CAPÍTULO 5 El eco de la explosión
Antes de ser Gabriel, antes de los caballos y del sol de Buenos Aires, él fue Julen.
Un nombre que ahora le sonaba a otra vida, una vida envuelta en la humedad constante de las calles de Guipúzcoa y en el humo de tabaco de los centros culturales y tabernas donde se gestaban sueños que acababan en pesadillas.
Julen no era un asesino. En su juventud, su motor no era la sangre, sino una indignación mal gestionada y la necesidad de pertenecer a algo más grande que él mismo.
Tenía apenas veinte años cuando la organización lo reclutó, aprovechando esa mezcla de idealismo y bravuconería propia de la edad, con el paso de los años Julen fue adquiriendo la confianza de los mandos y escalando posiciones pero siempre estuvo ligado a la parte Política y reivindicativa,
no a la parte Militar, de la cual no era del todo partidario, dentro de sus responsabilidades estaba la de custodio de la documentación, y era poseedor de una enorme información, tanto del Grupo armado como de los Gobiernos, negociaciones, reuniones,
poseía los nombres y las pruebas de Implicaciones e intereses de muchos políticos, interesados en que la banda continuara, pruebas de sobornos, ayudas económicas y documentación que podría sentar en el banquillo, a personalidades muy influyentes del país,
algunas Retiradas y otras aún activas en sus respectivos partidos políticos.
Aquel día a Julen, como acto de confianza, la banda le propuso que cometiera un atentado reivindicativo, un aviso al Gobierno y a la sociedad de que seguían activos.
—Es solo un aviso, Julen. Una protesta. Nadie va a salir herido, pero necesitamos confirmar tu fidelidad con nosotros.
El objetivo era una sucursal bancaria de Banesto, que en aquel momento para ellos era un símbolo fascista del sistema, representado por Mario Conde. Sería un atentado de extorsión como otros muchos realizados en sedes de marcas de coches como Citroën y Renault, y otras grandes empresas.
Julen en aquel momento compartía piso en Carabanchel, un popular barrio madrileño, trabajaba en una pequeña hípica de Fuenlabrada como instructor de equitación, pasando totalmente desapercibido, siendo al mismo tiempo quien daba soporte a los comandos que bajaban del País Vasco.
Aquella noche de 1983, Julen estaba nervioso, dando vueltas alrededor de la mesa del salón, cuando sobre las 11 de la noche sonó el telefonillo; Julen lo cogió.
— —Abre, te traigo el paquete —le dijeron. Un compañero de la banda le entregó una mochila.
— Pero esto abulta mucho, ¿no os habéis pasado?
— —No te preocupes, es el envoltorio —le dijo el compañero mientras se marchaba cerrando la puerta.
Julen se puso un gorro de invierno, una cazadora de plumas y salió de la casa con la mochila en su espalda, dirigiéndose a la boca del metro de Carabanchel Alto.
Era una noche oscura y nublada que apenas dejaba ver un ligero rayo de luna.
Ya en el metro y durante el trayecto Observaba a la gente, y pensaba: “Todos parecen regresar a sus casas después de un duro día de trabajo”; observo mujeres con cara de sueño, hombres con ropa del trabajo, alguno medio dormido,
y a él reflejado en la ventana del vagón con la mochila sobre su espalda.
Realizó varios transbordos hasta llegar a la línea 4, que le llevaría a la estación de Serrano, su destino final.
Ya en la calle camino durante cuatro o cinco minutos hasta la calle De Serrano nº 51, donde se encontraba una de las principales sedes de Banesto, que era su objetivo, sus manos temblaban sentía su corazón palpitar, y la aceleración de su respiración, paso varias veces por delante de la sede,
pero cada vez se cruzaba con viandantes, una señora de unos 70 años que paseaba a su mascota y que amablemente le dio las buenas noches, o gente simplemente regresando a sus casas, y aunque el plan era sencillo colocar el artefacto de fabricación casera,
una bomba de escasa potencia diseñada para romper cristales y hacer ruido, para “despertar conciencias” y huir del lugar, así de sencillo le habían dicho, pero las dudas no dejaban de sonar en su cabeza, Julen sentía el peso de la mochila, y el frío de la correa en sus dedos,
y una lluvia fina que calaba hasta los huesos, y empañaba la visión.
Sus manos temblaban, no por el deseo de destruir, sino por el vértigo de estar cruzando una línea que su padre, un carpintero honesto de caserío, nunca le habría perdonado.
Por fin, la calle despejada. Julen se acercó e instaló el artefacto tras una jardinera de hormigón junto al lado del cajero.
Tenía el tiempo justo para alejarse dos o tres manzanas antes de que el estruendo rompiera el silencio.
Pero el destino, ese mismo destino que años después lo llevaría ante Marta, decidió jugar su carta más cruel.
Un coche patrulla, un viejo Talbot que justo pasaba por allí a esa hora, un matrimonio que regresaba del cine y un abogado que volvía a casa, todos coincidieron en el mismo punto justo cuando el temporizador llegaba a cero.
