Capítulo 14
Kelvin
—Estoy intentando asimilar lo que me acabas de contar. —Nova me mira con la tostada a medio comer.
Kalen, su marido, está detrás con el café y lo toma lentamente.
He venido a verlos temprano. Aunque es sábado, Nova tiene trabajo en un rato para un evento; yo iré por la tarde para el desfile. Kalen no tiene trabajo, o eso dice, porque acabará en su empresa de informática haciendo cosas. Si Nova no está en casa, a él le gusta estar ocupado.
Mis amigos asimilan lo que les he contado.
No he dormido una mierda pensando en Reid; en su beso y en su curiosidad.
Una curiosidad que puede matarme, como su beso de ayer.
Yo esperaba que con un solo roce o un pico se echara a reír y dijera que no, que esto no era para él.
Pero no, porque profundizó el beso y le gustó.
Joder, le gustó tanto que tuve que poner fin porque sentí que él no lo haría.
Besarlo fue mejor de lo que soñé. Aunque me contuve porque no quería ni asustarlo ni que notara cuánto lo deseaba. Su boca era tan suave como esperaba y su barba de varios días hacía cosquillas en mis labios. Joder, no ir hacia él y pedir más me costó la vida.
Si me pide otro beso, no sé si podré esconder todo mi fuego.
—Creo que si esto sigue te hará daño —añade Kalen.
—Yo también —admito—, pero le he dicho que no sentía nada. Ahora no puedo decirle que sí, porque lo conozco, y a lo mejor se aleja, como hizo la otra vez: sin yo saberlo, me dejó ir porque lo sospechaba.
—Pues vaya mierda —apunta Nova.
—Del todo —respondo.
Me paso la mano por el pelo y luego me sirvo otro café. Cuando me fui de casa, Reid se había subido al gimnasio. Lo sé porque lo dejó escrito en un pósit pegado en la nevera, como hacía en la universidad. Yo le respondí en el mismo papel que me iba a casa de Nova.
Es raro tenerlo en mi casa sin ella, con su posdivorcio y sus ganas de experimentar.
«Ponme a prueba».
Esas palabras no dejan de revolotear por mi mente porque en ese momento quise hacer con él cientos de cosas con las que he fantaseado más de una vez. Esto es una locura, por lo que espero que las ganas se le hayan pasado del todo.
O voy a acabar muy mal.
—Puedes dejarte llevar y disfrutar —añade Nova y la miro serio—. O no…
—No creo que quiera seguir con esto. Creo que lleva años aferrado al miedo, a la idea de familia con sus suegros… y ahora no sabe ni lo que quiere.
—Es normal. A mí también me costó. —Asiento ante las palabras de Kalen.
Hablamos de otras cosas y, cuando regreso a mi casa, Reid está en su cuarto. Lo sé porque ha puesto la música con el móvil. Al parecer, le siguen gustando los mismos estilos que antes. Sale del cuarto solo con una toalla y me mira sonriente mientras yo intento no devorarlo con la mirada.
Joder, yo creo que el universo no me quiere una mierda. A ver cómo pongo cara de impasible cuando se acerca así vestido a mí.
—¿Me pones crema en la espalda? Se me ha secado por los putos nervios.
—Vale.
Madre mía, voy a morir por combustión espontánea. Lo sé.
Lo sigo a su cuarto y su perfume inunda mis fosas nasales. Me recuerda nuestro beso y todo lo que deseé hacerle. «Si paso esta prueba, podré con todo», pienso.
Reid se tumba en la cama y me señala el bote de crema. La cojo y me siento en la cama para ponérsela en la espalda. En la gran espalda musculada. No tiene un puto gramo de grasa, pero sí varios moretones por el partido de ayer, y eso que jugó poco.
—No sé cómo puedes soportar que te destrocen. —Se ríe.
—Siempre me decías lo mismo. —Se gira y clava sus ojos plateados en mí—. El deporte siempre fue mi vida. De niño me gustaba imaginar que jugaba al hockey cuando estaba entre las caravanas. Tomaba un palo, una pelota de aluminio e imaginaba que era un gran jugador profesional.
—Al final se ha cumplido ese sueño.
—Ese sí. El de tener una familia al final fue mi mayor pesadilla.
—No a todo el mundo se le puede llamar familia.
Paso las manos por su cuerpo y, cuando llego a los cardenales, tengo cuidado de no hacerle daño. Aun así, pone mala cara. Cojo la crema de contusiones y se la pongo por varios de ellos. Reid me mira y no sé qué decir.
—Eres jodidamente guapo, Kelvin.
—Lo sé. Gracias a eso me gano la vida.
—Sí, menos mal, porque el deporte se te da fatal.
—Y no sé cocinar.
—Ni te gusta estar en una tienda horas, atendiendo gente.
—No, para nada. —Lo hice varias veces en la universidad y lo odiaba. Él venía siempre que podía para hacerme compañía—. Por suerte, de momento mi cara me da para vivir.
—¿Y cuando no sea así? —pregunta sincero.
—No lo sé. Espero tener dinero para vivir o para poder montar una empresa de moda. He aprendido mucho de moda con las pasarelas y las fotos.
—Puede funcionar. Me puedes usar como modelo.
—Tendría que comprar camisetas extragrandes para tus músculos. —Se ríe.
