Capítulo 20
Nova
Estoy nerviosa por ver a Kalen esta tarde.
Y más, tras lo de anoche. Él me da la confianza necesaria para ser yo misma.
Creo que, si hubiera encontrado a alguien así antes, al final me hubiera dejado llevar.
Pero, cuando solo das con idiotas que no entienden los tiempos de las personas, eso no hace más que hacerte creer, erróneamente, que el mal está en ti.
Paso por la panadería y me compro cruasanes recién hechos. Huelen tan bien, que no puedo aguantar a probarlos antes de llegar a la tienda. Me hago una foto tomando uno y la subo a mis redes. Mi hermana me llama mientras abro.
—Me he comprado un consolador. Te pienso contar mis experiencias.
—¿No se dice antes buenos días y eso?
—Buenos días y eso —bromea—. ¿Quieres saber mis impresiones?
—Claro. No estaría mal. ¿Cómo es?
—Parece un pintalabios. Quería algo pequeño, para empezar.
—¿Se lo has dicho a tu novio?
—Sí… No le sentó bien que quisiera algo diferente. Me dijo que él no iba buscando fuera de nuestra cama juguetes.
—Vaya, lo siento.
—Nos hemos dado un tiempo y no sé si quiero volver con él. Que tenga curiosidades sexuales no me hace no amarlo. O le hace a él menos hombre.
—¿Estás bien?
—Muy bien, Nova. Creo que no lo quería tanto como me hacía creer. Pero, tras dos años juntos, me dejé llevar.
—Entonces no necesitas un tiempo. Corta y disfruta de ti misma, de quién eres tú.—Sí.
—Hija —mi madre le quita el móvil—, yo también he pedido el mismo consolador de tu hermana. Luego también os cuento mis impresiones.
Cierro los ojos con fuerza.
—Vale, mamá, lo estoy deseando.
—Gracias. Os quiero.
A veces damos por hecho que la gente, cuando se casa y tiene hijos, ya tiene toda su vida sexual resuelta, y no es así. Mi madre merece que la escuchemos, aunque sea muy raro.
Cuelgo y me pongo a organizar este lugar aún más. A media mañana entra Carey y le doy un consolador.
—¿Y esto?
—Para que lo pruebes. Voy a poner notas de personas anónimas en los juguetes sexuales. No puedo probarlos todos. Es gratis.
—Ah, vale. —Se sonroja—. Bien, creo que le puedo dar uso.
—¿Con tu marido?
—Ni de coña. Si le digo de usarlo juntos, solo gruñirá. No, este es para cuando lea mis novelas sola en la cama, cuando él está de guardia.
Sonrío, pero por dentro me da pena que el amor, con los años, se reduzca a eso o tal vez siempre ha sido así.
Carey se marcha. No ha venido una sola clienta y eso me hace sentir algo mal.
No pasa nada. Pronto entrarán.
***
Toco a la puerta de Kelvin.
—¿Comes conmigo? —Sonríe divertido—. En verdad, es que casi no tengo comida.
—Vamos a ver qué podemos hacer entre los dos.
Entramos en su piso y escribo a Geno por si se apunta. Nos dice que sube con pechugas empanadas. Preparamos patatas fritas y huevos en mi casa. Comemos los tres juntos.
—¿Qué tal el trabajo, Kelvin? —Geno mira a nuestro vecino.
—Bien —por cómo lo dice, algo no va bien.
—¿Y esa cara de rancio? —Geno lo mira a la espera de más.
—Ayer tuve una sesión de fotos y el otro chico odiaba que el fotógrafo dijera que yo destacaba por encima del resto. Me estuvo haciendo la puñeta toda la sesión. Con miradas o malas caras. No dijo nada, pero yo sentía su malestar.
—Hay mucha envidia en tu mundo —le digo.
—No solo en su mundo —añade Geno—. En todos.
Terminamos de comer y recogemos todo. Geno enciende la novela y dice que si cierra los ojos no está dormida, solo descansando. Voy a decir algo cuando me suena el móvil. Es Kalen, que no puede quedar esta tarde. Me pasa la dirección por si puedo ir yo.
—¿Y esa cara? —indaga Geno, que no sé cómo se entera de todo.
—Iba a ir a una nave de lencería con Kalen, para la tienda, y no puede venir.
—Ese sobrino mío no puede vivir su vida como le dé la gana. Yo voy contigo, si quieres. A ver si tienen ropa interior sexi para mí.
—Yo no tengo nada que hacer. Podemos ir los tres.
Les digo que vale y Geno se abraza a un cojín para descansar la vista. Al poco, ronca y Kelvin y yo nos vamos a su casa para tomar café y no molestarla.
