CAPÍTULO 1 El último desfile #2
―Sí, así es, siento que mi vida se terminó hace 15 años y, con todo el dolor de mi corazón, después de tanta lucha, eso es precisamente lo que quiero, indagar y conocer un mundo nuevo, volver a ser yo otra vez, y este viaje creo que puede ayudarme.
―Bueno, mamá, no me voy a poner pesada, pero que sepas que si por mí fuera, rompería ese pasaje ahora mismo.
En ese momento el timbre de la puerta sonó; el taxi ya estaba esperando.
―Bueno, mamá, dame un besazo; como ya no hay remedio, solo puedo decirte: pásatelo bien, disfruta todo lo que puedas; efectivamente, a papá le gustaría saber que al final cumpliste el sueño, aunque él ya no esté para irse contigo.
Se fundieron en un abrazo; Marta tomó su maleta y se marchó con un hasta pronto haciéndole un gesto de que la llamaría por teléfono. María le lanzó un beso desde la ventana del salón.
Durante el trayecto del taxi comenzó a recomponer sus ideas y sus recuerdos
―Si Marcos aún estuviera conmigo todo sería tan diferente ―pensaba― Siempre soñamos este viaje, pero nunca tuvimos tiempo de realizarlo, pero Marcos tú ya no estás, fíjate ya hace 15 años que te fuiste, pero con todo lo que ha pasado tengo tanto odio acumulado que necesito sacarlo de mí, soltarlo;
me parece que fue ayer cuando te fuiste ―pensaba―.
Marcos era un abogado de brillante trayectoria y un gran futuro que fue una víctima colateral de un atentado terrorista al pasar camino de su casa por delante de un cajero automático de una sucursal de BANESTO, en la calle Serrano nº 51,
apenas a unas manzanas de su casa y que explosionó un comando de ETA, Marta cerró los ojos y, de repente, el silencio de la casa fue sustituido por el estruendo seco y metálico que había quedado grabado en su memoria como una marca a fuego.
Aquella noche de 1983, Madrid no olía a invierno, sino a humo denso y a caucho quemado. El sonido de las sirenas de policía que se mezclaba con una fina lluvia era incesante. Marta estaba en el salón cuando el teléfono sonó; tuvo un mal presentimiento al escuchar el timbre del teléfono.
Al descolgar, no hubo palabras de consuelo, solo una voz masculina, a séptica, que le pedía que se identificara.
—¿Es usted la esposa de Marcos Guillen?
—Sí soy yo contestó— Marta con una enorme sensación de angustia.
Debe venir a la calle Serrano, n.º 51; su marido ha sufrido un accidente… Marta no dejó terminar la frase y corrió por las escaleras hasta la calle, giró a la derecha y ya veía el humo, las luces azules de la policía, y un gentío que corría de un lado al otro de la calle Serrano.
No recordaba cómo llegó hasta el lugar, y tenía la sensación de que el aire se había vuelto de plomo; el cordón policial era un enjambre de luces azules que cortaban la niebla.
El olor… aquel olor a pólvora mezclado con el combustible derramado era algo que ninguna seda francesa podría borrar jamás de su sentido.
Aquel día, mientras ella corría hacia la zona acordonada sin entender aún lo que estaba pasando, su hija María —que entonces tenía solo diez años— esperaba en casa sin saber que su vida acababa de romperse para siempre.
—Señora, no puede pasar —le dijo un agente joven, cuya mano temblaba sobre el capó de un Talbot oficial.
Marta no gritó. La educación de su padre y la disciplina del taller la mantuvieron erguida, pero sus ojos negros y húmedos de dolor se clavaron en el policía con una intensidad que lo obligó a apartar la mirada.
—Es mi marido —dijo ella con una voz que no reconoció, una voz gélida, cortante como un cristal roto, y sus dedos largos y frágiles cerrados en un puño, con tal fuerza que hacía que su brazo temblara.
La llevaron donde se encontraba el puesto de mando y aunque insistió mucho en ver a su marido, los responsables del puesto por el estado que había quedado el cuerpo, no se lo permitieron.
Lo que vino después fue el inicio de su verdadera tortura: el contacto con las autoridades. En una oficina gris de techos altos, hombres de traje oscuro y mirada cansada la rodearon. No buscaban su consuelo, buscaban su silencio.
—Ha sido un “incidente” político, señora. Entienda la situación del país —le dijo un alto cargo, evitando mirarla a los ojos mientras jugueteaba con un bolígrafo de oro—. Lo mejor para todos es que lo asuma con discreción y que no cree conflictos; el Estado se hará cargo, pero pedimos… sobriedad.
“Sobriedad”. Como si la muerte de su marido fuera un error de etiqueta en una cena de gala.
“Asumirlo sin más”. Marta sentía cómo el odio empezaba a germinar en ese mismo despacho, alimentado por la frialdad de aquellos hombres que trataban el cadáver de Marcos como un expediente molesto que había que archivar rápido para no alterar la frágil paz de la Transición.
—¿Sobriedad? —respondió ella, levantándose con esa elegancia que siempre intimidaba—. Mi marido no es un conflicto que ustedes puedan silenciar. Es un hombre al que han matado mientras regresaba a su casa.
Los primeros contactos con la policía fueron una sucesión de preguntas que parecían culpar a la víctima y respuestas que nunca llegaban. Le pidieron que no hablara con la prensa, que no se uniera a otras viudas, que fuera la “imagen del dolor silencioso” que el sistema necesitaba.
Pero Marta, la hija del griego, la mujer que había aprendido a ver lo que pasaba tras las bambalinas de París, sabía perfectamente que la estaban utilizando para tapar las grietas de un sistema que no sabía cómo proteger a los suyos.
Quince años después, aquel odio seguía ahí, intacto, guardado en el fondo de su pecho como un vestido de gala que nunca se pudo estrenar. Necesitaba soltarlo, porque si no lo hacía, el odio terminaría por ser la única prenda que le quedaría por vestir.
Y tras 15 años de litigios Marta recibió una importante indemnización con la que ha decidido emprender este viaje, el cual planificaron miles de veces, pero nunca pudieron realizar por falta de tiempo; este sería un homenaje en su memoria, al menos así lo consideraba.
El trayecto estaba llegando a su fin el indicador del desvío del aeropuerto marcaba 1 kilómetro.
Marta buscó su monedero para pagar al taxista; al abrirlo vio una nota de su hija María “Mamá se feliz disfruta todo lo que puedas; te lo mereces no pienses en nosotros, porque estaremos bien y siempre pendientes de ti te queremos. PD: Estás guapísima”.
Marta esbozó una sonrisa, pagó al taxista y, con paso firme y seguro, se acercó al mostrador para embarcar.
―¿Viaje de negocios? ―le preguntaron―
―No viaje de placer ―contestó con una brillante sonrisa―
―Aquí tiene su ticket de embarque, y que tenga un feliz viaje
―Gracias.