Capítulo 43
Nova
Ayer Kalen estaba afectado. Me fui a mi casa tras la cena y quedamos en vernos pronto.
Me llevó su chófer, porque Kalen no quería que me fuera sola.
Me hubiera quedado a dormir, pero sentí que necesitaba estar solo con sus demonios.
Lo veo cada vez peor. Ojalá que de verdad pida ayuda, si se siente peor.
Mi madre tuvo que hacerlo y gracias a eso entendió cómo curar su mente.
He venido al trabajo algo decaída. Es como si sintiera que nuestro final está cerca. Antes de lo que esperaba. Y, por si tenía dudas, cuando la puerta se abre y aparece Bora, sé que ha venido a marcar territorio.
—¿En qué puedo ayudarla?
—No he venido a comprar nada a este lugar de perdición.
—Estamos en el siglo veintiuno. Afortunadamente, la gente no es tan cuadriculada como tú.
Y yo, por suerte, ya tampoco. Ahora tengo un máster.
—Eso lo dices porque tú no tienes mi clase, ni mi elegancia. Una mujer elegante no cuenta sus intimidades a una cámara. Tampoco se acuesta con un hombre casado.
—No sé de qué hablas.
—Te vi ayer saliendo de la casa de mi marido por la noche —recalca ese «mi»—. Mira, seré rápida. Y que conste que esto lo hago para hacerte un favor. Déjalo, déjalo antes de que te enamores de él, porque tú nunca podrás ser nada de él.
—¿Algo más?
—Te habrá dicho que me va a dejar, eso cree él, porque, si no soy yo su mujer, será otra que su padre pondrá a dedo y al menos conmigo tiene la libertad de poder vivir su vida… con zorras como tú.
—Aquí la única zorra que veo eres tú. —Me mira enfurecida—. Gracias por el aviso. No pienso en él como mi marido. Al contrario que tú, yo nunca lo obligaría a tenerme a su lado, a pesar de que no es lo que desea.
—Porque tú no has nacido para ser como yo.
—Menos mal. ¿Algo más? Es que las mujeres como tú me dan urticaria. —Me empiezo a rascar el brazo—. Ya empieza… Es que soy alérgica a las zorras.
El no poder doblegarme la enfurece. Toma aire varias veces y luego se marcha dando un portazo que rompe el cristal. Ahí la mujer elegante.
No quiero, pero sus palabras me duelen. No, porque no lo supiera, sino porque tiene razón: Kalen necesita un heredero de una mujer de su clase. Si no es ella, será otra. Y Kalen lo sabe. Por eso, ayer estaba tan agobiado.
Recojo los cristales, sintiendo mucha pena por él.
Kalen
No he podido llamar a Nova en todo el día, ni verla. Ahora estoy por irme del despacho, cuando mi padre entra con cara de pocos amigos.
—Bora me ha contado lo de vuestro divorcio.
—Entonces no tengo que decirte nada más.
—Necesitas un heredero, Kalen. Si te divorcias de Bora, te presentaré a otra mujer para que te cases con ella.
¿Acaso crees que voy a permitir que mi hijo se case con una cualquiera que pueda hacer daño a lo que me ha costado construir?
¡No podemos permitirnos ni un solo error o caeremos como un castillo de naipes!
Noto cómo me sobra la corbata, de nuevo. Me la quito. Cuando lo miro, me pregunto si, por ese miedo a perderlo todo, nunca se acercó y siempre se quedó al margen de mi vida; queriendo estar, pero sin dejarse llevar.
¿Esa es la vida que me espera?
No puedo respirar.
—No voy a seguir casado con Bora.
—Bien, pues, cuando te divorcies y pase un tiempo, buscaremos otra adecuada.
—No voy a casarme más con alguien que me elijas.
—¿Y esperas que te deje dirigir esto si no?
¿Vas a tirar por tierra todo por una mujer que vende consoladores?
—Lo miro enfurecido—. Ella nunca será feliz a tu lado, porque la gente de nuestra sociedad nunca la mirará bien.
La tirarás a los leones a ella o a cualquiera que no sea de nuestro círculo social.
Lo de este fin de semana no es nada para lo que esa gente le hará.
Y lo sabes. Pero Bora sabe comportarse. Y está dispuesta a tener un hijo contigo por inseminación artificial.
Quedará entre nosotros. —Se acerca a la mesa—.
Si no es Bora, será otra que yo decida. Este es mi negocio y no voy a dejar que lo destruyas.
Porque, tras tus tonterías, hay mucha gente que depende de mí.
Yo he perdido mucho por todo esto, Kalen.
Si lo pierdo…, es como si todo ese esfuerzo no hubiera servido de nada.
—No quiero un hijo para que sea una copia de ti.
O que tenga que vivir una vida que nunca será suya.
O tener que ser un padre que espera en una puerta toda la noche para que se calmen los miedos de su hijo, porque, si le doy un abrazo, tal vez no esté bien visto.
—Agranda los ojos—. No quiero esa vida. Tu vida.
—No tienes elección. Es tu deber, Kalen; si no, todo eso no habrá servido de nada. Porque nunca podremos recuperar el tiempo perdido.
Se marcha y de nuevo me olvido de respirar. Entonces llamo a Nova.
—Hola. —No puedo hablar—. Kalen…
—No puedo…
—Vale, escúchame. Recuerda cómo se respira. ¿Vale? Vamos a respirar juntos. —Lo hacemos.
—No puedo escapar.
—Lo sé.
—No puedo librarme de Bora. Si no es ella, será otra. No nací para ser libre.
—Ahora ves todo muy negro, Kalen, pero trata de calmarte.
—No puedo.
—Voy para tu casa. ¿Nos vemos allí?
—Vale.
Recojo mis cosas y, por suerte, no tengo que conducir. Mi chófer me lleva hasta mi casa y cuando entro, Nova me abraza con fuerza.
—Estoy contigo.
—Es que eso es lo que quiero…
—Kalen, no podemos cambiar nada. Decir lo que callamos solo nos hará daño en la despedida.
Cojo su cara entre mis manos y la beso lentamente.
—No quiero despedirme nunca.
—Pero voy a hacerlo. Hoy no, pero pronto.
—No me puedes pedir que no me duela.
—Lo sé. Sé cómo duele.
Nos abrazamos y caemos al suelo abrazados. No puedo moverme. No puedo respirar. No puedo pensar con claridad. La ansiedad corre por mis venas, como cuando pillé a mi ex y vi la verdad de mi vida.
Nova no deja de recordarme cómo se respira. No me deja en toda la noche. Pero eso no cambia que no esté bien y que solo pueda dejarme llevar. Veo el futuro muy negro y ni puedo alzar la voz y gritarle que la amo.