—Para mí esto de ir de una casa a otra no es nada raro —le digo a Kelvin mientras deja las tazas en su mesa—.
En el hostal, a veces se quedaban algunos clientes durante meses y les cogíamos cariño.
Íbamos a sus cuartos o ellos subían al nuestro.
El hostal de mis padres antes era muy hogareño.
Luego fue más de paso y, con las reformas, cada vez hay menos clientes.
—Vaya.
—Mi hermana espera que le den un préstamo para poder remodelarlo.
—Ojalá lo consigan.
Le llega un email con las fotos de ayer. Las miramos juntos. Kelvin sale impresionante. No me extraña la envidia del otro hombre.
—No puedo hacer las fotos que querías, porque no dejan que nada de mi imagen se exponga sin un contrato.
—¿Y en tus redes sociales? Por si te etiqueto alguna vez.
—Eso no, si no comparto. Todas mis cosas las llevan en la agencia para que mi imagen esté muy cuidada. Y cada vez tengo más pasarelas. Tengo que confiar en que saben lo mejor para mí.
—¿Y te hace feliz todo esto?
—Supongo que sí.
—No me gusta ese, supongo.
—Soy feliz, Nova. Ahora más, con una amiga como tú.
Lo entiendo, porque a mí también me gusta tenerlo en mi vida.
Despertamos a Geno, que, por supuesto, solo descansaba la vista, y nos vamos al almacén donde podemos ver la lencería. Al llegar, nos dicen que podemos echar un vistazo mientras la jefa sale, que está en una llamada.
Observo la calidad y Kelvin me dice que es buena. Por suerte, él entiende de ropa interior más que yo o Geno, a la que hemos perdido de vista entre los pasillos.
—Soy Spiderwoman. —Giramos la cabeza y no estoy preparada para verla aparecer con una braga roja en la cabeza, con los ojos por fuera.
No sé si reír o llorar. Al final, ella se ríe, contagia a Kelvin y me río, mientras hace que nos lanza telarañas. Alguien tose a mi lado. Mierda.
—Hola, ¿me buscabais?
—Sí —respondo y me guardo la risa. Joder, ¿en qué momento?
Nos habla de su marca. Por suerte, Geno se ha quitado las bragas de la cabeza, aunque sigue sonriente, como una niña pequeña.
Yo creo que es hasta peor. Nos enseña sujetadores para gente con mucho pecho.
Me gusta uno negro sin aros y con encaje.
Me lo da para que me lo pruebe y a Geno le regala un conjunto.
Hago un audio a Kalen con todo y su tía le cuenta que se puso las bragas en la cabeza para probar. Entramos al coche de Kelvin.
—Os invito a merendar a un sitio donde iba antes con mis sobrinos. Es de mis favoritos, pero hace años que no voy.
—Donde quieras.
Cuando Kelvin le dice eso, no esperaba que el lugar fuera tan…
pijo. Entramos y me da miedo hasta respirar por si perturbo la tarde a alguien.
Me siento fuera de lugar con mis vaqueros.
Kelvin llama la atención porque no se ha quitado las gafas y más de una lo mira con evidente deseo en la mirada.
Y Geno… Ella entra como si fuera la mismísima reina y elige una mesa cerca de unas mujeres que nos miran horrorizadas.
Geno las saluda y eso las enfurece más.
—Esas amargadas eran mis amigas —nos informa sin bajar la voz y luego pide de todo—. A nosotros no nos importan las calorías.
Cuando traen un postre tras otro, disfruto de todo. Kelvin hace varias fotos. En una salgo con Geno; las dos con caras de placer. La subo a mis redes y pongo que el placer a veces reside donde menos te lo esperas.
Al acabar, estoy reventada.
—Casi a la altura de un buen orgasmo, ¿eh, chicos?
—Menuda ordinaria —suelta una de las mujeres que bebe té, como si la taza le diera asco.
—Al menos yo sé disfrutar de la vida.
Geno se levanta de nuevo como si fuera una diosa y va a pagar. Kelvin y yo salimos y vamos al coche.
—¿Tarde de venganzas, Geno? —le pregunto ya dentro del coche.
—¡Cómo lo sabes! Hace tiempo que no tenía a nadie con quien venir. Me ha gustado volver.
—¿Y por qué no has venido sola? —pregunto.
—Porque esta gente no merece verme sin nadie a quien le importe.
La entiendo, no quiere darles más cosas con las que criticarla. Al llegar a mi casa, estoy agotada y no puedo evitar pensar en Kalen. En qué estará haciendo. Me hubiera gustado mucho ir esta tarde con él.