Ponme las pilas Capítulo 10
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Capítulo 10

Nova

—Es la hora del almuerzo. —Carey, entra justo a las once. Donde me permito tomarme quince minutos de descanso.

Coloco el cartel y vamos hasta la trastienda.

Necesito este respiro porque hoy no he vendido nada.

La semana ha empezado floja, la verdad. Una mujer quería que le hablara de mis consoladores favoritos y que le recomendara.

No sabía qué decirle y se dio cuenta, por eso se fue.

La segunda quería algo, pero no sabía el qué.

Y sus dudas y mi inexperiencia hicieron que casi saliera corriendo.

—¿Té o café? —Voy hasta la sala de personal.

—Té. Hoy te he traído pastas. Mi hijo no quería y mi marido ahora odia el azúcar. Que ha visto en no sé qué vídeo que es malo. Pero, cuando le mando los vídeos de cómo hacerme feliz, a eso ni caso. Solo hace caso a las redes para lo que le interesa.

Preparo el té y nos sentamos a comer. Me contó que Geno era muy feliz aquí; para ella este lugar era su vida porque, tras una vida donde tuvo que cumplir tantas normas, era su forma de liberarse y de dar libertad a las mujeres.

Y una mujer feliz es más fuerte. Me enseña algunas fotos de cómo era antes.

No tiene nada que ver. Era acogedor. Para que la gente se sintiera cómoda hablando de lo que deseaba.

Ese lugar sí me hubiera gustado.

Pero no sé si hubiera tenido la fuerza de pedir ayuda. O de admitir que necesitaba dejar mi miedo atrás.

He estado leyendo mucho sobre el tema. Sobre el orgasmo femenino, sobre todo, porque no encuentro otra cosa. Tengo que dar lo mejor de mí.

Este sitio me aterró porque es desconocido, pero, cuanto más sé de ello, más me pregunto si llevo años cegada por el miedo, en vez de haber puesto remedio. Nunca me rindo, salvo con eso.

Como si me diera miedo dejarme llevar de nuevo y dar a alguien de nuevo el poder de humillarme.

Nadie sabe lo duro que fue volver a ver a mi entonces novio y que me dijera que no quería seguir porque le gustaban las mujeres más maduras.

Y luego ir por los pasillos del instituto donde la gente se reía de mí, imitando mis gestos.

Por suerte, quedaba poco para acabar el instituto. Nadie debería sentirse tan «desnudo» ante el sexo. Y cuanto más investigo, más me doy cuenta de que las mujeres se sienten a veces incomprendidas. Sobre todo, en el tema de los orgasmos, no era consciente de lo mucho que costaba llegar.

—Pienso hacer algo con tu pelo —me dice Carey.

—Cuando cobre, soy toda tuya.

—Te tomo la palabra.

Hablamos un poco de lo que ha hecho hoy, hasta que se nos acaba el descanso. Se marcha y regreso al mostrador. Tocan a la puerta y, cuando abro, una mujer muy elegante entra y mira todo con cara de asco. No como la mía, horrorizada, sino como si fuera la peste.

—Eres mi empleada…, supongo. —Mierda, esta mujer es la dueña.

Ahora que la miro bien, se parece un poco a Kalen, pero él no me parece tan estirado.

Su hermana parece de todo menos accesible.

No me pasa con ella esa complicidad que siento con él.

Me ha escrito para desearme buena semana y le he respondido diciéndole que seguro que esta semana bato un récord de ventas.

Kalen: Lo dice la que acabó la carrera de Historia por narices. Si puedes con eso, puedes con todo.

Nova: No lo dudes.

Guardo el móvil sonriendo como una tonta, hasta que me acordé de las cámaras y, por si me observaba, me puse más seria.

—Sí —respondo a su hermana, mi jefa.

Me mira de arriba abajo. Mi ropa dista mucho de ser tan elegante y bonita como la de ella. Llevo una falda vaquera, unas deportivas y un jersey fino amarillo. Amo el color amarillo.

—Ya sé por qué mi tía te contrató. Eres tan rara como ella. —Entra tras insultarme, seguro. Y se pasea por este lugar—. Ahora no me puedo tomar mi tiempo en saber si vales o no. Pero, como este sitio no rinda, estás fuera, y mi tía no podrá ayudarte. ¿Te queda claro?

