Polvora y Seda CAPÍTULO 11 La última frontera
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CAPÍTULO 11 La última frontera

En ese momento el vehículo se detuvo y pudieron salir. Se acercaron al mostrador y compraron dos billetes para Buenos Aires. De momento todo parecía ir perfecto; por fin pudieron subir al avión, estaban lejos del peligro.

Nada más despegar el avión, los dos se quedaron dormidos, ella con su cabeza apoyada sobre el hombro de Gabriel, que reposaba su cabeza contra el asiento.

Pronto Gabriel se quedó dormido, y Marta levantó su cabeza y le observó, tratando de recomponer su cabeza de tantas emociones, tantas contradicciones que sentía.

Pronto el cansancio la venció y se quedó dormida igualmente, no sin antes disfrutar de unas preciosas vistas desde la ventanilla del avión: la selva amazónica, las cataratas de Iguazú; desde el aire es una visión que no se olvida jamás.

Y así permanecieron las 3 horas que duró el trayecto, desde Iguazú a Buenos Aires.

Al llegar al aeropuerto de Buenos Aires, bajaron del avión. En la salida Marta vio que Gabriel se acercaba a dos hombres con los que se saludaron muy amistosamente y que hablaba con ellos; con un gesto, él le indicó que se acercara.

―Marta este es Ricardo Sánchez ―dijo Gabriel―

―Es un placer, señorita ―dijo el hombre.

―Igualmente ―respondió ella― mientras el hombre entregaba un sobre con documentación a Gabriel que le preguntaba a Ricardo.

—Las cosas se han puesto muy feas, tuvimos noticias de que en esta ocasión iban a por ti, y tras tu llamada diciendo que venías, hice algunas averiguaciones; ya sabes que tengo muchos contactos. —Gabriel asintió, dándole un apretón de manos que denotaba una alianza que iba más allá de la amistad.

Él era su único seguro: Ricardo guardaba la copia exacta de toda la documentación; si algo le sucedía a Julen, Ricardo la haría pública sin dudarlo, hundiendo a todos los que estaban en la sombra.

—Gracias, Ricardo, por venir; sabía que no me fallarías —dijo Gabriel antes de volverse hacia Marta."

—Tenéis poco tiempo. Aquí está el resto de documentos y dos pasajes para México.

—Me he tomado el atrevimiento de sacarle una reserva del pasaje a la señorita y he recuperado sus pertenencias del hotel ―el hombre le hizo un gesto a su compañero, y este entregó a Marta su equipaje.

―Un momento, ¿me estás diciendo que has sacado un vuelo para mí a México?

―Una reserva que si usted me indica concretamos ahora mismo ―respondió Ricardo.

―¿Y quién le ha dicho que yo piense irme allí?―

―Es lo más seguro para usted; aquí corre serio peligro

―No… no yo me vuelvo para España ―dijo ella visiblemente enfadada―. A mí no se me ha perdido nada en México, lo siento, pero no ―dijo agarrando sus cosas― hoy mismo vuelvo a mi casa.

―Espera, Marta, no tienes nada que perder, tómatelo como una etapa más de tu viaje, vacaciones pagadas ―riéndose―. Luego, en unos días, si quieres, regresas a España; te prometo que no trataré de impedirlo —le dijo Gabriel.

Marta se apartó de los tres hombres, buscó una cabina de teléfono y marcó.

―¿María? ―pregunto―

―¿Mamá? ―respondió la voz de su hija.

―Si soy yo, ¿qué tal estás, mi niña? ―preguntó medio en sollozos―. Ya tenía muchas ganas de escucharte.

―¿Mamá, estás bien, te pasa algo? ―le preguntó María, preocupada―. Te noto algo raro, dime, ¿pasa algo? Me tenías muy preocupada; he estado a punto de llamar a la embajada.

―No… no, nada, solo que me he emocionado al escucharte, tenía muchas ganas de hablar contigo; no te imaginas cuánto se echa de menos a las personas cuando no están cerca, aunque luego estemos todo el día discutiendo, pues hasta eso echo de menos.

―¿Tienes alguna cosa interesante que contarme? ―pregunto.

―Poca cosa… ¿María?

―Dime, mamá, ¿de verdad estás bien?

―¿Qué pensarías si te digo que voy a ir a México, hoy mismo? ―le dijo con voz suave― a pasar allí unos días.

―Que estás loca ―ríe―, pero qué leñe, ya puestos, pues me parece estupendo. ―¿Ya te cansaste de Argentina? ―le pregunto ella―. ¿Viste lo que querías?

