Polvora y Seda CAPÍTULO 3 La sombra de la calle Lavalle
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CAPÍTULO 3 La sombra de la calle Lavalle

Marta quería pasear, pero el cansancio y el calor sofocante se apoderaban de ella por momentos, así que decidió ir al hotel. Ya en recepción preguntó

—¿A qué hora es la cena?

―La cena desde las 8 de la tarde, señora ―le informó el camarero del hotel―.

―Gracias.

Marta subió a su habitación se sentía cansada del vuelo y aunque quería ver todo lo más posible, también tenía muchos días por delante, y decidió tumbarse hasta la hora de cenar.

Justo cuando se estaba relajando, y comenzando a sentir que sus párpados se cerraban, sonó el teléfono.

― ¿Dígame?

―¿Señora López?.

―Si soy yo, dígame.

―Tiene una llamada. ¿Quiere que se la pase?

―Sí, claro ―respondió Marta, pensando que sería María, su hija.

―Hola… ¿María? ―Pregunto ansiosa por escuchar a su hija.

―No, no soy María y siento molestarla.

―¿Quién es?

―Soy Gabriel, nos acabamos de conocer junto al Colón, ¿recuerda?

―Sí, sí, claro, pero me deja un poco confusa. ¿Le faltó algo del porta documentos?

―No, no, nada que ver, solo que he pensado que al estar usted sola, yo también y ser paisanos, quizás podría agradarle que la invitase a cenar esta noche,

Marta miró el techo. El silencio se alargó un segundo demasiado largo.

No sé… Puede que suene extraño, ni siquiera sé cómo me he atrevido, si no quiere, no pasa nada, lo entendería y le pediría disculpas por mi atrevimiento y ya.―le dijo Gabriel con tono suave.

―La verdad, no sé qué decir.

―Bueno, pues ante la duda diga que sí, hay un lugar muy cerca del hotel, donde ponen una carne riquísima y sería para mí un honor invitarla. ¿Qué dice?

―¿Me puede llamar en unos 20 minutos? Espero una llamada de España ―le comentó ella.

―Sí, claro, la volveré a llamar ―contestó aquel hombre desconocido de voz dulce.

Marta quería darse un tiempo para pensarlo, por un lado le daba algo de miedo sin conocerle de nada, por otro lado tampoco tendría que ocurrir nada por ir a cenar, Gabriel parecía amable y para qué engañarse era considerablemente guapo, un hombre atractivo,

y aparentemente muy educado la decisión estaba tomada, se levantó y comenzó a buscar en su maleta algo que ponerse un poco más serio que unos vaqueros, pasados unos minutos de nuevo sonó el timbre del teléfono ―Señora López tiene una llamada.

―Pásemela, por favor

―Hola, ¿Marta?, ¿todo bien en España? ―le preguntaba aquel desconocido.

―¿Por qué? ―dijo ella

―Por la llamada que esperaba. ¿Era importante?

―Ah, no, solo era para ver qué tal llegué. Gracias, nada significativo.

―Ah, qué bueno, y entonces, tu decisión final, ¿cenamos?

―Si porque no.

Gabriel, con un tono notablemente más relajado, le dijo: ―Perfecto, entonces te paso a buscar sobre las ocho. ¿Te parece bien?

―Yo suelo cenar más tarde, pero está bien.

―No hay problema, podemos dar un paseo por la calle Lavalle, que es donde está el restaurante.

―Me parece bien, tenía muchas ganas de conocer esa calle.

―Ok, entonces, hasta luego.

―Hasta luego.

El nombre de la calle Lavalle le hizo recordar a su abuelo tantas y tantas historias contadas sobre la misma, le hizo querer que el tiempo se le pasara rápido.

De nuevo se tumbó en la cama y encendió el televisor, quedándose profundamente dormida.

Cuando despertó, faltaban 40 minutos tan solo para las 8, lo justo para recomponerse un poco y cambiarse de ropa.

Cuando llegó la hora, Marta estaba radiante: un pantalón blanco de tergal que estiraba aún más sus ya de por sí largas piernas y una blusa de flores que hacía que su cara resaltara con un tono rosado. Estaba realmente guapa esa tarde.

