Ponme a prueba Capítulo 29
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Capítulo 29

Kelvin

Espero a Reid para patinar. Sí, quiere que patinemos juntos. Ha pedido algunos favores para que podamos patinar solos donde él entrena. Está loco, o yo por aceptar. A veces no sé quién está peor de los dos. Si él, por dejarse llevar, o yo, por no frenarle porque me muero por él.

Porque lo amo con cada fibra de mi ser.

Por culpa de eso, llevo una semana durmiendo a su lado. Algo que ya no parece solo sexo. Y mi corazón se hace ilusiones. Claro que se las hace, porque mi casa parece un hogar y él parece mi pareja.

No sé cómo retengo los «te amo» que quiero gritarle. Ni cómo consigo que no note cómo me derrito por él; o tal vez lo vea, pero prefiere hacerse el tonto para no acabar con esto, por miedo a lastimarme.

Estoy en la puerta esperándolo, para que me deje entrar.

Se acerca con el de seguridad y, mientras lo veo venir con ropa deportiva, siento cientos de mariposas revolotear por mi pecho.

O por todo el cuerpo, porque creo que estoy lleno de pequeños seres que vibran cada vez que él me mira, que se montan una fiesta con todo lo que siento a su lado.

Abre la puerta y le da las gracias al de seguridad.

—Te he preparado unos patines.

—Sabes que soy muy malo.

—Lo sé, pero me tienes a mí y hace tiempo que no hacemos esto.

—Porque la última vez me caí y preferí no hacerlo más. —Se ríe el cabrón al recordar mi caída en la pista de patinaje de la universidad.

—Lo siento, pero lo que hiciste con los pies, antes de caer, fue muy divertido. —Lo imita con los dedos y le doy en el brazo para que pare.

Llegamos a los banquillos y me tiende los patines. Me los pongo mientras él hace lo mismo con los suyos. Los dos llevamos ropa deportiva. No es como cuando juega, que va con cientos de capas. Hoy solo lleva una deportiva de su equipo y un pantalón azul oscuro.

Yo voy con un chándal de color negro, sencillo, de una de las marcas que promociono.

Reid me va a hacer algunas fotos para las redes. Así aprovechamos.

Salimos al hielo y me cuesta hacerme. Reid se ríe y le miro como si quisiera sacarle la cabeza. Se ríe más. El cabrón patina como si fuera fácil. Se mueve a mi lado hacia atrás y hacia delante. Claro que el hielo es su vida y aquí se siente como pez en el agua.

Cuando deja de reírse, me explica algunas cosas, y acabo por cogerle el truco, recordando cómo era patinar. Hacemos las fotos y Reid se mueve alrededor de mí.

—Luego me las mandas. Me gustan mucho.

Hace algunas de los dos juntos.

Al mirarlas, parecemos una pareja. Y es lo que más deseo. Duele, joder. Duele que esto solo sean dos amigos que se dejan llevar.

No me cuesta imaginar la vida con él. No me cuesta nada.

—Voy a dejar el móvil y vengo.

Va hasta el banquillo con rapidez y lo deja ahí. Luego regresa y gira a mi alrededor. Me encanta verlo patinar. Verlo en su elemento. Cuando me besa, le digo que alguien puede vernos.

—Solo ha sido un pico de nada. Me gusta mucho tenerte aquí.

Lo veo en sus ojos, en cómo le brillan, como si concentraran cientos de estrellas.

Coge mi mano y nos movemos por el hielo juntos, hasta que me suelta y acelera. Patina hacia delante y hacia atrás. Es alucinante. Cuando llega a mi lado, me besa de nuevo. Un rápido beso de alguien que no puede dejar de soñar con la boca del otro.

Patinamos un poco más juntos, hasta que, agotado, lo espero en el banquillo y él disfruta de patinar. No se cansa. Pensaba lo mismo en la universidad. Un día me contó que, de niño, en las caravanas se imaginaba en un estadio solo y jugaba a que era algo más que un niño asustado.

—Vamos a cenar por aquí cerca.

