Capítulo 38
Reid
He dejado de jugar como el culo. Tener a Kelvin en mi vida y sentir que no está todo perdido me ha dado fuerza. Tenía miedo, pero ahora sé que dudas ninguna. Estoy enamorado de Kelvin, y no porque quiera una familia, sino porque lo quiero todo con él.
Por Nate, haremos todo bien. Los dos.
Porque a él nuestra familia le importa y por eso no vamos a hablar de amor, de emociones o de lo bonito que será un día ser tres.
Pero lo veo en sus ojos cuando me mira sin testigos y sé que él ve lo mismo en los míos.
Nunca he estado tan seguro de nada en mi vida. Y pienso luchar por mi familia.
Ya no miro por la ventana esperando que venga; ahora lucho por ellos.
Por eso, voy a ver a Nate y, cuando se niega a ir conmigo a dar un paseo, no le doy opciones.
—Nos vamos, Nate. Voy a ser tu padre. No te voy a abandonar en la vida, y o te haces a la idea o lo vas a pasar mal. Porque día tras día voy a venir a buscarte hasta que te canses de verme la cara.
Gruñe y luego coge su mochila.
—Me voy, pero no quiero en verdad ir.
—Genial.
Alba sonríe y me dice que lo traiga en unas tres horas. Salgo con el pequeño y lo monto en el coche, donde tengo su sillita. Por supuesto, no le gusta. No le gusta nada. Y se está quejando hasta que ve que paramos cerca de un campo de béisbol.
—¿Te apetece que juguemos?
—No tengo mi guante.
—Podré solucionarlo.
Baja del coche y se aferra a su mochila. Dentro está su peluche favorito: un oso feo y lleno de remiendos.
Vamos hasta el campo de juego, en un parque público. Saco todo el equipo del maletero. Lleva días ahí esperando. Nate me deja que le ponga el casco y todo. Luego, le tiendo el nuevo guante. Sé lo justo de béisbol, pero por él me he documentado y he practicado con Jon, que sabe de esto.
Hacemos algunos pases y, cuando le lanzo al bate, da bastante fuerte y echa a correr. Corro lento, para no joderle la carrera. Cuando acaba, me mira enfadado.
—Has hecho trampa. Dicen que eres de los más rápidos en la pista de hielo.—En la pista de hielo, sin duda. Aquí, me faltan los patines y tú eres rapidísimo.
Mentira piadosa, que parece gustarle. Asiente y seguimos jugando, pero no, no le dejo ganar siempre. Luego compramos algo de comida callejera. No es la mejor, pero, por cómo se come el perrito, le gusta mucho. Al acabar, vamos al coche y le tiendo un túper de galletas de Maggi.
—Maggi es genial. Cocina unas tartas… Me voy a poner gordo.
—Eso seguro. —Me río y sonríe.
—Mañana salgo de viaje, pero, cuando regrese, podemos jugar otra vez —le digo ya en el centro, con Alba cerca.
—Tal vez me apetezca.
Lo dejo con Alba y se marcha sin decirme adiós, pero, antes de girar la esquina, se vuelve para ver si sigo aquí.
Le digo adiós con la mano y gruñe. Alba me dice que voy bien.
La siguiente vez que voy a por él, no pone pegas.
Vamos al cine y le encanta la película; por supuesto, me dice que no le gusta nada.
Maggi viene varias veces y trae merienda cuando vamos al parque. A Nate le encanta Maggi y eso me relaja. Maggi también se queda enamorada de él. Me da a mí que Maggi también ha encontrado su sitio.
—Te has enamorado de él —la pico cuando vemos una serie juntos, en su parte de la casa.
—No, es como todos.
—Ya, ya. Lo veo en tu cara.
Le tiro palomitas. Gruñe y luego las coge.
Tal vez nuestra relación no sea la común entre jefe y empleada, pero es que Maggi es parte de mi familia.
Aunque le pague un sueldo. Me enteré de que no tiene trato con su familia porque, cuando se divorció, hace años, del hombre perfecto para sus padres, estos le dejaron de hablar, por no volver con él.
Empezó a cuidar niños porque no sabía qué hacer con su vida y estos se le daban bien.
Estudió para ser maestra; su familia no quiso que ejerciera y tampoco su marido.
Ahora es feliz así. Y sé que es feliz aquí.
Su casa cada vez tiene más color y ha hecho amistad con varias mujeres de la zona.
Se quedará, lo sé.
Subo a mi cuarto cuando es tarde y escribo a Kelvin.
Y también lo hago cuando viajo. Jon ya sabe quién es para mí.
Aunque me dijo que ya lo sospechaba. Él se está viendo con una de las amigas del barrio de Maggi.
Es mayor que él; le pone pegas por esto, hasta que caiga.
Lo sé mejor que nadie porque, cuando el amor te atrapa, no importa la edad, el sexo o la distancia. Al final, el amor arrasa con todo.
Reid: Te quiero.
Kelvin: Y yo a ti. Siempre juntos.
Manda una foto de los dedos sobre su corazón; no lleva camiseta de dormir. Le mando otra foto igual.
Reid: Siempre.
Tal vez alguien pensará que estar separados no es luchar.
Que esperar es de idiotas. Que cuando se ama, se arrasa con todo.
Pero, si algo he aprendido, es que el amor, el de verdad, el que llega para ser un para siempre, no es egoísta.
Y no es lo mismo ansiar un amor a cualquier precio que quererlo sin forzarlo hasta que sea su momento de ser tuyo.
Estoy luchando por él con cada latido de mi ser. Y sé que él lo sabe.
Y un día podré gritarlo a los cuatro vientos y decirle buenas noches mientras me veo reflejado en su mirada, justo aquí, a mi lado. Cerca de este tonto corazón que ha entendido que el amor no tiene etiquetas.
Porque, cuando se ama, no hay barreras.