Ponme a prueba Capítulo 26
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Capítulo 26

Reid

Llego al spa y me dicen que me estaban esperando.

Estoy agotado del viaje y necesito dormir.

Aun así, las ganas de ver a Kelvin pueden con todo lo demás.

Entro donde me dicen y me cambio para ponerme el bañador y luego el albornoz.

Sigo a la joven y me comenta que le encanta el hockey y que sigue todos mis partidos.

—El próximo partido iré a verte. —Se muestra coqueta. No siento nada. Nada. Ni un aleteo ni una chispa. Nada.

—Genial.

Abre la puerta y entro.

Miro hacia dentro y veo a Kelvin. Está rodeado de lo que parecen limones y pétalos de rosas.

—Espero que disfrutéis.

Cierra la puerta. Kelvin me observa con el pelo mojado y las gotas cayendo por sus mechas rubias. Se me seca la boca. Dejo el albornoz al lado del de él y entro a la gran bañera de madera para dos personas.

Voy hasta su lado y lo beso. No puedo esperar. Llevo soñando con su boca desde que nos besamos la última vez. Tiro de él hasta que se sienta sobre mí y su culo presiona mi polla, que ya está dura. Nos devoramos la boca y lo acaricio por todas partes hasta tocar su polla dura.

—O paras o en este lugar habrá algo más que pétalos flotando.

—No puedo parar, Kelvin. Te deseo demasiado.

Nos besamos con hambre y, cuando lo veo al límite, lo levanto con mis piernas para llevarme su polla a mi boca. Bombeo con la mano hasta que se corre. Y, aun con el orgasmo corriendo por su cuerpo, nos movemos para que me haga lo mismo y se trague toda mi esencia.

Nos besamos con lentitud, y es morboso, tras lo que acabamos de hacer. Luego nos sentamos agotados.

—Hola —le digo y se ríe.

—Hola, Reid. Lo dicho, estoy creando un monstruo.

—No uno cualquiera. El tuyo.

En cuanto lo digo, me arrepiento porque tengo miedo de que vea cosas que no son de momento. Lo miro y me guiña un ojo.

—Lo he pillado. No justifiques tus palabras.

—Vale. Solo es que no quiero hacerte daño.

—Todo está controlado, Reid. Es solo sexo.

Cuando asiento, me siento mal, porque una parte de mí se niega a creer que todo esto que siento solo sea sexo.

—Vamos, cuéntame tu día —le pido.

—Entre fotos y vídeos para redes. —Parece cansado—. Este lugar me ha gustado. Es nuevo y la dueña tiene mucha ilusión. Ha ahorrado una pasta para pagar una promoción conmigo. Ojalá salga bien.

—Ahora subiré algo a mis redes de gratis. Así le compensa un poco todo el gasto y lo mismo ayudo.

—Seguro que le hace ilusión.

—Podemos sacar un bono. Venir de vez en cuando. Estoy agotado y a la vez muy relajado.

—Eso ha sido por la corrida, Reid. —Me río y apoyo mi cabeza en su hombro.

—Me gusta estar contigo. Es como si tú fueras mi hogar. —Acaricia mi mano—. No quiero perder eso.

—No lo harás. —Me da un beso en la frente y nos quedamos un rato, hasta salir arrugados.

La dueña nos enseña la zona de frío, que está decorada como si fuera un iglú. En el techo hay pantallas y se proyecta una aurora boreal.

—Si no hiciera un frío de cojones, estaría aquí más rato —añado.

Nos reímos los tres y luego vamos a cambiarnos. Kelvin y yo sacamos un bono y le mando algunas fotos a mi community manager para que las suba a redes. Se queja hasta que le envío un pase de una semana gratis.

Salimos del lugar y decidimos dar una vuelta, antes de ir a nuestros coches, que están aparcados cerca. Nos ponemos unos gorros de lana fina para pasar desapercibidos y Kelvin saca unas gafas de pasta del bolsillo de su chaqueta. Son falsas y, cómo no, le quedan como un guante.

Saco el móvil y le hago varias fotos. Sonríe al verme y hace lo mismo con su móvil.

