Polvora y Seda CAPÍTULO 4 La apuesta en el Hipódromo
33%

CAPÍTULO 4 La apuesta en el Hipódromo

A la mañana siguiente Marta bajó al restaurante a desayunar tenía que tomar fuerzas ese día tenía pensado recorrer toda la zona centro Recoleta, Costa Madero, Microcentro, y ver las Galerías Florida que le habían recomendado en el hotel.

Al sentarse, después de servirse unos apetecibles huevos revueltos con jamón, varias medialunas de dulce de leche y un trocito de pasta frola, que era una auténtica delicia, se percató de que un hombre la miraba fijamente, qué «Qué descarado», pensó.

Madre mía voy a tener que venirme aquí para ligar porque vamos que éxito chica se decía a sí misma. Tanto era la gracia que le hacía la situación que se le llegó a escapar una sonrisa, sonrisa que disimuló como pudo haciendo que estornudaba, y ni por esas el hombre le sacaba la vista de encima.

Marta desayunó y salió a caminar; recorrió todas las partes que tenía programadas, estuvo por el barrio de La Boca, que aunque le dijeron que no era aconsejable ir sola, igualmente fue.

Cómo no visitar la tantas veces nombrada calle del Caminito, esa calle que su abuelo retrataba como un paraíso de luz, color y arte.

Había artistas callejeros vendiendo sus obras, y puestos de artesanía; compró un par de pulseras para llevar de regalo, y algunas otras cosas sin importancia.

Después de un día de caminar sus pies comenzaron a pedirle un respiro y decidió hacer una última visita antes de irse al hotel pasaría por plaza de Mayo donde tantas y tantas veces visiono en televisión la lucha sin tregua de las Madres de Mayo,

pregunto por un autobús que la dejase cerca y fue a ver la mencionada plaza, ese día no estaban las madre y abuelas pero sí su legado en el suelo a título de pintadas, proclamas banderolas y pancartas donde se podían ver las fotos y los nombres de cientos de desaparecidos,

estuvo un rato sentada viendo como los niños dan de comer a las palomas que revoloteaban por toda la plaza, buscando el alpiste que vendía un señor con una cesta y los niños lanzaban al suelo para verlas aterrizar en tropel haciendo que casi desapareciera el niño entre una nube de palomas,

se sentía cansada y el hotel estaba cerca por lo que decidió irse a dar un buen baño, luego bajaría a cenar en el mismo hotel y subiría a su habitación a descansar.

Al llegar al hotel de nuevo, el recepcionista le llamó

―Señora López, ¡señora López¡

―Sí, dígame.

―Un señor le dejó un mensaje,

El recepcionista le entregó una nota. Marta la abrió; ya suponía que se trataba de Gabriel.

Lo que no imaginó es que se sintiera emocionada como una adolescente, y eso que casi no pensó en él durante el transcurso del día.

“Querida Marta, solo quería saber cómo te fue el día y agradecerte la velada tan estupenda que me hiciste pasar; espero ansioso a que me devuelvas la invitación prometida.

Atentamente, Gabriel Herraz. ―¿Herraz? De veras sí es un apellido poco vasco, ―pensó Marta, y sin darle más importancia se subió a darse un baño y, mientras se relajaba en la bañera, volvió a leer la nota: «Pues yo también lo pasé muy bien, querido Gabriel»,

dijo en voz alta mientras la espuma recorría su piel cansada del duro día.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba, escucho su nombre; un botones recorría las estancias del hotel.

―¿Señora Marta López? Señora Marta López.

—Sí soy yo —dijo Marta levantándose de la mesa.

―Han dejado una nota para usted.

Marta volvió a sentarse y abrió la nota: “Querida Marta, he pensado que le podría gustar ver una subasta de caballos de carreras que se celebra hoy en el hipódromo; la hora será a las doce y media del mediodía,

y quién sabe si con un poco de suerte puede ganar algo en alguna de las carreras que se van a celebrar. Si le apetece, llame a este número; de no llamar, entenderé que no. Atentamente, Gabriel”.

Una subasta de caballos, qué curioso, la verdad puede ser interesante.

Miró su reloj; eran las diez de la mañana.

Mientras terminaba de desayunar, pensaba si aceptar podría interpretarse bien o mal, pero, por otro lado, pensaba que también era hora de olvidarse de tantos prejuicios y hacer lo que su hija le pedía una y otra vez: disfrutar, por lo que, al terminar de desayunar, fue a la recepción.

―Por favor, quiero hacer una llamada a este número

—Sí, cómo no, señora, enseguida le pasamos, pase a la cabina 2. El teléfono de la cabina sonó, y levantó el auricular.

―Hola, ¿me pueden pasar con el señor Gabriel Herraz? ―preguntó Marta.

―¿Es usted la señorita Marta?

—Sí soy yo.

—Ok, señorita Marta, mi nombre es Alina y soy asistente del señor Gabriel que en este momento no puede atenderla, pero si usted me lo indica, en 30 minutos un coche estará frente a la puerta del hotel.

—Treinta minutos —pensó Marta—. Poco tiempo para prepararme.

―Ok, de acuerdo Gracias ―respondió–.

―A usted que pase un buen día.

Marta se apresuró a subir a su habitación para cambiarse y ponerse algo de ropa no sabía si de sport o de vestir. «Bueno, unos vaqueros y camiseta; digo yo que para ir al campo será lo mejor».

