Polvora y Seda CAPÍTULO 2 El primer encuentro
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CAPÍTULO 2 El primer encuentro

Ella no dejaba de pensar en todo lo ocurrido; necesitaba este viaje.

Trataba de buscar pensamientos agradables, pero no podía; compró unas revistas y se tomó un café.

“Atención, señores pasajeros con destino Buenos Aires, pueden embarcar por la puerta cuatro. Gracias”, ―se escuchó por megafonía.

Al principio le costó un poco hacerse a la idea de que serían muchas las horas de vuelo las que tenía por delante.

Observaba a los pasajeros haciéndose una leve idea de sus vidas.

Vio a un hombre con cara de pocos amigos que se acercaba por el pasillo, y le dio la sensación de que estaba enfadado con el mundo; menos mal que pasó de largo.

Una parejita muy joven se les veía enamorados, con esas miradas que Marta dejó de sentir hace 15 años.

Al lado de ellos, una monja querrá acercarse a Dios, bromeó para sí misma, escapando una pequeña mueca de sonrisa curiosa.

Una mujer con aspecto de ejecutiva elegante de avanzada edad se sentó a su lado; parecía seria, distante, incluso diría que antipática, aunque ya sabemos que las apariencias engañan.

Marta agradeció y deseaba que fuera así, ya que no le apetecía nada, una compañera de viaje de las que te cuentan toda su vida, y pretenden escuchar la tuya; ―Por Dios qué pereza pensó―.

―En su cabeza le daba vueltas a todo: ―Es la primera vez que viajo con una monja; últimamente se ven menos ¿Será que estamos perdiendo la fe?

La azafata realizaba la demostración de los sistemas de seguridad, a los cuales la monja claramente no estaba prestando atención aparentemente estaba segura de que Dios nos iba a proteger.

Todo lo contrario de la parejita que estaba muy atenta a las explicaciones de la azafata; estos, por el contrario se notaba a simple vista sus ganas de vivir.

Por fin despegó el avión, tomaron altura, y la azafata comenzó a repartir unos auriculares para poder escuchar una película que estaban comenzando a proyectar.

Pero en pocos minutos posiblemente a causa de tantas emociones y de ser un día bastante tenso por los preparativos, cayó en un profundo sueño. Se despertó en varias ocasiones donde aprovechaba para ir al aseo, o mirar por la ventanilla viendo un inmenso océano.

Aún le parecía mentira que estuviera como ella siempre decía. “Cruzando el charco”.

“Señores pasajeros, en unos minutos tomaremos tierra en el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires, Argentina; por favor, rellenen el formulario de entrada al país”.

Le pasaron un formulario donde tendría que poner la causa de su visita, “turismo”, y un lugar localizable; buscó el nombre del hotel en su agenda y la dirección: “Hotel Continental”, Avenida de Mayo.

Marta paso todos los controles de aduana, cambio algo de dinero y tras cerca de una hora salió de la terminal, se subió al autobús que la llevaría al centro el cual la dejaría cerca del Hotel según le indicaron en el mismo aeropuerto, incrédula miraba por la ventana del autobús,

no se podía creer que estaba en Argentina, desde que salió el autobús de la terminal y durante algunos minutos no se veía nada más que campo, nada era diferente de cualquier provincia española, quizás los vehículos si le llamaban la atención,

eran un poco más antiguos y en algunos casos modelos desconocidos para ella, al entrar en la ciudad el cambio si se hizo más evidente, se veían pocos edificios y sin embargo una gran extensión de casas de 1 o 2 alturas, lo poco que podía apreciar le hacía ver que estaba ante una Gran ciudad,

pues la vista se perdía en un horizonte de casas bajas, pasados como 40 minutos llegaron al centro donde el paisaje cambiaba radicalmente, y pasaba de un mar de hogares a una cosmopolita ciudad de enormes edificios,

la entrada a la misma desde el aeropuerto se realizaba justo por la calle donde tendría que bajarse del autobús, calle Carlos Pellegrini esquina Avenida de Mayo.

―Señora, si se baja acá y camina dos cuadras por esa avenida, llegará a su hotel ―le dijo el chofer del autobús―

―Muy bien Gracias―respondió.

