Polvora y Seda CAPÍTULO 5 El eco de la explosión #3
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CAPÍTULO 5 El eco de la explosión #3

de complexión fuerte aparentemente alto de unos 35 o 40 años, vestía de un modo casual ni serio ni demasiado informal se diría que discreto, un pantalón beige y un polo azul oscuro.

Nadie diría que fuera del CESID, aunque por otro lado ella no sabía cómo eran las personas que trabajan en el CESID como para hacer una valoración de aquel hombre.

Se quedó varios minutos observándole parecía nervioso pues tenía un incesante movimiento de las piernas, el «baile de San Vito», como solía decir ella…

Se acercó aún invadida de dudas y temores.

Se giró y pudo ver que el conserje estaba en la puerta del bar; indudablemente se había dado cuenta de su temor y decidió vigilar por si tenía que intervenir ya no solo por Marta,

sino por la imagen del propio hotel en estas situaciones nunca se sabe cómo un hombre extraño y foráneo del hotel podría reaccionar, Marta le devolvió una sonrisa de agradecimiento a la que el conserje respondió con una leve reverencia de la cabeza.

―Hola soy Marta ―dijo al llegar al hombre.

―Encantado ―respondió él―, que seguía moviendo los pies convulsivamente; la miró y dijo.

―Creo que sería mejor sentarnos en una mesa, ¿le parece que nos sentemos en aquella del fondo?

―Le dijo el hombre ―señalando una mesa que se encontraba al fondo del salón.

―Si no le importa, prefiero sentarme aquí en esta; tampoco hay tanta gente como para que nos escuchen.

La intención de Marta era no perder de vista el mostrador de recepción, sobre todo que ellos no la perdieran de vista a ella. Se sentaron; Marta pidió un café y Gustavo estaba tomando una cerveza, cosa que le extrañó, si se suponía que aquel hombre estaba de servicio.

― ¿Y qué tal el país le gusta? ―preguntó Gustavo para romper el hielo.

―¿Para eso tanto misterio? ―dijo ella con un tono enfadado―. Vamos al grano, dígame quién es usted, qué quiere de mí y cómo sabe quién soy.

―Está bien, como le dije, mi nombre es Gustavo Chandel, pertenezco al CESID de España y estoy destinado aquí, pero invisible. ―Ella le interrumpió―.

―¿Qué quiere decir con invisible?

―Pues que aquí en Argentina nadie sabe de mi existencia y, de saberse, podría producirse un conflicto entre los diferentes Gobiernos; igualmente, para el Gobierno español, yo no estoy aquí.

Por ese motivo, primero, no puedo actuar como quisiera; no tengo potestad para hacer ciertas cosas, y por este motivo nos llaman «invisibles».

―Señora, su café ―le interrumpió el camarero dándole una nota―. Marta la abrió y vio qué ponía.

“Señora López, ¿todo bien? Cualquier cosa, no dude en levantar su mano; el camarero tiene orden de no perderla de vista”.

Lo firmaba el hotel, lo cual le dio una enorme tranquilidad.

―Y dígame, ¿qué tengo yo que ver en todo esto? ―preguntó ella―

―Verás, Marta, ¿puedo tutearla?

―Sí, por supuesto. ―Gustavo dio un sorbo de su cerveza y siguió hablando.

―¿Usted sabe quién es el hombre con quien se ha estado viendo estos días? ―mientras sacaba un sobre de su bolsillo.

―No, no lo sé, no conozco su pasado, solo sé su nombre y su presente ―él la interrumpió

―Estamos sorprendidos con la actitud de él; llevamos mucho tiempo observándole y nunca le habíamos visto de ese modo.

―¿De qué modo? ―preguntó ella― mientras daba vueltas al café.

―Distendido, despreocupado y paseando con una mujer a plena luz del día ―respondió el agente―; incluso me atrevería a decir que parece feliz, pero eso es mucho decir.

―Pero yo insisto en preguntarle, ¿y yo qué tengo que ver con eso? ―El agente abrió el sobre y sacó varias fotos, las dejó sobre la mesa y le dijo.

―Por cierto, ¿qué nombre ha utilizado en esta ocasión? ―¿Cómo le dijo que se llama? ―¿Gabriel Herraz? ―Ella asintió con la cabeza al tiempo que tomaba un sorbo de café―. Pues siento decirle, señorita, que Gabriel Herraz no existe, es un nombre falso, usa muchos nombres y apariencias.

Aquel hombre, según iba dando nombres, le entregaba una foto donde se apreciaba el cambio: una de moreno, otra con barba, otra de pelo largo y canoso.

―Estas son sus otras personalidades: Óscar Muñiz, empresario de hostelería; Nicolás Macedas, químico; Gabriel Herraz empresario hípico e inmobiliario de éxito, etc., etc., etc. Podría pasar horas mostrándole fotos.

Necesitamos que nos ayude en este momento; usted es nuestra mejor oportunidad. Tenemos que detener a ese hombre; llevamos mucho tiempo tras sus pasos. ―Gustavo trató de tomarle de la mano, pero ella la apartó diciéndole.

―A mí no me ha hecho nada, yo no quiero saber nada, mañana mismo partiré para otra ciudad, gracias por el aviso. ―Marta se levantó y se encaminó hacia la recepción; Gustavo salió tras ella, pero el camarero le impidió el paso poniéndose delante.

―Lo siento, señor, pero ese acceso es solo para clientes del Hotel

―¡Déjeme pasar, tengo que hablar con ella! ―trató de esquivar al camarero, pero este le agarró del brazo.

―Señor, no me lo ponga difícil; en la puerta hay policía y solo tengo que llamarles y entrarán a por usted ―le dijo el camarero―. Gustavo, desde la puerta, trató de que Marta le escuchara.

―Marta, ¡investíguelo, pregúntele, por favor, Marta! ―Aun así, Marta se subió en el ascensor y él solo pudo ver cómo se cerraba la puerta.