—Si no vendo, a la calle. Lo pillo.

Una vez más, mira este lugar con asco y se marcha sin despedirse, tras poner cara de horror. No me extraña, porque Ula cada vez lo decora peor.

Lo tengo jodido.

Entra una mujer y, sonrojada, va a la sección de libros eróticos.

—¿Cuál me recomiendas?

Mierda, mierda y mierda.

—Me suena el móvil —miento—. Mira algunos y te digo ahora.

Voy hasta la trastienda donde tengo lista de todos y busco los más populares entre algunas en la IA. Me dice cuáles gustan más y por qué. Leo todo rápido y, cuando salgo, las busco. No compra nada. Se nota que no me las he leído.

Cuando se marcha, siento que he fracasado.

Cojo un par y me las anoto para que me las descuenten. Toca poner remedio a esto o rendirme.

No, joder, no quiero eso.

Tampoco quiero darme por perdida. En el fondo siempre he tenido la esperanza de que mi miedo se pasara.

Entra una señora, y parece un poco nerviosa.

La entiendo. Entrar en una tienda así, impone.

Hasta que te das cuenta de que estar entre penes de goma no se está tan mal.

Solo son mini varitas que, si las frotas contra ti, te dan un premio…

Madre mía, no me puedo creer que haya soltado esa burrada en mi mente.

—¿En qué puedo ayudarla? —pregunto, tragándome una risa.

—Sinceramente, no lo sé. —Mierda, las indecisas son lo peor porque yo no tengo ni idea.

—¿Qué buscas?

—Supongo que poner algo de diversión a la vida sexual con mi marido. —Hay tristeza en sus ojos.

—¿Todo bien?

—Todo lo bien que se puede estar cuando no llegas al orgasmo con tu pareja.

La entiendo, la entiendo muy bien. Y no sé cómo ayudarla porque yo llevo años anclada en el momento en que un idiota me hizo odiarme teniendo sexo.

—Tenemos una gran colección de libros ardientes con potentes historias de amor. Eche un vistazo, tranquila, mientras yo preparo una cesta de cosas en la trastienda.

—Gracias.

Miro en mi móvil, pregunto cosas y luego busco entre lo que tenemos. No sé si lo que le voy a llevar funcionará. Siento que soy una farsante, pero necesito el trabajo. Salgo con varias cosas y le explico para qué sirve cada una.

—¿Y tú las has usado?

Mierda. Odio cuando me dicen esto y las entiendo, porque, si yo fuera a un lugar así, me gustaría que alguien me aconsejara y así sentir que puedo lograr ser feliz con mi lado más sexual.

—Pues… —El problema de no saber mentir es que tu cara de póker no existe—, no, pero otras mujeres sí.

—Ya… Me recomendó este lugar una amiga. Ella tenía problemas con su matrimonio porque, tras tantos años juntos, el sexo para ella era un aburrimiento, y más si le sumas el estrés que llevamos las mujeres encima. —Sonríe con tristeza—. Gracias, tal vez venga otro día.

—Claro.

Se marcha triste y eso me duele. Hasta ahora veía este lugar como un sitio sin más. ¿Pero y si lo fuera todo para otras mujeres? Tal vez, si yo hace años hubiera dado con un sitio así, no le tendría tanto pánico al momento de intimidad.

Al cerrar, voy a mi casa algo desanimada. Por suerte, por las tardes mi compañera sí sabe hacer su trabajo, y decorar la tienda como si fuera un circo, y venderá todo lo que yo pierdo… Me van a despedir.

—¿Y esa cara? —Kelvin entra al edificio a la vez que yo. Hoy va con una camisa y vaqueros. Ha debido estar en una sesión de modelos.

—Mi nuevo trabajo.

—Es verdad, ¿y qué tal?

—Es un sex shop y soy virgen. —A veces las cosas son mejor soltarlas sin preliminares.

—No me jodas. Pues tienes un problema gordo.

—Me he dado cuenta. Ahora me pondré a estudiar sobre el orgasmo femenino, porque el lugar está enfocado sobre todo al placer de la mujer.

