Ponme las pilas Capítulo 25
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Capítulo 25

Nova

El chófer de Kalen entra en la tienda a media mañana. Han entrado dos mujeres y les he vendido consoladores y libros. Estoy muy contenta porque cada vez me siento más suelta. Además de que he hablado con ellas un poco, mientras se han servido un té.

Mis padres tienen una sala de café, al entrar, para la gente que espera. Mi padre siempre me decía que eran esos detalles los que marcaban la diferencia de un lugar. Ahora lo entiendo.

—Ten. —Le tiendo el táper con el brownie.

—Esto es para usted, de parte del señor Roy. —Me tiende un regalo.

Noto cómo algo explota en mi pecho y miro hacia las cámaras por si me estuviera viendo. El hombre se marcha y lo abro. Son pasteles de la pastelería a la que fui con su tía. Hay una nota de Kalen.

No creo que pueda verte en unos días, pero quería regalarte algo dulce como tú a mí.

Kalen.

P. D. Otro día, tortitas para desayunar en mi casa.

Guardo los dulces en la nevera y, cuando voy a responderle, entra una mujer con su marido.

Me gusta cómo él la anima a que pida lo que quiere.

Tiene que ser bonito estar al lado de una persona que no te intimida, sino que te ayuda a disfrutar.

Pienso en mis padres; ellos son así. No era consciente de que mi padre y mi madre no son solo perfectos como tales, sino como pareja.

Al cerrar, voy a mi casa y, cuando llego, escribo a Kalen.

Nova: Deseando merendar y pensar en ti comiendo chocolate.

No sale como leído. Debe estar muy ocupado. Por la tarde, le digo a Kelvin si quiere venir a tomar dulces, porque hay muchos. Se pasa. Geno ha salido a dar un paseo.

Probamos varios y me hace varias fotos. Se nota que no solo sabe posar, sino también hacer fotos. Subo una y pongo: «Lo mejor no siempre es el dulce».

Mi madre me llama en videollamada. Lo cojo y veo que está cocinando.

—A ver, hija, ¿qué es lo mejor?

—Kelvin, por ejemplo. —Lo enfoco y mi madre agranda los ojos.

—¡Eso no se hace! Mira qué pintas tengo yo para conocer a tu novio… O tu amigo follable, de esos.

—Follamigo —dice mi hermana y le quita el móvil para ver a Kelvin—. Joder, estás muy bueno.

—A ver. —Mi padre se ha puesto hasta las gafas. Kelvin se está aguantando la risa.

—Joder, me gusta hasta a mí. Muy buen ojo, hija.

—Es un amigo. Sois lo peor —les digo divertida.

—Sí, sí, amigo. —Mi hermana sale por detrás haciendo gestos con dedos raros.

—Sigo siendo virgen —les digo a los tres payasos.

—Ya, claro, como que no se pueden hacer cosas sin penetración —esto lo dice mi madre haciendo croquetas—. ¿Qué tal todo por ahí, chicos? Esos dulces tienen muy buena pinta.

—¿Me puedes explicar cómo has visto mi publicación haciendo croquetas?

—Tu padre me va pasando las últimas actualizaciones para que no me aburra. —Mi padre saluda divertido.

—¿No hay clientes?

—Sí… —Se miran y mi madre sigue hablando—. Bueno, esta semana no muchos; por eso estoy aprovechando para hacer comida y congelar, para cuando vengan. Seguro que solo es un bache.

Odio no poder ayudarlos más. No quiero que las cosas vayan mal.

—Todo va bien, cariño —dice mi padre—. Nos gusta verte feliz. Aunque se te echa de menos.

—Y yo a vosotros.

No decimos nada. Solo los miro a los tres en la cocina. Esa cocina que siempre he odiado, pero que ahora echo un poco de menos. Colgamos y Kelvin me da un abrazo.

—Tienes suerte de tenerlos.

—Sí, ojalá los sueños no vinieran con un precio a pagar por cumplirlos.

—Cómo lo sabes…

Se queda un rato y luego se va a su casa, tras cenar algo juntos.

Veo algo en la tele y acabo en la cama leyendo una de las lecturas favoritas de Geno.

La cosa se empieza a calentar y noto calor entre mis piernas y los pezones duros.

Cuando suena mi móvil, grito como si me acabaran de pillar haciendo algo malo.

Lo cojo y es Kalen.

—Hola, preciosa. ¿Ya dormida?

—No, estaba leyendo.

—Te noto la voz ronca. ¿Algo que confesar?

—Le estaba haciendo de todo. —Se ríe y me gusta escuchar su risa. Lo escucho comer antes de decir algo—. ¿Qué comes?

—Tu brownie. Hasta ahora no he podido probarlo. Me gusta mucho. Gracias.

—Gracias a ti por los dulces.

—Te acabo de ver. Estás muy guapa.

Sonrío y lo escucho comer. Me gustaría verlo.

—¿Tienes la semana muy complicada?

—Mucho. Mi suegro quiere cerrar un trato con unos de Japón y no sabe nada del idioma. Quiere que yo le traduzca todo y le haga de intermediario.

—Se te nota cansado.

—A veces me cuesta como respirar —admite—. Pero ahora estoy bien. ¿Podemos hablar un poco más? Quiero escuchar tu voz. Cuéntame lo que sea.

Y lo hago. Le cuento la llamada de mis padres y las ventas de esta mañana. Me escucha y a veces añade cosas. No colgamos hasta que es tarde y me pregunto si le habré ayudado para calmar sus tormentas.

Espero que sí.

Kalen

Me despierto sudado y desorientado. Y, cuando miro hacia el techo, noto que me falta el aire.

¿Qué me pasa?

Agitado, me levanto. Tomo aire y noto que tiemblo. No, joder. No puedo ceder al estrés ahora. Me doy una ducha y miro qué hora es. Es temprano. Me voy al despacho. Dudo que pueda volver a dormirme.

A la hora que entra Nova, la busco en la cámara de la tienda. Entra con una chaqueta vaquera. Saluda a la cámara y sonríe. La veo ir por la tienda. Pongo una cámara tras otra para no dejar de verla.

Poco a poco siento como si, al verla, el sol hubiera salido de verdad.

La llamo por la noche, necesitando su voz, y me cuenta los cambios. Pido el cartel que quiere, mientras hablo con ella. Habla de que al hostal ha llegado un hombre que solo hablaba chino y su padre le decía a todo que sí con la cabeza. Se ríe y me pierdo con su risa.

—Al final, mi hermana buscó una app de traducción, y menos mal, porque el chino preguntaba si era un hostal nudista y mi padre le decía que sí. Me imagino el susto si aparece el chino en medio del hostal con todo el champiñón al aire. —Se ríe de imaginarlo.

Me encanta escucharla reír. Cierro los ojos. No digo nada, no puedo, solo quiero que no deje de hablar; que se lleve toda la mierda de mi día.

—Kalen.

—Estoy aquí. Solo sigue hablando, por favor.

—Claro. Tengo mil anécdotas que contarte. Pero ¿estás bien?

—Cuando te escucho, sale el sol.

Noto cómo el corazón me da volteretas y las mariposas se montan una fiesta en mi estómago.

—A mí también me gusta mucho escucharte.

Se queda callado y le cuento más cosas. A la hora de dormir, sueño con él y sí, dejo que me haga de todo y lo disfruto.