Julen dudo en correr para avisarles, pero no lo hizo se escondido en un portal a un par de manazas de distancia desde donde vio el destello antes de escuchar el sonido atronador, no fue la explosión controlada que le habían prometido,
la carga que le había puesto fue inmensamente superior a lo pactado, la explosión fue un volcán de fuego, metralla y cristales del vehículo, las vidrieras del banco, y los cristales de las ventanas de las 2 primeras plantas del propio edifico, una autentica lluvia de cristal,
incluso la onda expansiva llego a los edificios del otro lado de la calle, aquello se convirtió en un escenario macabro y sombrío, Julen se acerco y la imagen que vio nunca pudo borrarla de su cabeza, sangre vísceras y carne humana esparcida por el suelo,
los gritos de la gente que debajo de los edificios, los quejidos de los policías heridos, a uno de ellos que no tendría más de 24 o 25 años, que estaba en el lado del acompañante justo del lado donde estaba el banco le faltaba un brazo, la mayoría de la gente estaba en pijama,
Julen levanto Un momento, la mirada y vio a la mujer que hacía unos minutos le saludó con amabilidad, la cual le miraba fijamente a los ojos, una mirada que decía “has sido tú”.
Las sirenas de la policía comenzaron a inundar la noche; Julen giró por Juan Bravo alejándose deprisa pero sin correr para no levantar sospechas, sus pulsaciones.
Aceleradas le impedían respirar con facilidad, solo una cosa en su cabeza: “Dios mío, ¿qué he hecho?
Cuando llegó a casa no habló con nadie, solo se tumbó en su cama y pensó: “Me han utilizado, me han utilizado”. Esa frase, junto con la imagen que se había grabado en sus pupilas, hizo que Julen se sintiera traicionado.
A la mañana siguiente, una llamada de teléfono le despertó; no le preguntaron cómo se sentía, solamente le dijeron que un retrato robot suyo estaba en todas las televisiones y periódicos nacionales, por lo que tenía que salir del país urgentemente, que tenía que ir a Valencia,
donde un buque de bandera argentina llamado “La Plata” le llevaría a Buenos Aires, previo un importante pago en dólares.
Julen recogió sus pocos enseres personales, y todas las carpetas que celosamente custodiaban, tanto las que le correspondían a él como las de sus compañeros del piso franco, metió toda la documentacion en un bolso grande similar a un macuto militar,
Julen pensó que si ellos se la habían jugado ahora le tocaba a él además de ser un seguro de vida, se despidió del trabajo por teléfono alegando una grave enfermedad, y al día siguiente estaba embarcado en el buque con destino Argentina,
durante los 16 días que duro el trayecto Le dio tiempo suficiente de leer y revisar una y otra vez las carpetas dándose cuenta del gran valor político que aquellos Documentos, tenían y recordando las frías palabras que le dijo Antxoni uno de los responsables de la banda.
—Puedes pudrirte en la cárcel o no hacer preguntas e irte fuera de España, tú decides.
Julen decidió irse, pero llevándose consigo toda la documentación que custodiaba no solo la de él, sino también la que custodiaban sus compañeros del piso franco siendo para él un seguro de vida; sabía que sin esos documentos estaría sentenciado.
Así fue como Julen murió y nació Gabriel.
Lo enviaron a Argentina con una identidad nueva, y con una gran suma de dinero, la cual utilizó para iniciar unos negocios que con el tiempo terminó convirtiendo en exitosos.
Como pasaporte de vida Julen nada más llegar a Buenos Aires llamo a uno de los nombres que aparecían en los documentos relacionados con el Gobierno, el nombre de un alto cargo del CESID.
Julen le conto todo lo que tenia y todo lo que sabía, le propuso que si estaba seguro ellos también lo estarían, de lo contrario saltaría a la opinión pública, aquel Hombre se llamaba Gustavo, Gustavo Chandel,
el cual como garantía de lo que le estaba diciendo además quería una prueba de que existía dicha documentación física, Julen envió varios documentos que comprometían a altos cargos del algún Ministerio,
lo cuan a Gustavo le dio la certeza de que lo que Julen tenía en su poder podría hundir al gobierno en pleno, y Desestabilizar la política nacional; desde ese momento Julen ha estado vigilado y observado continuamente.
Pero lo que Julen nunca podría borrar fue la imagen del humo negro subiendo hacia el cielo gris de Madrid.
Gabriel huyó con el cuerpo, pero Julen se quedó allí, atrapado para siempre en el eco de una explosión que nunca debió matar a nadie y que, sin embargo, destruyó el mundo de una mujer llamada Marta.
Pasados unos minutos, Marta sintió que le tocaban el hombro.
―Señorita Marta ―ella se giró y vio al chico que le había traído al hipódromo.
―Me envía el Señor a buscarla; sígame, por favor. ―Salieron de la sala.
Gabriel estaba subiendo los caballos a unos camiones; en su cara se podía ver una cierta preocupación y una enorme tristeza. Al verla, él se acercó. ―Bueno, pues ya está, adiós, caballos —le dijo con evidente pesar.
―Lo siento ―le dijo ella al tiempo que sonreía―. Si puedo hacer algo por alegrarte un poco, dímelo.