Ponme a prueba Capítulo 4
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Capítulo 4

Reid

Voy a por Alicia, y no para de despotricar de lo poco que le gusta la ciudad.

A mí me encanta todo lo que estoy viendo y hace tiempo que no era tan feliz.

Estaba metido en una vorágine de oscuridad de la que no sabía salir.

Solo en el hielo era capaz de ser feliz, pero fuera de este todo me sobrepasaba.

Mi relación con Alicia no pasa por su mejor momento.

Estar con ella me crea ansiedad desde hace años, como si ella fuera la tormenta de la que no sé cómo escapar.

Cuando miro las fotos, recuerdo que horas antes estuve tentado de no ir, de no aparecer en la boda.

No dormí la noche anterior. Estaba asfixiado.

Entonces, hablé con Alicia por mensajes y me recordó que nos habíamos gastado un dineral. Y que esos miedos eran normales.

Y luego todo se tornó demasiado oscuro. Es como si dejara pasar el tiempo, para ver si cambia o para ver si tengo fuerzas para enfrentarme a ella como exmujer.

Nuestra historia se sostiene entre cientos de peleas y, cuando le digo de romper, dice que si la dejo, me destroza la vida.

Y eso hace que me ahogue, porque, como le dé por ir contra mí, me jode la vida para siempre.

Luego, dice que nunca me haría daño y, otras veces, me amenaza, hasta que no sé qué creer de ella.

O si sigo a su lado, por miedo a que me lo quite todo.

Me he prometido darme una última oportunidad y, si no, hablar con su familia de sus amenazas para que no la dejen sola. No puedo hacer más.

—No sé si me gusta la casa que has comprado. He estado mirando las fotos y la verdad… La verdad es que por dentro está bien, pero, por fuera, todo parece viejo. Y no hay tiendas que me gusten… No firmes nada.

Tomo aire y giro a la derecha.

—Mañana iré a ver más cosas por la tarde.

—Bien, porque tu deber es hacerme feliz, querido. Si yo estoy contenta, todos estamos bien.

Y esa es la triste verdad de mi vida: temer sus represalias si ella no es feliz.

Sigue despotricando de todo lo que ve y, cuando llegamos al garaje de Kelvin, estoy temblando por los nervios contenidos a su lado, para no pedirle que pare. Toda su negatividad me está matando.

Sacamos todo lo que se ha comprado. Un montón de zapatos y vestidos que luego nunca usa para salir de casa. Solo los usa para hacer vídeos de compras en sus redes.

La dejo hacer para ver si así me da un poco de tregua y deja de quejarse de todo. Regresar de un día de entrenamiento y que todo sean quejas me destroza.

Subimos por el ascensor y, cuando llegamos a la casa de Kelvin, uso las llaves que este me ha dado.

Entramos y huele a comida. Geno dijo que se iba a pasar para prepararnos la cena con Kelvin, tras su fiesta de colores.

Me ha caído bien; es una mujer que desprende energía positiva y, cuando llevo tantos años con alguien que me la chupa toda, estar a su lado me calmó.

Alicia observa todo y, por su mirada, sé que le gusta.

—¿Y no podías buscar algo así para nosotros?

—El otro lugar me venía mejor para dejar las cosas de deporte, y tenía gimnasio.

—No siempre tienes que ser tú la prioridad.

—No, claro que no.

Geno sale de la cocina con un delantal, con una polla en medio. Creo que estoy viéndolo mal, pero no, esa cosa de peluche sube y baja con sus movimientos. Mi mujer da un grito y se tapa la cara de asco.

—¿Es por la polla? —Geno la coge, divertida—. Pedí una remesa demasiado grande y me quedé con algunos cuando no se vendieron. Es de peluche.

Geno le toca los huevos a la polla y Alicia no sabe dónde meterse.

—Es muy graciosa, Geno.

—No es graciosa —murmura Alicia.

—Alicia, ella es Geno, una vecina de Kelvin, y como si fuera su abuela.

—Encantada —dice Alicia sin darle dos besos y me tira de la mano para que vayamos a nuestro cuarto.

Empezamos a irnos y escucho cómo Geno le dice a Kelvin:

—Creo que la mujer de tu amigo nunca ha visto una polla. Lo mismo es virgen. Aunque, con semejante hombre, menudo desperdicio.

—Para, Geno —le dice Kelvin, que no ha salido a saludar a Alicia.

Recuerdo tarde que ellos dos no se llevaban muy bien, aunque Kelvin pensaba que lo disimulaba mejor. Siempre pensé que era por lo que Kelvin sentía por mí. Ahora ya tengo mis dudas, porque esta versión de Alicia no la conocí hasta meses después de casados.

Kelvin nunca me dijo lo que sentía, pero yo lo noté.

En su forma de mirarme, en el dolor en sus ojos, cuando le dije que me casaba con Alicia.

Y el día de la boda lo vi beber más que nunca.

Me sentí un amigo de mierda. Aun así, no podía hacer nada.

