Capítulo 19
Kalen
Bora y su padre me hacen una encerrona para ir a cenar juntos, tras una junta.
Hoy, por la caída de la red, hemos tenido mucho trabajo.
Cuando ha regresado, he tenido que poner en marcha varios sistemas porque nuestro equipo no era capaz de dar con la tecla.
Lo que menos me apetecía era irme de cena con mi mujer y su padre.
Pero aquí estoy. Seguro que Bora quiere algo; siempre me pide cosas de dinero con su padre delante. Porque, delante de él, malcrío a mi «amada» esposa. Lo suelta en los postres. Se quiere ir de viaje con sus mejores amigas.
—Y esperas que pague el viaje de las seis.
—Claro, cariño. —Coge mi mano y mi padre nos mira feliz.
—Claro —digo, odiando a esta mujer que no tuvo suficiente con destrozarme, que me pone siempre entre la espada y la pared. Su padre se marcha al aseo—. Si sigues lapidando mi dinero en tonterías, cuando nos divorciemos, no quedará nada.
—Cariño, tú eres el que se quiere divorciar. A mí me da igual seguir con esta farsa.
Es eso. Joder, es eso. Quiere explotarme y presionarme porque casada conmigo tiene más caché.
—No juegues conmigo o me arruino, solo para no darte un duro.
—No serás capaz. —Se pone roja de furia.
—Ponme a prueba.
Su padre regresa y habla con su hija sobre cosas del viaje. Cuando me marcho, sé que Bora de momento no hará nada más por miedo. El viaje se lo pagaré, pero espero que nada más. A esta mujer se le olvidan pronto mis amenazas.
***
Estoy en mi casa en la ciudad y escribo a Nova, ansiando saber de ella. Escapar de mi mundo. Centrarme en ella. En esa ilusión que late cuando la tengo delante. Cuando la miro, cuando me pierdo en su risa y, por un momento, el dolor que siento en mi pecho deja de doler.
Kalen: ¿Cómo va la investigación?
Nova: Mal, no me concentro y eso que el libro que estoy leyendo debo admitir que me ha puesto así como… ¿cachonda?
¿Y qué pasa?
Me siento ridícula.
Tienes que conocer tu cuerpo para poder expresar qué te gusta.
¿Puedo llamarte?
La llamo yo, sabiendo que necesito escuchar sus gemidos y ruiditos.
—Hola, preciosa —le digo—. ¿Quieres jugar?
—Sí… Quiero jugar contigo. Me gusta experimentar contigo.
Sabiendo lo que le ha costado tener sexo, que me diga esto, me hace sentir halagado.
—Dime dónde están tus manos.
—Ahora mismo estoy en la cama y las tengo a los lados. He puesto el altavoz.
—El otro día me quedé con ganas de ver tus erectos pezones. ¿Puede tocarlos por mí y contarme cómo te gusta que te toquen? A algunas mujeres les gusta suave, a otras pequeños pellizcos…
—Vale.
Su respiración se agita y escucho la ropa. Cierro los ojos, perdido en ella. Imaginar sus senos hace que mi polla dé una sacudida. Este juego es peligroso. Se nos va a ir de las manos…
No puedo detenerlo.
—Me gusta pellizcarme. —Su voz es ronca.
—Vale, preciosa. Hazlo hasta que notes que tu cuerpo se contonea buscando otra clase de alivio.
Sus gemidos se cuelan en el teléfono.
—¿Te gustaría verme? —su pregunta me pilla por sorpresa.
—¿Quieres que te vea?
—Sí, me excita cuando me miras.
Cuelgo y le hago una videollamada. Descuelga y veo su cara sonrojada. No sé hasta dónde quiere llegar, pero solo verla así me excita.
—¿Te estás tocando?
—Sí. Me gusta sentir dolor en mis pezones.
—Hay cosas para eso en la tienda. ¿Quieres probarlas?
—Sí.
Muerde su boca, y la quiero devorar yo.
—Tócate, pequeña. Dime cómo estás de mojada.
Veo cómo se mueve. No puedo ver cómo lo hace, pero mi imaginación se desata.
—Mucho. Nunca yo… Joder…
—Ahora coge el juguete y ponlo al tres. Llévalo a tu clítoris e imagina que alguien te está lamiendo.
Por cómo me mira, sé que me va a imaginar a mí entre sus piernas y quiero que lo haga. Porque, seguramente, si estuviera allí, eso es lo que haría. Lamer cada gota de su placer hasta que su orgasmo me explotara en la boca.
—Joder… —Muerde su boca y sé que quiero esos labios entre los míos.
Su mirada verde se vuelve vidriosa. Sé que está cerca. Lo sé por cómo se agita su respiración. Por su forma de moverse. El orgasmo la pilla por sorpresa. Es preciosa. Joder, soy adicto a verla correrse.
—Ha sido increíble.
—Ahora podrás hacerlo sola.
—Me gusta más contigo. Bueno, no quiero agobiarte.
—Prométeme algo. —Espera sonrojada y más bonita que nunca—. Nunca dejarás de decirme lo que piensas. Úsame para abrirte al mundo.
—Y mientras tú escapas de tu mundo.
—Eso es.
—¿Quieres que te diga lo que pienso?
—Sí.
—Me muero por tu boca. Por besarte de nuevo. —Trago con dificultad. Yo siento lo mismo.
—Tal vez la próxima vez que te vea deje que la pruebes de nuevo.
—Te tomo la palabra, profe.
Mierda, esa palabra va derecha a mi polla. Nos despedimos y me marcho a la ducha para pensar en ella corriéndose, pero esta vez con mi boca lamiendo su zona más sensible.