Entra y se quita los patines. Yo ya me los he quitado. Los dejamos en los vestuarios. Hay gente limpiando que nos saluda. Nos ponemos los abrigos y vamos hasta su coche; yo pedí un Uber para irnos juntos.

Al entrar al coche, me besa y no me puedo apartar.

—Ha sido la mejor cita de mi vida —dice sin soltar mi boca.

«Cita… No, no es una cita, Kelvin. No lo es». Acaricia mi mejilla.

—Vamos a cenar antes de que alguien nos vea.

—Joder, lo siento… A veces me olvido de que no pueden verte con nadie. Lo siento, yo… —Lo beso.

—Arranca y deja de rayarte.

—Vale. —Arranca el coche, tras poner en el GPS un restaurante italiano, que tiene muy buenas referencias—. A mí es que no me importaría. Si me vieran contigo, digo.

—Lo he notado. —Se ríe.

—Eres lo mejor de mi vida. Que el mundo vea lo feliz que soy; no me importa.

—¿Aunque te pongan etiquetas?

—No me importa, Kelvin. La etiqueta que con más orgullo llevo es la de ser tu mejor amigo.

Pone los dos dedos en el pecho un segundo. Sus palabras aceleran los latidos de mi corazón. «Su mejor amigo, Kelvin. Su mejor amigo».

—Yo también —respondo—. Un día me tocará tomar decisiones con mi agente.

—Sí, porque no eres feliz con él. Lo veo cuando hablas por teléfono con él.

—Se nota, sí, pero es el mejor en el gremio. Perderlo es perder mucho apoyo de marcas; que no lo van a dejar, porque tiene otros modelos buenos a su cargo. He tanteado otros y no me ofrecen lo que ya tengo. Es una mierda.

—Te dijo un año y ya ha pasado más de uno.

—Sí, pero dice que el impacto social de confesar mi inclinación sexual me haría perder muchos seguidores, y algunas marcas verían eso como un motivo para romper contratos. Tengo contratos cerrados por el número de mis seguidores en redes. Si los pierdo, el contrato se anula.

—Sabes que te apoyo en todo.

—Lo sé.

Le doy un apretón en la pierna mientras conduce. Miro su perfil. De nuevo lleva esa barba negra de varios días que me vuelve loco. El pelo negro le cae por la frente, desordenado, cada vez más largo.

Se gira y me guiña un ojo porque sabe que me lo estoy comiendo con los ojos.

Detiene el coche y vamos al italiano. Algunas personas nos reconocen y nos hacemos fotos.

Nuestra amistad en redes ha gustado. Ahora nos ven juntos y nadie lo ve raro.

Y más porque a veces Jon se apunta o mis amigos.

Geno no deja de crecer en redes y sube cada vez un modelo.

Hizo un directo con uno de los pijamas de ositos felices y les dijo dónde lo podían comprar. Se agotaron.

Las redes ahora ayudan mucho. No es la primera vez que he pensado romper con todo y apostar por las redes. Ser mi propio dueño y conseguir publicidad a través de ellas. Mara y Nova me han dicho que, si me decido, pueden ayudarme con ellas. No sé qué camino tomar, porque desfilar me gusta.

Nos ofrecen un aperitivo y nos gusta lo que cuenta. Luego yo pido lasaña y Reid, canelones. Seguro que querrá compartir.

—Fui a ver a Nate antes de prepararlo todo para nuestra cita. —Lo miro serio y se ríe—. Nadie nos escucha.

—Ya, pero quedar con amigos no se llama cita, Reid.

—Bueno, eres mi todo ahora, llámalo como quieras.

Su todo, y yo tengo que mirarlo como un puto amigo. Sonrío mientras por dentro no dejo de pensar si debería exponerle lo que siento. Tengo miedo. Estoy aterrado. No quiero perderlo.

—Vale, tú a tu bola. Yo me adapto. —Sonríe divertido.

Nos traen algo para picar y cuando se van le pregunto por Nate. No sé si Reid es consciente de lo mucho que quiere a ese niño. Va a verlo siempre que puede y juega con él… Bueno, juega a su lado porque Nate no le hace ni puñetero caso mientras Reid le cuenta cosas de su equipo.

