Capítulo 46
Nova
Entro a casa de Kalen ya tarde, cuando he encontrado la fuerza para despedirme de él. En cuanto me escucha, se me acerca. No tiene buena cara. Voy hasta él y le toco la cara, preocupada.
—¿Todo bien?
—Bien. Todo lo bien que puedo estar con la conversación que tenemos por delante.
—Ya… —Me acaricia la mejilla.
—No pasa nada, preciosa. Sé lo que hay.
—Pero duele.
—Sí.
Anda y le cojo de la mano. Se gira y me abraza. Tomo aire. Se está muy bien aquí. No quiero irme. No quiero perder esto. Este calor que traspasa mi cuerpo y acaricia mi alma hasta hacerla vibrar.
Vamos hasta el sofá.
—Suéltalo, Nova. No pasa nada. No me voy a enfadar.
—Sabíamos que esto era una aventura.
—Sí.
—Tu hermana me ha despedido y mi prima quiere vender la casa.
—Lo siento.
—Y a esto súmale que mi hermana se ha roto una pierna y mis padres, y ella, no dan abasto en el hostal. Me voy mañana. Y creo que es mejor dejar lo nuestro en una amistad.
—Solo pudimos ser amigos.
—Ya, pero para mí eras algo más.
—Y tú para mí. Nunca fue mentira, yo…
—No lo digas, Kalen —noto los ojos llenos de lágrimas—, porque yo siento lo mismo y, si lo digo, me romperé. Creo que nos debemos una última noche juntos, como si mañana no me fuera.
—¿Es lo que quieres?
—Si tú lo ves bien.
—Nada me haría más feliz que tenerte un poco más.
—Te veo diferente.
—He tenido mucho trabajo. —Acerca su cara y me besa—. Y no dejaba de pensar en ti.
Cada beso sabe a despedida.
—Yo tampoco en ti.
—Quiero creer que no es el final.
—No puedo quedarme anclada en ti. Me quedé anclada en mi primera vez y no avancé. No puedo, no…
—Lo sé, preciosa. —Acaricia mi mejilla—. Joder, lo sé bien. Pero, aunque nuestros caminos no se junten nunca, quiero soñar que tal vez un día no será todo tan complicado.
En el fondo, yo quiero pensar lo mismo, aunque sé que hacerlo solo me dejará anclada a este momento, a él.
—Ven. —Me levanto y le tiendo la mano—. Me has enseñado muchas cosas. Esta noche quiero que me enseñes a hacer el amor.
Aunque ya lo hicimos, quería darle voz a mi amor de la única forma que puedo.
—Será un placer.
Coge mi mano y vamos juntos hasta su cuarto. Nos quedamos a los pies de la cama y nos besamos sin prisas. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Tira de mi ropa y yo de la suya. Beso y acaricia cada parte de su cuerpo, ansiando memorizar cada curva. Cada ondulación de este hombre que amo.
Nos quedamos sin ropa y caemos en la cama sin poder dejar de besarnos.
Noto su polla dura rozar mi sexo con cada movimiento de mi cuerpo. Baja los besos por mi cuello hasta mis pechos. Los venera. No necesito preguntarle cómo me ve, porque siempre me mira como si nunca hubiera visto una mujer más hermosa, y eso hace que me sienta como una diosa.
Baja la lengua hasta mi sexo y acaricia mi clítoris, que ya está hinchado y deseoso de sus atenciones. Me come sin prisas. Sabiendo que esta, tal vez, sea la última vez. Me lleva al límite, pero no le exijo que me dé lo que ansío, porque quiero prolongar mi placer al máximo.
Contoneo mi cuerpo contra su boca. Jadeo y grito su nombre. Cuando regresa a mi boca, lo beso, perdiéndome en mi sabor más íntimo.
Noto cómo entra poco a poco en una lenta tortura.
Nos miramos a los ojos. Es tan guapo, que me duele mirarlo. Paso los dedos por sus cejas, por sus mejillas, por esa barba que ha sido una delicia entre mis piernas. Cojo su cara entre mis manos y lo beso, mientras entra hasta el fondo.
No se mueve. No puede hacerlo. Quiere prolongar el instante en el que somos uno. Estamos haciendo el amor como últimamente y, aunque callamos lo que sentimos, nuestros cuerpos no pueden ocultar la intensidad de este momento.
Sale y entra sin prisas. Mi cuerpo se abre a él.
Me encanta sentir su peso sobre mí, que el aire no pase entre nuestros cuerpos.
Se mueve lentamente.
Esta tortura me está haciendo temblar con cada embestida. Nos besamos, sabiendo que el final está cerca. Y así es. El orgasmo me atraviesa y grito su nombre. Me sigue. No, no estaba preparada para que acabara.
Lo abrazo con lágrimas que no dejan de correr. Me acaricia, me dice lo preciosa que soy. No me prometo que esto no vaya a ser para siempre, si no, nunca podré avanzar.
—Ya sabía lo que era hacer el amor. —Acaricia mi espalda tras sus palabras—. Lo aprendí contigo.
—Y yo.
Y eso es lo más cerca que estamos de decir de nuevo «te amo».
Kalen
Lo malo de tener ansiedad es que intento disfrutar de ella, pero no estoy del todo aquí. La veo escaparse de mis dedos, sin saber cómo vivir los últimos instantes, sin sentir que estoy viviendo un sueño del que soy preso por mi ansiedad.
Ayer nos dormimos abrazados. Al despertar, la miré abrazada a mi pecho. Al pensar que no quería perderla, me empecé a poner nervioso y tuve que salir de la cama a tomar el aire.
Ahora estoy preparando el desayuno.
Cuando entra en la cocina, ni la he escuchado acercarse. Me abraza por detrás, como hace siempre.
—Buenos días.
No son buenos, si te pierdo, pero esto no se lo digo. No quiere saber cuánto la amo, porque eso solo nos hará más daño.
—Buenos días.
Acaricio sus manos y, cuando me giro, ya se ha vestido. Lista para irse tras el desayuno.
La beso dulcemente y termino de preparar todo.
Vamos a la mesa donde se ve la cascada. La pillo secándose una lágrima. Me rompo por dentro. Noto cómo me mareo por la ansiedad. Dejo el plato y cierro los ojos, queriendo controlar mi respiración.
—Espero que te guste —digo, mientras por dentro soy una tormenta en ebullición.
—Seguro que sí.
No me mira, por eso no ve que estoy pálido, hasta que recuerdo cómo se respira. Come mirando hacia la catarata. Mirarme le duele demasiado. Yo no puedo comer. Solo quiero mirarla un poco más.
—No sé de qué hablar, porque todo se quedará aquí.
—Dime solo que lucharás por ser feliz. —Entonces sí me mira.
—Lo intentaré. —Mira la comida casi sin probar—. No puedo comer nada. No puedo.
Se levanta y sé que ha llegado el final. Me levanto y la abrazo. No digo nada más. No hace falta. Tampoco cuando vamos hasta la puerta y nos besamos, una y otra vez, sin poder poner el punto final.
Al final, sus lágrimas hacen que se aparte y se marche, porque no puede aguantar la compostura.
Al llegar a la puerta, se gira.
Abre la boca. Se la muerde.
—Yo… —Se queda callada.
—Yo también —respondo, sabiendo que decir «te quiero» duele demasiado, pero es una realidad.
Se marcha y yo acabo de nuevo en Urgencias. No sé cuándo podré volver a estar fuerte. Cuándo podré con todo de nuevo y sentir que mi vida es mía. No lo sé, pero sí sé que siempre la amaré. En mi recuerdo, ella siempre será mía.