Se bajó del autobús y sintió un fuerte calor; el cambio de estación era notable. En el hemisferio sur estaban en pleno verano, sobre los 32 o 33 grados, pero la humedad se dejaba sentir intensamente.

Agarró la maleta y caminó tranquila por la Avenida de Mayo observando a la gente, el mismo bullicio de todas las grandes ciudades; le llamó la atención la cantidad de gente, quizás demasiada para su gusto y lo ruidosa de esa ciudad, una inmensa avenida de al menos cuatro carriles por cada sentido,

muchas tiendas y negocios de comida rápida, de los cuales salía un olor realmente embriagador.

Era la hora del almuerzo la una y media del mediodía; Marta pasó delante de un edificio que le pareció espectacular; sería de principios del siglo xx, del que se veía un cartel de piedra que ponía Casa Asturiana.

―Vaya, nada más llegar la influencia de España ―pensó.

Al cruzar la calle vio otro cartel en esta ocasión se podía leer “Choripán”. No se lo pensó dos veces, entró y pidió uno; nunca había comido un bocadillo tan delicioso―pensó.

―Esto es para ti, Abu ―dijo mientras mordía el sabroso bocadillo.

Ya en el hotel, un lujoso edificio del año 1920 con un estilo arquitectónico altamente influenciado por el estilo francés, de grandes puertas de acceso, con una pequeña pero lujosa recepción y unos ascensores metálicos de primeros del siglo XX verdaderamente únicos,

muy espacioso y con asientos forrados de terciopelo rojo,

El botones la acompañó a su habitación, le dejó las maletas dentro de la habitación y amablemente le dijo.

—Cualquier cosa que necesite la señora, solo tiene que descolgar el teléfono; espero que su estancia sea de su agrado—

Marta cerró con llave y se fue a dar una reconfortante ducha, luego des hizo la maleta y se puso cómoda unos vaqueros, una camiseta y unas cómodas zapatillas, bajó a recepción y preguntó cómo llegar al Obelisco.

―Está muy cerca, señora ―le dijo el recepcionista―. Regrese por donde bajó del colectivo; cuando llegue a la avenida principal que es Carlos Pellegrini, enseguida se dará cuenta porque es una avenida muy ancha, gire a la derecha y ya lo verá es muy alto y se ve desde toda la calle.

La zona que bordea el Obelisco es una plaza llena de banquitos y césped donde la gente se sienta en los intermedios del trabajo o al caer la tarde a tomar un refresco, está rodeado de tráfico porque se encuentra centrado entre varias calles, lo cruzan Corrientes y General Perón,

el sonido de los claxon le llamaba mucho la atención en España no se usa tanto, y al principio es un poco estresante, pero a su vez le da una vida extra al paisaje, Marta miró a su alrededor y vio un precioso edificio se encaminó hacia él,

al llegar se pudo dar cuenta que era ni más ni menos que el teatro Colón de Buenos Aires donde el gran Julio Bocca quien era la máxima estrella del ballet y casi un ídolo nacional había cosechado sus mayores éxitos.

―Guau impresionante ―pensó.

Marta se sentó en un banco para observarlo todo tranquila, la calma comenzaba a apoderarse de ella, no tenía nada más que hacer que disfrutar y relajarse, era muy observadora reviso con la mirada el parque y pudo ver un par de bancos frente de ella donde había una mujer con un cochecito de niño,

por el uniforme se diría que es una criada o niñera, a su izquierda unos niños jugando a la pelota, un par de ancianos, y más escondidos una parejita haciendo manitas, vio con sorpresa una chica que paseaba perros al menos 15 si no eran más, que tiraban de ella y casi no podía sujetarlos,

era una escena casi cómica la cual hizo que sonriera, y justo en el banco de al lado a su derecha un hombre de entre unos 42 o 44 años con una camisa blanca y pantalón tejano, de cabello entre canoso y guapo, muy guapo―pensó―mientras el hombre revisaba unos documentos.

Pasados unos minutos, Marta se percató de que aquel hombre ya no estaba, pero vio una especie de libreta o pasquín en el banco donde había estado sentado.

Miró alrededor por si veía al hombre para poder avisarle pero no había rastro.

Marta recogió la libreta. Las tapas estaban desgastadas, pero los cantos recién cortados. Al abrirla un pasaporte español asomó bajo hojas de cifras tachadas. No era un turista.

