Ponme las pilas Capítulo 18
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Capítulo 18

Nova

—Es muy fuerte, Maeve —le digo a mi hermana por el teléfono—.

En el siglo diecinueve se dijo que para tener hijos no era necesario correrse y ya no se molestaban en el orgasmo de la mujer.

Vamos, esto lo sé hasta yo, que no hace falta correrse para concebir.

—Mi hermana se ríe—. El caso es que a las mujeres que notaban raras les recetaban un masaje pélvico.

—Vamos, le hacían unos dedos como Dios manda. —Me río. Estoy cerca de mi trabajo y, como he venido andando, he llamado a mi hermana para hablar de todo lo investigado.

—Sí, y como se les cansaban las manos, inventaron los primeros consoladores.

—Vaya tela, y todo porque los maridos no se tomaban la molestia de amar bien a su mujer.

—Creo que el problema siempre es el mismo, si no se acepta que la mujer tiene otros tiempos que el hombre.

El hombre egoísta busca su propio alivio y la mujer soluciones fuera de su pareja, por miedo a comentarlo y ser rechazada.

Los hombres que no son egoístas, si dan con mujeres que temen contarles qué les pasa, pues no cambian las cosas.

No solo es culpa de ellos. Creo que el cambio está en todos.

—Estamos en el siglo veintiuno y esto sigue así. Es una mierda. Y sí, el cambio está en todos.

—Bueno, y en el siglo veinte se creía que el orgasmo clitoriano era algo juvenil y que había que buscar el de penetración… Algo que cuesta mucho, claro. Hasta que las mujeres empezaron a desafiarlo.

—Al final es eso, mujeres que se plantan y dicen basta. Pero, entre nosotras, somos a veces tan malas que, cuando una dice basta, otra dice zorra.

—Es triste, pero sí. Es que no fue hasta los años setenta y ochenta cuando algunas mujeres normalizaron el hecho de la masturbación femenina.

—Y seguimos ancladas mirando mal a las que hablan de sexo. Vaya puta mierda.—Esa boca —le dice mi padre. Vale, esto no lo vi venir, mi padre está con la oreja puesta.

—Bueno, como sea, tengo que hacer que la tienda de Geno sea un referente.

—Y esto lo dice la chica que odiaba el sexo —esto lo añade mi madre—. Estamos muy orgullosos de ti. Te queremos, hija, y tenemos que trabajar.

—Yo también, os quiero.

Cuelgo y entro a la tienda. Al abrir, huelo el perfume de Kalen. Su perfume. Ese que me recuerda nuestro beso mientras me corría entre sus brazos. Al verlo aparecer, mis latidos se disparan y recuerdo las palabras de Kelvin, de que es un hombre casado, aunque no quiera.

Pero solo somos amigos.

Una amiga de mierda que lo devora con la mirada. El traje le queda como un guante. Hoy es azul marino de tres piezas. Aunque en ropa deportiva también era altamente sexi.

«Para», me digo, cuando noto cómo me sonrojo con solo mirarlo.

—Hola —me dice sonriente, siento que me ha pillado.

—Hola, he descubierto muchas cosas. ¿Te las cuento con un café?

—Me encantaría.

Vamos hasta su despacho y le cuento todo. No dejo de hablar. Solo me observa. No me juzga y me alienta a que no pare de hablar.

—Al final, mis clases de Historia están sirviendo para algo. Aunque necesito experimentar más.

Las luces hacen un tintineo raro. Mira su móvil.

—Vaya, no tenemos red.

—¿No? —Escuchamos la puerta abrirse—. ¿Y si esa clienta quiere algo raro?

—Me tienes a mí y, entre los dos, podemos buscarlo.

—Vale. Voy.

Salgo y veo a una mujer nerviosa. Tendrá unos cincuenta años y, por su mirada, estar aquí le ha costado mucho. Sonrío y le ofrezco algo para tomar.

—¿Qué buscas?

—Pues a ver…, me gustaría saber qué se siente cuando te hacen cunnilingus.

Mierda, las palabras raras. Entiendo que la gente las dice porque es más fácil eso que decir lo que quiere a lo bruto. Por su sonrojo, le ha costado mucho decirme esto.

—Vale, voy a ver qué tengo en la trastienda. Puedes servirte algo y, en la mesa, están nuestras recomendaciones literarias de la semana.

—Gracias.

Entro al despacho de Kalen y alza la vista de su ordenador, divertido.

—Ilústrame.

—Cunnilingus. ¿Qué narices es eso?

Sonríe y se levanta para venir hasta mí. Alzo la cabeza cuando lo tengo cerca. Se acerca a mi oído.

—Es la definición de sexo oral femenino.

Mi sexo da una sacudida por cómo lo dice. Seguro que lo ha hecho aposta para provocarme.

—¿En serio? —Asiente—. ¿Y hay algo que simula que se siente?

—Sí, consoladores de succión, aunque es mejor la boca. Pero no siempre se puede, ¿no?

—Supongo que no.

Vamos hasta el almacén y sabe dónde están exactamente. Pone varios en la cesta y luego me tiende uno de un pingüino, con traje y pajarita.

