Polvora y Seda
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CAPÍTULO 1 El último desfile
Madrid, febrero de 1998
Marta introdujo en su maleta la última prenda que tenía preparada y la cerró con algo de esfuerzo dada la fragilidad de su anatomía.
Marta era una mujer de cuarenta y seis años, alta y bastante delgada de finas y largas manos y con unos grandes ojos negros algo hundidos tras unas marcadas ojeras, Su cabello, del mismo tono azabache y ondulado, caía por debajo de sus hombros.
Marta fue la musa de un modisto en su juventud, un modisto que llegó a escalar las ramas del éxito, pero que para ella fue un despertar a la feminidad, su propio padre y del que aún guarda el porte y la elegancia en sus movimientos,
un empresario del mundo de la alta costura griego que llegó a España en los años sesenta.
Aquel hombre, de facciones marcadas y una voluntad de hierro, le había enseñado que el mundo se conquista con la mirada alta y el paso firme.
«Una mujer que no sabe caminar con dignidad es una mujer que ya ha perdido la mitad de la batalla», le decía en su español con marcado acento helénico mientras fumaba tabaco rubio en el despacho de su importadora.
De él no solo obtuvo los rasgos mediterráneos, sino esa capacidad de resistir en silencio, una herencia de siglos de historia que parecía correr por sus venas.
Sin embargo, fue entre los espejos de cuerpo entero y el olor a tiza de sastre del taller de alta costura donde Marta aprendió a convertir esa rigidez en arte. Recordaba con una nitidez dolorosa las tardes de su juventud, rodeada de rollos de seda salvaje y brocados. El modisto
Un hombre de manos nerviosas y alma atormentada, la utilizaba como un lienzo vivo.
Recordó cómo por las noches, cuando su padre estaba en el despacho, ella se ponía telas de mil formas diferentes y se miraba al espejo, con el sueño de algún día pisar las pasarelas de las grandes firmas mundiales; practicaba sus pasos firmes y elegantes con un libro en la cabeza,
tal como le había enseñado su padre.
—No te muevas, mi niña —le susurraba él mientras ajustaba un alfiler cerca de su clavícula—. La ropa debe sentir tu pulso, no al revés.
Allí, entre modelos que aspiraban a portadas de revistas y el roce constante de las telas más finas de Europa, Marta comprendió que la elegancia no era una cuestión de dinero, sino de distancia.
Aprendió a ocultar sus emociones tras una máscara de serenidad profesional, la misma máscara que hoy, a sus cuarenta y seis años, le servía para ocultar el rastro de las lágrimas que el tiempo no había logrado secar.
Sus manos, que antaño sostuvieron abanicos de plumas y bolsos de diseño en los salones más exclusivos de Madrid, ahora se aferraban al asa de una maleta que contenía toda su vida, o lo poco que quedaba de ella tras quince años de lucha contra la sombra de la injusticia.
Miró sus dedos largos y finos. Aún conservaban la memoria de las enseñanzas del modisto: la forma de colocar el brazo, la ligereza de la muñeca al caminar.
Pero ahora, bajo la luz mortecina del salón de su casa de Madrid, esa elegancia le parecía un traje que le quedaba grande.
El recuerdo de su Padre, su exigencia de perfección y la belleza etérea de su juventud eran solo ecos en una casa que se había vuelto demasiado grande y demasiado silenciosa.
Aquella vida entre costuras y pasarelas parecía pertenecer a otra mujer, una Marta que aún no conocía el significado de la palabra “víctima”. Con un suspiro que pareció arrastrar todo el aire de la estancia, se enderezó, recordando de nuevo las palabras de su padre: «Cabeza alta, Marta».
Caminó hacia la puerta del salón, y cada paso que daba por el pasillo vacío era un eco de aquel “flujo” que su modisto tanto admiraba. Salió de la habitación cerrándola tras de sí; sería un largo periodo de tiempo el que tardara en volver a abrir esa puerta…
Esa misma elegancia que ahora sentía como un fardo pesado se había forjado lejos de Madrid, en los inviernos eléctricos de París. Marta cerró los ojos un instante, apoyando la frente contra la madera fría de la puerta cerrada, y se dejó llevar por el recuerdo de su primer viaje con su padre.
Tenía apenas dieciocho años cuando él la llevó por primera vez al Salón de la Moda.
París no era una ciudad para ellos; era un campo de batalla de lujo y negocios.
Mientras los grandes compradores se sentaban en las primeras filas bajo las lámparas de cristal, Marta prefería el caos magnético de las “bambalinas”.
Allí, el aire estaba saturado de una mezcla embriagadora de laca para el cabello, perfumes caros y el olor metálico de las planchas de vapor que nunca descansaban.
Se veía a sí misma, joven y expectante, pegada a una de las pesadas cortinas de terciopelo que separaban el mundo real del escenario.
Observaba fascinada el desfile de las modelos: mujeres que parecían cisnes de otro planeta, moviéndose con una cadencia hipnótica.
