Capítulo 20
Kelvin
Llego a mi casa, tras un día largo de trabajo, rodando unos anuncios y una cena con mi agente. Geno, al escuchar el ascensor, abre la puerta.
—He escuchado antes la puerta, pero no me dio tiempo a ver a tu amor.
—No es mi amor.
—Ya, claro. Y yo soy monja. —La miro. Lleva otro pijama de ositos cachondos, este en rosa—. No lo mires así; es cómodo y caliente.
—No, si calientes están los osos, sí. —Se ríe.
—La vida cada vez se pinta de colores más grises. Por eso, quiero darle más color.
—Y calor, también. —Se ríe y abrimos la puerta.
Entramos y vemos a Reid tirado en el sofá, dormido.
—Está muerto.
—No está muerto. —Se acerca y le pone el dedo en la nariz—. El pobre está torrado.
Los dos partidos han sido duros. El de ayer, perdieron. El otro ganó, por poco. En ambos anotó para su equipo e hizo pases brillantes. El partido de ayer no lo pude ver en directo, pero me lo puse luego. Es increíble; verlo jugar es una gozada.
Menos cuando lo aprisionan contra el cristal. Odio cuando se cae o lo golpean. Casi se metió en una pelea para defender a su capitán.
—La verdad es que está muy bueno. Si yo tuviera un par de años menos…
—¿Solo un par?
—Claro, un par de años marcan la diferencia. Tengo treintaitantos.
No me río, para no despertarlo. Geno le acaricia la mejilla y le da un beso tierno en la cara.
—Dile que me venga a ver para felicitarlo por los tantos. Nos vemos, Kelvin, y no te olvides de la cita de mañana en el sex shop de mi sobrina.
—No lo haré.
—Así de paso compráis cosas guarras para los dos.
—Estoy pensando en eso.
—Velas. Os pegan velas calientes…
—Me apunto a lo de las velas —añade Reid, divertido.
—¿Ves? Él sí sabe. Vente tú también, cariño. Os dejo.
La veo irse y Reid tira de mí para darme un beso.
El beso, como era de esperar, se nos va de las manos y acabamos por besarnos con hambre voraz en el sofá.
Acabo sobre él y nos frotamos, notando cómo nuestras pollas se saludan.
Joder, intento separar el sexo de lo que siento por él, lo intento, pero, a pesar de ello, me llega al alma cada caricia.
No dejamos de restregarnos hasta que nos corremos.
—Lo necesitaba —me dice, abrazándome con fuerza.
—¿Todo bien?
—Ahora mejor.
—¿Qué ha pasado?
—Te lo cuento cuando nos cambiemos. A un té no le haría ascos.
Voy a mi cuarto para cambiarme y me pongo ropa de estar por casa.
Preparo el té y Reid, al venir a la cocina, me abraza por detrás.
Mete su cabeza en mi cuello y me aspira.
Es como si quisiera que mi calor calmara lo que sea que le atormenta.
Los latidos de mi corazón se disparan y, lo peor, la esperanza; por un segundo, me pregunto si podría tener una vida así, donde fuera no solo su mejor amigo, el de los experimentos, sino su amor.
—¿Has tratado de saber si te sientes atraído por hombres?
—Sí, ni uno me atrae. Pero las mujeres sí me hacen sentir cosas. Debes ser el único que me excita tanto.
Besa mi cuello y, aunque me halaga, también me da miedo que esto sea solo por todo lo vivido.
Preparamos el té y vamos hasta nuestros sofás. Da varios tragos mientras espero que me cuente lo que le ronda la cabeza.
—Al aterrizar, había prensa y una chica me dijo que había visto los directos de mi ex, donde explicaba que tenía algo gordo que contar. Me preguntó si ese algo podía ser una reconciliación.
—Te da miedo que ese algo gordo pueda ser algo contra ti.
—Espero que no sea tan tonta como para perderlo todo.
Pero, a pesar de eso, cuando me lo ha dicho, me he agitado y no supe reaccionar.
Son muchos años viviendo con el miedo de que ella me jodiera mi carrera.
Jon me ha llevado con él. Al llegar a casa, he mirado las redes de Alicia y no dice nada. Aun así, me he rayado.
—Dame tu móvil. —Lo coge de la mesa y voy a sus redes sociales, cuando lo desbloquea. Busco a Alicia y le doy a bloquear. Ya no la sigue, pero es necesario que la saque de su vida. Asiente y la bloqueo de todo, hasta del móvil—. No puedes vivir con miedo. Llevas así años. Se acabó, Reid.
—Poco a poco, supongo.
—Sí.
Da un trago al té y lo miro. Solo lo miro, hasta que me pilla y sonríe de esa forma que pone a bailar mis mariposas. Es tan guapo que me cuesta no tirarme horas observándolo.
Hablamos de su viaje y de mi cena.
—Tu agente sigue con su idea de ocultarte.
—Sí, bueno, hasta que me canse.
—Y si lo dejas, ¿qué supondrá para ti?
—Muchas de las agencias con las que trabajo son por él. Supongo que las perdería.
—Hasta no tener un plan mejor, no te arriesgues. A ti te gusta tu trabajo.
—Mucho —admito.
Coge su móvil y me hace varias fotos. No poso. Solo lo observo; tal vez un día esté listo para contarle todo lo que ocultan mis ojos cuando lo miro.
—Eres muy guapo. —Mete las fotos en una carpeta donde tiene la mía sexi—. Esta me la guardo para mis viajes.
—Puedes hacerme más, si quieres.
Coge el móvil y me hace otras fotos. Me subo la camiseta un poco y veo cómo su mirada se oscurece. Lo hago del todo y me llevo las manos a las tetillas. Se me ponen duras, y más cuando es él quien me fotografía. No hace mucho me he corrido y vuelvo a estar duro.
—Quiero ver cómo te corres en directo.
—Tú quieres dejarme sin ropa limpia. —Se ríe—. O tal vez pueda hacer algo mejor. Sígueme.
Lo hace y vamos hasta mi cuarto. Entramos en el aseo y le dejo la luz suficiente para que me pueda hacer fotos. Con los años, se aprenden algunas cosas. Tras quitarme la ropa, me meto en la ducha y me pongo bajo mi cascada. No dejo de mirarlo mientras me toco para él.
Cojo mi polla dura y mojada, por la ducha, y me toco sin dejar de mirarlo. Mi mano sube y baja. Su polla presiona contra el pantalón que lleva. Saber que esto le excita tanto, verme así, me lleva al límite.
No dejo de mover mi mano hasta que me corro para él. Entonces, deja el móvil y entra en la ducha para besarme. Nos besamos y busco su pene para darle placer, hasta que se corre con fuerza en la ducha.
—No ganamos para ropa limpia, no.
Sonríe feliz y agotado. Lo mando a dormir y se marcha, tras coger mi albornoz y decirme que mañana nos vemos. No sé qué voy a hacer con esto. Con él, con su experimento…
Estoy jodido.