Capítulo 33
Reid
Hago la mudanza y, cada cosa que llevo a mi nueva casa, me duele. Tenía más cosas en un trastero. Alicia se llevó lo que quiso. Yo vendí gran parte, pero otras cosas de la universidad me las quedé.
Es raro estar en una casa tan grande para mí solo.
He presentado todos los papeles de la adopción y me han hecho varias entrevistas.
Alba me ha acompañado a todas. Entre Geno y yo hemos buscado niñera para quedarse en mi casa, aunque tendría su espacio personal.
Una mujer de cuarenta años nos ha gustado mucho a los dos.
Ha cuidado a varios niños y le gusta este trabajo.
Tiene muy buenas referencias y le gusta cambiar de aires cuando los niños se hacen mayores o no la necesitan.
Me cayó bien enseguida. Era como una hermana mayor.
Ella está encantada de ayudarme y no tiene problemas en instalarse antes de que llegue el niño, para adaptarse a la casa y a todo.
Mientras no esté, se encargará de limpiar la casa y hacerme comidas y cenas.
Todo está yendo demasiado rápido.
—Última caja. —Kelvin deja la caja en el salón.
—Sí, eso parece.
—Vamos, no estés triste. Puedo venir a tu casa siempre que quieras.
—Contaba con eso.
El problema es que esto levante sospechas y su agente le vuelva a recordar que nadie debe plantearse según qué cosas.
Jon entra en mi casa. Vive cerca y me gusta tenerlo en el barrio.
—¿Celebramos con cervezas?
—Contaba con ello —añade Kelvin y me mira sonriente para animarme.
Aparto la mirada para que no note cómo el irme de su casa me tiene destrozado. Iré a celebrar la Navidad en el hostal. Nos veremos a menudo, pero ya nada será igual, y esta mañana, cuando nos despertamos, antes de la última mudanza, follamos como dos personas que saben que están ante un adiós.
Saco unas cervezas y las tomamos en el jardín acristalado. Miramos la zona de juegos para Nate, y eso que no ha venido. Tiene hasta su cuarto y temo que me esté sobrepasando, cuando no sé si me dejarán realizar todos sus sueños.
Tras un par de cervezas sin alcohol, Jon se marcha a su casa y quedamos en ir juntos al entrenamiento mañana. Iré a su casa para coger su coche y así nos vamos turnando, un día cada uno.
—Es un lugar muy bonito para la familia que quieres formar aquí —dice Kelvin con las manos en los bolsillos, poco antes de despedirse.
—Sí.
«Pero me faltas tú». No se lo digo. No quiero ser tan egoísta, cuando no sé si lo que siento es que a su lado me noto seguro o que estoy enamorado locamente de él.
No puedo ser egoísta cuando el precio es su profesión. Y mis dudas lo pueden joder todo con la adopción de Nate. Él necesita estabilidad.
Ando hasta Kelvin y lo abrazo. Me devuelve el abrazo. Mi corazón late como un loco. Si esto no es amor, no sé qué otro nombre puede tener. El problema es que no lo tengo claro y, por esas dudas, es por lo que no abro la boca. Le doy la posibilidad de que nos elija.
Porque, cuando me mira, veo qué siente. No quería aceptarlo, pero he decidido dejar de mentirme y observo en los ojos de Kelvin lo mismo que vi hace años: amor.Pero también ama quien es. Elegirnos es un precio muy alto que no sé si quiere pagar.
Me aterra que me rechace y no saber ser su amigo con ello.
—No vas a perderme.
—Más te vale —le digo, sin saber qué más hacer para alargar este instante un poco más.
No soy tonto para no saber que, cuando cruce esa puerta, todo será diferente entre los dos.
Por eso, lo beso. Y Kelvin me responde. Nos besamos, sabiendo que tal vez luego haya demasiada distancia entre los dos o demasiadas excusas que hagan que este momento no se repita.
Andamos hasta mi cuarto. Está casi todo sin mucho uso, como si nadie viviera aquí, donde aún no he encontrado mi sitio. Tiro de su ropa y él de la mía. Hay desesperación en cada uno de los gestos. Urgencia, y el saber que luego nada será igual.
Paso las manos por su torso fibrado. Me deleito con el placer de sentirlo caliente bajo mis dedos.
Tiro de su cinturón mientras él mete la mano dentro de mi pantalón deportivo para tocar mi culo.
Juega con él y luego lleva las manos a mi polla.
Cuando lo hace, yo acabo de coger la suya, dura, entre mis manos.
Nos damos placer el uno al otro, sin dejar de besarnos, hasta que no podemos más.
—Quiero estar dentro de ti —me pide.
—Soy tuyo, nene.
Es la primera vez que lo llamo así y, por su mirada, le gusta. Joder, me gustaría decirlo mil veces. Perderme en él, una y otra vez. Kelvin me besa y me olvido de todo porque estamos aquí solo por el ahora.
Me quito la ropa y él hace lo mismo. Juego con mi polla mientras coge el lubricante y se lo lleva a los dedos. Los mete dentro de mí, al tiempo que su lengua se cuela hasta el fondo en mi boca. No dejo de tocarme el miembro, duro y mojado, por la expectación.
Kelvin va a buscar un condón, pero lo detengo.
—¿Seguro?
—Sí, quiero sentirte sin nada.
Me besa con más hambre mientras se llena de lubricante. Noto su punta entrar poco a poco mientras nos devoramos la boca. Duele un poco, hasta que toca ese punto que me vuelve loco. Entra entero y luego sale para embestirme con fuerza.
Muevo mi cuerpo para sentirlo más hondo; desesperado por alargar este momento.
Lo acaricio y toco por cada trozo de piel expuesta. Pongo mis talones en su duro culo para que se clave más hondo.
—Si haces eso, no voy a durar una mierda.
Nos miramos y veo la misma ansiedad en sus ojos que en los míos. No queremos que esto se acabe porque marcará un final.
Lo beso esta vez con más dulzura. Y él hace lo mismo. Nos movemos sin prisa, a pesar de que cada embestida nos lleva al límite. Estamos haciendo el amor. Con todas sus letras. Sus ojos azules no me ocultan nada. No puede. Ahora mismo está desnudo ante mí en más de un sentido.
No quiero que este momento termine. Kelvin tampoco. Cada caricia me lo dice. Pero hay instantes que no nacen para ser eternos y acabo por correrme; esto hace que él me siga.
Nos abrazamos con fuerza mientras nuestras respiraciones se acompasan.
No quiero que se marche, aunque tampoco hago nada cuando se viste y me dice que me escribe pronto para ver cómo va todo.
Voy hasta la ventana y lo veo alejarse por la calle, hasta donde ha dejado su coche.
Me siento como ese niño que esperaba una familia desde la ventana. Una familia que nunca llegó. Mientras veo irse a Kelvin, me pregunto si me estoy equivocando; si no admito todo lo que siento, que pongo excusas, por el miedo a apostar y perder de nuevo.