Polvora y Seda CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La verdad de Julen

A Marta en ese momento se le vinieron encima todos los malos recuerdos de otros tiempos donde tan mal lo había pasado.

―¿Qué está pasando? ―se preguntó―. —¿Qué carajo está pasando? —se dirigió al aseo, terminó de arreglarse y bajó al bar, donde Gabriel la esperaba con un ramo de flores y una enorme sonrisa. Al acercarse, Marta, Gabriel hizo intención de besarla, pero ella apartó su cara diciéndole.

―¿Qué coño está pasando? ¿Quién cojones eres tú? ¿Qué es esto? ―entregándole la carta―. ―Dime quién eres.

―Marta, le miro fijamente a los ojos, tratando de demostrarle que no solo era una cara bonita, y que bajo esa belleza innata se esconde una mujer con carácter, una mujer curtida en mil batallas, a la cual ni se la toma el pelo fácilmente ni es fácil de engañar―.

―¿Has revisado mi equipaje? ―le pregunto Gabriel―.

―Eso ahora no importa… Quería colocar tus cosas en el armario y esto se cayó al suelo, dejando verse el sello ―respondió ella―. Necesito respuestas.

―Está bien, está bien, eso no es mío, es una carta que le enviaron a un conocido, ¿no ves que dice Julen? ―Ella le miró fríamente y le dijo―.

―Deja de mentirme, sé que, Julen, eres tú.

―¿Por qué dices eso? ―le pregunto nervioso―. ¿Por qué piensas que yo soy Julen? No entiendo nada.

―¿Sabes por qué me vine aquí sin avisarte?

―le preguntó ella―. Porque me contaron todo sobre ti, sobre tus nombres, tus diferentes oficios, entidades; incluso vi fotos de ti con diferentes peinados y apariencias, por eso quise irme, pero al verte aquí pensé que quizás no fuera cierto, y, ¿por qué no decírtelo?

, mi corazón y mi cabeza están manteniendo un pulso que no puedo controlar, y ahora veo que sí que tenían razón.

―¿Que si tenían razón? ¿Quién? ―le preguntó él, visiblemente preocupado―. Dime, ¿quién fue? Necesito que me lo digas, Marta.

―Un tipo del CESID vino al hotel a prevenirme de ti, me lo contó todo, me dijo que estando a tu lado corría peligro, que me alejara de ti,… y yo, como tonta, no le creí.

―Marta necesito que me des más datos de ese hombre ―le pidió mientras tomaba su mano―

―Se llama Gustavo, no recuerdo más, un tipo alto con un fuerte acento vasco ―le dijo ella―. Gabriel rebuscó en su cartera, de donde sacó un pequeño portafotos de tamaño carné y sacó unas fotos dándoselas a Marta. ―Dime, ¿es alguno de estos? ―Marta revisó las fotos―.

―Sí es este ―entregándole la foto de Gustavo, Gabriel la miró y con voz seria le dijo―: No se llama Gustavo, ese no es su verdadero nombre.

―Marta se levantó, cogió sus cosas y le dijo―.

―¡Basta ya de mentiras, me estoy volviendo loca! Déjame, por favor, olvídate de mí. ―Gabriel le tomó de la mano.

―Siéntate, por favor, voy a contártelo todo; por favor, siéntate, dame la oportunidad de aclarártelo y luego decides ―le dijo mientras ella se sentaba de nuevo―.

―Verás, Marta, efectivamente este hombre te dijo cosas que son verdad, pero no su verdad.

Sí soy Julen y he sido todos esos hombres que dices.

Estoy en un programa de protección de testigos del Estado español desde hace 15 años; periódicamente esta gente me localiza y tengo que cambiar de nombre, domicilio, oficio y emprender una nueva vida en otro país. —Marta le interrumpió―.

―¿Por qué? ¿Puedes contármelo sin mentirme? ―¿Puedes decirme la verdad?

―Sí… Marta, esto que voy a contarte te va a doler, pero espera hasta el final, por favor ¿si?

