Capítulo 15
Kalen
El coche de mi chófer se acerca. Yo me tuve que ir con mi mujer, pero pedí que me dejaran cerca de mi empresa. Bora no hizo comentario alguno. No puede hacerlo; todo esto es por ella. Ella precipitó el fin de nuestro matrimonio.
Abro la puerta a Nova.
No sé qué me ha impulsado a hacer esto. No traigo a nadie a mi casa. Pero con ella no puedo evitar hacer este tipo de cosas. Cuando la vi sirviendo, con esa dulce sonrisa, sin que nadie la viera, me dolió. Porque ella es preciosa y merece ser vista; dejar de estar oculta por tantos idiotas.
Quise invitarla a cenar. Quise tenerla solo para mí.
Esto va a acabar mal.
Me digo que es para cuidar de ella. Para que no pierda el trabajo, pero es verla salir del coche y mi corazón muerto, desde que descubrí la traición de Bora, se despierta de un largo letargo.
Me despido del chófer y vamos hasta la hamburguesería de veinticuatro horas.
Entramos y se relame la boca. Esa boca roja y jugosa.
—Lo quiero todo, me muero de hambre. ¿Qué te vas a pedir?
—Una doble con queso y beicon.
—Esa me tienta, pero a ver si hay alguna con picante. Me gusta el toque de picante en la comida.
Nos atienden y se pide una con salsa picante. Nos las sirven para llevar y vamos a mi casa. Meto el código y entramos. En cuanto pasamos por la puerta, se encienden las luces de emergencia. Enciendo la luz tenue y vamos hasta la mesa que da a la cristalera.
—Oh, tienes una cascada en tu casa.
Le digo por dónde puede salir y sale. La toca maravillada con ella; con las flores y enredaderas.
—Me enamoré de este lugar por la cascada. Cuando estoy medio dormido, me gusta escuchar el agua correr.
—¿Y tu mujer dónde está? —Va al grano.
—¿Cenamos primero? Para contarte la historia, tienes que firmar un contrato de confidencialidad.
—Ah. Joder, tus secretos valen oro, ¿no?
—Me juego mucho si dejan de ser secretos, y no es que no confíe en ti. Es que, siendo objetivo, te acabo de conocer.
—Vale, lo firmo sin problemas, y te entiendo. En el hostal a veces nos pasaba que venía un famoso y teníamos que firmar que nada de lo que viéramos o escucháramos saldría de ahí. Te entiendo y me muero de hambre.
Entramos dentro.
Voy a por algo de beber; prefiere agua al vino. Matizo: odia el vino. Así me lo suelta.
La veo cenar, chuparse los dedos, mancharse la sudadera. Se ríe. Su risa me hace sentir cosas. Mirarla me hace sentir bien. Tenerla aquí, de golpe, me hace sentir menos solo.
—¿Sabes que siempre me mancho las tetas? Tienen un imán para las manchas.
—Vaya.
Intento no mirarlas, pero fracaso.
—La hamburguesa está deliciosa. Pruébala, pica un poco. —Me la tiende sin soltarla y muerdo. «Está muy buena», pienso, y por su cara sé que se ha dado cuenta de lo que me parece—. Sabía que te gustaría.
Coge un cuchillo y parte la mitad para dejarla en mi plato.
Hago lo mismo con la mía y compartimos la cena.
Algo que no he hecho en mi vida. Me gusta comer comida basura, pero lo hago solo.
En mi mundo, hacer esto no está bien visto y, al final, he aprendido a esconderme cuando quiero hacer algo así, como hacen las mujeres con su placer.
Al final, hay más tabúes de los que creemos.
Vidas contadas a medias mientras representamos el papel que nos ha tocado vivir.
Al acabar, vamos a mi despacho y firma el contrato. Odio hacer esto; es como si la pusiera al nivel del resto. Pienso en Bora. En lo que pasó con ella. Y sé que no puedo bajar la guardia.
Me aterra hacerlo, aunque siento que Nova es diferente.
—Vamos al sofá.
Andamos hasta el sofá y pongo música de fondo.
—¿Qué me vas a contar de tu matrimonio? Aunque ahora me puedes contar cualquier cosa, he firmado para no contar nada. Soy como un cura. —Sonríe y la miro; solo la miro, mientras me pregunto cómo sería besarla.
—Bora y yo nos casamos por un acuerdo comercial. Pero, antes de casarnos, tuvimos citas y me enamoré de ella.
—Ah, bien. ¿Qué pasó luego?
—Nos casamos y era feliz. Joder, estaba enamorado de la mujer con la que me habían obligado a casarme y ella lo estaba de mí.
Su padre propuso hacerse socio de la empresa.
Y acepté sus condiciones. Para mí, mi vida era ella.
Quería un futuro y, si su padre quería ser parte de ello, mejor.
La empresa de mi padre no pasaba por un buen momento; yo acababa de asumir el mando de CEO.
El trato añadía que en cinco años podríamos comprarle su parte, a un precio establecido que podía cambiar.
—¿Y qué pasó?
—Pillé a Bora hablando con su ayuda de cámara de un viaje con un hombre con el que se vería allí.
Le pregunté y me dijo que no es que no me quisiera, sino que para ella lo nuestro solo era un acuerdo comercial para que su padre tuviera poder en la empresa.
Yo te juro que pensaba que estaba tan enamorada de mí como yo de ella.
Fue como si la viera por primera vez. Como si hasta ese momento todo lo vivido fuera mentira.
—Joder. ¿Y qué pasó?
—Llegamos a un acuerdo: fingiríamos estar enamorados para que su padre no cambiara las condiciones.
Cuando pasaran los cinco años, compraría la empresa a su padre y ella se llevaría dinero por el divorcio, sin que yo me opusiera con mis abogados.
Fingimos que estamos enamorados desde entonces. Solo quedan unos meses.
—¿Y esto cuánto hace que fue?
—Hace tres años.
—¿Y llevas tres años guardando las formas?
—Sí, no me queda de otra.
—¿Vas a poder comprar la empresa?
—Sí, compré una empresa sin que nadie sepa que es mía. Estaba en la ruina; hice un estudio de mercado para realzar el negocio. Es una empresa de app y está generando muchos ingresos con las nuevas ideas.
—Buen punto. —Se queda callada y me mira con sus intensos ojos verdes—. Debió ser duro si la amabas.
—Sí, con el tiempo me di cuenta de que ella creó un personaje perfecto para mí. Nunca la amé a ella. Y fui descubriendo cómo era poco a poco. No me gusta cómo es.
—No por eso duele menos. Mi ex era un gilipollas, pero eso no cambió que sus risas me causaran heridas.
—Hablando de tus heridas, tengo algo para ti. ¿Lista para ir más lejos?
—Claro. Pienso ser la mejor.
—Espérame en el sofá. Ponte cómoda.
Lo hace. Se quita las deportivas y sube los pies, mientras yo voy a mi despacho a por las cosas que cogí de la tienda para ella. Juguetes pequeños para que pruebe, para que juegue y pierda el miedo.
Miro los juguetes y pienso en ella, en su cuerpo ruborizado. En sus jadeos.
Tal vez debería detener este juego…, pero ha firmado. Nadie sabrá qué pasa. Quedará entre los dos. Su silencio me da la libertad de dejarme llevar con ella y estoy emocionado ante la idea.
Muy emocionado.