Ponme las pilas Capítulo 49
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Capítulo 49

Nova

Tras la comida, Geno me da el número de su sobrina para que la llame cuando tenga un descanso. Voy hasta mi cuarto y cierro la puerta. No sé muy bien cómo se dará esta conversación.

—Hola —dice cuando descuelga.

—Soy Nova. Tu tía me dio tu número.

—Sí, me lo dio a mí también, pero me dijo que te diera a ti la oportunidad de elegir cuándo llamarme. Me porté como una zorra contigo.

—Un poco mal, sí…

—Tenía miedo. Miedo de que me gustara todo eso.

Por eso, le dejé a Ula que destrozara todas tus ideas, porque las suyas no me gustaban.

No me tentaban y no me hacían pensar en todo lo que no tenía, ni tendría en mi vida.

Lo siento, Nova. Y siento también despedirte para alejarte de mi hermano, pero no quería que él sufriera, porque no podía escapar de su vida.

No era el único que miraba las cámaras, aunque él lo sabía.

Os vi miraros. Nunca lo había visto así con nadie.

Cuando vi que era amor, sentí miedo de que eso le destruyera al renunciar a ti.

—Se le rompe la voz—. Yo no estaba bien, Nova.

Llevo años sufriendo ataques de ansiedad y me han estado medicando.

Al quedarme embarazada, lo dejé, pero al nacer mi hija, me dio depresión.

Y lo peor es que no veía salida, si mi vida era la que era, y no quería eso para mi hija.

Siento el daño que pude hacerte, pero solo quería que él fuera feliz.

—No pasa nada. Se nos fue de las manos. No entraba en nuestros planes sentir algo más que sexo.

—Ya.

—¿Cómo estás?

—Yo bien, y él… Poco a poco.

La sensación de que le pasa algo no deja de crecer en mi pecho, pero quiero creer que si fuera grave, su tía o su hermana me lo dirían.

—Me alegro.

—Quiero cambiar este lugar. Tiene varias plantas y he pensado hacer una librería de romántica.

Una zona de pintura, porque muchas mujeres quieren hacer talleres.

Porque no solo es sexo o placer, es sentir que no estamos solas.

A veces ayuda hablar con mujeres que no te hacen sentir mal por tus deseos o por la falta de ellos.

—Me gusta lo que planteas.

—Sí, y quiero mandarte mis ideas y que me digas las tuyas. Por supuesto, te pagaré y, si quieres trabajar aquí…, bueno, me encantaría.

—No lo descarto.

—Bien. Me gustaría llamarte o escribirte. —Siento que tras esta petición hay una mujer que se siente muy sola. Me recuerda a Geno.

—Estaría muy bien. ¿Y qué tal tu hija?

—Es preciosa. Ella me ha dado la fuerza para romper con todo, para que ella sea feliz y poder abrazarla cada día. Te mando fotos.

—Gracias.

—Puedes prometerme algo —duda—, que no lo olvides del todo… Si lo haces, lo vuestro morirá para siempre. —Se le rompe la voz y siento que quiere decir más cosas.

—Nunca podré olvidarlo. Lo amaré siempre. —Cierro los ojos y tomo aire.

—La vida da muchas vueltas. —No quiero aferrarme a esas palabras, porque la esperanza a veces solo amarga.

Hablamos un poco más y, sin el palo por el culo, no es mala gente. Al final, juzgamos sin conocer toda la historia de las personas, sin saber por qué son así y qué hay detrás.

** *

Al día siguiente, una mujer entra con mi madre, con una carpeta, haciendo fotos al lugar. Geno está desayunando tranquila y posa para las fotos. ¿Qué está pasando?

—Tú sabes algo.

—Claro que lo sé.

—¿Y no me vas a decir nada?

—Necesito más huevos y beicon.

—Geno.

—Todo a su debido tiempo. Esto es como el orgasmo femenino: o te tomas el tiempo correspondiente o al final todo es falso y fingido.

—No me puedo creer que hayas dicho eso. —Se ríe.

—Es algo de tus padres, cariño. Deja que ellos digan cuándo soltar la bomba. —La jodida se ríe porque seguro que está pensando en algo sexual.

Regreso a la cocina y preparo lo que me ha pedido. Estoy haciendo cinnamon rolls para merendar. El lugar huele a canela. Le sirvo a Geno y sigo haciendo cosas. A la hora de la comida, no paramos. Por suerte, los clientes no paran de venir.

—Reunión —me dice mi hermana por la tarde.

Vamos a la sala de reuniones. Mis padres y Geno nos esperan.

—Este lugar ha sido parte de nuestra vida —dice mi padre—. Vinimos de Boston sin nada, siguiendo esta oportunidad, y aquí estamos. Pero cuando lo compramos, ya necesitaba arreglos que no hemos podido nunca hacer bien. Es por eso que hemos decidido venderlo.

Mi hermana se sienta. Yo siento tristeza, porque no era el sueño de mi vida, pero en estas semanas sí he aprendido a amarlo.

—¿Y yo qué haré ahora?

—Ahora viene la parte dos —esto lo dice Geno—. Ahora yo seré socia con vuestros padres. Tengo una casa no muy lejos de Boston, la línea de autobús queda cerca, y quiero cederla para un hostal familiar.

Mis padres se miran cómplices.

—¿Cómo? —dice mi hermana.

—Tienes grandes ideas, cariño. —Mi madre le acaricia la mejilla—. Y tu hermana también. Creo que, entre las dos, podéis hacer algo maravilloso. Hay zonas para eventos. Una piscina que reformar… Va a ser una locura, pero podemos hacerlo. Entre todos podemos.

—Y regresar a casa —esto lo dice mi padre y me mira—. No eres la única que echaba de menos esa ciudad.

—Yo… no sé qué decir.

Asimilo todo esto y ellos hablan y ven fotos. El lugar está un poco ruinoso, pero tienen planes y veo a mi hermana más feliz que nunca. Mis padres parecen más jóvenes, y Geno. Bueno, a Geno solo le falta la varita. No, joder, me la he imaginado con una varita a pilas.

Los miro y sé qué es lo que quiero: quiero ser parte de esto. Quiero crear una zona de eventos y dirigir el hostal con mi hermana.

He tenido que perderme para encontrarme.

Pero ahora sí sé qué hacer con mi vida.