―Sí ―le dijo ella―.

―Yo pertenecía a un comando de ETA, ―Marta retiro con fuerza la mano― espera Marta déjame contártelo todo, en aquellas fechas yo era un Joven idealista que tenia aspiraciones Políticas Revolucionarias, me captaron para formar parte de un grupo de apoyo logístico, Marta créeme,

yo me ocupaba de buscar pisos francos, del dinero para comprar material propagandístico, de ayudar a escapar a Francia y de custodiar la documentación de la banda, una documentación que aún tengo en mi poder y que implica a muchísima gente, incluidos algunos ex políticos importantes,

esos documentos son los que aún me mantienen con vida,―Marta estaba visiblemente afectada con todo aquello que estaba escuchando.

―Gabriel siguió su relato: ―En 1983 la banda planeó un atentado para llamar la atención reivindicativa sin más Pura propaganda, de acuerdo con las protestas callejeras, quemar contenedores y atentados de poca escala sin víctimas, pero me utilizaron para un atentado con víctimas,

por lo que decidí ponerme en contacto con un miembro de la Guardia Civil y negociar con él.

Le contaría los planes de la banda y les entregaría una valiosa documentación, tras la cual fueron detenidos importantes miembros de la banda, y ellos me protegerían, y así fue.

Les conté todo lo que sabía, les di parte de la documentación, guardándome yo el resto, que es lo que me mantiene en vida, y gracias a ello pudieron desmantelar muchos de sus planes.

―Marta le cortó―. ¿Lo sabías desde cuándo?

―¿Saber qué? Dime… ―¿Saber qué? ―Gabriel se quedó pensativo; mirándola a los ojos, le dijo―.

―En el que murió tu esposo ―Gabriel pudo ver cómo por la mejilla de Marta caía una lagrima―.

―Lo siento, Marta, te juro que yo no era consciente de la carga que me pusieron, me dijeron que solo reventaría el cajero, por eso me arrepentí y acudí a la Guardia Civil; gracias a mi confesión evitaron una matanza, y pudieron desarticular uno de los comandos más sanguinarios.

Desde entonces siguen tratando de quitarme del medio, pero saben que los papeles, si me pasa algo, saldrán a la luz, y caería mucha gente.

―Marta, mirándole fijamente a los ojos, le dijo

―Ahora mismo no puedo mirarte a la cara, solo me produces odio. Y se fue hasta el ascensor; Gabriel fue tras ella y le sujetó del brazo.

―Por favor, Marta, escúchame, te prometo que no soy un asesino, solo era un joven anarquista sin las ideas claras que se dejó llevar por unos ideales confusos. Me utilizaron.

―¿Y por qué no entregas todo y que paguen todos los culpables? Dijo Marta con los ojos entre lágrimas.

―Porque entonces nada impediría que me pegaran un tiro en la cabeza. Esos papeles son mi seguro de vida; si no fuera por ellos, incluso el Estado español estaría feliz de que yo desapareciera.

Para ellos también soy una piedra en el zapato, porque tengo datos que demuestran la implicación de políticos en la lucha vasca armada, que no deja en buen lugar a ningún partido; tengo información muy sensible de todos los partidos.

Marta se apartó de él por unos momentos; él la miraba, en silencio. Pasados unos segundos, ella regresó y le dijo.

―Déjame sola, por favor, necesito estar sola, ahora mismo no sé qué pensar,

―¿Y ese hombre, Gustavo? ―le pregunto ella―. ¿Quién es?

―Es del CESID, y tiene una doble misión: por un lado es quien me protege, y evita que la ETA me localice, y recupere la documentación, por lo que él se encarga de darme nuevos destinos e identidades, mientras que a su vez su misión más importante es recuperar la documentación;

ya lo ha intentado varias veces sin éxito, pero no sé hasta cuándo se resistirá a ir más lejos y tratar de asesinarme ―le dijo de una forma que Parecía sincera―.

