CAPÍTULO 7
Rumbos cruzados:
Marta comenzó a preparar su equipaje. ―No me quedaré aquí más tiempo ―pensó―. Levantó el auricular y llamó a recepción.
―Hola, soy la señora Marta López. ¿Podrían ustedes realizar una reserva para la excursión a Iguazú?
―Por supuesto ―respondieron de recepción―. Dígame, ¿para cuándo quiere la reserva?
―Para hoy mismo ―respondió Marta con voz nerviosa.
―¿Se encuentra usted bien, señorita López? ―preguntó el recepcionista―.
―Sí, gracias
―Ok, perfecto, y dígame, ¿piensa usted abandonar el hotel definitivamente? ―le preguntaron. Marta quedó en silencio; no sabía si marcharse del hotel o simplemente desaparecer un par de días hasta que todo pasara y volver para finalizar su visita a Buenos Aires.
―¿Señora sigue al teléfono? ―le preguntaron.
―Sí, disculpe, me distraje. No, no dejo el hotel, solo estaré fuera un par de días ―respondió―.
―Perfecto, le hago la reserva para esta tarde. El bus sale a las 6 de la tarde desde la terminal de Retiro ―le dijo el recepcionista.
―Ok, gracias, y una cosa más, por favor, no le digan a nadie, repito, a nadie dónde fui, por favor.
―No se preocupe, señora, así será ―le dijeron.
Marta colgó el teléfono metió algo de ropa y de útiles de aseo en una mochila.
Su intención era salir del hotel inmediatamente y pasar el día lejos donde no pudieran localizarla ni uno ni otro; solo le preocupaba cuando llamara su hija que no la localizase, pero bueno ella llamaría desde cualquier otra parte para decirle que se iba de excursión unos días.
Marta tomó su mochila se puso una gorra de visera unas gafas de sol y salió del hotel; pasaría el resto de la tarde paseando cerca de la estación de Retiro, hasta que llegara el momento de subir al bus.
Mientras tanto, Gabriel se encontraba reunido en su despacho finalizando la venta de la empresa a un grupo de inversores, un gran negocio según sus más allegados, dado que le iba a reportar la no desechable cantidad de 22 millones de dólares.
―Bueno, Gabriel, ya solo queda firmar este documento y el dinero será traspasado a su cuenta ―le dijo el representante de la firma, un tal Alejandro Mansara. Gabriel tomó la pluma que le ofrecía Alejandro, miró a su chofer, hombre de confianza, y plasmó su firma.
―Ok, está bien, sus representados ya son los dueños de todos los activos de la empresa; espero que, tal como acordamos, me den varios días para retirar mis cosas personales ―dijo Gabriel―..
―Sin ningún problema, tómese el tiempo que necesite; ahora, si me disculpa, tengo que retirarme, voy a informar a mis representados.
―Que tenga usted un buen día, Gabriel, y solo me queda decirle que ha realizado usted un gran negocio ―le dijo Alejandro― al tiempo que estiraba la mano para sellar definitivamente el acuerdo.
―Gracias. Espero. Que cuiden de los empleados tal como lo he hecho yo ―dijo Gabriel―.
Alejandro le miró y, saliendo del despacho, le dijo:
―No se preocupe, caen en buenas manos.
Gabriel cerró la puerta y se sentó en su sillón.
Miró a Óscar, su chofer y hombre de confianza, un joven de 28 años que llevaba con Gabriel los últimos 5 años y que, además de chofer, era su confidente, un fiel servidor y amigo, hombre discreto y dispuesto a todo por Gabriel; tenía una expresión de tristeza en su cara.
―¿Puedes traerme una copa? ―le pidió desde su sillón―. ―Y sírvete tú otra ―le dijo a Óscar―, el cual se levantó y sirvió dos copas, regresó y se sentó enfrente de Gabriel, que le miraba detenidamente.
―Sabe el señor que no me gusta llorar; no voy a llorar aunque tenga los ojos húmedos; no va conmigo si es lo que está esperando ―le dijo Óscar visiblemente emocionado.
―Lo sé, amigo, lo sé, pero nadie mejor que tú sabe que no podría seguir más tiempo. No temas por tu trabajo, me han asegurado que seguirás aquí,
―Eso me da igual ―le respondió Óscar― mientras tomaba un sorbo de su copa,
―La sensación que tengo es de perder un amigo y no un jefe, eso es lo que me duele; el trabajo va y viene ―dijo Óscar―. Gabriel se levantó, alzó su copa y le dijo.
―Levántate, brindemos por una buena amistad que te aseguro nunca se perderá, amigo mío, y para celebrarlo mejor, te he ingresado quinientos mil dólares en tu cuenta.
Vamos, amigo, alegra esa cara. ―Óscar se levantó, alzó su copa y brindaron.
―En ese momento sonó el teléfono. Interrumpió el brindis; Gabriel se sentó y le dijo: ―Contesta tú, yo no tengo ganas de hablar con nadie y menos de negocios, solo pásamelo si fuera la señorita Marta.
―Óscar levantó el teléfono y preguntó: ―Dígame, ¿quién es? ―Óscar miró a Gabriel mientras decía: ―En este momento no está aquí, pero no tardará más de 10 minutos; le diré que le llame en cuanto regrese, no hay cuidado ―y colgó el teléfono.
¿Quién era? ―pregunto―
―Era el mensajero, señor. ―Gabriel se levantó bruscamente del sillón, se dirigió a la caja de seguridad y guardó unos documentos.
―¿Qué te ha dicho?
―Nada, solo que quiere que le llame a donde siempre.