Cuando se distanció, le di distancia porque esperaba que me olvidara y así poder ser los grandes amigos que siempre hemos sido.

No me importó lo que sentía por mí; sin embargo, no quería hacerle daño, porque lo quiero, aunque tal vez no de la forma que él habría querido.

Cuando me dijeron que me trasladaban aquí, me puse más feliz que en años.

Quería verlo, saber que nuestra amistad había vuelto.

Llegó en el mejor momento, porque estoy tan agobiado con mi matrimonio que me empieza a pasar factura en el juego.

No logro ser feliz jugando como antes y olvidarme del mundo.

Cuando tuve a Kelvin delante, me sentí como en casa. Él siempre fue mi puerto seguro.

Al verlo, sentí el deseo de abrazarlo.

Joder, he seguido su carrera por redes, pero, en persona, el tío es más impresionante. Siempre fue guapo, muy guapo. Pero ahora es algo más. Tiene una belleza que parece irreal.

Con ese pelo rubio a capas como el trigo y los ojos azules; de un azul penetrante.

No me extraña su éxito como modelo. Parece un dios griego hecho realidad.

Alicia empieza a despotricar porque el armario es más pequeño de lo que esperaba y la ropa no cabe en él.

—Estamos de paso, Alicia. Porque no querías dormir en la otra casa.

—La otra casa era horrible. Empiezas mal en el club, si eso es todo lo que te han conseguido.

Y ahí está una de las cosas que odio de ella: es un poco metemierda. Todo le sabe mal, todo le sienta mal. Todos van contra nosotros. Nada está bien…

—Usa todo el armario, que yo dejaré mis cosas en la maleta, salvo los trajes.

—Tienes demasiados trajes. No me cabe todo, si metes tus trajes.

—Mira, mejor usa todo, que yo alquilaré un ropero.

—Tienes dinero para eso. Al menos, hacer dinero sí se te da bien.

Y ahí echa el resto. Que todo el dinero es nuestro, porque ella renunció a todo por seguirme.

Le dije que la apoyaba, si quería estudiar un máster, que le buscaba trabajo…

Pero decía que ningún trabajo podía ser igual que el mío y eso al final le haría sentir mal, por lo que prefirió no trabajar.

Porque para tener un sueldo de mierda y matarse trabajando, mejor vivir a mi sombra y de mí.

Así me lo dijo. Pero, cuando puede, me lanza que ella no es más por mi culpa.

Recuerdo por qué sigo y tomo aire.

La dejo gruñendo y me marcho a la cocina, tras lavarme las manos.

Cuando entro, Kelvin está removiendo la salsa de tomate y Geno bailando una canción de la radio, con el delantal que no deja de moverse.

Entonces, me ve y tira de mí para bailar juntos.

Kelvin nos mira de reojo, divertido, y nada sorprendido por la actitud de Geno.

Sus ojos azules brillan con cientos de tonalidades. Siempre me fascinaron.

—Eres un gran bailarín —me dice Geno y me aprieta la cara—. Ahora lávate las manos y ayuda con la cena.

—Mejor que le hagas caso —me pica Kelvin—. Por cierto, en la última planta del edificio hay sauna, gimnasio y un jacuzzi , por si quieres usarlo.

—Gracias… Por cierto, ahora a Alicia no le gusta la casa que hemos mirado. Quiere algo más como esto.

—Pues abajo venden un piso —apunta Geno—. O estaba en alquiler y luego opción a compra. Puedes venirte de alquiler y, si os gusta, comprarlo. Visto lo visto, es lo mejor, por si a tu mujer tampoco le gusta.

—Sí, tal vez sea lo mejor.

—¿No te queda lejos del trabajo? —pregunta Kelvin.

—Mira, ahora mismo me da igual tener que tardar un poco más. Lo que quiero es que esté feliz. Si me podéis conseguir el número del dueño o la agencia, os lo agradecería. Voy a llamar para parar la venta de la otra casa.

—Lo lleva Petra —me informa Kelvin—. Pregúntale a ella.

—Gracias.

—Mi despacho es la segunda puerta a la derecha.

Voy hasta allí y veo que tiene un armario sin usar.

Cojo mis trajes y los meto ahí. Alicia está hablando por el móvil con su madre.

Despotricando de todo esto y de mí, como siempre, aunque su madre siempre trata de mediar entre los dos.

Cierro la puerta del despacho y llamo a Petra.

Por suerte, es muy amable y lo resuelve todo.

Al salir, han puesto la mesa y aviso a Alicia de la cena. Dice que ahora saldrá. La esperamos sentados a la mesa un rato bastante largo. Como siempre, se la suda la gente. Al aparecer, mira a Kelvin y le hace un repaso de pies a cabeza.

—Hola —lo saluda sin darle dos besos ni nada. Y él hace lo mismo. Parece que se acabaron los formalismos entre los dos.

Luego hablaré con él. Geno es quien lleva la conversación. Alicia casi no come, porque les dice que está a régimen. Mentira; no come porque odia la comida casera. Prefiere que pidamos a un restaurante caro cada noche.