Está bien, Marta, me iré. No quería que esto terminara así; te juro que me gustas más de lo que imaginé.

Solo dame una oportunidad, fue un accidente, me utilizaron; por favor, no me veas así, piénsalo y esperaré tu llamada en Buenos Aires.

―¿Cómo tengo que llamarte? ―le preguntó ella―. ―¿Gabriel o Julen? ―¿Cómo sé que no me engañarás de nuevo, cómo creer tanta mentira? ―Gabriel se levantó y se disponía a salir cuando Marta le dijo.

―Espera ¡tengo que contarte algo! Gustavo me dio esto en el autobús ―enseñándole el frasquito que le había dado―.

―Me pidió que te echara unas gotas para que te quedaras dormido, y así él poder secuestrarte. ―Gabriel se quedó mirándola fijamente y le preguntó―.

―¿Y pensabas hacerlo? ―Ella se sentó de nuevo con la mirada perdida―.

―No… no pensaba hacerlo.

―¿Entonces él sabe que estás aquí? ―le dijo nervioso―. Y si no me localiza en Buenos Aires, sospechará que estamos juntos ―le dijo.

―Estamos en peligro, Marta, tenemos que irnos de aquí.

Marta, aun con muchas dudas, pensó que quizás tenía razón y estaba en peligro; seguiría con él hasta regresar a Buenos Aires, donde recogería sus cosas y regresaría a España. Desde Puerto Iguazú no podría hacerlo; subieron a la habitación y comenzaron a recoger sus pertenencias.

Marta se encontraba frente a la ventana, metiendo sus cosas en la mochila; cuando levantó la vista, pudo ver a Gustavo que se acercaba al Hotel.

―¡Está aquí! ―gritó Gustavo―. ¡Está aquí, acabo de verle entrar al hotel!

Gabriel se acercó a la ventana, miró y vio a Gustavo; volvió, agarró a Marta de los brazos y le dijo.

―Marta confía en mí; por favor, por nada en el mundo te haría daño. Creo que estoy enamorado de ti, tenemos que irnos, nunca se acercaron tanto; estoy seguro de que sus pretensiones son acabar conmigo, y podrías ser perjudicada, recoge las cosas ―gritó: ¡rápido!

Marta guardó sus cosas como buenamente pudo, se puso sus zapatillas y salieron de la habitación. El ascensor subía; podría ser o no ser Gustavo, pero ante la duda decidieron bajar por las escaleras. Serían solo cuatro plantas.

Al llegar abajo, Gabriel abrió la puerta de la escalera que da acceso a recepción y, al salir, se acercaron al mostrador.

―Hola por favor, necesitamos un taxi urgente.

―Siento decirle, señor, que es imposible; no sabemos bien, pero algo ha pasado en la carretera. Nos han comunicado que una explosión ha incomunicado el hotel; no puede salir ni entrar ningún vehículo, señor.

Gabriel agarró de la mano a Marta y, tirando de ella, salieron del Hotel.

―Han sido ellos, estoy seguro, han impedido el paso para poder actuar tranquilamente. ¡Vamos! Tenemos que irnos esta vez; ya vienen decididos a todo. Cruzaremos por el monte; yo conozco la zona, no te preocupes, en una hora estaremos en Puerto Iguazú y tomaremos un avión.

Comenzaron a caminar adentrándose en la espesa selva. El calor era agobiante; la humedad les hacía sudar en exceso. Marta, aunque en forma, no estaba acostumbrada a caminar por esos lugares y le costaba un gran esfuerzo seguir a Gabriel.

―¿Podemos ir más despacio? ―le pregunto―. No creo que sepan qué dirección hemos tomado; yo no puedo seguir tu ritmo ―le dijo visiblemente cansada.

―Sí, perdona… Marta, todo se ha escapado de control. No pensé que esto podría pasar ahora que te he conocido. Todo se pone patas arriba, pero te juro que lo que te he dicho es verdad y que mis sentimientos hacia ti son auténticos ―le dijo mientras le ofrecía un poco de agua―.

