Capítulo 17
Nova
Bajo las escaleras con una sudadera de Kalen. Me dejó ropa, por si quería ponerme cómoda. Dormí con una de sus camisetas y ahora llevo una sudadera azul marino. Huelen a él; me recuerda a nuestro beso. Mi orgasmo.
¡Me he corrido! Tras veinticinco años, ya era hora.
Me he despertado riendo más de una vez, tonta perdida.
—Buenos días —dice antes de girarse. Cuando se gira, me mira de arriba abajo—. Te queda mejor que a mí.
—Sin duda. —Cojo un poco de tortitas y las llevo a mi boca. Disfruto de ella—. Deliciosas. Tienes razón, eres bueno.
—Aprendí a hacerlas hace tiempo. Cuando lo mío con Bora empezó a ser falso, compré este lugar. Quería tener mi espacio lejos de todo eso. Cocinar me relajaba.
—¿Has traído a mucha gente aquí?
—No, eres la primera que se queda a dormir.
Cuando eres rico y jefe, no tienes muchos amigos que no sean de tu círculo social.
Y, cuando pasó lo de Bora, me di cuenta de que no confiaba en ellos para decirles la verdad.
Tuve líos de una noche para sacarla de mi cabeza en hoteles, pero, al acabar, me sentía peor.
Al final acepté que ella había matado algo en mí.
Y no se lo pude contar a nadie. Mis amigos no son de fiar.
—Qué triste.
—Bueno, se me da bien quedar con ellos y que no noten nada.
—Te entiendo. Cuando me pasó lo de mi ex, me dijeron que era tonta. Que solo se había reído. Que ni que me hubiera violado. En la universidad, cada vez que me liaba con alguien y no quería nada, me tachaban de calientapollas.
—Vaya, como si no pudieras decir no.
—Lo dije muchas veces. Al final, me centré en estudiar porque me cansaba de explicar que no es que no quisiera, sino que no podía.
O tal vez no me sentía cómoda con ellos —admito, porque ayer lo que cambió el juego fue que con Kalen no me sentí presionada.
Sentí comodidad, sabiendo que, si no podía seguir, no me juzgaría.
—¿Por qué Historia?
—¿La verdad? —Me siento en el taburete cuando pone la comida en la isla de la cocina; hay café y zumos. También crema de cacao—. No sabía qué estudiar. Se me daba bien memorizar datos históricos y dije, por qué no… Un gran error.
—¿Y no te salió trabajo después?
Preparo mis tortitas.
—Sí, de prácticas en un museo. Me aburría y me daba por hablar con los clientes. Me despidieron cuando las terminé.
—Tenías que estar callada.
—Muy callada. Esto está delicioso. —Me chupo los dedos y mira cómo mi boca lame el dulce.
Algo se agita dentro de mí y hace que se contraiga mi sexo. Los recuerdos de su boca están anclados en mi mente. Miro su boca y él la mía.
—Gracias. Ahora te llevaré a tu casa.
—Genial. Tengo que estudiar algunas cosas y preparar mis ideas.
—No tienes que hacerlo para mañana.
—No vendo nada, quiero hacerlo. Ahora que sé lo que es un orgasmo. —Sonrió y su mirada hambrienta no suelta la mía—. ¿Te ayudó a ti?
—Sí.
No dice más. Comemos y, al acabar, me cambio para irme. Me dice que me quede la sudadera y lo hago. Me encanta y huele a él. Vamos hasta el garaje y subimos en un coche deportivo negro de alta gama. Entro y conduce hasta mi casa.
—Voy a pasarme a ver a mi tía —comenta cuando aparca.
—También se siente muy sola, como tú —le digo en el ascensor. Se detiene en la planta de su tía—. Nos vemos.
—Si juegas con lo de la caja…, cuéntame qué sientes.
—¿Para nuestro experimento? —Acaricia mi mejilla.
—Sí. —Se acerca y me besa en la frente—. Nos vemos, preciosa.
Preciosa. Me ha dicho preciosa, y eso, más su beso, me tiene en las nubes. Estoy en problemas. Voy a mi casa y entro. Al poco suena mi timbre. Kelvin está tras la puerta.
—Bueno, no te han secuestrado.
—No puedo contarte nada. He firmado un contrato de esos de confidencialidad.
—¿En serio?
—En serio.
—Solo quería saber si estabas bien, y si sabes dónde te metes.
—Sabes, creo que tú deberías firmar uno también.
—Sí, anda.
—Sí, lo he decidido. Yo tampoco te conozco tanto.
Escribo a Kalen y lo pongo al tanto de todo. Al poco me manda un archivo y me dice que lo imprima, que ahora sube.
—¿De verdad es necesario? —Kelvin ve cómo imprimo todo y se lo va leyendo.
—A ti te gustaría que alguien supiera tu secreto.
—Ya, pero no te hice firmar esta mierda.
—Kelvin, se juega mucho y quiero que confíe en mí.
Tocan a la puerta. Y, cuando abro, Kalen entra en mi pequeño piso, seguido de su tía. Al ver a Kelvin, le da un abrazo.
—Kelvin es de fiar. Eres un exagerado, Kalen.
