Capítulo 27
Reid
He quedado con Geno para hablar con la dueña de un orfanato, a las afueras de la ciudad. Geno iba a comer con su sobrina y luego venía directamente aquí en un Uber. Después, se vendrá conmigo a su casa.
Veo el coche llegar y el hombre sale para ayudarla a salir. Luego, esta le planta dos besos, como si lo conociera de toda la vida, y con seguridad lo acaba de conocer.
Al verme, anda hasta mí y me abraza.
—Este lugar antes era un internado, pero lo hemos mejorado. Los niños están felices aquí, en la medida de lo posible. Tú lo sabes mejor que nadie.
—Sí.
Donde yo estuve, no es que fuera feo. Es que yo quería más. Era ese niño que miraba por la ventana esperando un sueño que no llegaba. Por eso, no era capaz de mirar hacia dentro, porque sentía que mi hogar estaba tras esas paredes.
Entramos y nos dicen que Alba, la directora, está en una reunión. Geno me dice de ir a dar una vuelta por el jardín. Está muy orgullosa de los juegos que han instalado para los niños.
Los niños me miran curiosos. Algunos me reconocen y me agacho para facilitarles el poder tocarme.
Cuando me levanto, veo un niño jugando solo.
Está tirando una pelota contra la pared y la recoge con su guante de béisbol.
Tiene el pelo negro y un semblante enfadado.
Al mirarlo, es como si recibiera un mazazo; es como verme hace años.
Solo, perdido en mi dolor y, a la vez, deseando un abrazo con tanta fuerza que dolía.
Trago con dificultad y me acerco a él.
—Hola, pequeño. —Se gira y me clava sus ojos, de un gris parecido a los míos.
Me quedo sin aire. Es raro ver a alguien que se parece tanto a uno, sabiendo que no tiene nada que ver.
—Hola —responde enfadado.
Lanza la pelota de nuevo y lo miro jugar. No debe tener más de siete años.
—¿Cómo te llamas?
—Nate. ¿Y tú?
—Reid.
—Qué nombre más feo. —Me río sin poder evitarlo.
—A mí me gusta.
—A mí no. Es muy feo.
Su mirada es de enfado con el mundo, pero veo sus ojos rojos de llorar. Yo me pasaba las noches llorando. Le revuelvo el pelo y se queja. Luego le quito la pelota y se la lanzo. No digo nada. Solo jugamos a pasar la pelota. Tiene buena mano. La atrapa muy bien.
—Alba ha llegado, cariño. —Geno se pone a mi lado—. Hola, Nate.
—Hola, señora rara.
—Esa soy yo. —Geno le da un beso.
Nate se limpia y sale corriendo, olvidando su pelota.
La dejo donde estaba jugando y me marcho con Geno, sintiendo algo pesado en el pecho.
Me presenta a Alba y andamos hasta su despacho.
Desde él, se puede ver el patio y, mientras habla de la fiesta que podemos organizar, busco a Nate.
Lo veo coger la pelota y sentarse. Luego parece que busca a alguien y me pregunto si me busca a mí.
—¿Todo bien? —me pregunta Alba.
—No… Sí… No lo sé. He estado ahí. Sé lo que sienten esos niños.
—Algunos encuentran un hogar, pero otros no. Lo sabes mejor que nadie. Por eso, queremos que su estancia aquí sea lo más feliz posible y todo el dinero que consigamos ayuda para darles una vida lo más especial posible.
Hablamos un poco más y quedo en venir pronto. Al irnos, Nate va de camino al comedor para cenar. Me mira, alzando la barbilla, y le digo que volveré para jugar con él.
—Lo dudo.
No puedo evitar hacerme la promesa de que sí.
—Cuidado, cariño. Estos niños se aferran a la esperanza y, cuando las cosas no salen como quieren, eso puede destruirlos. No prometas nada que no puedas cumplir.
Geno tiene razón; lo sabe mejor que nadie.
Al llegar a su casa, quedamos para ver a Alba otro día.
Entro en casa de Kelvin y dejo mis cosas.
Hoy tiene una cena. Preparo algo de comer y, cuando estoy solo, esperándolo en el sofá, busco algo que no pensé que haría nunca: busco qué hace falta para adoptar a un niño.
Hasta que me doy cuenta de lo que hago y lo descarto. ¿Qué podría ofrecerle a un pequeño cuando paso media vida fuera de casa?
***
Las pesadillas regresan más fuertes que nunca. De mi pasado, del hambre… De sentirme solo y pensar que nunca conocería a nadie que me quisiera. Vuelvo a ser ese niño que miraba tras una ventana.
—Eh, despierta. Estás soñando. —Siento algo cálido en mi mejilla.
Una caricia, un ancla que me recuerda que eso pasó y que ya no estoy solo.
Abro los ojos y veo a Kelvin, a pesar de la poca luz. Duermo siempre con una luz de emergencia. Odio la oscuridad. Por suerte, mis compañeros de equipo, en los viajes, no me han puesto nunca pegas con ello.
—Hola —me dice sin dejar de acariciarme—. ¿Pesadillas?
Esto no es nuevo para él. Muchas veces se metió en mi cama para calmarme.
—Sí. He estado con Geno en el orfanato y eso ha removido cosas.
—Lo he imaginado, cuando te escuché gritar en sueños. ¿Te importa si duermo contigo?
—Sabes que no. —Busco su mano y la cojo—. He conocido a un niño. Me ha recordado a mí. Ha sido como verme a mí mismo. Tenía angustia en los ojos mientras me miraba como si nada le importara. Hasta he mirado cómo adoptarlo. Te debo parecer un loco.
—No, no lo eres. Y algunas personas despiertan en nosotros algo especial.
—Sí, eso lo sé.
Kelvin tira de mí y me dejo caer en su pecho. Acaricia mi espalda y, poco a poco, el calor de su cuerpo y sus caricias me relajan; dejan que el sueño me atrape, perdido de nuevo en él.
Kelvin
Observo a Reid dormir. A mí me cuesta más. Lo he escuchado gritar en sueños, como pasaba hace años, y me asusté. Sabía que ir al orfanato le removería cosas. Y ese niño no se le va a olvidar con facilidad, si le recuerda a él.
Me cuesta, pero al final consigo dormirme abrazado a este grandullón, por el que cada día siento más y más.