CAPÍTULO 9
El sello de la traición
Mientras tanto Gabriel ya en la terminal de Puerto Iguazú entraba en una cabina de teléfono, marcó y esperó la respuesta
―Hotel Continental Dígame?
―Sí, buenos días quisiera saber a qué hora llega el autobús del tour que ustedes programan a Cataratas de Iguazú. Viene un familiar y no nos dijo a qué hora ni a qué hotel llega; es un tremendo despistado este pibe y se va a quedar abandonado ―riéndose―.
―Sí, cómo no, señor, el autobús tiene un pequeño retraso y sobre las 9 de la mañana estará en el hotel Meliá Iguazú señor ¿alguna cosa más? ―le preguntó el interlocutor.
―No gracias ya va a recibirle la familia gracias ―Gabriel salió de la cabina y miró su reloj las ocho de la mañana perfecto con un poco de suerte llegaré antes que ella.
Desde el aeropuerto al hotel hay poco más de veinte minutos Gabriel salió a la calle y tomó un taxi ―lléveme al hotel Meliá Iguazú por favor
―Ok ¿de vacaciones o de negocios? ―le preguntó el taxista un hombre de unos 60 años piel morena y de un marcado acento correntino.
―Negocios ―respondió Gabriel― con tono serio pues no le apetecía una conversación.
Marta por fin terminaba su último crucigrama; le había costado bastante pues algunas de las palabras hacían referencia a personajes y costumbres argentinas, pero fue una buena forma de hacer más ameno y corto el viaje.
Por fin tras dieciseis horas de viaje llegaron al Hotel, Marta y el resto de pasajeros se dirigieron al mostrador para registrarse, el Hotel era perfecto con grandes cuadros haciendo referencia a las cataratas,
una recepción grande y luminosa con una bóveda que dejaba entrar la claridad del día tras unos cristales de un tono salmón, el cual le daba un colorido hermoso, retiro su llave cruzo la recepción hasta llegar a los ascensores que se encontraban justo a la derecha del bar,
mientras esperaba el ascensor miro al interior del Bar, lo que vio la dejo de piedra no podía creerlo en su interior apoyado en la barra se encontraba Gabriel,
―Dios mío ―pensó―.
No sabía qué hacer se sentía abrumada y confusa por un lado aquella muestra de interés por parte de Gabriel era más que evidente de que tenía un interés profundo por ella, de otro lado todo lo que le conto Gustavo sobre él le daba miedo,
eran personas que desconocía no podía sacar conclusiones claras ni de un lado ni del otro, pero algo dentro de ella le decía que entrara en el Bar, el ascensor llego y el botones le indico que entrara, Marta saco unos billetes de su bolso y entregándoselos al botones le dijo .
―Déjeme la llave ya buscaré más tarde la habitación; voy a tomar un refresco ―dijo al botones―.
Marta entró en el bar, se acercó a Gabriel que estaba de espaldas y se situó a su lado.
―Hace mucho que estás aquí ―le preguntó―. Gabriel giró la cabeza y, mirándola a los ojos, le dijo:
―Acabo de llegar, ¿por qué te fuiste así? ―le dijo―.
―No lo sé, quizás tenga miedo ―pidió un zumo―. Creo que quería pensar y estar sola; es posible que la situación me superase ―le dijo―.
― ¿Miedo de qué, de mí?
―No, miedo de mí, de no saber controlar las emociones, de poder perder la razón y no te conozco, no sé si eres quien dices ser ―le dijo con tono serio― mientras bebía su zumo.
―Puede que no me hayas sido franco del todo y te estén esperando, lo entendería, pero de no ser así y si de verdad dices sentir algo, ¿tienes reserva de habitación? ―le preguntó Marta.
―No, no tengo, pero aquí hay muchos hoteles; no será un problema.
―Yo tengo una de matrimonio; si quieres puedes dormir en el sofá ―le dijo Marta riéndose―. Es lo único que puedo hacer
―El sofá me parece excelente ―le dijo él―; un sofá cerca de ti es mejor que una buena cama estando lejos.
Marta se tomó el zumo y le miró a los ojos; en su cabeza se agolpaban un montón de ideas, contradicciones y dudas, pero aquel hombre la hacía sentirse deseada, hermosa y feliz, cosa que hacía mucho tiempo no lo era. Marta se acercó y besó sus labios diciendo: ―Gracias.
―Gracias, ¿por qué? ―preguntó Gabriel―. soy yo quien te las tiene que dar; como te dije, yo he tenido alguna relación hace tiempo, pero últimamente mi vida ha sido absurda en cuestión de sentimientos,
y tú me has devuelto las ganas de querer estar otra vez con alguien ―Marta le puso la mano en la boca―.
―No digas nada más, deja que las cosas que tengan que pasar pasen, las palabras se las lleva el viento, subo a cambiarme y vamos a las cataratas ―le dijo ella―.
Me parece perfecto —respondió él— mientras dejaba el dinero en la barra.
―¿Dejas mi equipaje en la habitación? ―le pregunto, entregándole un bolso de viaje. Ella lo agarró y se fue al ascensor.