—Está muy bueno, Geno —le digo a la mujer—. Y pienso repetir.

—Cariño, seguro que esta cena es muy calórica…

—No importa —repito y le guiño un ojo a Geno.

Kelvin mira el móvil y pone un gesto raro.

Está claro que las cosas con él y Alicia no van a ir a mejor.

Al acabar de cenar, Alicia coge algo de fruta y se despide hasta mañana; luego me mira, a la espera de que vaya con ella; me lo hace cada noche.

Le molesta que me quede viendo la tele, si ella se va.

—Ahora iré. —El enfado brilla en sus ojos castaños y me entra el miedo a lo que pueda hacer, si no hago lo que quiere.

Tomo aire y ayudo a recoger. Geno dice que se marcha y que mañana se pasará, tras ir a una charla del orgasmo femenino en la tienda sex shop de su sobrina. Me da dos besos y me aprieta el brazo con cariño.

—A veces toca tomar decisiones, por duras que sean, cariño.

Y sin más, se marcha, y no soy tonto para no saber que lo dice por Alicia y yo.

Cualquiera que conviva con nosotros podría ver que este matrimonio está roto desde hace años.

La gente no sabe que, si sigo, es por miedo.

Conozco bien a Alicia y no sé cómo salir de aquí sin salir perjudicado; cuando lo hablo con sus padres, me dicen que tenga paciencia, pero, mientras la tengo… , me apago un poco más.

Tal vez no ha sido buena idea venir aquí, pero el problema es que no sabía qué hacer. Necesitaba un rayo de luz casi más que respirar. Entro en la cocina y Kelvin me tiende una copa.

—Una no te hará daño y le he puesto más refresco que alcohol.

—Ahora mismo no diría que no a algo más fuerte.

Lo miro y tiro de él para abrazarlo. Lo aprieto con fuerza y me devuelve el gesto. Tiemblo en sus brazos y no pregunta. Me deja mi espacio, mientras tomo aire y lo respiro.

—Me alegra tenerte conmigo —le digo con la voz rota.

—A mí también tenerte.

Tomo fuerza y corto el abrazo forzando una sonrisa. Abrazo de amigos, parece que le digo, en vez de uno de un hombre perdido que no sabe cómo salir a flote.

Vamos hasta una zona del salón desde donde se ve el puerto por la noche, que parece como un rincón de terraza. Las vistas me gustan y me calman.

—¿Tú también te has dado cuenta de que las cosas no van bien con Alicia?

—No me quiero meter en tu relación. Nunca he querido hacerlo.

Da un trago a su copa tranquilo y observo su perfil. Joder, es sexi a rabiar. ¿Es raro que me fije en lo guapo que es mi amigo? No, si un tío está bueno, lo noto; es solo una apreciación.

—Lo sé, nunca me has contado por qué no te llevabas bien con ella.

—Pensé que no se notaba.

—Disimulas fatal o yo te conozco bien, o te conocía —añado, porque a este Kelvin no sé si lo conozco o no del todo.

—Bueno, si te vas a quedar por aquí y ser mi vecino, me conocerás de nuevo como antes.

—Lo siento todo, y siento haberte ocupado el armario de tu despacho con mis trajes.

—No me importa, esta casa es demasiado grande para mí solo. ¿Necesitas más espacio?

—No, meteré mis cosas en ese armario, si no te importa.

—No me importa, tranquilo. —Me paso la mano por el pelo—. ¿Qué te preocupa?

—No sé cómo mejorar este matrimonio, ni si quiero mejorarlo. A veces no sé si sigo con ella por miedo a lo que pueda hacer si la dejo o porque quiero recordar por qué la elegí a ella.

Aunque sé que es por miedo, no sé si estoy preparado para dar voz a todo lo que he guardado estos años. A veces he pensado si estoy exagerando todo o si no debería sentirme así.

—Más bien, ella te eligió a ti. Desde que os liasteis en esa fiesta, no se separó de ti.

—Cierto.

—Date tiempo, acabas de venir y no tenéis vuestra casa lista.

—Sí.

Alicia sale del cuarto con un camisón de seda y me observa con cara de pocos amigos. Se acabó el descanso. Voy hasta ella porque no quiero que la líe. Me despido de Kelvin, que no me mira. Solo me dice buenas noches y sé que es para que no note lo mucho que le molesta todo esto.

Entramos al cuarto sin hablar. Ella ya es feliz así, jodiéndome la vida.

Voy a cambiarme y, cuando entro a la cama, nos damos la espalda. No le digo buenas noches, pero ella a mí tampoco. Hace tiempo que de puertas para dentro nos cuesta fingir que nuestra historia es perfecta y, aun así, cuando amenazo con irme, me amenaza con destrozar su vida por mi culpa.

Es un ni contigo ni sin ti, que dudo que a estas alturas tenga remedio.

No, estoy con ella por miedo y hace tiempo que acepté que mi esposa me aterra porque puede «morir» matando.