Ponme las pilas Capítulo 42
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Capítulo 42

Nova

Despierto sola en la cama de Kalen. Tras asearme, lo busco en su casa y lo veo preparando tortitas. Lo abrazo y me acaricia.

—Bora me ha escrito. —Coge el móvil y lo pone en mis manos.

—¿Quiere que sigáis con esta farsa?

—Sí. Ella cree que, cuando nos separemos, mi padre me hará casarme con otra a su elección, para darle un heredero.

—Tu hermana va a tener un niño.

—Una niña. Mi padre dice que es mejor que la empresa esté en manos de un hombre. —Se pasa la mano por el pelo, cansado.

Deja el móvil en la encimera.

—Y Bora piensa que, al menos, a ella ya la conoces.

—No quiero seguir con ella, pase lo que pase luego —admite.

—Pase lo que pase, es buscar otra esposa acorde con los deseos de tu padre. —Kalen me observa nervioso. Está perdido y odio verlo así.

—¿Y decir basta?

No dice nada. Solo me mira y noto la ansiedad crecer en él. Apaga el fuego y sale al jardín para tomar aire. Lo sigo descalza. Y lo miro mientras trata de calmarse. Noto los ojos llenos de lágrimas.

—Quiero a mis padres. Todo sería más fácil si no los quisiera. Y si no llevara toda la vida luchando por la empresa de mi padre. Romper con todo eso y empezar de cero… No sé si estoy preparado para perderlos. Y a mi hermana y su hija.

—Ser como Geno y tener que conformarte con las migajas. —Asiente.

—Mi hermana y yo no somos ahora los mejores amigos del mundo, pero hace unos años lo éramos todo, el uno para el otro. Era mi mundo y, si lo dejo todo, tal vez la pierda para siempre.

—Es un precio a pagar muy alto. —Asiente perdido.

Lo abrazo y me aprieta fuerte contra su pecho.

—Tal vez, en unos meses, encuentres a una mujer perfecta para ti. O con la que puedas ser feliz. —No quiero llorar, pero las lágrimas caen por mis mejillas.

—No, si no eres tú —admite y odio que esa verdad le haga infeliz.

O a mí. Porque en la vida el amor no puede con todo. No, si el precio a pagar un día tal vez sea demasiado alto y eso acabe por destruirnos a los dos. Elegir a quien amas no debería llevar el precio de perder a quien ya quieres.

—Tal vez sea tu amiga.

No dice nada, solo me mira. Nos quedamos quietos mirándonos.

—Para eso queda un poco —le digo—. Cuando llegue ese momento, ya sabrás cómo arreglarlo.

—Seguro que sí.

Vamos a la cocina y preparamos el desayuno juntos. Casi no come, aunque le insisto. Nos besamos todo lo que podemos y, cuando los besos se nos van de las manos, vamos a su cama.

—Kalen…

Entra en mí y me besa con tanta ternura y amor, que sé que esto es algo más que follar.

—Yo también —me dice, como si hubiera adivinado todo lo que no he podido decir, porque no sirve de nada.

«Te quiero», le he querido decir.

«Yo también te quiero», siento que me ha respondido.

Nos movemos juntos, hasta que nos corremos. Ninguno hace amago de salir de la cama. Se está muy bien entre sus brazos.

No enamorarme de él nunca fue una opción desde que nos conocimos.

Kalen

—Cuéntame cosas de tu infancia. Las bonitas. Por las que te aferras a ellos.

Estamos en el sofá viendo una película, aunque no le hacemos ni caso. Pienso qué contarle. Cómo explicarle que en el fondo quiera luchar por un amor que nunca fue grande, pero que sí lo sentí.

—Mi padre se enteró de que me gustaba ver las estrellas y mandó construir una casa del árbol, con planetario incluido, para mi hermana y para mí. Fue mi regalo en mi octavo cumpleaños.

—¿Subió contigo a ver las estrellas?

—No, se quedaba abajo.

—¿Y por qué no subía con vosotros?

—Nunca se implicaba de más. Mi madre igual. Si ella sabía que una comida me gustaba mucho, pedía que me la hicieran cuando ellos viajaban.

—Pero tampoco la comía contigo.

—No, pero esos detalles me hacían sentir que estaban ahí. Los padres de mis amigos nunca estaban, de ninguna forma. Por eso, que ellos hicieran algo era mejor que nada.

—Es como si ellos no supieran tampoco cómo ser de otra forma.

—Eso he pensado. Mi tía sí se subía a ver las estrellas con nosotros y se metía en la piscina con nosotros. Pasaba mucho tiempo en casa. Si mis padres salían de viaje, ella nos cuidaba.

—¿Con qué años te tuvo tu padre?

—Nos llevamos treinta y cinco años. Él ahora tiene sesenta y siete. Se lleva dos con su hermana. Cuando Geno rompió con todo, tenía cuarenta y pocos. Hasta ese momento, ella lo era todo para nosotros dos. Al irse, la veíamos, pero menos. Mi madre quedaba con ella para vernos. Y mi padre igual.

—Hasta que se supo lo de su trabajo.

—Sí, pero habría dado igual. Habría sido eso u otra cosa. Al divorciarse por segunda vez, ya no se hablaba bien de ella. Apoyarla, al final, nos hubiera hecho daño públicamente.

—Qué triste —añade—. Y ser mi amigo, ahora que soy la de los consoladores, no te ayuda.

—Me da igual lo que piensen.

—Si fuera así, no tomarías tantas medidas para ser perfecto. —Es cierto.

Pienso qué decirla, pero lo veo todo gris y noto dolor en el pecho. Me falta el aire y cambio de tema. Hablo de algunas trastadas que hicimos mi hermana y yo.

—La echas de menos —apunta.

—Mucho. No sé cómo será todo cuando nazca su hija; si esa niña podrá elegir o tiene el camino ya escrito, desde antes de entender que nació para ser el peón de otros.

—Bueno, pensemos que puede. Seamos positivos. —Me da besos por la mejilla—. Serás un tío muy sexi. —Sonríe, a pesar de cómo duele todo.

La miro, feliz, a pesar de la tormenta. Siendo mi sol. La beso y de nuevo hacemos el amor y, cuando casi se le escapa un «te amo», le digo que yo también, porque es lo más cerca que tal vez pueda estar de gritarle «te quiero».