—Solo tienes que ponerte en su lugar cuando vayan. A las mujeres les cuesta mucho hablar de sexo. Muchas se arman de valor para ir allí, tras pensarlo mucho.

—No lo había pensado, pero es cierto. La voy a cagar, me van a echar y me tocará buscar trabajo como una loca.

—Bueno, confía en ti. Y, por cierto, ¿tienes los fines de semana libres? —Asiento—. Hay un evento de moda el sábado y necesitan gente para servir a los invitados tras el desfile. Sé que di tu currículum y eso, pero si le digo que estás disponible, lo mismo te ponen por delante de otros.

—Genial. —Vamos hasta el ascensor y subimos juntos—. ¿Tú le tienes miedo al sexo?

Nunca en toda mi vida me he puesto más roja. Kelvin me mira sin juzgarme. El ascensor llega a mi planta y me tomo esto como terapia, porque si no hablo con él, tal vez con otras personas no me cueste tanto.

—Sí y no. Mi vida sexual es complicada. Pero si el sexo te angustia…, deberías hacer algo con eso. ¿Te han hecho daño?

—No, no… Solo se rio de mí y luego me ridiculizaron en el instituto, pero hay cosas peores…

—Sí, pero a ti te hizo daño y te marcó. No te quites importancia por eso. Eso que te pasó también es una putada. —Salgo del ascensor—. Tal vez, si aprendes a controlar tu miedo, puedes entender a otras mujeres mejor.

—Eso he pensado.

Nos despedimos en el rellano; vive enfrente de mí, y cuando entro a mi casa, me doy cuenta de que estoy avanzando. He hablado de algo que me angustia con mi vecino el buenorro sin más. Tal vez las mujeres que van a la tienda de Geno solo quieren ser escuchadas y comprendidas.

** *

Bajo a casa de Geno y me dice que pase, que está en lo mejor de la telenovela. Me siento a su lado y, cuando hay anuncios, me deja hablar. Le cuento cómo va todo.

—Date tiempo. Y mi sobrina… Bueno, ella antes no era así. Tenía muchos sueños. Pero luego aceptó casarse con quien su padre quería y se pasó años de noviazgo con un hombre demasiado serio. Eso apagó toda su luz.

—Vaya.

—Yo me divorcié cuando me di cuenta de que, si no lo hacía, moriría sin saber lo que era la felicidad.

—No debió ser fácil.

—No, no lo fue. Mi familia me dio la espalda y he podido tener contacto con mis sobrinos, pero no tanto como me gustaría. Y con secretismo.

Noto la soledad en su mirada. Romper con todo para tener una oportunidad de ser feliz tuvo un precio alto.

—Bueno, ahora puedes ser quien quieras.

—Y tú, cariño. —Aprieta mi mano. La novela empieza y no me hace ni caso.

Me quedo un rato con ella buscando información con el móvil.

—Eso no te va a ayudar, tienes que vivir, Nova. Tienes que dejar de tener miedo.

—Bueno, poco a poco. He hablado con Kelvin de sexo.

—¿Y no te has lanzado en plan loba?

—¡No! Además, no me atrae de esa forma.

—Vaya. Tú a él tampoco, por cierto.

—Pues menos mal que no le hice un salto del tigre. —Se ríe—. Mi tipo es otro.

—Como mi sobrino.

—¡No! —respondo sonrojada—. No —miento y, por suerte, la novela se pone interesante y me ignora.

No busco nada y pienso en Kalen. Hay algo en él que hace que lo tenga en mi mente más de lo que debería. Tal vez porque es la primera persona en mucho tiempo que me ha hecho sentir algo. Que ha hecho que mi cuerpo lata con un fuego que creía extinguido. El otro día pasear con él fue increíble.

Cojo el móvil y busco en redes sobre él. Nada más hacerlo, me salen varios artículos y lo veo al lado de una mujer muy guapa. Está casado.

¿Y qué esperaba? Era raro que semejante hombre estuviera soltero. Cosa que a mí, por supuesto, me da igual.

Pulso una imagen de él solo, que ha salido en una revista. No me importa; solo es algo así como un jefe. Un jefe sexi y amable. Y con quien me siento cómoda hablando.

Bloqueo el móvil y me convenzo para no pensar en él, y más ahora que sé que tiene pareja.