Ponme las pilas Capítulo 5
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Capítulo 5

Nova

Llego al trabajo sin saber muy bien con qué me va a sorprender el día, y nunca mejor dicho.

Al entrar, veo a Kalen tras el mostrador.

Alza la cabeza y me saluda. Madre mía, este hombre me pone a cien.

Para alguien que lleva años sin sentir nada ante los hombres, este despertar me pilla por sorpresa.

Me sonrojo y todo al mirarlo. Y más cuando tomo aire y su perfume inunda mis sentidos.

Me dan ganas de abrazarlo y olerlo en plan posesa.

No, para.

Lo que siento al mirarlo me ha pillado por sorpresa. Es guapo, muy guapo, y sus ojos oscuros me recuerdan al chocolate caliente. Me encanta el chocolate. Y esa barba corta que solo realza sus rasgos.

Pero no es el primer hombre guapo con el que me he cruzado; sin irme muy lejos, Kelvin, que está para mojar pan y repetir, pero, al mirar a mi vecino, no siento este calor.

—Buenos días. ¿Lista para un nuevo día?

—Buenos días. Estoy deseando saber qué me depara el día.

«Seguro que es toda una sorpresa», pienso para mí.

Le llaman y entro a dejar mis cosas al espacio de trabajadores. Cuando regreso, sigue con el móvil. Al poco, entra una mujer y se me acerca.

—Necesito algo para la formicofilia. O si me lo podéis conseguir.

Sonrío sin tener ni idea. Le digo que voy al almacén y voy a buscar en el móvil, cuando Kalen se acerca sin cortar la llamada.

Lo miro de reojo, mientras hago que busco en el PC lo que ha pedido, pero en realidad estoy mirando en Google qué narices es eso.

Lleva un traje de chaqueta a medida; se nota por la calidad de la tela.

Y cómo le sienta. Se ciñe a su cuerpo, realzando su figura. Me altera. Y eso no ayuda.

Cuando lo veo, me empieza a picar todo. Es la palabra que se usa para la gente que se excita con insectos pequeños. Pongo cara de asco. No puedo evitarlo. Los insectos me dan repelús. Me rasco el brazo sin querer. Y la pierna con el zapato. ¡Me pica todo!

¿Cómo alguien puede excitarse así?

—¿Todo bien, Nova?

—Eh… Sí… Genial…

—¿Qué quiere la chica? —Se lo digo—. No, no tenemos de eso, pero hay una tienda de animales a dos calles. Puedes decirle que vaya hacia allí.

—Gracias.

Kalen se marcha al despacho y voy hasta donde está la mujer. Le digo que no tenemos y le comento lo que me dijo Kalen.

—Pero tenemos otras cosas para hacer en pareja.

—¿Como cuáles? ¿Qué te gusta a ti? —Me mira esperando que yo la aconseje—. La verdad es que lo de los insectos no es para mí. A mi novio le excita y, bueno, quiero darle una oportunidad. —De nuevo me pica todo el cuerpo y no quiero rascarme delante de ella.

—¿Y a ti te gusta?

—No lo he probado. No se puede decir que no a algo sin probarlo.

Ya, claro. Yo digo no y no a lo de los bichos. Entro y miro cosas en pareja. Me documento para decirle todo, pero, cuando salgo, se ha marchado porque he tardado mucho. Mierda. Me da pena; buscaba mi ayuda. Menuda ayuda.

Kalen sale y pasa por mi lado. No nos rozamos, pero mi cuerpo es muy consciente de su presencia.

—¿Todo bien? No paras de rascarte.

—Me dan pánico los insectos. Desde que lo ha mencionado ella, no dejo de sentirlos por todo mi cuerpo. Me tienes que guardar el secreto. —Emite una leve sonrisa.

—Te guardaré el secreto. —Saca unas llaves y las deja en el mostrador—. Mi tía confía en ti. Puedes abrir y cerrar tú sin problemas.

—Gracias por la confianza, señor…

—Kalen, mejor solo Kalen. Y de nada, Nova.

La forma de decir mi nombre me hace temblar. Es como si lo disfrutara en su boca antes de soltarlo. Sonrojada, veo cómo se marcha. Manda narices que la primera vez que me siento atraída por un hombre en años sea por mi jefe.

Mi suerte va en aumento.

** *

Cuando llego del trabajo, Geno me espera con una olla en la puerta.

—Es nuestra comida. Me tienes que contar qué tal vas.

—Voy que no sé cómo sobrevivir un día más.

—A base de orgasmos, así te mejora el cutis. —Se ríe. De verdad, esta mujer no sé de dónde ha salido.

Entramos a mi casa y prepara la comida, como si mi casa fuera la suya. Su casa es más grande. Esta es minúscula, pero estoy superfeliz con ella y ahora que trabajo he mirado más cosas para ponerle.

Nos sentamos a la mesa y me pregunta qué tal la mañana. Le cuento lo de los insectos.

—Esa chica no tiene que hacer algo que no le gusta solo por probar. Está bien probar, pero solo si estás segura al cien por cien.

—Eso sí. Pero se fue. Y me sentí mal.

—Pues suéltate la melena. Dale sal a tu vida y deja de decir que es mala porque le he echado un montón a la comida; te está encantando. —No puedo discutirle lo evidente—. ¿Por qué tienes tantos reparos al sexo?

—Un ex de mierda.

—Vale, casi siempre es una mala experiencia. Hombres que se creen que lo saben todo, pero no saben nada, si no se paran a pensar que, por mucho que queramos ser iguales, y oye, podemos serlo en muchas cosas, pero el cuerpo femenino es complejo.

—Ya… bueno.

—¿Tienes orgasmos por tu cuenta?

—No.

—¿Lo has intentado?

—Claro. Pero… No… ¿No es raro hablar de esto comiendo?

—Ese es tu problema, si no hablas de sexo, porque nunca es buen momento, acabarás muriendo virgen.

—Gracias, eso me deja más tranquila.

—No eres la única mujer que se siente intimidada ante el sexo, por eso abrí mi tienda. Para chicas como tú.

—Pues yo nunca hubiera entrado en un sitio así. Me hace sentir que es para expertos.

—Ya, bueno, eso es cosa de Ula, la de la tarde, y de mi sobrina, que le deja hacer lo que quiera con tal de que el sitio se vaya a pique y cerrar. A Ula la contrató ella. Pero Ula solo podía por las tardes. Le dije que yo buscaría a alguien de mañana. Y te vi a ti. Con Kelvin, parecías pava.

—Gracias. —Se ríe.

—A ver, tienes que soltarte. Vivir la vida. Tener orgasmos.

—Y así muero por exceso de orgasmo y no por virgen. —Se ríe. En verdad, me cae bien y es liberador hablar de sexo con ella y que no me juzgue.

—Solo digo que no te cierres. La vida puede sorprenderte cuando miras más allá de lo conocido. ¿Qué tienes que perder? Aparte de tu virginidad. —Pongo caras y se ríe. Sujeta mi mano y me da un apretón cariñoso—. Eres joven, guapa y lista. Ponle un consolador a tu vida.

—Lo puedes usar de eslogan. —Se ríe y seguimos comiendo. Por suerte para mí, sin hablar de sexo.

Aunque debo admitir que no ha estado tan mal hablar con alguien de lo mucho que me cuesta dejarme llevar.