Ponme a prueba Capítulo 9
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Capítulo 9

Reid

La de prensa no se anda por las ramas: me dice claramente que si mi mujer me acusa de malos tratos, puede joderme la carrera, aunque sea mentira.

Aunque yo sea quien los sufre. Me toca dar el paso y denunciar antes de que ella haga algo.

Es mi única baza. Y, a pesar de eso, el juicio puede ser largo y ella ir a por todo contra mí.

Puede causar la duda hasta que un juez diga quién tiene razón.

Según ella, si puedo evitarlo, mejor no llegar tan lejos porque sería un proceso largo.

—¿Porque cuesta creerme al verme?

—Yo te creo, Reid. Tal vez el resto también, pero si ella va a malas… Mucha gente se posicionará porque es así. Aun así, si quieres denunciar, te apoyaremos.

Hablo con mis suegros y me piden que no lo haga. ¿Y qué esperaba? Juran que controlarán que ella no haga nada. Les digo que vale, pero por dentro estoy aterrado. Tengo miedo y no entreno bien. El entrenador sabe todo y el capitán del equipo también. En confidencia.

—Todo irá bien —me dice Jon, mi capitán. Es rubio, de ojos marrones y un poco mayor que yo.

—Gracias.

—Vente luego a mi casa. Hablaremos de todo más tranquilos.

Voy a decir que no, porque siempre he dicho que no. Tal vez por miedo a Alicia, porque odiaba cuando hacía amistades. Joder, no era consciente del tipo de vida que he llevado. Acepto y me voy con él.

No escribo a Alicia, pero sí a Kelvin y le cuento todo. Me va a ayudar la psicóloga del equipo y, la verdad, tengo ilusión. No sé cuándo fue la última vez que sentí ilusión. Bueno, sí, cuando supe que estaría cerca de Kelvin de nuevo.

***

Cuando llego a casa, Alicia ha destrozado la casa porque no le he contestado a los mensajes. No es la primera vez, pero sí la primera que lo grabo. Que grabo los cristales rotos y a ella gritando en el cuarto, que esto me pasa por inútil y por no responder a sus mensajes.

Se lo mando a sus padres y me piden que no haga nada; que ellos se encargan. Ojalá lo hagan. No puedo más. Y lo peor es que no es la primera vez que pasa esto.

No era consciente de esto porque el miedo me hizo quedarme un poco más.

Kelvin toca a la puerta y, cuando ve el desastre, pone mala cara, pero, por suerte, no comenta nada y me ayuda a recoger. Voy a tener que pagar varias reparaciones porque, hasta que no fuera nuestro el piso, no podíamos destrozar nada. Eso ahora mismo me la suda.

Alicia sale del cuarto y, al ver a Kelvin, lo fulmina con la mirada.

—¿Haces un directo conmigo?

—Ni muerto.

—Vale… Seguro que a mis seguidores les encantará saber que estabas enamorado de mi marido.

—¿Eso quién lo dice? Porque a mí me gustan las mujeres. De hecho, tengo una cita esta noche.

Kelvin nunca le dijo a nadie en la universidad que era gay. Solo a mí y a sus padres. Luego tuvo una historia con un chico y no salió bien. Poca gente sabe que le gustan los hombres y yo nunca se lo he contado a Alicia.

—Ya, eso dices tú, pero te vi mirarlo con pena.

—Con pena porque se casara con una mujer que, antes de ir tras él, intentó comerme la boca a mí primero.

—Eso quisieras tú. Pero da igual, si lo digo en mis redes, plantaré la duda. A menos… que hagas un directo conmigo.

Veo el miedo en los ojos de Kelvin y sé que no quiere ceder, pero tampoco quiere que alguien destruya su mundo hasta que él no esté listo para dar ese paso. No es justo, joder.

—Si haces eso, subiré a redes este desastre y tus gritos en la habitación amenazándome —le digo serio.

—No serías capaz. Tú nunca serías capaz de hacerme eso. No tienes huevos, Reid. Eres un puto corderito.

—Lo haré. Si jodes a mi amigo, te juro que te jodo la vida.

No sé qué ve en mis ojos, pero, por primera vez, se queda lívida.

—Vale, de momento no haré nada.

Se marcha y recuerdo las palabras de Geno: yo le di el poder para herirme porque no supe decir basta.

—¿Dónde tienes la cita?

—En una pizzería.

—Te llevo y te espero cerca para cuando te canses. Así me enseñas la ciudad por la noche.

—Perfecto.

Me marcho de este lugar sin mirar atrás y cuento a mis suegros todo, para que estén al tanto y sepan que su hija no solo quiere destruir ahora mi vida, sino también la de un buen amigo.

«Se le está yendo de las manos», me dice mi suegro y, de nuevo, me da pena por ellos, pero ya está bien de estar aquí por miedo o por pena.

Se acabó.