Ponme las pilas Capítulo 34
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Capítulo 34

Nova

Bajo por las escaleras oliendo a beicon y tortitas recién hechas. Al llegar a la cocina, Kalen se gira con una sonrisa tímida, como si temiera en qué plan estamos hoy. Estoy aquí, a pesar de todo. Por eso, me acerco y lo abrazo por detrás. Noto cómo se relaja ante mi gesto.

—Buenos días.

—Buenos días —me responde y nos quedamos quietos, sintiendo al otro.

Pone sus brazos en los míos y me acaricia. Tomo aire y aspiro su perfume, dejando que el calor de su cuerpo aleje el frío que sentí ayer al verlo con ella.

Lo creo, y por eso estoy aquí, porque sé que me ha mostrado su alma rota. No me hizo firmar ese contrato porque no confiara en mí. Fue porque quería hacerlo sin sentir miedo y ser él mismo.

—Todo huele de maravilla y ayer casi no comí nada.

—Tienes que hacer algo para no morirte de hambre en los eventos.

—Pues sí.

Vamos hasta la mesa donde ha preparado muchas cosas. Me preparo varias tostadas de mantequilla, queso y beicon. Kalen disfruta viéndome comer. Cuando estamos aquí, en su casa, parece que nada importa salvo nosotros. Pero luego la vida nos atrapa cuando salimos de estas paredes.

—He cogido algunas cosas de la tienda… para nuestras clases. —Su mirada se hace más intensa mientras toma su café—. Si te apetece.

¿Que si me apetece? Lo estoy deseando.

—Puede —digo coqueta, en vez de lo que pienso de verdad.

Kalen asiente y no deja de tentarme con sus miradas, mientras disfruto del desayuno.

Cuando acabamos, le ayudo a recoger y puede que lo toque de más.

O él a mí. Tras meter todo en el lavavajillas, no sé quién está más caliente de los dos o si su boca busca la mía o yo la suya.

Nos besamos, devorando la boca del otro, con la promesa de todo lo que ansiamos del otro.

Tiro de su ropa y él cuela las manos bajo mi camiseta. Me levanta y le rodeo las caderas con las piernas. Chocamos con la nevera. Sonríe en mi boca, mientras me restriego contra él.

—Estás muy duro.

—Y tú muy mojada y caliente.

Gruño y lo beso de nuevo, tirando de su pelo, hambrienta de él.

Anda hasta su cuarto conmigo en brazos. Me baja para quitarse la camiseta y yo hago lo mismo con la mía. A medio camino, no tengo nada de ropa puesta y, cuando me tira sobre la cama, abre mis muslos para disfrutar de las vistas de mi cuerpo desnudo.

—Eres tan preciosa… —Pasa los dedos por el interior de mis muslos—. Me encanta tenerte así: abierta y mojada para mí.

—¿Quieres que sea tu juguete?

—Jugar, vamos a jugar, sí.

Saca una caja del armario. Luego lo veo trastear con ella. Saca un lubricante, sabor chocolate.

—¿Te has quedado con hambre?

—De ti, siempre.

Abre el producto y lo deja caer sobre mis duros pezones.

—Tengo que prepararlos para lo que tengo en mente.

Acerca su boca a mis pechos y devora el lubricante. Tiro de su pelo, mientras se da un festín con ellos. Busca mi boca y sabe a chocolate. Nos besamos, mientras sus manos no dejan de tocar mis tetas.

—Me vuelven loco. Me encanta introducir la cara entre ellas.

—Son todas tuyas. —Lame entre mis pechos y luego de nuevo les da atenciones. Me encanta cuando succiona y cuando muerde levemente mi punta. Lo nota y lo hace varias veces.

—Tengo algo para ti. Será como una mordida. —Saca dos pezoneras—. ¿Lo hacemos?

—Adelante. Estoy en prácticas sexuales. —Se ríe y me habla para que no me impresione cuando pone la primera.

Siento dolor y luego un ardor agradable, que va a morir entre mis piernas. Pone la segunda, y lo mismo. Se separa para ver su obra de arte. Contoneo mi cuerpo, coqueta, mientras disfruto del espectáculo de este hombre.

