Polvora y Seda CAPÍTULO 5 El eco de la explosión #2
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CAPÍTULO 5 El eco de la explosión #2

Gabriel se quedó callado durante unos segundos, tras los cuales le dijo: ―Sí, sí puedes.

―Ella preguntó: “¿Qué puedo hacer entonces? Dime”.

―Quedarte conmigo, pasar el día juntos, es casi como un favor humanitario; como ves, estoy fatal ―dijo riéndo―.

―Ella, sonriente, le dijo: ―Solo es por humanidad, ¿por nada más?

Gabriel se acercó y nuevamente la besó; ella en su interior pensaba que lo había estado buscando, que sus palabras no podían haber tenido otra consecuencia, pues era más que evidente la invitación de su frase, aunque quisiera aparentar lo contrario.

―Bueno, espero que esto te sirva de respuesta ―dijo él― y se retiró a terminar de cargar y despedirse de los que habían sido sus empleados hasta ese mismo día.

Al volver, tomó la mano de Marta y le dijo: ―Vámonos, necesito salir de aquí.

―Dirigiéndose al chofer con un gesto, este arrancó el vehículo.

Gabriel le pidió que los llevara a la Costanera, una zona de lujo para comer. Durante el trayecto, Gabriel miraba al infinito; Marta no quería interferir en sus pensamientos.

Al cabo de un rato, Gabriel dijo:

―Bueno, olvidado; ahora quiero saber algo más de ti, si puede ser.

―Como que ―pregunto ella―. ¿Cuánto hace que eres viuda?

―Marta hizo un gran silencio, pero al poco respondió― quince años desde 1983.

―Es mucho tiempo –dijo Gabriel―y ¿Que paso?

―Lo mataron, lo asesinaron ―dijo Marta con voz baja.

―Vaya, lo siento, no imaginé algo así; mejor dejémoslo si quieres. Marta quedó en silencio mirando por la ventanilla y al poco dijo.

―Una noche de invierno, yo estaba preparando cosas en la cocina, pues esa noche esperábamos visita de unas parejas amigas para cenar, entonces sonó el teléfono, y una voz que aún no he podido olvidar me dio la noticia más dura de mi vida.

En ese momento la vida se cortó para mí de raíz.

Esa voz me dio la noticia de un atentado de ETA contra un banco; una bomba explotó justo cuando mi marido regresaba a casa; la onda expansiva y la metralla le destrozaron, le dejaron casi irreconocible.

―Gabriel visiblemente conmocionado, la interrumpió.

―¿Y dónde dices que fue?

―En Madrid ―respondió ella―

―¿Pero en qué calle? ―preguntó visiblemente nervioso.

―En la calle Serrano 51, nunca olvidaré esa direccion.

―¿En un banco? ―preguntó Gabriel con voz más seria

―Sí. ¿Por qué? ¿Lo recuerdas?

―Sí, sí recuerdo el suceso.

―Te veo un poco impactado.

―Si es que es una historia impactante, mira, ya estamos llegando.

CAPITULO 6

El hombre invisible

Después de comer, fueron a caminar por Recoleta, por sus parques y plazas.

El día era espléndido, de un sol radiante, ideal para estar fuera de casa.

Hablaron del suceso poco más; prefirieron pasar página, fueron de tiendas, tomaron un helado en la terraza de un lugar llamado Vainilla, desde donde se podía ver Puerto Madero.

―Bueno, creo que debería volver al hotel estoy algo cansada. ―Gabriel le sujetó del brazo y mirándola fijamente le dijo.

―Quédate conmigo esta noche.

―¿Esta noche? Estás loco.

― ¿Porque? –pregunto el.

―¿Te refieres a dormir contigo?

―Sí, claro ―respondió entre una pequeña sonrisa―.

―Hace 15 años que no duermo con un hombre, no sé si sería capaz —dijo Marta―.

―Alguna vez tendrá que ser, ¿no? Te prometo que no forzaré la situación, solo quiero que estés conmigo.

Marta le miró; no se podía creer lo que estaba a punto de decir, pensaba que era una locura, pero su cuerpo pensaba diferente. Por un momento sintió como si fueran dos personas distintas, la racional y la pasional, y esta partida la estaba ganando la pasional.

―Está bien, pero llévame al hotel primero; tengo que coger algunas cosas, y prométeme que no harás nada que me haga sentir mal ―le dijo con un tono un poco desafiante.

―Prometido ―dijo Gabriel― llevándose la mano al pecho.

Al llegar al hotel, Gabriel le dijo que pasaría a buscarla cuando ella le llamara y se despidieron con un beso.

