Capítulo 30
Reid
—Te está saliendo fatal —me apunta Geno en la sesión de comida afrodisíaca a la que la he acompañado.
Es un taller para aprender a hacer postres con ingredientes que suben la temperatura.
Kelvin tenía una sesión en otra ciudad y vendrá por la tarde. Yo hoy no tengo partido ni entrenos. Es mi día libre y Geno me ha liado. Ha venido a primera hora a mi casa y me ha dicho que nos íbamos juntos. Cualquiera le decía que no.
Miro mi bizcocho, que tenemos que decorar con nata y frutas. Hay que recortarlo y darle forma. El mío parece algo raro.
—Es abstracto. —Se ríe. Miro el suyo. Son dos tetas enormes. Alza las cejas.
—Son mis melones. Ya que nadie se los come, los devoro yo. —Se ríe.
—No parecen dos tetas, tía —le dice Naira—. Tienes que hacerlas más redondas.
—Claro, porque tú ahora entiendes bien de eso, ¿eh? —Su sobrina se sonroja.
—Pues sí y las tuyas parecen mirar cada una a un lado.
—¡Porque las mías ya no saben para dónde mirar! —Ni ellas ni las demás mujeres.—¿Y lo tuyo qué es?
—Una flor.
Ahora sí me miran todas las mujeres, porque sí, soy el único hombre.
—Menos mal que al hockey eres bueno… —añade Naira y me ayuda a mejorarlo.
Su novia se acerca a ver cómo vamos y le da un dulce beso. Naira quiere parecer seria, pero se derrite por ella. Seguimos con la clase y guardo mi flor… O lo que sea esto, en una caja.
Vamos hasta casa de Nova y Kalen, que nos han dicho de ir a comer. Cuando llegamos, está solo Kalen, y Geno le suelta:
—¿Quieres ver mis tetas?
—No —le dice su sobrino y su tía se mea de la risa sola.
—Es una tarta. Qué inocente eres, cariño. —Besa a su sobrino.
Entramos y le enseñamos los pasteles.
—Espero que sepan mejor de lo que se ven —añade Kalen.
Nova baja de su cuarto con ropa cómoda y mira los dulces. Luego mete el dedo.
—Al menos están buenos.
Mando foto a Kelvin y me dice que espera que eso no sea para él. Luego me saca una lengua.
—Qué cara de tontito tienes. —Geno me da en la cara—. ¿Ya has aceptado que estás loco por él o sigues en modo hetero, a mí no me puede gustar ningún pene?
—¡Geno! —le dice Nova.
—Geno, ¿qué? ¿Que no diga pene o que no le presione?
—Las dos cosas.
—Ya no cuela, cariño. Tú ya sabes más de sexo que yo, gracias a mi sobrino.
—No pienso negar eso —añade Kalen y Nova se pone roja.
—Vamos, di.
—No digo nada —respondo a Geno.
Voy a la cocina para ayudar con la mesa. No digo nada porque no quiero saber la respuesta o no estoy preparado. Me aterra dar un nombre a lo mío con Kelvin; como si temiera que, si le pongo nombre, o le pone él, todo cambiará y lo perderé.
Está bien dejar todo como está.
O eso me digo porque no sé qué pensar.
—Eres una lianta —la regaña Nova.
—Solo quiero saber qué piensa. —Las dos susurran, pero tanto Kalen como yo las estamos escuchando.
—Date tiempo —me dice mi amigo, y asiento.
Ponemos la comida cerca del jardín y, por suerte, hablamos de otros temas. Geno me deja en paz con lo de Kelvin. Solo sé que lo mío con él es lo más real que he vivido nunca. ¿Es eso amor? No lo sé. Solo sé que me gusta tenerlo en mi vida, en mi cama y en cada una de mis fantasías sexuales.
Lo deseo cada vez más.
Es verlo y desear comerle la boca o solo abrazarlo y sentir que todo está bien.
No sé qué nombre dar a esto porque así es perfecto y siento que lo tengo todo.
Tal vez sea un cobarde o tal vez me he cansado de perder en esta vida.
***
Kelvin llega tarde y cansado. Tiene cara de agotado. Y sé que no todo es por el trabajo. Es por su agente. Cada vez le exige más y esto le pone nervioso.
Cuando se quita la chaqueta, lo abrazo con fuerza y me devuelve el gesto.
—No tengo hambre de nada.
—¿Ni de un té con mi preciosa flor?
—Si me dices que es un pene, me lo hubiera creído. Parece algo raro.
—Eso es por el tallo. En persona es más feo aún.
Dice que va a cambiarse y voy a la cocina para preparar todo lo del té. Dejo la tarta en la mesa de centro y lo espero. Cuando llega, lleva una sudadera y un gorro de lana. Yo voy en manga corta.
—Puedes subir la calefacción.
—No, estoy bien.
No lo parece. Mira la tarta y se ríe. Luego se sienta y cierra los ojos. Toco su frente; parece caliente.
—No tienes buena cara.
—Se me pasa en nada. —En cuanto lo dice, le da un escalofrío—. Tal vez debas poner más alta la calefacción, sí.
Voy a por el termómetro de paso y le obligo a ponérselo.
Tiene fiebre, bastante. Insiste en que lo deje solo porque mañana tengo entrenamientos.
No lo hago. No me separo de él en toda la noche y me recuerda a cuando nos curábamos el uno al otro en la universidad.
Hasta ese momento, no supe qué era que alguien te cuidara.
—Mi idea era estar en la cama sudando, pero por otras razones —admite.
—Ya habrá tiempo para eso.
Me mira con los ojos vidriosos y la piel sudada.
Le acaricio y no me voy de su lado. No lo hago hasta que me voy a entrenar.
Escribo a Geno para que lo cuide, y lo hace.
Pero Kelvin se toma cosas y se marcha a trabajar.
Es un cabezón, aunque lo entiendo. Ama su trabajo, y por eso me duele más que su agente le corte las alas.
Al llegar por la tarde, tiene mejor cara.
Con seguridad, por todo lo que se ha tomado para que esto sea así.
Por eso, le propongo ver algo en la tele y descansar juntos.
Acepta y se duerme apoyado en mí. Acaricio su pelo rubio y no dejo de mirarlo.
¿Es esto amor? No lo sé. Y no sé si mi miedo a aceptar que sí es por si, al hacerlo, lo pierdo, tal y como he perdido cada sueño de mi vida, salvo el hockey.
Una parte de mí sigue siendo ese niño solitario que miraba por la ventana esperando que su vida soñada llegara. Sigo aterrado por ser solo un espectador de la vida feliz de otros.