Me encanta su risa. Perderme en cómo le marca el hoyuelo y cómo sus ojos brillan. Tarde, me doy cuenta de que le estoy acariciando. Reid va a decir algo, pero, en vez de hablar, se alza y me besa de forma espontánea.
Dudo un segundo, antes de besarlo yo también. Joder, soy débil cuando se trata de él. Pero es que lo tengo medio desnudo en la cama y no soy de piedra. Él siempre fue mi puta debilidad.
El beso se nos va de las manos. Su sabor explota en mi boca y necesito más. Llevo mi mano a su cuello y lo acerco más a mí. Bebo de su boca y, cuando gime, tiemblo. Le gusta, pero no sé si es porque se siente seguro conmigo o porque ha descubierto que no es tan hetero como creía.
—Necesito algo más. —Lame mi boca y mete la mano bajo mi camiseta.
—Reid…
—¿Te hago daño? —Claro que sí, me destrozas… Niego con la cabeza.
Y sin saber cómo lo hace, me tira en la cama y se pone sobre mí. Su boca atrapa la mía de nuevo y su cuerpo se amolda al mío. Ardo en cuanto nos tocamos. En cuanto siento la presión de él sobre mí. Noto su polla dura frotarse contra la mía. Mi ropa deportiva no mantiene mi excitación.
—Me gusta, joder… Me gusta. —Se frota contra mí y nuestras pollas chocan—. Quiero más…
Quiere matarme.
Joder.
Quiere destrozarme.
Y creo que voy a dejar que me mate porque tira de mi camiseta y le dejo hacer. Me quedo desnudo de cintura para arriba.
Baja los besos por mi cuello. Lame mi lóbulo y jadeo. Muevo mi cuerpo para que nuestros miembros se froten. Ahora mismo estoy chorreando por sentirlo así. Acaricia mi torso y me explora sin miedo. Es como si le gustara, como si no pudiera dejar de tocarme y de acariciarme.
Cuando se mete una de mis tetillas en la boca, digo un improperio y se ríe. Lo repite y me toca con deleite.
—Estás muy bueno… Me fijé cuando te vi. Te vi diferente.
—Ahora tengo más músculos.
—Sí, y tu perfume. Me encanta olerlo.
Lame mi cuello y succiona.
—No me dejes marcas, cabrón, que luego tengo un evento. —Se ríe.
—Me pone marcarte y que todos lo vean. ¿Eso es normal?
No, joder. Nada de esta locura lo es.
—Puede ser.
—Quiero más. —Tira de mi pantalón y libera mi polla.
La mira y la toca sin dudarlo. Esparce el líquido preseminal y luego se lo lleva a la boca. No me corro de puro milagro. Parezco para él un puto experimento y lo peor es que me dejo hacer porque me pone demasiado cachondo.
—Tengo que lamer la punta. —Y lo hace sin dudarlo, joder. Me mata en el acto cuando sus labios calientes me engullen.
Echo la cabeza hacia atrás mientras se la lleva toda a la boca.
Incapaz de estar quieto, busco su pene duro como una piedra y lo toco.
Entonces veo que tiene un piercing en la punta y se me hace la boca agua.
Había olvidado que bromeó en la universidad con hacerse esto.
Pensé que no lo haría, pero al parecer sí lo hizo.
Muevo la bolita plateada en la punta, que ya está mojada, mientras con mi otra mano tiro de su pelo y lo muevo para que me coma como me gusta. Lo hace y estoy perdido. Voy a correrme como siga así.
Le hago una paja, lo masturbo sin creerme que esto sea real, que mi gran amor esté en mis brazos y que esto sea posible.
«Solo está experimentando», me recuerda una voz en la lejanía.
—¿Te gusta?
—Sí. —Mi voz es ronca—. Si sigues así, me voy a correr.
—Hazlo en mi boca.
Muerto, del todo.
Reid aumenta las embestidas y no deja de moverse, ni yo de mover mi mano hasta que me corro en su perfecta y caliente boca. Me mira un segundo, antes de correrse con fuerza y poner todo perdido. Entonces nos miramos. Sonríe.
—Estás muy bueno. —Acerca su boca a la mía y me besa—. Es muy guarro esto. Alicia no me dejaba experimentar con el sexo o ser guarro. Joder, no pasábamos del misionero.
Lame mi boca otra vez.
—Soy tu hombre probeta. —Se ríe y se deja caer en la cama, cansado.
—Me ha encantado, Kelvin. ¿Eso quiere decir que soy bisexual?
—Puede ser. Tendrás que ver si otros hombres te gustan o solo te sientes así conmigo, porque yo te doy confianza. Tal vez no se reduzca a si soy hombre o mujer, sino que conmigo te sientes tú mismo.
—Puede ser. ¿Te ha molestado esto?
—No —respondo al ver su preocupación.
—¿Puedo ir luego contigo al evento? Me puedo quedar quieto entre bastidores.
—Seguro que Mara o Nova te dan algo que hacer.
—Genial, no me quiero quedar solo. —Le digo que vale—. Y luego esta noche podemos experimentar más. Tengo más ideas.
«Tu idea es matarme», pienso, pero no se lo digo.
Solo me quedo a su lado porque soy débil y él siempre fue mi todo.
Al final esto acabará conmigo; ya leo el titular: «Divorciado cachondo mata a su mejor amigo por exceso de polvos experimentales».