Lo cojo y no hace nada por apartar la mano.

—Tu tarea de hoy. Usadlo y que me cuentes lo que sientes.

—¿Quieres que me ponga esto ahí? —Miro mi sexo.

—Sí, y que lo disfrutes.

—Dudo que disfrute con este juguete infantil.

—Infantil, dice. —Sonríe como si él supiera algo que yo ignoro.

Se va hasta el despacho y yo guardo el juguete en mi bolso antes de salir. Vergüenza robar, qué coño… Nunca mejor dicho.

—Ya estoy aquí. —La mujer se levanta con una taza de té—. Estos son los mejores.

—Sí, eso he escuchado. —Los mira, dudosa—. ¿Tú los has probado?

—Me he llevado uno para probar. En realidad, llevo poco tiempo en la tienda y mis experiencias sexuales no han sido buenas. Quiero cambiarlo. —Por qué decido ser sincera, no lo sé bien.

—Mi marido es un bruto. Lo quiero, pero el sexo con él es… insatisfactorio. Yo me quedo quieta, finjo y él es feliz, aunque yo no.

—Qué triste.

—Ya.

—¿Y decirle la verdad?

—Si le digo la verdad, me echará en cara los años que llevo fingiendo.

—¿Y por qué fingías?

—Empecé muy joven con él y no sabía ni lo que era un orgasmo.

Para que te hagas una idea, cuando le vi el capullo, le grité si era normal eso que le asomaba.

—Sonríe con cariño—. Cuando me quise dar cuenta, ya teníamos hijos y no sabía cómo expresar que me faltaba algo. Ahora decir algo solo le haría daño.

—Y prefieres hacértelo tú.

—Bueno, y cuando se va de viaje, jugar no lo veo tan malo. Quiero experimentar.

—Haces bien. Creo que nos cuesta tanto hablar de sexo entre nosotras que normalizamos más los orgasmos y apetitos sexuales masculinos, que nos olvidamos de nuestros tiempos.

—Pues no cometas mi error. Cóbrame esto, cariño, y me llevo este par de libros. Vendré a por más cosas.

—Puedes venir a hablar solo, así me cuentas qué tal los juguetes.

Asiente y le cobro. Se marcha y siento a Kalen tras de mí.

—Tengo que irme, me sabe mal dejarte sola…

—No te preocupes. Lo haré bien.

—No tengo dudas. —Su mirada es intensa, como la otra noche, antes de besarme. Me muero porque me bese—. Espero tus mensajes luego y, si no llegas… me llamas.

—Vale. —Va hasta la puerta—. Antes de irte. He pensado que podríamos traer lencería. A las mujeres les gustan los preliminares. Comprarse algo bonito para una noche especial lo es. Y no solo lencería con cientos de agujeros. Algunas mujeres no quieren algo tan explícito.

—Lo investigo y te mando cuando se pueda enlaces de marcas con las que podemos trabajar.

Le digo que vale y lo veo irse, agitada y nerviosa, por todo lo que él me hace sentir.

Entran nuevas clientas y les pregunto a ellas qué buscan. Luego busco algo que pueda ayudar. Estar sin internet hace que me abra y confiese que soy nueva. A media mañana se acerca Carey.

—Vaya, este lugar ha cambiado.

—¿Te gusta?

—Es más acogedor. Se parece más al de Geno.

—Pues tengo nuevas ideas.

—¿Me las cuentas con un café?

Se lo sirvo y me preparo otro. Hablamos de mis ideas. Cuando se tiene que ir, me da un abrazo.

—Quien te ha visto y quien te ve, preciosa. Sigue así. En esta vida, miedo a vivir, ninguno. Y, para aprender, hay que experimentar. —Me guiña un ojo y se va.

Internet regresa al poco después y mando todas mis ideas a Kalen. Me dice que lo va a leer en la comida, que tiene un rato. Luego me manda páginas de ropa interior sexi, de todas las tallas. Me gusta que piense en eso, porque las mujeres merecen sentirse guapas, usen la talla que sea.

Veo varias que me gustan y al final me inclino por una que tiene cosas bonitas y asequibles. Se la mando e irá mañana a hablar con ellos.

Kalen: ¿Quieres venir conmigo? Solo puedo por la tarde y tú no trabajas.

Nova: ¿No verá nada raro tu mujer?

Vamos a ver cosas del negocio.

Bien. ¿Dónde quedamos?

Te recojo a las seis. ¿Te vas ya a casa?

Sí.

Espero tus mensajes luego, con tu tarea de hoy.

¿Ahora eres mi profesor sexual?

¿Te importaría?

Leo el mensaje varias veces, esperando que diga que es broma, porque está jugando conmigo. No lo hace. Está en línea, esperando mi respuesta. Cierro los ojos y lo recuerdo sobre mí. Su cuerpo me llamaba, su boca me derretía. Quiero más, quiero más de eso…

Nova: No, tengo que aprender, ¿no?

Kalen: Por supuesto. Hablamos luego.

¿Dónde me estoy metiendo? Ni idea, pero seguro que está al nivel de ser virgen y vender experiencias sexuales. Mi vida está patas arriba. Ya de perdidos al río.