—Me encanta. —Pasa los dedos por las pezoneras—. Podría pasarme todo el día mirándote.

Toca mis pechos, disfrutando de ellos. Echo la cabeza hacia atrás, hasta que me coge la cara y me besa. Cuando se separa, está muy excitado.

Solo lleva un pantalón de deporte negro y puedo ver el bulto de sus pantalones. Su pecho marcado sube y baja, perlado por el sudor.

Se acerca de nuevo y nos besamos, mientras cada roce me hace ser muy consciente de mis pechos.

—Esto no ha acabado. —Me gira en la cama—. Me encanta tu trasero. —Da un pequeño azote juguetón—. ¿Confías en mí?

—Sí.

—Si algo no te gusta, dime que pare.

—Vale.

Deja caer el lubricante por mi espalda y luego lo lame para quitármelo.

Me muevo y el roce de los pezones con la sábana es doloroso y placentero.

Abre mi trasero y deja caer ahí el frío líquido.

No irá… Sí, su lengua lame los nudos de mi ano y luego mete un dedo.

Lo dilata para lo que sea que tiene en mente, mientras su boca hambrienta me devora el sexo por detrás.

Pone un cojín bajo mis caderas y alza mi pompis.

Tras meter dos dedos, echa más lubricante y luego mete algo duro y frío. Mi cuerpo lo rechaza, pero luego entra por mi agujero de atrás.

—¿Te gusta?

—Mucho.

Es la verdad. Siento una presión placentera que tira de mi sexo. Abre mis cachetes y me mira.

—Me encanta verlo ahí.

Se separa para quitarse la ropa y luego se acerca para restregar su miembro duro por mi raja. No entra en mi interior, solo juega conmigo.

—Kalen…

—¿Estás ansiosa por correrte, preciosa?

—¡Sí! Por favor, lléname.

—Ummm…

Noto la punta en la entrada y muevo mi cuerpo para que entre más. Me da lo que quiero, cogiéndome de las caderas y clavándose hasta el fondo.

—Esto es…

—Estás más estrecha.

—Sí. Es increíble.

Me muevo y lo siento por todas partes, gracias a los juguetes. Es como si su boca estuviera en mis pezones y sus dedos en mi trasero. Entra y sale de mí despacio. Me tortura. Me mata que se lo tome con calma.

—Kalen, más duro.

Sale y entra con más fuerza, tras poner sus manos en mis caderas para embestir más fuerte.

Lo noto abrirme y cómo el juguete anal tira de mí.

Siento el orgasmo anidarse en mi sexo, aunque no me está tocando el clítoris.

Tal vez, porque siento cómo con cada embestida este se frota contra la almohada.

—Kalen…

Le ruego y entra y sale más fuerte, hasta que me corro con fuerza. Me sigue, derramando su semilla en mi interior a chorros.

—Joder, ha sido increíble. —Besa mi espalda tras sus palabras.

Sale de mí y noto la humedad caer por mis muslos. Cuando me gira, busca mi boca para besarme como si no tuviera suficiente de mí. Juega con sus dedos con mis pezoneras.

—Kalen…

—Un poco más.

Baja la mano hasta mi sexo y esparce nuestros jugos. Esto es guarro y me encanta. Sobre todo, cuando mete los dedos dentro, como si no quisiera que mi cuerpo los rechazara. Mete tres dedos dentro y me frota el clítoris con el pulgar, sin dejar de besarme y sin haberme sacado o quitado los juguetes.

—Dame un orgasmo más, preciosa.

No deja de darme placer, hasta que me corro, y entonces tira de mis pezoneras y el dolor prolonga mi placer.

—¡Joder! —digo y sonríe en mi boca—. Lo sabías.

—Sí. —Lame mi boca—. No me canso de ti.

—Yo tampoco de ti.

Y no sé si eso es bueno o malo, dadas las circunstancias.

—¿Pasas el día conmigo?

—Sí.

No sé qué pasará mañana, pero hoy quiero ser toda suya y disfrutar de él sin pensar en la vida que nos espera lejos de este lugar.