Ya en la puerta del hotel esperaba Gabriel, que al verla salir del ascensor no pudo evitar suspirar. El paso decidido de Marta y el pelo suelto que se movía según caminaba lo envolvieron y se quedó casi sin palabras. Marta llegó a él, extendió su mano y le dijo.

―Hola.

―Hola ―respondió Gabriel―. ¿Puedo decirte que estás hermosa?

―Bueno, puedas o no, ya lo hiciste, ¿no crees?

―Espero no haberte molestado con el comentario; normalmente no soy tan osado, pero no podía callarlo.

―Bueno, pues gracias ―respondió Marta.

Ella estaba tratando de disimular su satisfacción ante dichas palabras; también se sentía guapa.

―¿Vamos? ―dijo Gabriel.

―Vamos.

Salieron del hotel y se encaminaron por la calle Maipú, una estrecha calle llena de comercios y denso tráfico; la acera pequeña hacía que tuvieran inevitablemente que caminar en fila. Gabriel caminaba detrás de Marta indicándole que siguiera recto.

―Nunca pensé que hubiera tantas tiendas ―dijo Marta.

―Si es curioso, uno piensa cuando está en España que esto es como un pueblo, y luego te llevas la sorpresa: Buenos Aires tiene mucho que ver y mucho que visitar.

Al llegar a la calle Lavalle, las luces de los comercios, cines, cafeterías, restaurantes y salones de juego creaban el chispeante juego de colores que tantas veces su abuelo le había comentado.

La gente subía y bajaba por la calle; había tanta aglomeración de gente que resultaba casi imposible caminar sin tener que hacer algunos quiebros para evitar chocarse, personal de los restaurantes, ofreciendo volantes de descuentos para sus locales,

comerciantes en la puerta de los negocios ofreciendo sus productos, un espectáculo para todos los sentidos, los olores de las parrillas, los colores, de los luminosos, el sonido que se mezclaba entre diferentes negocios de música, donde estanterías completamente llenas de discos de vinilo,

y Casettes, esperaban a ser vendidos, El escaparate de una armería le cortó el paso.

Pistolas alineadas como en un museo del horror. Tragó saliva y aceleró el paso.

―Es más de lo que imaginaba ―comentó Marta mientras Gabriel trataba de sujetarla del brazo.

―Será mejor que caminemos agarrados porque es fácil despistarse.

―Si ya lo veo.

Recorrieron en silencio la calle de un lado al otro, mirando los escaparates de las mil y una tiendas de ropa, cuero, y recuerdos que se encuentran ubicadas allí.

―¿Qué te parece si vamos al restaurante? Aquí hay demasiada gente.

―Sí, casi mejor.

Volvieron sobre sus pasos hasta llegar al restaurante, un lugar muy conocido llamado “La Estancia”.

―Buenas noches, señores ―les recibió un camarero vestido de gaucho―. Bienvenidos a la estancia, síganme, por favor.

―Tiene mucha vida esta calle ―dijo Marta.

―Si es de las más populares de Buenos Aires, ¿te gusta la carne?

―Sí ―contestó Marta―, mientras un rubor le subió a las mejillas. Se ajustó el cuello de la blusa sin mirar a aquel hombre de voz profunda y encantadora sonrisa. Gabriel la miró fijamente a los ojos.

―Veo que estás sumida en tus pensamientos. ¿Estás aquí o en este momento estás en Madrid?

―No, no… estoy aquí, solo trato de mentalizarme; ha pasado el día muy rápido y esta cena es lo último que hubiera pensado estar haciendo hoy, sinceramente.

―Bueno, esas son las sorpresas de la vida, ¿no? Es mejor no planificar nada y dejar que las cosas sucedan solas sin forzarlas; suelen ser más divertidas.

―Seguramente tengas razón.

―¿Un vino? ―preguntó Gabriel―

―Perfecto, gracias, tinto, por favor.

Al principio, la cena transcurría en silencio, pocas palabras entre ellos; Gabriel la observaba, al igual que ella, aunque ella procuraba hacerlo sin que se diera cuenta. Marta le preguntó.

