitty, es adorable —Pontia se inclina sobre su hermana y le besa la cabeza, porque ella sí es más de tocar y a estas alturas ya no se siente intimidada por ella.

—Adorable… —repite con sorna—. Te recordaré tus palabras cuando te bufe como si quisiera sacarte los ojos.

Pontia suelta una carcajada y sale del salón.

Son las once y media de la mañana cuando el taxi deja a Pontia frente a la oficina de Lily Porter.

Tiene el corazón en la garganta y, a pesar de que el día en Nueva York está nublado y que esa última semana de mayo está siendo más fresca de lo normal, se tiene que remangar las mangas de la gabardina porque de repente tiene calor.

Empuja la puerta de cristal y el corazón le da un vuelco cuando Lily, que está sola en el interior, sentada detrás de una mesa blanca perfectamente ordenada, levanta la mirada de la pantalla y se ajusta las gafas de pasta como si creyera estar viendo una alucinación.

—Hola, Lily —saluda, cerrando la puerta al entrar.

Lily se levanta de golpe.

—Hola, Pontia Taylor.

A Pontia le cuesta unos segundos recordar que Lily tiene la costumbre de dirigirse a todo el mundo por su nombre y apellido, y se dice a sí misma que conseguirá que a ella la llame solo Pontia.

Lily tiene la mirada fija en Pontia, nota que las mejillas se le han calentado y que su cerebro no funciona como le gusta.

Mira su mesa y suspira con alivio al ver que todos los bolígrafos están alineados al lado del teclado y que su móvil sigue el mismo ángulo de la esquina, como si a Pontia le importara.

La nueva incorporación de la familia Taylor se acerca y le tiende la mano, y Lily tarda unos segundos en estirar la suya y coger la de la mujer, que le da un apretón fuerte y la suelta mientras Lily nota que mira su cuerpo.

Hoy lleva un vestido oscuro con el cuello cerrado y la falda casi hasta los tobillos.

Se siente mareada ante la intensidad de la mirada de Pontia, porque desea gustarle y ahora la está viendo con esta ropa que ella misma sabe que no es muy moderna.

Se mira la mano y no puede evitar abrir el cajón y sacar una toallita para limpiarse.

Una vez logró no hacerlo: le dio la mano y no se limpió, pero Lily tuvo varios minutos para mentalizarse antes, para conseguir detener el impulso de hacerlo porque había decidido que no quería incomodar a Pontia Taylor con sus manías, pero ahora la ha pillado desprevenida y casi ha vuelto a tartamudear cuando la ha saludado.

—Vengo para que empecemos a buscar algo para mí; todavía no tengo claro si quiero una casa o un…

—Tienes que pedir cita —suelta Lily cuando Pontia estaba a punto de sentarse.

—¿Perdón?

—No atiendo a nadie sin cita; es una norma.

Las cejas de Pontia se levantan y por un momento piensa que es una broma, pero después se recuerda que se trata de Lily, y cualquier cosa con ella le parece posible.

—De acuerdo —dice, tratando de no reírse—. Pues en ese caso, dame una cita.

Usa un tono algo coqueto al decirlo, lo hace a propósito, buscando ponerla nerviosa, y se da cuenta de que lo ha logrado cuando las mejillas de Lily se encienden y junta sus manos temblorosas sobre su regazo cuando se sienta.

—No puedo darte una cita.

Pontia se petrifica.

—¿Por qué no?

—No doy citas más tarde de las once; todo el mundo lo sabe. Es otra norma.

—Será zorra… —masculla en voz baja, pensando en su hermana Katherine.

Ahora entiende por qué ha hecho ese comentario jocoso. Kate sabía los horarios de Lily y no se lo ha advertido.

—¿Zorra? —Lily la mira desconcertada.

—Oh, no. Tú no, claro —se apresura a corregir—. Hablaba de mi hermana Kate; te manda recuerdos, por cierto.

—Gracias —Lily mueve la cabeza para asentir—. Devuélvele los recuerdos a Katherine Taylor.

—Claro, sí —Pontia se lo está pasando bomba.

—¿Por qué es zorra? —pregunta Lily de repente.

Pontia entorna la mirada un momento, estudiando a la mujer, hasta que concluye que está preguntando en serio. Y lo que Pontia se pregunta ahora es si Lily entiende la diferencia entre una zorra como insulto y el animal.

—No lo es; solo, olvídalo. Entonces, ¿no podrías hacer una excepción ya que estoy aquí?

—Las normas son las normas; están para respetarlas, Pontia Taylor.

La terapeuta apoya las manos sobre la mesa, inclinándose hacia delante.

Los ojos de Lily se abren mucho y se pone recta como una vara.

Si fuera otra persona, habría hecho rodar la silla hacia atrás para evitar que invadiera su espacio, pero sus ojos se han clavado en las manos de la chica, con las palmas extendidas sobre la mesa, observando los anillos gruesos en dos de sus dedos y la espesa melena rubia y ondulada que cuelga cerca de la madera.

—En ese caso, Lily —susurra Pontia—, volveré mañana antes de las once. ¿Te parece bien así?

Lily no entiende de provocación porque nunca la ha vivido, pero sí nota el hormigueo por su vientre, el vello de su nuca erizándose y la tensión en el pecho que le corta la respiración.

—Antes de las once, s-sí —confirma, tartamudeando al final.

Pontia nota como se encoge al hacerlo, avergonzada por no controlar su habla, y se inclina un poco más sobre la mesa.

—Es encantador que hables así, y sexy; no deberías avergonzarte nunca.

La boca de Lily se abre formando un círculo perfecto.

—Nos vemos mañana, Lily Porter —Pontia le guiña un ojo antes de incorporarse, y Lily solo puede quedarse donde está, viendo la estela de la gabardina ondeando mientras la chica camina y sale de su oficina.

Exhala con brusquedad cuando se queda sola, y necesita un par de minutos para saber lo que tiene que hacer a continuación, porque Pontia la ha escuchado tartamudear —algo que ahora solo le pasa cuando está muy nerviosa— y no se ha reído ni la ha mirado raro: le ha dicho que era sexy, y Lily quiere tartamudear todos los días a partir de ahora.