—Oiga, señorita.

Se giró. El hombre del banco avanzaba con el aliento entrecortado. Llevaba la camisa remangada y una tensión en los hombros que no cuadraba con su sonrisa.

—Eso es mío —dijo, extendiendo la mano sin mirar a Marta a los ojos.

Ella se lo entregó de inmediato. Notó el pulso acelerado en su muñeca, y el olor a humo y a humedad que traía el aire de la avenida.

—Si no vuelve en un minuto ya iba a dejarlo en recepción —respondió, manteniendo la libreta contra el pecho.

Él suspiró, dejó caer la mano y la miró por fin, Sus ojos eran grises cansados.

—Gracias. No sabe lo que pesa esto.

—Bueno tampoco pesa tanto —dijo ella extendiendo el brazo para entregarla.

—Pesa su contenido dijo él.

Al soltarla, sus dedos se rozaron; ninguno retiró la mano de inmediato.

—Gabriel —dijo él, como si fuera un nombre prestado—. ¿Y usted?

—Marta.

—Marta… —repitió él, probando la sílaba—.

Él esbozó una sonrisa que no llegó a los ojos.

—Entonces cuidado con quien la encuentra.

―¿La puedo tutear?

―Sí, por supuesto —respondió Marta, visiblemente cómoda ante aquel desconocido.

―Pues dime, Marta, ¿llevas mucho aquí?,

―Pues no, la verdad que he llegado hoy mismo hace unas horas.

―Entonces tienes mucho por descubrir aún, y el elegir este país para sus vacaciones, ¿por algo en especial?

―Pues sí, mi abuelo era de aquí, por eso he querido conocerlo desde niña; ese hombre me llenaba la cabeza con cosas de esta ciudad

―¿Con quién más viniste? ―preguntó él.

―Vine sola.

―¡Guau exclamo¡― ¿Le han dicho que Buenos Aires no es ciudad para andar sola?

—Me han dicho que es ciudad para perderse, y a mí me sobran ganas de perderme.

―Pues nada encantada, voy para el hotel.

―Ok, un placer, Marta, chao.

Se estrecharon la mano y Marta comenzó su camino de regreso tras unos segundos escuchó su nombre de lejos, se giró y vio a Gabriel que le preguntaba,

―¡¿En qué hotel está?!

―¡Continental! ―contestó ella. Él se giró y siguió caminando, ella se quedó mirando cómo se alejaba y retomó su camino.

El bullicio de aquella ciudad le llamaba poderosamente la atención, la forma de los autobuses, sus colores y, sobre todo, su incesante toque de claxon.

Ninguno de los dos se percató de que estaban siendo observados desde un coche estacionado; dos hombres desde el interior observaban y tomaban fotografías de aquel encuentro.

Estos hombres seguían a Gabriel desde hacía tiempo, y acababan de perder una gran oportunidad.

Justo cuando se dieron cuenta de que Gabriel se olvidó la documentación, bajaron del vehículo para apoderarse de ella pero vieron que Marta la cogió, dudaron durante unos segundos, y decidieron arrebatarle a Marta aquella documentación, pero vieron cómo Gabriel se acercaba apresuradamente.

Se subieron al vehículo un Falcon azul oscuro muy típico y de fabricación argentina y comenzaron a realizar las fotos. ¿Quién es esa mujer? ¿Habrá visto algo?, pensaba uno de los ocupantes.

Bueno yo vuelvo a la oficina; tú, síguela, no la pierdas de vista, no sé qué pensar, no parece que sea nadie especial, pero por si acaso, síguela; luego nos vemos.

Un portazo seco sonó al cerrar la puerta del coche. Caminó varias cuadras hasta la oficina que se encontraba en la calle Corrientes, muy cerca del Obelisco y del teatro Colón.

Ya en la oficina, Gustavo pidió una conferencia con España.

―Cómo no ―le respondió la operadora. ―¿De parte de quién?―.

―Gustavo Chandel ―respondió él.

Al otro lado del telefono alguien del Gobierno prestaba atención a las últimas informaciones que Gustavo le transmitía entre ellas el encuentro entre Gabriel y Marta.

―No creo que sea algo de que preocuparnos―.

―Volveré a informarle. Adiós―.