―No sé qué decirte ―contestó ella―. Todo esto es demasiado para mí, es una locura, parece un mal sueño del que no puedo despertarme.

Toda mi vida ha sido una lucha contra ti, y ahora estoy aquí contigo en medio de la selva…

me estoy volviendo loca. Mientras en su mente resonaba una y otra vez la frase que Gabriel le dijo en el hotel: “Estoy enamorado de ti”.

―Gabriel le tomó de las manos; la miró sonriendo, tratando de calmarla.

―Tenemos que seguir, te entiendo, te aseguro que te entiendo, pero ahora lo primero es salir de aquí.

Tendremos mucho tiempo y mucho de qué hablar cuando estemos seguros; ahora vamos, por favor ―tirando levemente de ella.

―Cruzaron una extensa zona de selva, bañada por el río Iguazú y un elevado puente de madera, que finalizaba cerca de la carretera. Subieron una pendiente y llegaron al asfalto, desde donde se podía observar a lo lejos el hotel. Caminaron en silencio.

―Marta sentía cómo su porte de modelo se desvanecía, pero se negaba a perder el paso firme, aunque sus pies, castigados por el camino y la dureza del asfalto, le suplicaban lo contrario.

Algo en su interior la obligaba a mantener la barbilla en alto; le vinieron a la memoria sus años en el estudio de su padre, equilibrando libros sobre la cabeza mientras él le repetía su lección de vida: «Siempre has de caminar firme; nunca bajes la cabeza ante nada ni ante nadie»,

su mirada fija en Gabriel, que caminaba a unos pasos por delante de ella, y que cada vez que se giraba ella, elevaba aún más su cabeza, tratando de mostrar su Firmeza; no estaba dispuesta a que Gabriel la viera debilitar y perder su compostura en ningún momento.

Tras un largo trecho, llegaron por fin a Andresito, un pueblo fronterizo de aire sosegado, custodiado por yerbatales y parques provinciales.”

Tiene ese aire de “lugar donde la civilización se encuentra”. con la naturaleza salvaje”, donde consiguieron un vehículo que les llevaría al aeropuerto. Antes de salir, les dio tiempo a refrescarse e hidratarse un poco y partir rumbo al aeropuerto.

A su llegada al mismo, vieron con asombro que Gustavo y otros dos jóvenes estaban en la puerta mirando con interés a cada uno de los viajeros que traspasaban sus puertas; estaba claro que los estaban buscando.

Tendrían que buscar alguna otra forma de acceder al recinto; Gabriel vio que por un lateral pasaban los coches con las maletas de los autobuses.

Llegaban de los diferentes hoteles; no les quedaba otra posibilidad, era el único modo de acceder al recinto escondiéndose entre las maletas. Gabriel le contó el plan a Marta.

―¿Estás loco? ―dijo ella―. Podrían vernos la policía y tener problemas más serios; no estoy dispuesta a terminar en una cárcel en este país, no pienso hacerlo ―le dijo muy alterada.

―Nadie nos verá, esos vehículos no pasan por ningún sitio especial, no van a pistas, solo llevan los equipajes al interior del recinto; es nuestra oportunidad, vamos.

―Debo de estar volviéndome loca ―dijo Marta.

Se fueron cerca de un autobús que acababa de llegar, y disimuladamente se metieron entre las maletas. Gabriel la miraba y sonreía; Marta terminó sonriendo igualmente, no sabía si por el miedo, por los nervios o por la emoción.

Gabriel, sujetando sus manos, le dijo.

―¿Acaso alguna vez en tu vida viviste una aventura igual o parecida? ―sonriendo vivamente― Vamos, así tendrás algo interesante que contarle a tu hija cuando vuelvas a verla.

―Ni loca… ella jamás creería esto, ni yo misma puedo creérmelo, estoy entrando clandestinamente en un aeropuerto de un país extranjero, con un protegido, y buscado por miembros de ETA y del CESID dispuestos a todo, dios mío, esto no se lo cree nadie.