—Estoy a punto de librarme, no voy a dejar ningún cabo suelto. —Cojo los papeles—. Gracias por entender que era importante para mí que él firme.
—Se me da bien leer a la gente.
—Pues podrías usar eso en la tienda —añade Geno—. Es como en un hostal; la gente allí busca dormir y en mi tienda la gente busca un orgasmo.
—Lo mismo —replico mientras Kelvin se tapa la boca para no reírse.
—La gente busca paz. Solo que de forma diferente. —Geno nos mira a todos cómplice—. Me sobra comida. Firma eso y os venís todos a comer.
—No has hecho nada de comer —le dice su sobrino mientras Kelvin lee todo.
—Pero voy a pedir comida china. Y siempre me sobra.
Kalen va a negarse, pero entonces me mira. Y sé que está recordando mis palabras del ascensor, lo de que su tía también se siente sola. Por eso le dice que vale y Kelvin firma sin darle más vueltas.
—A la mierda, no iba a decir nada de todos modos. Ella es mi amiga. A los amigos no se les traiciona.
—Te sorprenderías —esto lo dice Geno—. En nuestro mundo, un secreto deja de serlo cuando tiene un precio.
Una vez vino a verme una amiga a la tienda y me hizo creer que me entendía.
Usó todo lo que le conté para reírse de mí en las reuniones con sus amigas.
Me avisó mi hermano. Así que, en nuestro mundo, los amigos se cuentan con los dedos de la mano, y a veces ni eso.
—Qué triste —respondo.
Bajamos a casa de Geno a comer y pedimos comida china. Cuando llega, sé que nos hemos pasado. No sé coger los palillos chinos, pero el resto sí. Al final, acabo con un tenedor, disfrutando de verlos comer.
—¿Siempre quisiste ser modelo? —indaga Geno.
—No, pero me ayudó a irme de casa. Ahora me gusta desfilar y posar.
—¿Casa complicada? —indaga Geno, cómo no—. Yo sé de eso.
—Bastante complicada.
—Pues entonces hiciste bien, y ahora te gusta. Aquí creo que la única que tiene una familia normal es ella. —Geno me mira—. ¿Cómo va tu investigación sobre el placer femenino? ¿Sabes ya lo que es un orgasmo?
Casi me atraganto con los fideos chinos. Kelvin me pasa el agua y Kalen me mira divertido.
—No creo que sea un tema que tratar en la mesa.
—Qué coño, se trata donde yo diga. Es mi casa. —Geno me mira a la espera, mientras yo no sé dónde meterme.
—Digamos que ya sé que puedo correrme.
—Bien, eso es bueno. ¿Y qué vas a hacer ahora?
Podrías investigar en la historia del placer femenino.
Estos tabúes no son de ahora. En la antigua Grecia, los médicos determinaron que para concebir hijos una mujer debía correrse.
Y, durante años, solo se daba placer a la mujer para tener hijos, no para obtener placer.
—Geno sigue comiendo—. Cosa de Hipócrates y Galeno.
Si los hombres deciden cómo debemos sentirnos, ¿qué esperamos?
Necesitamos mujeres que se atrevan a hablar del sexo.
Puedes pedir a mujeres de tu entorno que usen juguetes y te digan cómo se sienten.
Imagino a mi madre muy animada contándome sus experiencias… con mi padre. No sé si estoy preparada para esto.
—Bueno, cada vez lo hacen más —añade Kelvin—.
Las autoras de romántica saben que, para sus lectores, leer sobre sexo es placentero y las hace sentir cosas que no experimentan en la vida real.
Son valientes por sentarse, escribir sobre sexo y no temer la exposición mediática ante una sociedad que sigue viendo mal que la mujer disfrute abiertamente del sexo.
—Y no solo es sexo. —Geno coge un libro—. Es amor. Tal vez no es real al cien por cien, ¿pero qué sabe el alma en realidad? Al leer esto, muchas personas experimentan el amor y les hace felices. Yo he sentido más amor leyendo mis novelas que en la vida real.
—Podríamos hacer una charla de libros —apunto y los tres me miran—. ¿Mala idea?
—No, eso atraería clientes —apunta Kalen—. Lo miraremos.
Asiento y terminamos de comer. Recogemos y Geno se empieza a dormir. Hora de su siesta. Nos despedimos de ella.
—Hablamos mañana —dice Kalen mirándome.
Luego, tras despedirse de Kelvin, se marcha por las escaleras. Kelvin y yo subimos por las escaleras.
—Sabes que está casado, ¿verdad? Es que yo he pasado por esa mierda. Hombres que juraban que se iban a divorciar y luego era mentira. Yo solo era su juego… O su sucio secreto.
—Solo somos amigos.
—Solo quiero que tengas cuidado. Solo eso y, si alguna vez tienes que hablar, aquí me tienes. He firmado la mierda esa de confidencialidad. No puedo ir contra él.
No puedes, pero Kalen me contó su secreto a mí. A pesar de eso, no puedo traicionarlo.
Me despido de él y entro a mi piso, decidida a estudiar Historia, la historia de la mujer y el orgasmo.