—El otro día me di cuenta de que casi no tenía fotos tuyas, que no fueran de redes. O de hace años.

Nos hago varias fotos juntos y, aunque no debería, le doy un beso en la mejilla.

—Lo siento, a veces me olvido de que no pueden verte con nadie.

—No pasa nada. —Andamos hasta una zona de comida callejera donde fui solo el otro día, para cenar algo juntos—. ¿A ti no te importaría que te vieran con un hombre?

—Lo he estado pensando este viaje y, la verdad, no.

He vivido tanto tiempo con miedo a que vieran cosas falsas con Alicia, que no me importa que la gente vea la verdad.

Si me gusta un hombre, no lo ocultaría. Le dije a Jon que había tenido sexo con un hombre y lo vio bien.

No le dije que eras tú… Lo que quiero decir es que, si fuera feliz con alguien, no me ocultaría, porque solo me importa lo que nosotros pensemos.

—Pero te siguen atrayendo más las mujeres.

—Asiento, porque es verdad—. Esto no es algo raro.

—Lo miro curioso—. La atracción humana es compleja.

Y puedes sentir esto por alguien de tu mismo sexo sin que eso te haga ser bisexual.

Lo serías si sintieras esta atracción por los hombres.

En este caso, creo que todo es por mí. Por lo que sientes por mí o por esa tranquilidad de poder ser tú, a mi lado.

—Puede ser. Y no me importa no tener una etiqueta clara. Sé que me atraen las mujeres, pero ahora, entre todas las personas del mundo, solo me excitas tú.

Y, sin añadir más, le digo que me apetece cenar, mientras Kelvin intenta no mirarme con la boca abierta.

Pedimos algo de comida callejera, aunque no debería. Ni él tampoco, pero, por una noche, queremos saltarnos las normas y no pensar en nuestras dietas. Vamos a un banco, cerca del puerto, y compartimos la cena mientras nos contamos cosas de lo que hemos hecho.

Hace ya fresco y se nota que va cambiando la temperatura.

—Hacía tiempo que no hacíamos algo así —le digo.

—En la universidad, no comer comida basura era un reto. —Nos reímos—. Aunque intentamos aprender a cocinar para que tuvieras una dieta equilibrada.

—Quemamos muchas cosas.

—Demasiadas. Por suerte, sobrevivimos.

—Echaba de menos ese tiempo —admito—. Al principio de casarme con Alicia, pasaba poco tiempo en casa por mi deporte.

Ella pasaba tiempo con sus amigas y, el poco tiempo juntos, estaba bien.

Cuando la novedad pasó, echaba de menos llegar a casa, no sentir que tenía que estar a la altura de unas expectativas demasiado altas para ella.

Y echaba de menos hacer tonterías. Como cocinar una pizza en la sartén, para ver qué sale o meter arroz congelado al horno.

Extrañaba no sentir que, hiciera lo que hiciera, le fallaría.

—Debiste haberme llamado.

—Ya, pero no quería hacerte daño. No quería romperte el corazón si aún seguías sintiendo algo por mí. No quería pasar por ese momento contigo. El de verte roto de dolor, por mi culpa. Porque, cuando pensaba en ti, todo era felicidad. Era paz. Ese instante podía empañar todo eso para siempre.

—Por suerte para ti, ahora solo eres mi experimento…

—¿No era al revés? —Se ríe y junta su hombro al mío.

Lo miro mientras cena y me pregunto por un instante si sería tan malo que siguiera sintiendo algo por mí, algo fuerte y verdadero, y la idea no me aterra tanto como hace años. Lo que no sé es si quiero ser parte de algo o quiero ser parte de él.

Terminamos de cenar y vamos a nuestros coches.

Cada uno coge el suyo. Al llegar a casa, llegamos a la vez y nos besamos en el ascensor.

Y también al cerrar la puerta de su casa.

Acabo en su cama y nos enrollamos entre besos y pajas, que hacen que lo pongamos todo perdido.

Ninguno es capaz de parar. Regreso a mi cuarto, sabiendo que me muero de ganas de dormir a su lado.