Capítulo 47
Nova
El hostal de mis padres se cae a pedazos. No lo recordaba así de mal. Y seguro que esto no es de un día para otro. Llegamos hace dos días y mi madre me dijo que me daba dos días para llorar, porque luego tenía que ponerme las pilas.
Instalaron a Kelvin en un cuarto. No hay mucha demanda. Seguramente, porque hace falta invertir y darle un lavado de cara. Ahora estoy ayudando a preparar el desayuno con mi madre.
Al llegar los clientes, los acomodo en las mesas y les pregunto qué quieren.
Pueden repetir tantas veces como quieran, pero todo sale caliente de la cocina.
Hay que mejorar esto, porque eso hace que a veces tarde mucho todo.
Habría que instalar una zona estilo bufé y que de la cocina solo salieran algunos platos.
Tomo nota de todo lo que quiero proponer, mientras sirvo las mesas. Esto me recuerda a los eventos a los que fui, a Kalen. No escribirle me ha costado la vida, porque siento que algo no va bien o que tal vez solo fuera la pena de decirnos adiós.
Contengo las lágrimas. Tomo aire y sigo trabajando, como si por dentro no me muriera de pena.
A media mañana, salgo a ver a mi hermana en la recepción.
—¿Soy yo la única que siente que este lugar está peor que nunca?
—No, no lo eres. Papá ha pedido un préstamo de nuevo y está a ver si se lo dan.
—Sabía que no estaba bien, pero veo más defectos que nunca.
—Porque este sitio nunca te gustó y veías la verdad a medias.
—No es que ahora me encante, pero de golpe no me disgusta tanto. Creo que vender consoladores me ha abierto la mente.
—Y otra cosa.
—Qué tonta eres. —Mi hermana se ríe.
—¿Cómo llevas lo de Kalen?
—Mal. Lo echo de menos.
—Es normal. No te ha dejado porque no le importes, sino porque su vida no es suya.
—Sí. Una mierda, pero bueno, bien, se pasará. ¿Verdad?
—Claro. En dos días ni lo recuerdas. Yo a mi ex ni lo recuerdo. Pero claro, era un idiota. Me he abierto un perfil en una app de citas. He conocido a algunos hombres interesantes.
—Si dicen que no quieren follar, sal corriendo —esto lo dice mi madre—. ¿Quién entra en una app de sexo para hacer amigos?
—Yo. —Mi madre mira a mi hermana—. Vale, no, no solo para hacer amigos. Vale, tienes razón. Seguiré buscando. No tengo otra cosa que hacer.
Voy a preparar habitaciones con mi madre. De nuevo, veo tantas cosas mal que, al acabar, me pongo a hacer una lista de todo y a buscar información de otros hostales de la zona. Kelvin me ayuda con lo que él ha visto en sus viajes y así nos pasamos varios días en los descansos, y viendo mi ciudad.
Las vecinas de mi barrio, al verme, quieren saber cosas de mí. No me han hecho caso nunca para criticarme, pero ahora que soy viral, de golpe les caigo bien. Hipócritas.
Intento no mirar las redes y buscar a Kalen. Por el día lo llevo bien, pero por las noches me mata no saber de él. Cuando Kelvin se tiene que ir, lo abrazo con fuerza, como si al irse, se fuera con él toda mi vida de la ciudad de Boston.
—Te va a salir un trabajo, y vas a volver. —Coge mi cara entre sus manos—. No puedes dejarme allí solo.
—No lo haré. Cuando mi hermana esté mejor, buscaré trabajo.
—Te escribiré cada día.
—Más te vale.
Nos abrazamos de nuevo, antes de que se vaya con un Uber, para ir a la estación a por su autobús para Boston.
—Es un buen amigo —me dice mi madre, abrazándome por detrás.
—Sí.
—Vamos con los desayunos.
Entramos y vemos lo que he añadido nuevo.
Pan para tostadas recién hecho, con zumos y leche frescos, por si alguien lo toma así.
También hay bollería del día. Al entrar, huele a hogar y hago varias fotos para mis redes.
Hace tiempo que no las uso. Mi fama se fue tan rápido como vino; si no vendía consoladores, nadie quería saber de mi mierda de vida.
Así son las redes: hoy eres lo más y mañana nadie te recuerda.
La fama en redes dura menos que una ola.
Voy por las mesas viendo cómo la gente repite de la sección que ellos pueden coger, mientras esperan huevos revueltos, salchichas o beicon. Saco platos con lo caliente.
—Se te da bien organizar —me dice mi madre, y es verdad, aunque me joda.
—Yo creo que es este lugar lo que no me gusta. Nunca me gustó este edificio. Ni esta ciudad ni…
—Lo sé, hija. La gente fue muy dura contigo cuando con once años ya tenías una talla noventa de pecho.
—Era una niña con tetas de mayor.
—La gente es muy cruel cuando algo destaca. Es como si los pusiera nerviosos. Pero tú ya no eres esa niña, cariño. Eres esa mujer que dijo bien alto que era virgen y le dio igual lo que pensara el mundo.
—Eres mucho más que todo lo que cuatro aburridos piensen de ti —esto lo añade mi padre.
—Sí, pero este lugar… se cae a pedazos y el préstamo no lo conceden. Os dan largas… Mira, da igual. Voy a comprar pintura y a pintar algunas paredes en mi tiempo libre. Necesito estar entretenida.
Al acabar mi trabajo, me voy a comprar cosas para el hostal. Me paso los días siguientes trabajando y haciendo arreglos. Mi padre me ayuda y le damos un lavado de cara. Uso mi dinero para comprar cosas nuevas. Jarrones o detalles pequeños, pero que marcan una diferencia.
No quiero pensar en Kalen, pero entonces una mujer entra con un consolador en la mano y me vengo abajo.
—Se me ha quedado sin pilas. ¿Cómo lo arreglo?
Contengo las lágrimas y mi hermana la risa.
—Hay que enchufarlo —le digo y le enseño cómo es el cargador.
—¿Esa cosa que venía en la caja?
—Sí, se pega por imán.
—Ah…, vale. Gracias, cariño. Esta cosa me ha cambiado la vida.
Se marcha y yo voy hasta la sala de personal.
Tomo aire varias veces. Recuerdo a Kalen, su sonrisa, y me pregunto qué estará haciendo.
Ha pasado más de un mes desde que nos vimos por última vez.
Lo busco en redes y habla de un evento al que fue con su mujer.
No tiene buena cara. No sé si es la pena o el peso.
No puedo evitar escribirlo.
Nova: Hola… Solo quiero saber que estás bien. Te he visto en redes y, bueno, no tienes buena cara.
Lo mando y me siento tonta. Al poco, le veo escribiendo.
Kalen: Ahora mejor. ¿Y tú?
Una lágrima cae en el teclado. No puedo ver, mientras escribo, por las lágrimas. Lo echo de menos y no sé cómo seguir adelante sin él. Duele, me duele mucho su ausencia.
Nova: Lo intento.
Kalen: Sé lo que es eso.
No puedo escribir. Duele demasiado. No consigo ni escribir, ni salir de este lugar. En algún momento, mi hermana se arrastra con su pata chula y me abraza con fuerza.
No sé cómo voy a hacerlo para seguir adelante sin él.