Marta entró al hotel; en conserjería tenía varias notas.

Serán de María, pensó. Uf, estará preocupada, ha dejado dos notas, pero al leer la segunda vio que no era de María; el remitente era un tal Gustavo Chandel. ―¿Quién será este hombre?

La nota decía. “Señora Marta, usted no me conoce y, por lo que veo, tampoco conoce al hombre con el que está usted pasando estos días. Por favor, tenemos que hablar, es muy importante para nosotros y para usted; no le quitaré mucho tiempo. Mi teléfono es el siguiente; por favor, llámeme”.

―Hola, soy Marta López. ¿Con quién hablo?

―Al otro lado de la línea le respondió un hombre de una voz serena y profunda, casi ronca, y de un evidente y profundo acento vasco.

―Hola, Marta, permítame que me presente: soy Gustavo Chandel, soy agente especial del CESID, y estoy desplazado aquí en Buenos Aires. Tenemos que hablar sobre el hombre que la ha estado acompañando estos dos últimos días.

―¿Qué pasa con él? ¿Qué ocurre? ―preguntó ella.

―Por teléfono no es seguro hablar, mejor vernos en persona; no le quitaré mucho tiempo. ―Marta estaba alucinando con aquella llamada, no sabía si se trataba de una broma.

―Esto no será una broma, ¿no?

―Le aseguro que no, y cuanto antes conozca todo, será mucho mejor para todos.

―Está bien ―respondió―. ¿Dónde está usted? ―preguntó ella.

―No se preocupe, estoy cerca, yo iré al hotel; es más seguro que no la vean salir sola. Ya salgo, espéreme.

El hombre colgó el teléfono y Marta se quedó pensativa comenzaba a sentir algo de temor. Qué extraño todo esto ―pensaba―. Sonó el teléfono y se sobresaltó lo levantó corriendo, pensando en Gabriel.

―Sí, dígame. ―¿Mamá? Por fin, ya nos tenías preocupados ¿qué tal estás?

―Bien… ¡Muy bien! Ya me lo imaginaba pero estoy todo el día fuera del hotel, y no paro de dar paseos.

―Bueno, mamá, mientras sea eso me alegro. ¿Qué tal? ¿Es bonito todo aquello?

―Sí, muy bonito la gente muy amable no hay nada de qué preocuparse estoy muy a gusto conociendo muchas cosas ya sabes cómo soy de curiosa.

―¿Has salido de fiesta? ―le preguntó la hija riéndose―. Anda, no digas tonterías, ¿dónde voy a ir yo sola?

―Pues nada, nada búscate un novio.

―Bueno… bueno, lo que me faltaba a mí ―respondió Marta visiblemente nerviosa.

―Bueno mami que me alegro de que todo esté bien y que lo estés disfrutando. Mamá, yo ya no te llamo hasta dentro de un par de días ¿vale? Voy a salir de viaje ya sabes cosas del trabajo. Cuando regrese a Madrid te llamaré.

―Vale, cielo, dale un beso a todo el mundo. Te quiero, mi niña.

―Y yo a ti, mamá. ―Marta colgó el teléfono y se dejó caer sobre la cama.

Se quedó medio dormida; el cansancio hizo mella en ella.

Pasados unos 15 minutos, sonó el teléfono.

Marta se sobresaltó, se incorporó y se sentó en la cama.

Miró el teléfono por un momento, dudó de cogerlo mientras trataba de ponerse las zapatillas, pero al final la curiosidad pudo con ella y fue mayor.

Agarró el teléfono y se lo puso en el oído, tapándose la boca, tratando de escuchar algo, pero no obtuvo ningún resultado.

Por fin se decidió. —Dígame —dijo Marta con tono cansado.

―Señora López, le hablo de recepción, hay un señor en la cafetería que ha preguntado por usted; si la señora quiere, le digo que no está en su habitación. ―Marta se quedó pensando qué hacer, pues no lo tenía nada claro. ―Señora, ¿qué hago?

―Nada, no se preocupe, dígale que en unos minutos bajaré y gracias. ―Colgó el teléfono―

Se levantó y fue a refrescarse la cara, se recompuso, se cambió de ropa y bajó a la cafetería, pero antes de entrar le pidió al conserje que disimuladamente le indicara quién era el hombre que había preguntado por ella.

―Perdón, ¿puede decirme discretamente quién fue el caballero que ha preguntado por mí? ―

―Sí, cómo no, señora, es el único caballero que está sentado en la barra; está de espaldas, puede usted girarse, no la vera,

―Marta se giró lentamente, disimuló con unos folletos de excursiones que había en recepción, vio sentado en el bar a un hombre.