Capítulo 2
Kelvin
Llego antes que Reid. Estoy nervioso. Muy nervioso.
He visto por internet los partidos que juega, porque me gusta seguirlos y, si no puedo en directo, los veo luego.
Aunque no quería por mi paz mental, he seguido su carrera desde que nos separamos.
La noticia del traslado ha corrido por las páginas deportivas.
Los de Boston han pagado una gran suma para conseguirlo. Es el mejor y lo querían a toda costa.
Veo a Reid acercarse, a pesar de su gorra negra y las gafas de sol.
Reconozco su forma de caminar. Y lo alto que es.
Y musculado. Noto cómo, al mirarlo, mi corazón se acelera.
Se acerca y, al llegar a mi lado, me abraza con fuerza.
Tomo aire y huele mejor de lo que recordaba.
Ha cambiado de perfume a uno más adulto y sexi.
Joder, esto no empieza bien.
Tampoco por lo que siento al tenerlo tan cerca y sentir un millar de emociones recorrerme de pies a cabeza.
—Eres un capullo, llevo años queriendo abrazarte —me dice sin soltarme.
Han pasado seis años desde que se casó y decidí mantener las distancias con él. Seis años que parecen pocos, pero para mí han sido una eternidad. Ahora me doy cuenta, al tenerlo cerca.
Lo echaba mucho de menos.
Si con veintidós años era jodidamente guapo, ahora, en persona, es sexi a rabiar. Para mi desgracia. Y él sonríe, ajeno a lo que me hace sentir al mirarlo de soslayo.
—Tienes a tu mujer y a tus fans para eso.
—No es lo mismo.
No me suelta, y yo tampoco. Pero tampoco me acerco, porque no quiero que note cómo de loco late mi corazón por él. El jodido sigue oliendo de miedo y su cuerpo es más grande de lo que recordaba; años de ser un deportista de élite en un deporte duro.
—Me alegra estar aquí —me dice al separarse—. Alicia no se alegra. Nada. Está desde ayer, que nos informaron del traslado, llorando por todo. Y para colmo, la casa es… peculiar. O encuentro algo que le guste o no sé qué haré.
Me parece notar algo parecido al miedo en su voz. Es raro y por eso no le doy importancia cuando se ríe.
—¿Y por qué no se ha quedado hasta que tuvieras algo?
—Es un poco celosa —lo dice con cariño, pero yo pienso que tener una pareja así es una putada. Debe ser eso lo que he notado antes.
—Ya, bueno. Esta agencia es muy buena. Ellos encontraron mi piso y el de Geno.
—¿Geno?
—Una vecina de mi otra casa que, cuando le informé de que me iba, dijo que donde yo fuera ella quería un piso igual. Fue quien me presentó a la dueña de este lugar.
—Ahora sí que me he perdido, pero vale. Me lo cuentas todo mientras encontramos un piso, ¿vale? ¿O tienes trabajo?
—No. El viernes tengo unas fotos y el fin de semana un desfile.
—Lo mismo podemos ir a verte.
—Claro, os puedo conseguir entradas.
Me abraza rápido otra vez.
—Qué bien tenerte cerca de nuevo. Me has hecho mucha falta.
Mis latidos se disparan porque a mí él también me ha hecho falta. El problema es que él solo me ve como un amigo y yo tiemblo con cada una de sus caricias. No sé si podré sobrevivir a esto.
***
Petra, la de la agencia, nos enseña por el ordenador varios sitios que pueden encajar con lo que busca Reid.
Mientras él mira y le dice cuáles le gustaría ver, yo lo observo de reojo.
Lleva el pelo negro a capas, algo largo.
Le cae por la frente. Cuando está sudado, se le pega y es una imagen que derrite a mucha gente.
Sobre todo, si sonríe a la cámara con esos grandes ojos grises tan expresivos.
Se gira y me mira. Es jodidamente guapo y a mí me atrae como nadie en esta vida. Y el tiempo sin verlo no ha servido para nada. Es mirarlo y temblar por él, como siempre.
Genial.
—¿Qué te parece este? Está cerca de donde tengo que entrenar, en Back Bay. ¿Qué tal ese barrio?
—Es muy buena zona y esa casa adosada tiene garaje para que puedas llegar y dejar el coche dentro sin cuidado.
—Algunos compañeros tuyos viven por la zona. Está bien para afianzar lazos. Sobre todo los casados con familia —añade Petra.
—¿Y tú dónde vives? —me pregunta.
—En Seaport District. Ella me lo buscó.
—Y a Geno otro igual, a tu lado. —Sonríe con cariño. Geno me la presentó. Esta mujer compra y vende pisos y edificios con facilidad.
Geno es un caso especial, a la que tengo que poner al día de todo.
—Si queréis, vamos a ver la casa. —Reid le dice que vale—. Está amueblada y podéis entrar a vivir inmediatamente, una vez lo firmemos todo.
—Genial.
—Vamos a mi coche —nos dice Petra y la seguimos al auto de empresa.
Tanto yo como Reid nos ponemos las gorras y las gafas de sol para pasar lo más desapercibidos posible entre la gente. Vamos al coche de empresa y entramos detrás; demasiado cerca para tantos años separados. Reid me observa.
—Mira que eres guapo, jodido —me dice y lo miro fijamente.
—Como si tú fueras un cardo. —Se ríe de esa forma que solo él sabe hacer. Luego, me da en el brazo.
—Cuando me dijeron que tenía que venirme aquí, de un día para otro, me puse feliz, porque te echaba de menos.
—Y yo a ti.
—Tienes que venir a mi primer partido y tenemos que patinar juntos e ir de cervezas…
—Para un poco, que acabas de llegar.
Se ríe y mira por la ventana. Escribe a su mujer y le cuenta lo que ha visto; ella le dice que le da igual, con tal de que huela bien. Le manda un audio para decirle que se va de compras y que no piensa volver a esa casa en su vida.
Reid parece cansado.
—Os podéis venir a mi casa mientras se arregla todo. Me sobra sitio.
En cuanto lo digo, pienso que soy idiota.
Meterlos en mi casa me va a doler. Mucho.
O a lo mejor verlos juntos y felices sea lo que necesito para olvidarlo para siempre.
El problema es que he visto algo en los ojos de Reid que me ha hecho pensar antes en él que en mí.
Parecía agotado, y eso hace que me pregunte qué me estoy perdiendo.
Desde que lo he visto, parece el mismo y a la vez no.
—Genial. Te debo muchas, tío.
Sí, eso parece. Y ahora que ha vuelto a mi vida, dudo que pueda mirar para otro lado, aunque eso me salga caro.