―¿Llevas mucho aquí?

―Quince años

―Es mucho tiempo

―Sí, demasiado ―respondió Gabriel con un tono de pesadumbre―

―¿Y de qué parte de España eres? ―preguntó Marta–

―Soy de Bilbao, ¿y tú?

―Yo soy de un pueblo de Coruña, pero vivo en Madrid desde hace ufff, bueno, casi toda mi vida.

―¿Qué haces aquí?

―Ya poca cosa; en este momento estoy tratando de cerrar un negocio, voy a vender mi empresa

―¿Te va mal?

―No, al contrario, va muy bien.

Tuve mucha suerte cuando llegué; las personas que me enviaron aquí me dieron una cantidad de dinero que invertí acertadamente, y en poco tiempo llegué a tener una empresa de exportación de considerable dimensión.

―Entonces ¿por qué la quieres vender?

―Bueno, han sucedido una serie de circunstancias que hacen que tenga que venderla.

―Y puede preguntarse qué circunstancias son esas.

―Motivos empresariales, nada de interés y además muy aburrido ―respondió Gabriel―, que se estaba comenzando a sentir incómodo con la conversación y a la cual decidió darle un cambio.

―Pero háblame de ti, seguro que es más interesante.

―No creas, mi vida ha sido muy aburrida los últimos años, ama de casa, cuidando de la familia, una hija, y alguna amiga solterona con quien compartir alguna tarde y poco más.

Marta no quería entrar en su vida complicada.

―Ama de casa y una hija ¿y esposo también, imagino? ―preguntó Gabriel―.

Marta bajó la mirada. El cristal de la copa le devolvió un reflejo frío.

―No ―respondió―.

Gabriel notó una mueca de tristeza en su cara

―Veo que te has conmovido al decirme eso, ¿divorciada?

―No, soy viuda, y por lo tanto prefiero hablar de otras cosas.

―Lo siento ―le dijo Gabriel―

Gabriel no insistió. Solo le cubrió la mano con la suya. Un gesto leve, sin presión―. No era mi intención molestarte.

―No… no me has molestado, simplemente no me gusta hablar del tema.

―Perfecto ¿te gusta el Tango?

―Me encanta

―Gabriel, sin soltar aún la mano de Marta, que consentía que mantuviera entre las suyas, le propuso ir a escuchar tango a la plaza de San Telmo, donde cada noche intérpretes y bailarines de tango hacen disfrutar a los turistas y locales con sus bailes en las terrazas de la zona.

―¿Qué te parece si después de la cena vamos a escuchar Tango?

―Me encantaría ―respondió Marta―, pero si no me sueltas la mano, no terminaremos de cenar nunca.

―No tengo demasiado apetito, podría estar así un buen tiempo ―le respondió Gabriel, sonriendo esta vez más sonoramente, al tiempo que le soltaba la mano―. Ok, Terminemos, podemos ir caminando; están como a veinte minutos de aquí.

Terminaron de cenar y fueron a San Telmo.

Durante el trayecto, lo que más reinó fue el silencio y las miradas furtivas de ambos. La calle estaba plena de gente, de vida, de alegría, las terrazas llenas, y la noche, aunque aún estaba claro, comenzaba a dejar ver alguna que otra estrella.

―Espérame aquí ―le dijo Gabriel―. Voy a ver si consigo una mesa; no te marches, por favor.

―No lo haré ―respondió Marta, observando cómo se abría paso entre las sillas de hierro forjado.

A los pocos minutos, Marta vio que Gabriel le hacía gestos con la mano; había conseguido una de las mesas de hierro forjado del café.

En una esquina y cerca de una pareja que bailaba tango con una maestría inigualable; cuando llegó, se sentó y Gabriel le dijo.

―Siéntate aquí, yo me sentaré contra la pared, nunca se sabe ―dijo riéndose divertidamente.

―Es hermoso el tango, ¿verdad?

―Sí lo es, es hermoso y muy sensual ―contestó Marta

Los movimientos del tango transmitían armonía, y Marta no podía dejar de mirar los contoneos de aquella mujer enfundada en un vestido negro de grandes aperturas que desprendía tanta serenidad.

