Ponme a prueba Capítulo 39
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Capítulo 39

Reid

Nate viene a vivir a mi casa. Estamos de prueba, sí, pero todo va por buen camino. Entra a la casa con su mochila y lo llevo hasta su cuarto. Donde hay libros de lo que le gusta y fotos de los dos juntos de estas semanas. Las mira y pone mala cara, pero luego veo cómo sonríe.

Maggi lo abraza cuando bajamos al salón. Y este protesta, pero pasa una pequeña mano por ella.

Cena poco y le cuesta dormir. Lo miro descansar. No hago otra cosa. Solo lo miro y noto los ojos llenos de lágrimas de felicidad. Mando una foto a Kelvin y me dice: «Al fin nuestro pequeño está en casa».

Me gusta que diga ese nuestro , porque es nuestro. Es de los dos. Somos una familia.

Voy a la cama y dormir duele menos, porque una de las dos partes de mi vida está aquí. Nate tiene pesadillas, ya lo sabía. Estaba preparado. Me quedo a su lado; no lo dejo solo en toda la noche. Y así noche tras noche. Tenemos unos seis meses por delante, hasta que todo se quede como definitivo.

***

—Hoy van a venir unos amigos.

—A Geno ya la conozco. Me da muchos abrazos. Es una pesada.

—Ya, ella es así —añade Maggi y Nate se ríe por lo bajo.

—Vamos a hacer una fiesta por tu cumpleaños.

—Es dentro de dos días.

—Ya, pero yo estoy de viaje. —Y me duele perdérmelo.

Pensé llevarlo conmigo, pero no lo hice porque le está costando adaptarse al colegio. Y no quiero que pierda días.

—Lo mismo te vemos por la tele, aunque el hockey es un rollo. —Mira a Maggi y esta le dice que sí.

—Dos contra mí. No sé por qué os quiero.

Los dos agrandan los ojos. Suena la puerta y Maggi se marcha. Nate me mira enfadado.

—Yo no te quiero ni un poco.

—Vale. Puedo vivir con eso.

Le revuelvo el pelo y veo que se pone a llorar. No entiendo nada. El resto entran y miran la escena con los regalos en las manos. Kelvin entra y nos mira. Luego les dice algo y cierra la puerta. Como siempre, ve más que el resto.

—¿Qué te pasa? —Nate sale corriendo.

Subo tras él y se encierra en su cuarto.

—¡No quiero quererte! —grita.

—¡Pues no me quieras! ¡No voy a irme!

—¡Siempre que quiero a alguien lo pierdo!

Se me rompe el corazón a pedazos. Me dejo caer en el suelo.

—Sé qué es eso. Me ha pasado. Es una mierda.

—Has dicho mierda.

—Es que no soy perfecto y amar duele. Es aterrador.

Joder, da mucho miedo. Yo me aferré a amores falsos porque quería sentir qué era tener una familia y viví una mentira.

Pero, si algo sé, es que tú eres mi familia.

Porque lo que siento por ti es enorme. No me cabe en el pecho.

Así que no me quieras, me da igual. Yo te querré siempre por los dos.

No dice nada. La puerta se abre y me mira, tirado en el suelo.

—Eres muy raro, Reid.

—Eso dicen.

—Y no cabes en el pasillo.

—Eso también.

—Vamos, que quiero mis regalos y mi tarta. Y conocer a Kelvin, que no paras de hablar de él. Eres un pesado.

—No hablo tanto de él.

—¡A todas horas! Tal vez no lo sepas, pero creo que te gusta tu amigo.

—Lo miro sin dar crédito. ¡Solo tiene ocho años!

Pero es un niño que ha vivido demasiado.

Como yo. Fuimos adultos antes de tiempo—.

Donde vivía, había dos hombres que eran pareja.

Eran buenos conmigo; me cuidaban cuando mi tía no lo hacía.

—Cambia la cara—. Por si no sabes que a los amigos también se les puede amar, que eres un poco tonto.

—Le regaño por lo de tonto, pero me sorprenden sus palabras y que me cuente algo de su pasado. Nunca lo hace.

—Eres un sabelotodo.

—Y tú, un padre muy raro, y aún encima me quieres, aunque yo paso de ti, ¿eh?

Sonrío y no dice nada. Llamo a Kelvin y les digo que entren. Tocan a la puerta y, cuando Kelvin entra, me guiña un ojo. Tal vez sí, tal vez sí se me note. Kelvin se agacha hasta Nate y le tiende un peluche, como el suyo. Exactamente igual.

—El tuyo es precioso. Por eso, pensé que tal vez te gustaría que tuviera un compañero de juegos. Y —saca un llavero igual en pequeño— este enano lo puedes llevar en la mochila del cole, para que te haga compañía.

Kelvin sabe que tuvimos problemas, porque quería llevarse el juguete, pero tenía miedo de que se lo robaran y otros niños le dijeran cosas por su peluche. Nate coge los regalos.

—No están mal, pero soy mayor para estas cosas.

—Entonces, tíralos. —Kelvin le revuelve el pelo—. O se los das a Reid, para por la noche. Tiene pesadillas.

—¡Lo sé! Es un pesado.

—Lo es, sí.

—Oh, no, más aliados contra mí, no. Todos fuera. —Nate me mira agitado—. Es broma, enano. Esta es mi familia. Nunca los tiraría de mi vida.

—Me da igual —añade, pero se pone contento cuando le dan otros regalos.

Hago cientos de fotos y Kelvin se pone a mi lado, mientras jugamos con nuestros dedos. Nos miramos de reojo. Hay mucho amor en su mirada y muchas ganas de todo.

—¡Ves cómo se te nota! —añade Nate al vernos—. ¡No sabes disimular! —Geno se ríe y el resto también.

—No sé yo —añado y me río feliz. Sobre todo, porque Nate parece feliz por vernos.

Miro a todos y sé que esta es mi familia. Ha tardado en llegar, pero aquí está. Aquí estamos. Luchando por ser felices. Porque la felicidad es un regalo, pero nadie te regala nada.