Ponme a prueba Capítulo 41
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Capítulo 41

Kelvin

—Nos vamos —le digo a Nate.

—¿Adónde?

—¿No quieres ver un partido de tu padre?

—No es mi padre. Es el hombre que me soporta hasta que se dé cuenta de que no somos compatibles y me devuelva.

—Madre mía, ¿hoy te has despertado con el pie izquierdo? —Alza los hombros—. ¿Tienes todo listo? —pregunto a Maggi y esta dice que sí.

Reid quería que Nate fuera a verlo en el primer partido de los playoffs , pero tenía miedo de pedírselo y que el niño no quisiera.

Yo no le he dejado opción. Conduzco hasta el estadio.

Al aparcar, hay mucha gente, y tanto Maggi como yo protegemos al niño.

Al llegar a nuestros asientos, ya están aquí todos los demás, con comida y bebida.

Nos saludan y abrazan a Nate con cariño.

Este no les devuelve los abrazos, pero noto cómo se sonroja por el cariño.

Cuando Reid sale y nos ve, se pone contento.

Se acerca al cristal y lo golpea. Le saludo y Nate hace amago de decirle hola.

Algo es algo. El partido empieza y Reid lo da todo.

Cuando mete un tanto, hace el gesto de los tres dedos.

Yo lo hago, sin que nadie lo vea, y me fijo en que Nate hace lo mismo.

Ganan el partido y Reid lo da todo. Se entrega hasta el último segundo que está en el hielo.

Nos mira antes de irse a los vestuarios. Irán a celebrarlo, con seguridad, pero, por hoy, Nate ha tenido suficiente. Voy con él y Maggi a casa de Reid. Nate está muy callado y, mientras le pongo el pijama, noto algo raro en él. Maggi se ha ido a su zona para darnos intimidad.

—¿Qué te pasa, Nate?

—Nada.

—Somos amigos, puedes contarme lo que sea.

—¿Eso somos?

—Creía que estaba claro.

Se sienta en la cama y yo hago lo mismo. Coge su peluche y me fijo en que el mío está en la cama. Acaricia el peluche con los dedos para coger fuerzas.

—¿Qué pasa si Reid decide que ser mi papá no es divertido?

—Es que ser padre no tiene por qué ser a todas horas divertido. A veces lo harás mal y, con seguridad, Reid se enfadará, pero eso no cambiará que te quiere.

—Ya…

—No puedes vivir siempre con el miedo a perder. Si lo haces, no vivirás los buenos momentos que te ha deparado la vida.

—Solo intento no estropearlo.

Escucho a Reid subir por la escalera. El niño no se ha dado cuenta, pero yo estoy muy pendiente de cada ruido.

—No lo vas a hacer. Te contaré algo de Reid: cuando quiere a alguien de verdad, es para siempre, y tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Yo le fallé en la universidad.

—¿Qué hiciste?

—Me enamoré de él. Y él estaba enamorado de otra persona.

Verlos casarse me destrozó y pensaba que, si me alejaba, podría olvidarlo y aceptarlo como amigo.

El tiempo pasaba y lo que sentía por él seguía ahí.

Nuestra amistad se vio trastocada. En este tiempo, Reid no lo pasó bien.

En su intento de encontrar una familia perfecta, se equivocó de lugar y yo no estuve ahí para él.

Cuando el destino nos juntó, Reid no me guardaba rencor; solo un fuerte abrazo y las ganas de recuperarme, costara lo que costara, eran más grandes que todo lo demás.

—Papá es un tío molón y eso.

—Es molón y eso. El primer día que te vio, me habló de ti. Me dijo que le recordabas a él. Ese día supe que vuestro lazo era para siempre. Un lazo más fuerte que la sangre. Él tardó un poco en aceptar que te quería adoptar porque, aunque ya te quería, tenía miedo de no ser bueno para ti.

—Mi tía tenía mi sangre y no me quería.

—Yo sé de eso. La sangre no te convierte en familia, pero Reid quiere una contigo.

—Eso parece.

Alza los hombros y bosteza, cansado.

—A dormir. Vamos.

Reid entra en el cuarto y Nate se ilusiona.

—Buenas noches —nos dice y le da un beso en la cabeza. A mí me acaricia—. Me ha gustado verte en el estadio.

—He ido a ver si la cagabas.

—Gracias, supongo. —Nate sonríe.

Los dejo solos y, por la mirada de Reid, sé que no quiere que me vaya.

Bajo hasta la cocina y me preparo algo de beber.

Miro el móvil en su sofá mientras espero.

En la estantería hay fotos de los dos juntos y la de Nate y mía en su cumpleaños.

Fotos que los de asuntos sociales, que llevan la adopción, habrán visto.

Reid no quiere esconderme, pero llevamos cuidado para ir poco a poco.

Me levanto para ver las fotos cuando escucho a Reid bajar por las escaleras. No me giro cuando se acerca, pensando que así podré evitar cometer una locura. Entonces me abraza y cierro los ojos, porque si lo siento tan cerca, dudo que pueda retener mis ganas de sentirlo cerca.

—Te echo de menos —susurra en mi oído.

—Ya queda menos.

—Lo sé. —Besa mi cuello—. Solo un beso, Kelvin. Solo un beso.

Giro y nos miramos. No puedo negarle solo un beso. No puedo negarme a algo que deseo más que respirar. Cojo su cara entre mis manos y lo beso. Sus labios hacen contacto con los míos y me pierdo. Nos perdemos juntos en silencio. Son muchos meses añorando la boca del otro.

—Lo que siento por ti no es por mi deseo de tener una familia…

—No hace falta, Reid.

—Sí hace falta. Estoy enamorado de ti, como nunca lo he estado de nadie. Y me aterraba admitirlo, porque perder, cuando no has amado, no duele tanto como hacerlo cuando pones el corazón en juego.

—Reid. —No sé qué decirle; sus palabras me han dejado mudo.

—Te amo, Kelvin, y eres el amor de mi vida, junto a ese pequeño. Y esta familia no es porque quería una y me haya conformado. Esta familia es la mejor que podría tener en mi vida porque los tres nacimos para ser perfectos juntos. Tres eslabones perfectos de una misma cadena.

—Eres un romántico, Reid.

—¿Verdad?

Nos besamos de nuevo y el beso se nos va de las manos. Caemos en el sofá, enredados entre besos y abrazos.

—Tengo que irme, Reid. No quiero salir de tu casa tarde y que alguien nos vea…

—Vale.

Vamos hasta la puerta y recojo mis cosas por el camino. Abro la puerta y, antes de cruzarla, me da un beso rápido.

—Queda menos, Reid.

—Sí. Pronto estaremos los tres juntos.

Nos miramos con el sueño de esa vida perfecta en la mirada. Salgo de la casa y miro agitado a todos lados por si alguien ha visto algo. No quiero joderlo todo, ahora que estamos tan cerca de poder ser felices.

Nos lo merecemos los tres. Entro en mi coche y sonrío como un tonto, aún con los labios rojos por sus besos. Joder, me ha costado la vida irme porque su «te amo» me ha hecho sentir que flotaba.

Tomo aire y pongo el coche en marcha.