Marta observó que Gabriel, tanto en la cena como en ese mismo momento, actuaba de una forma un poco extraña; sus ojos no seguían el baile.

Escaneaban la plaza, las esquinas, los pasos que se acercaban.

No le terminaba de ver relajado, y, al igual que en el restaurante, se sentó de espaldas a la pared, algo que a ella le llamó poderosamente la atención.

Entonces rompió el silencio y sin mirarle directamente le preguntó.

―¿Y tú estás casado?

―No, nunca me casé, tuve alguna relación durante años, pero se terminó por falta de tiempo, por tanto trabajo de la empresa; nunca dediqué tiempo a mí mismo, y ya se me pasó el arroz, como decimos en España―riéndose.

―Nunca es tarde, aún hay tiempo, ¿no crees?

—A veces la vida es corta —murmuró él, y esta vez sus ojos sí se quedaron en los de ella—

El silencio volvió a reinar entre ellos, absortos por el baile, la música del bandoneón, las velas de los candiles en las mesas, un entorno que invitaba a permanecer en silencio.

―Bueno, estoy cansada, creo que debería ir al hotel; perdóname, pero el día se me está haciendo un poco largo.

―Si lo entiendo, vamos, deja que pague y llamamos un taxi.

Gabriel pidió la cuenta y solicitó que le llamasen un taxi que al poco tiempo ya estaba en la salida de la plaza esperando.

En el vestíbulo del Continental, el taxi se detuvo. Marta abrió la puerta antes de que él pudiera bajar; él trató de abrir pero Marta le sujetó la puerta.

―No te preocupes, no hace falta que te bajes ―le dijo―. ―Está bien ―respondió Gabriel―, pero dime, ¿te volveré a ver?

―Creo que no, porque mañana tengo pensado salir fuera de la ciudad.

―Pues a tu regreso.

―No lo sé, sinceramente.

―Creo que me he portado bien, ¿un día más?

―Está bien, no obstante, con una condición.

―A ver, dime ―preguntó Gabriel―

―Que me dejes invitarte yo a ti.

―Bueno, eso no entra dentro de mi forma habitual, pero me parece bien.

―Entonces Ok.

―Te advierto que voy a pedir lo mejor.

―Yo también, chao.

―Adiós ―le contestó Gabriel―. El taxi arrancó y lentamente se fue perdiendo por la gran avenida.

Marta entró al Hotel

―Señora López, le han dejado varios mensajes.

―¿Quién? ―preguntó ella―

―La señorita María de España.

―Gracias.

Marta subió a su habitación y pidió una conferencia con España para llamar a María.

―¿Qué tal, mamá, cómo lo estás pasando?

―Muy bien, es todo tal como el abuelo me contaba; pero hace un calor de espanto; ahora son las once de la noche y está muy calurosa.

―¿Sabes qué hora es aquí, mamá? ―¿Son las 3 de la madrugada? ―dijo María―.

―¡¡Perdóname, cariño!! Ni pensé en el cambio horario.

―No pasa nada, mamá, estaba deseando escucharte, y dime qué tal, ¿cómo fue el día?, cuéntame qué has visto?

―Poca cosa, he estado paseando por los alrededores del hotel, vi el Obelisco, el Teatro Colón, que es una auténtica maravilla, estuve paseando por la calle Lavalle, viendo escaparates y poco más, chica, estoy muerta de sueño.

―¿Y no te aburres sola? De verdad que sigo pensando que es una locura irte sola tan lejos.

―Aún no he tenido tiempo de aburrirme, María, hija, acabo de aterrizar, y deja de regañarme.

―Yo es que ya te echo de menos, mamá; si por mí fuera, te podrías volver mañana mismo.

―¿Qué tal todo por allí, alguna novedad?

―Nada, mamá, todo igual, estamos todos bien.

―Bueno, pues voy a colgar, me caigo de sueño, un beso, mi amor.

―—Otro para ti. Mañana te llamo yo.

—Vale, pesada. Descansa.

Cortó la comunicación y se dejó caer en el colchón.