Aquel día fue esplendido, tomaron un taxi que les llevo a Cataratas, todo era asombroso para ella, la vegetación, el sonido del agua que casi en ocasiones no dejaba escuchar las palabras,
hicieron un viaje en helicóptero por encima de “la Garganta del Diablo” donde la bruma del agua alcanza la altura del aparato, y se puede sentir en la cara, luego caminaron por los acantilados, realizaron un paseo en barco,
acercándose arriesgadamente a la zona donde está la caída más alta de agua de las cataratas, en ocasiones el barco daba saltos tan grandes que Marta se abrazaba con fuerza a Gabriel, no hablaron casi en todo el recorrido, simplemente comentaban ocasionalmente algo relacionado con el entorno,
ninguno de los dos quería romper la belleza de aquel lugar, mas tarde estuvieron caminando por la ciudad que está a unos veinte kilómetros del hotel Puerto Iguazú, visitaron al mercado de artesanía, donde confluyen vendedores de las tres fronteras de Iguazú Brasil, Paraguay, y Argentina,
es una ciudad pequeña pero llena de vida por el turismo; comieron en un restaurante típico Brasileño, y tomaron unas copas en un lugar donde bellas mujeres paraguayas bailaban con botellas sobre la cabeza; aquel día no volvieron a hablar de ellos, ni del pasado, ni del presente, ni del futuro;
se limitaron a mantener conversaciones banales sobre todo lo que estaban viendo.
Llegada la noche, se fueron al hotel, donde tomaron una última copa, y subieron a la habitación donde, como era de esperar.
―Gabriel miró a Marta y le dijo: ―Este sofá parece algo duro, ¿de verdad quieres que duerma en él?
―Marta sonrió y le dijo: "Voy a ducharme, no te duermas.
Marta entro en el aseo, se ducho mientras pensaba en todo lo que le había dicho Gustavo sobre Gabriel, salió de la ducha se seco y se miro al espejo, se miro fijamente a los ojos durante unos segundos, y algo en su interior le dijo que no, que no estaba preparada para una noche de sexo,
aunque se veía hermosa aun conservaba una figura aceptable, su piel tersa y su cuerpo aun mantenía la firmeza, y no era por vergüenza, ni prejuicios absurdos, era por respeto a ella misma, y sobre todo a sus recuerdos, no voy a meterme en la cama de alguien que conozco de hace varios días pensó,
no puedo hacerlo, se envolvió en una toalla blanca, salió del aseo y vio a Gabriel sentado en el borde de la cama, que la sonreía, y estiraba su mano esperando la mano de ella, que no llegó.
―Perdóname, pero creo que vas a tener que dormir en el sofá ―le dijo Marta sin ofrecer su mano.
―¿He dicho algo que te haya molestado? ―preguntó Gabriel visiblemente preocupado.
―No, no es por ti, es por mí, y te ruego que no me preguntes el motivo.
Gabriel se levantó y se acercó a Marta, que por primera vez se sentía incómoda ante él.
― No te preocupes, ese sofá tampoco está tan mal; creo que podré dormir en él― y se tumbó en el sofá.
― Gracias― dijo Marta mientras se metía dentro de la cama.
A la mañana siguiente Marta se despertó sintiendo el sol entrar por la ventana, se incorporó y vio que Gabriel no estaba en la habitación, pero había una nota “Buenos días he bajado a desayunar te espero en el Bar, besos” Marta se levanto fue el aseo y se volvió a mirar se sentía hermosa,
se sentía mujer de nuevo en toda la extensión de la palabra, se miró al espejo desnuda y recordó Paris ―Ilusionada como aquella jovencita que soñaba con pisar las pasarelas de moda mientras posaba frente al espejo― en ese momento a través del espejo vio el bolso de viaje de Gabriel a medio abrir,
se quedó pensativa la curiosidad se apoderaba de ella, salió del aseo hecho el pestillo de la puerta y comenzó a revisarlo, ropa vaquera camisetas, ropa interior, y muchos documentos, oficiales, aparentemente relacionado con la venta de la empresa,
de entre todos aquellos papeles una sobre se calló al suelo Marta se agacho la cogió y cuando la estaba dejando junto el resto algo llamo poderosamente su atención, la hoja que tenía en su interior dejaba ver una parte pequeña de un sello,
un sello que para ella era bien conocido por poca parte del mismo que pudiera verse, era el sello que ETA utiliza en sus comunicados, Marta se asustó y la soltó cayendo nuevamente al suelo.
Se quedó inmóvil, ―¡Dios mío¡―dijo en voz alta, recogió la carta y se sentó en una pequeña silla que había junto al armario; efectivamente, era el sello de ETA, un sobre dirigido a un tal Julen, que decía.
“No puedes seguir escondiéndote; vayas donde vayas, serás localizado. Entréganos la documentación. Podemos llegar a un acuerdo, nos olvidaremos de tu traición, y esa será la única forma en que podrás vivir sin nuestra sombra. De nada te sirve seguir escondiéndote;
sabes que tarde o temprano la partida se terminará”