Ponme a prueba Capítulo 18
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Capítulo 18

Reid

Salimos al hielo y tomo aire. Me encanta esta sensación.

La primera vez que entré a una pista de hielo fue en la universidad.

Había patinado con patines de ruedas. Compré unos cuando pude trabajar y ahorrar.

Los reventé cientos de veces. Los arreglé como pude, una y otra vez.

Era muy rápido patinando y, cuando entré a la universidad pública, le dije al entrenador de hockey que era el mejor.

Se rio de mí y me dijo que me fuera. Le pedí unos patines y una semana; si en una semana no me ganaba un puesto, no volvería.

No sé qué vio en mis ojos, tal vez decisión, porque me dio una oportunidad.

Me costó hacerme a los patines de hielo, pero no cesé en mi empeño de ser el mejor.

Veía al entrenador observarme. Sin decirme nada.

Me desesperé hasta que el último día entró en la pista, tiró los discos al suelo y me dijo que apuntara a la portería.

Los metí todos. Desde niño he tenido buena puntería.

Movió todos los hilos para tenerme en su equipo e hizo de mí el mejor. Era su obra. De vez en cuando me escribe mensajes para ver cómo me va todo. Siempre le agradeceré la oportunidad que me brindó.

Miro a las gradas y busco a Kelvin; iba a llegar justo a la hora del partido porque tenía una sesión de fotos. Lo veo sentarse al lado de Geno, que le da un beso en la mejilla. Lleva una sudadera de mi equipo. Sonrío al verlo, sintiendo que algo me oprime en el pecho.

Es como si ahora sí pudiera jugar bien con él cerca.

Paso por su lado y toco el cristal. Los saludo y Kelvin me desea suerte.

Que empiece el partido.

***

Recibo el puck , avanzo por la banda y un defensa se coloca a mi altura.

Lo miro, analizando sus movimientos para poder anticiparme a sus jugadas.

Protejo el puck con mi cuerpo y el rival me estampa contra el cristal.

Me quedo unos momentos encajonado y, antes de que me quite el disco, lo paso a un compañero, evitando así que el rival se haga con él. Marcamos el primer tanto.

Lo celebra conmigo, sabiendo que esto es gracias a mí. El estadio estalla con los gritos de celebración y paso por donde está Kelvin, que realiza el gesto que hacíamos en la universidad. Dos dedos sobre el corazón. Era nuestra seña de que estamos juntos en mis jugadas y en mis locuras.

No lo había hecho en el otro partido y me gusta ver el gesto.

Pongo mis dos dedos en el pecho un instante y sigo con el partido.

En el primer tiempo veo cómo enfocan a Kelvin entre la gente. Algunas personas lo reconocen y aplauden. Kelvin saluda comedido y Geno le planta un beso en la mejilla.

Hoy lleva mi camiseta sobre la sudadera y una diadema un tanto especial. Creo que los topos son mini penes.

El partido sigue y acabo por tirar a puerta, para anotar un tanto más para el equipo. Ganamos y estoy orgulloso, porque he jugado bastante tiempo. Eso es que el entrenador empieza a confiar en mi juego. En el vestuario me miran los golpes. Nada de gravedad.

El entrenador nos recuerda que esta semana es intensa y que derechos a casa. Mañana tenemos que venir a entrenar y luego derechos al siguiente partido en Nueva York.

***

Llego a casa agotado. Entro y dejo mis cosas en el despacho. Tras ponerme ropa cómoda deportiva, voy a buscar a Kelvin. Lo encuentro haciendo la cena y sé que me ha escuchado porque, cuando lo abrazo por detrás, no se sobresalta.

—¿Cómo de cansado estás?

—Depende de para qué.

—Para cenar e irte a la cama o ver algo en la tele.

—Agotado, pero me apunto al plan de ver algo en la tele.

Aspiro su perfume. Me ha gustado verlo en las gradas. Era como regresar a nuestra época dorada, con los dos juntos.

—Ve a poner la mesa. —Me da en la mano y eso hago.

Kelvin trae la cena, y es especial para mí.

Salmón al horno con verduras para que recupere toda la energía perdida.

Repito de plato, al contrario que Kelvin, porque come menos que yo.

El postre: un yogur griego con mucha fruta.

Los arándanos me encantan. Al acabar, recogemos y me dejo caer en el sofá, cansado. Kelvin me pregunta por mis golpes.

—Voy a sobrevivir.

—Se te están cerrando los ojos.

—De eso nada. Estoy genial.

—Ya te veo, ya.

—Por cierto, no sabía que supieras cocinar.

—Y no sé, pero Geno me dejó casi todo listo. Ese era el toque especial. —Me río—. Pero quiero aprender. Geno me va a enseñar.

—Yo también debería.

Apoyo mi cabeza en su hombro, mientras pone una serie que nos puede gustar a los dos.

Luego me dejo caer en su regazo y me acaricia el pelo.

Me gusta sentir sus manos en mi cabeza. Sentirlo a mi lado.

Estos años me he sentido solo. Ahora me doy cuenta de que añoraba estar así con alguien.

No por las caricias, sino por la cercanía.

—Es posible que no esté buscando casa.

—Es posible que lo sepa. —Me río y me giro para mirarlo.

—¿Te importa?

—No, me gusta tenerte aquí.

—Como antes, compañeros de piso.

—Sí, salvo que antes no te comía la polla. —Me río.

—Si llego a saber lo que me perdía, te habría dejado. Y lo que me queda por saber.

—Sí, ahora descansa, que tienes una semana dura.

Dura, se me ha puesto otra cosa, pero no digo nada porque no me puedo mover. Solo me quedo a su lado, reventado, y, cómo no, me quedo dormido. En paz. Hace muchas noches que no siento esta paz.

Kelvin

Mirarlo dormir se va a convertir en una costumbre. Está reventado. Lo he notado en cuanto me ha abrazado. Cenando, casi se le cerraban los ojos y, a pesar de eso, ha comido lo que yo en todo el día. Es un grandullón de puro músculo. No sé cómo soporta esos golpes sin acabar reventado.

No hago por despertarlo hasta que acaba el primer capítulo. Antes de irse a su cuarto, me abraza con fuerza.

—Nos vemos a la vuelta.

—Nos vemos a la vuelta.

Me besa en el cuello y se marcha a su cuarto. Ando al mío, sabiendo que lo echaré de menos cada día que pasemos lejos. Y eso es peligroso porque, a los que se quiere, se los extraña, pero no se los añora con tanta fuerza que duele no tenerlos cerca de ti, como a quien se ama.