No tuvo tiempo de mucho más, porque a los pocos minutos le avisaron que el vehículo estaba en la puerta, al salir a la calle un coche estaba esperando y un hombre joven abría la puerta invitándole a subir, Gabriel le pide disculpas por no venir en persona,

pero está atendiendo una reunión muy importante; me pidió que si llegamos antes que él, le esperemos en el hipódromo.

―Bueno Ok.

El coche arrancó y cruzó buena parte de la ciudad; el joven chofer le hacía referencia a algunos monumentos por los que Pasaban en su recorrido. Tras unos 40 minutos de viaje llegaron al hipódromo.

—Sígame, señorita —le dijo el chofer que la llevó hasta la zona de propietarios de caballos—. Esta es la zona más interesante y privada, señorita; aquí se ve cómo limpian y preparan a los caballos, y solo a los. Propietarios se les permite acceder.

Mire, ese es Rufo, el caballo ganador del Señor Gabriel; es un hermoso ejemplar, ¿cierto?

Marta se detuvo, dejando que su mirada experta recorriera al animal. Como buena observadora de la belleza, sabía reconocer la perfección de las líneas y la armonía de las formas, y lo que tenía delante era una obra maestra de la naturaleza.

—Es un hermoso animal —contestó Marta, con una admiración genuina que no sentía hace tiempo.

Rufo era un ejemplar de pelaje negro zaino, tenía una alzada imponente, con una musculatura que se dibujaba bajo su piel satinada como si fuera seda tensada sobre un maniquí perfecto.

Sus patas eran finas pero potentes, terminadas en cascos oscuros que golpeaban el suelo con una impaciencia elegante.

Lo que más impactó a Marta fue la nobleza de su cabeza.

Rufo tenía unos ojos grandes y vivos, cargados de una inteligencia salvaje que parecía evaluar a quien lo miraba.

El mozo de cuadra pasaba un cepillo de cerdas suaves por su cuello, y con cada pasada, el pelaje del animal despedía destellos cobrizos.

Tenía una mancha blanca, una “estrella” perfecta en medio de la frente, que rompía la oscuridad de su cara y le daba un aire de distinción casi aristocrático.

—Parece saber qué es el centro de atención —comentó Marta, observando cómo el caballo arqueaba el cuello con un orgullo que le recordó al porte de su padre.

Rufo no solo era un caballo de carreras; era una fuerza de la naturaleza contenida.

Había algo en su serenidad, en la forma en que permitía que lo cuidaran mientras mantenía esa mirada de fuego Resonó en el interior de Marta.

Era, al igual que ella, un ser diseñado para la excelencia, un superviviente que encontraba su libertad en el movimiento.

En ese momento, Rufo soltó un bufido sonoro y sacudió las crines, como si hubiera detectado la melancolía de la mujer que lo observaba.

Marta sonrió de lado, un gesto casi olvidado.

En mitad de aquel hipódromo, entre el olor a pasto recién cortado y cuero limpio, el caballo Rufo se convirtió en el primer nexo real entre su viejo mundo de belleza estática y este nuevo mundo de pasiones vivas.

Mientras Marta no dejaba de admirar la belleza de este impresionante caballo, a pocos kilómetros de allí, en una oficina de techos altos y persianas perpetuamente bajas en el centro de Buenos Aires, Gustavo Chandel observaba una serie de fotografías granuladas sobre su escritorio de caoba.

Eran imágenes de Marta en la Plaza Dorrego.

En una de ellas, se la veía de perfil, con esa elegancia innata que ni siquiera el teleobjetivo lograba robarle.

En otra, aparecía de espaldas, caminando.

Chandel encendió un cigarrillo, dejando que el humo denso empañara el aire viciado de la estancia.

Él no era un hombre de acción, sino de consecuencias.

Su rostro, anodino y gris, era el tipo de cara que se olvida nada más verla, una cualidad que lo había convertido en uno de los activos más valiosos del CESID en el Cono Sur.

—Una dama se ha acercado al objetivo —murmuró Chandel, deslizando una fotografía de Gabriel junto a Marta en la plaza de San Telmo. Esta circunstancia la tenemos que aprovechar; es la primera vez que le vemos acercarse a una mujer, puede que esta circunstancia haga que baje la guardia.

Para Madrid, Marta era una viuda molesta, una nota al pie de página en un expediente de los años ochenta que se negaba a cerrarse. Para Chandel, ella era una pieza de sacrificio. Sabía que si Marta le ayudaba Podría descubrir quién era el hombre que criaba caballos en Argentina.

Chandel ajustó sus gafas de montura fina y descolgó un teléfono de línea segura, y marcó al departamento donde residían sus colaboradores.

—Están en el hipódromo —dijo sin saludar

—Ok, me pongo en marcha.

—No los pierdas de vista y, sobre todo, sé discreto, que no te vean.

Se levantó, se puso su gabardina gris y salió a la calle Corrientes, pero para Chandel, el mundo seguía siendo un lugar silencioso donde él era el único que decidía cuándo se encendían y se apagaban las luces.

Marta seguía admirando a Rufo cuando escuchó la voz de Gabriel.

―Es mi favorito, me da mucha pena desprenderme de él.

Marta se giró y tras ella estaba Gabriel con unas gafas de sol y un elegante traje.