―Eso significa que está aquí. ¡Joder, qué pesadilla!
Pensé que ya se habían olvidado; ve a buscar el coche y prepáralo; seguramente tengamos que utilizarlo.
―Óscar no dijo nada; era un hombre de pocas palabras.
Simplemente salió del despacho; Gabriel se sentó, se quedó un rato mirando el teléfono y apuró su copa, levantó el teléfono y pausadamente marcó un número.
―Hola, soy Gabriel ―dijo con tono calmado.
―Hola, Gabriel, tenemos que vernos, es urgente, estoy donde siempre, ven lo antes posible ―le dijo la persona al otro lado de la línea y seguidamente colgó.
Gabriel marcó de nuevo ―Hola por favor ¿pueden pasarme con la señorita Marta López?
―Lo siento, señor, no está en su habitación. ¿Quiere que le deje algún recado? ―le dijeron de recepción del hotel donde Marta se hospedaba
―¿Sabría usted decirme dónde fue la señorita Marta? ―preguntó.
―Lo siento, señor, nosotros no sabemos dónde van nuestros clientes, siento no poder ayudarle ¿quiere que le deje una nota?
―Si por favor dígale que hay cambios de planes que espere mi llamada. Gracias
―Por nada señor.
Gabriel salió del despacho en la puerta le esperaba Óscar y, ya en el interior del coche nunca le abriría la puerta pues a Gabriel ese gesto no le gustaba. Se subió y le dijo
―Vamos.
No hacían falta más explicaciones Óscar ya sabía dónde tenía que ir arranco y tomó la avenida durante el resto del trayecto no se cruzaron palabra, algo que era habitual Óscar era de poco hablar.
El reloj de pulsera de Gabriel marcaba las Tres de la tarde; solo faltaban 3 horas para que Marta se fuera aunque este dato él aún desconocía.
Salieron de la zona céntrica y se adentraron en un barrio semiindustrial.
Tras cruzar varias avenidas las calles cada vez se hacían más estrechas, y los edificios más antiguos y de aspecto más abandonado.
Llegaron a una esquina donde Óscar se detuvo se giró y dijo
―Señor ¿le acompaño o espero aquí?
―Espérame aquí no creo que tarde y quiero ir al hotel de Marta.
Óscar no dijo nada, buscó en su guantera y sacó un libro. Gabriel cerró la puerta y se encaminó hacia un viejo hostal; “casa de huéspedes” ponía en la entrada sobre un cartel medio roto. Abrió una puerta metálica y entró.
Este era el lugar donde Gabriel se reunía con un representante del comando cada vez que se presentaban problemas, o requerían de un aporte económico.
Subió las escaleras y transitó el largo y estrecho pasillo que ya otras veces había recorrido, siempre con la misma sensación de inseguridad.
Llegó a la puerta de la habitación 503 y tocó.
―Pasa Gabriel pasa. ―Entró en la habitación donde se encontraban dos hombres uno ya conocido, su tutor Ricardo Sánchez, el cual se acercó y extendió su mano.
―Hola aquí estamos seguros puedo llamarte por tu nombre, Julen? ―mientras apretaban sus manos y le sonreía,
―Hola respondió retirando una silla y dirigiendo la mirada al segundo hombre que permanecía de pie junto a la ventana,
―De momento Gabriel ¿y él quién es? ―preguntó Gabriel
―La cosa está difícil y es preferible no estar solo; hay rumores de que los negocios te están yendo muy bien demasiado bien diría yo; me alegro por ti.
―Le respondió Ricardo ―mientras sacaba de un maletín documentación ¿Cuánto hace que no nos veíamos, 6, 7 años? ―pregunto.
―Siete ―respondió Gabriel.
―El tiempo pasa volando ―dijo el hombre de la ventana―
―Bueno dime ¿qué pasa?
―Te vamos a asignar un nuevo perfil; hay sospechas de que el CESID te ha localizado y tu vida y tus negocios que son los nuestros Corren un gran riesgo; me han dicho que has cometido algunos errores de libro en estos últimos días, ¿eres consciente?
―Sí lo sé pero ya me estoy cansando de esconderme.
―Bueno pero recuerda si algún día te encuentran date por jodido.
―¿Os preocupo yo? ¿O la documentación y la información que tengo? No sé de quién me tengo más que fiar si de ellos o de vosotros ―le dijo Gabriel― mientras firmaba un cheque.
―No te quejes has hecho un buen negocio con la venta de la empresa ¡eres rico Julen!, lo que das a la causa es bien merecido ¿o no? ―le dijo riendo, y sobre esa documentación esperamos que nunca se haga pública.
―Bueno eso depende de vosotros sabéis perfectamente que si a mí me ocurre algo, esa documentación llegará a todos los medios informativos del país.
En cuanto al CESID cuando recibí vuestra última notificación hace unos meses ya me puse manos a la obra para venderlo todo y no dejar muchos rastros.
¿Qué más sabes necesito tener todos los datos no me gustaría involucrar a terceras personas.
― Realmente no estamos seguros pensamos que son solo dos personas las que están aquí, lo evidente es que vienen decididos a zanjar cuentas contigo, nosotros no podemos hacer mucho como sabes, Julen estas solo, y deberás estar así unos días más,
no puedes salir del país hasta que se finalicen un par de tramites con tu nueva identidad debes permanecer aquí, ―deslizándole unos papeles―firma aquí, aquí y aquí, son los tramites de siempre, nada que no conozcas, en unos días nos veremos aquí de nuevo y ya estará todo.
―Gabriel miró los papeles y los firmó, devolviéndoselos, y le preguntó: ―¿Esta vez dónde?