―Sí, casi se podría decir que sí; de las notas que tenía del abuelo, los sitios que me contaba ya los visité y sí eran tal cual él lo recordaba y tal cual él me lo contaba..

Además, aquí hace un calor demasiado pesado y estoy todo el tiempo fatigada, no me aclimato bien, y me han hablado de México, de sus costas y playas, y me dije: ¿por qué no?

―Pues me parece estupendo, Mami,

―Bueno, ya te llamaré cuando llegue. Te quiero, mi niña.

―Y yo a ti mama.

Marta colgó el teléfono, se giró y vio que Gabriel ya se encontraba solo esperándola. Buscó con la mirada, pero no vio ni rastro de los otros dos hombres; se acercó a Gabriel, le miró y le dijo.

―No iré contigo a México, me vuelvo a Madrid a mi casa.

―Gabriel no dijo nada, solo la miró y se alejó por la puerta de embarque. Antes de entrar, se giró para ver a Marta, que estaba parada inmóvil con lágrimas en los ojos. Gabriel retrocedió sobre sus pasos hasta donde estaba Marta, la tomó de las manos y le dijo:

―Como quieras y que sepas que, aunque me entristezca, lo entiendo, quizás si hubiera sido de otro modo, pero no se pueden pedir milagros, ni dar marcha atrás, no se puede retroceder en el tiempo, ¿no?

―Creo que no―ahora mismo no, respondió Marta con la voz quebrada.

―Solo una última pregunta antes de embarcar, ¿estos días junto a mí has sido feliz? ¿Has sentido algo?

―Marta no respondió nada más, le miró fijamente a los ojos y solamente le dijo: “Adiós, Julen”.

―Prefiero que me llames Gabriel.

―Adiós, Gabriel.

Él se dirigió a las puertas de embarque donde estaba situado un avión de Aerolíneas Mexicanas que lo llevaría a México Distrito Federal, desapareciendo de la vista de Marta.

Por su parte, Marta decidió no seguir el plan original de pasar tres meses recorriendo Argentina; una intuición le decía que quizás para ella no era muy seguro seguir allí.

Quién sabe si podrían intentar llegar a Gabriel, utilizándola, y más que el miedo, se apoderó de ella la cautela y el sentido común, algo que en Marta era recurrente; difícilmente dejaba algo al azar o cabos sueltos, lo que hizo que se dirigiera al mostrador y sacara un pasaje de vuelta a España.

Serían las cinco de la tarde de un día lluvioso cuando el taxi se detuvo y el taxista le dijo: ―Ya hemos llegado.

Marta miró por la ventanilla del coche y vio a María que le hacía señales con la mano, y una enorme sonrisa desde la misma ventana que la había despedido unos días antes.

―Por fin en casa ―pensó―. Bajó del taxi, pagó al taxista y, antes de llegar a la puerta, esta se abrió y apareció su hija con los brazos abiertos, dándole un fuerte abrazo.

―Ven, déjalo todo, y luego te ayudo a sacar las cosas ―le dijo María― mientras tiraba de ella hacia el sofá, donde se sentaron.

María le cogió de las manos y le dijo: ―¿Por qué este cambio de opinión tan brusco, mamá?

Ayer me dijiste que marchabas a México, y al rato me dices que estás de camino a casa; no hay quien te entienda.

Creo que tienes muchas cosas que contarme, y yo me pedí todo el día libre; ―¡PorDios! Tengo tantas preguntas, que no sé por dónde empezar ―le dijo Maria riendo.

―Pues empecemos por el principio ―respondió Marta.

―Cuenta… cuenta, soy todo oídos ―le dijo María―, quiero saberlo todo.

―A ver cómo te lo cuento ―dijo Marta con los ojos húmedos―. Verás, María, lo que voy a contarte quizás no te lo creas, pero es tal y como ha pasado…

Marta comenzó a contarle todo lo sucedido con pelos y señales, desde el principio hasta la despedida del aeropuerto; mientras se lo contaba, en su interior iba recreando cada momento vivido junto a Gabriel.

Casi podía sentir sus besos, sus caricias y su cálida voz, a medida que su propia voz se iba rompiendo, quizás fuera de tristeza, quizás fuera de emoción.

Se levantó y caminó hasta la ventana, pero en esta ocasión caminaba como su padre le había enseñado, con elegancia.

Y seguridad, su mirada era brillante; se sentía una nueva Marta.

Se acercó a la ventana y miró al exterior.

En su interior albergaba la esperanza de que en algún momento, algún día no muy lejano, sonara el timbre de la puerta y fuera Gabriel, pero eso es algo que nunca sabremos.

FIN