—Hoy me ha dicho que no le gusta el hockey, que es un aburrimiento de deporte.

—Eso es para que te calles. —Se ríe.

—Creo que sí le gusta, pero está en fase de «nada me gusta».

—Puede ser.

—He jugado con otros niños, pero regresaba a él. Le he llevado una nueva pelota. No le ha gustado, por supuesto.

—Cómo no.

—También cosas para los otros niños.

—¿No te duele estar allí?

—Sí —admite—, pero no puedo estar lejos. Es raro, pero quiero ver que Nate es feliz. Es como si, al serlo él, el niño que había en mí y que esperaba un hogar, de algún modo, encontrara paz. ¿Te parece raro?

Niego con la cabeza, aunque sé que lo que siente por Nate va más allá de eso.

Reid siente un lazo especial por ese niño.

Una unión que va más allá de la sangre. Además, lo he visto mirar cosas sobre la adopción y preguntar a redes cómo se puede ser un buen padre.

Sé que si no ha dado el paso es porque tiene miedo de no estar a la altura, pero sé que lo haría bien y que yo lo apoyaría en todo.

—No me parece raro. Nate tiene suerte de tenerte. —Sonríe feliz.

—Y yo de tenerte a ti.

El corazón me explota en el pecho y como para no decirle te amo.

—¿No vas a decir nada? Se suele decir: «Yo también de tenerte», y esas cosas —me pica.

«Te amo» es lo que quiero decirle, pero lo cambio por otra cosa que se le parece.

—Te quiero, Reid. ¿Te vale con eso?

—Me vale, sí. Yo también. —Sus ojos brillan felices y por debajo de la mesa acaricia mi pierna.

Hablamos de sus entrenamientos y de mi sesión de fotos.

Cuando traen el plato fuerte, dice de compartir, cosa que ya sabía.

Al acabar, nos recomiendan tiramisú, que nos preparan en mesa.

Reid lo graba para sus redes. Luego me hace una foto y, al poco, me suena el móvil.

Lo saco y me ha etiquetado en redes y pone: «Cenar con tu mejor amigo es lo mejor del mundo».

Comparto, aunque sé que a mi agente no le gustará. No le gusta mi amistad con Reid. Dice que parece otra cosa. Que le jodan un poco.

Hago una foto a Reid y la subo. En ella hace el tonto comiendo y le pongo un icono de risas. Contar nuestra amistad es lo más cerca que estoy de decir a mi público de quién estoy enamorado.

Al salir, estamos llenos y hay gente en la puerta que, al ver dónde estábamos, se ha acercado. No caímos en esto cuando decidimos hacer el tonto en redes. Parecemos nuevos.

Nos hacemos fotos con algunas personas y luego vamos hasta su coche. La idea era ir a tomar algo, pero acabamos en casa por si más gente nos reconoce. Mi agente no para de decirme que esto no le gusta. Entramos y vamos a cambiarnos. Luego preparo algo de té, sabiendo que vendrá, y así es.

Se acerca cuando voy de camino con las tazas.

—¿Vas a dormir conmigo?

—Reid…

—No puedo dormir si no es contigo. Desde que voy al orfanato, tengo más pesadillas y Alicia está haciendo el tonto en redes. Jon me ha dicho que deja caer que ella sabe cosas de una persona muy, muy famosa.

—Cabrona.

—Sus padres me han dicho que no dirá nada, pero ya no los creo. Sé que solo les ha importado su hija mimada.

—Tiene mucho que perder si hace algo. Puedes quitarle la casa y el dinero que le diste.

—Tal vez solo le importa la fama, Kelvin.

—Tal vez.

—Entonces, ¿dormimos juntos? —Sonríe descarado.

—Eres imposible.

—Y me quieres por eso.

—Qué putada la mía quererte cuando eres tan liante. —Se ríe y me gusta verlo así: feliz y relajado.

Terminamos el té y vamos a su cuarto, y sí, duermo con él, tras follar como dos locos que temen perder al otro al instante siguiente. Lo abrazo con fuerza y espero cosas que no sé si tengo permitido soñar.