Pero lo que más le gustaba era lo que nadie veía.
Las carreras frenéticas entre bastidores, las prisas por los cambios de ropa que parecían coreografías imposibles, el ruido de las cremalleras subiendo a toda velocidad y el grito ahogado de una costurera al perder una aguja.
Y en medio de aquel torbellino de seda y nervios, siempre estaba él.
Su padre se movía entre bambalinas con la autoridad de un general griego en medio de una contienda.
Estaba tenso, con la frente perlada de sudor y las manos ocupadas revisando albaranes o acariciando la caída de una tela con juicio severo.
Sin embargo, por muy alto que fuera el nivel de estrés o muy urgentes que fueran los negocios, su padre siempre encontraba el momento exacto para buscarla entre la multitud de percheros y modelos.
Él giraba la cabeza, sus ojos se encontraban con los de Marta y, de repente, el caos se detenía. Le regalaba una sonrisa breve, pero cargada de orgullo, y un guiño cómplice, un código secreto que solo ellos compartían. «Mira lo que hemos construido, pequeña; el mundo es nuestro».
Aquel guiño era su ancla. En ese gesto, Marta comprendió que la moda no eran solo vestidos, sino una representación, una forma de decirle al mundo quién eras sin necesidad de abrir la boca.
Ahora, en el pasillo vacío de su casa en 1998, Marta sintió un escalofrío.
El recuerdo de la luz de París y la sonrisa de su padre chocaba violentamente con la realidad de su maleta gastada y sus ojos hundidos.
Ya no había desfiles, ni aplausos, ni guiños cómplices.
Solo quedaba el eco de una mujer que había sido musa y que ahora buscaba, desesperadamente, volver a ser simplemente ella misma.
Con el peso de esos recuerdos todavía vibrando en su pecho, se dio la vuelta. Tenía que marcharse ya. El taxi no tardaría en llegar y todavía tenía que enfrentarse a la despedida más difícil: la de su hija.
Marta bajó las escaleras, puso su bolso sobre la mesa y nerviosamente comenzó a buscar en su interior; sacó parte de los enseres que portaba hasta encontrar su billete, un billete con destino a la ciudad de Buenos Aires.
―¡¡Aquí está!! ―dijo sacando un billete de avión!
Marta siempre soñó con visitar Argentina; su Abuelo el padre de su madre era de Buenos Aires y en su cabeza resonaban las miles de veces que le habló y contó historias y anécdotas de ese hermoso país.
Algo que su abuelo recordaba casi fotográficamente, eran las luces multicolor de las calles comerciales, “Ser porteño se lleva en la sangre y es para toda la vida” le decía una y otra vez, En sus planes estaba visitar la calle Corrientes ver sus teatros, sus cines y boliches,
sentarse debajo del obelisco a escuchar o ver algún payaso o mimo callejero, según su abuelo siempre había alguno ofreciendo sus incesantes números de circo o provocando las risas de los viandantes, sentía unas ganas locas de comerse un choripán,
pero los auténticos en algún local de la Calle Lavalle, tantas veces nombrada por su abuelo, El cual Trabajó en dicha calle siendo joven, trabajó repartiendo pan sobre una cesta bici, que es una especie de bicicleta con una gran cesta de mimbre.
En la parte de delante, y que cargada de pan repartía por los diferentes restaurantes de la zona; también quería visitar la calle Caminito, de la que en casa tiene un cuadro en la entrada principal, y mil lugares más que llevaba anotados en su agenda.
Ya con el billete y pasaporte localizados, solo quedaba esperar que llegara el taxi para llevarla al aeropuerto. Se sentó en el sofá y cogió una foto; era la foto de su propia boda.
―Qué guapo era Marcos ―pensó―. Besó la foto y la apretó contra su pecho.
―Cuánto me hubiera gustado ir juntos, Marcos.
En ese momento entró en casa María, su única hija, una joven de 25 años de apariencia igualmente frágil, el vivo retrato de su madre, pero escondida tras unas gafas que le dan un toque sofisticado.
Se acercó al sofá y se sentó junto a su madre, le dio un beso y, tomándole las manos, le dijo:
―Bueno, mamá, llegó el día no?
―Si así es, estoy un poco nerviosa; fíjate que no pensé que me pusiera nerviosa.
―Mamá, ¿estás segura de que es buena idea irte tú sola? ―preguntó su hija―
―Sí estoy totalmente segura, han sido muchos años de incertidumbres de abogados y de pleitos; sinceramente necesito un descanso, quiero desconectarme de todo esto, y a papá le gustaría saber que gastaré parte de la indemnización por su muerte en este viaje.
―¿Y cuándo regresarás? ―pregunto
―No lo sé, máximo en 3 meses, que es lo que tengo como visa turística, pero seguro que volveré antes.
―Mamá, no soy quién para decirte lo que debes o no debes hacer, pero tengo un nudo en la garganta; sinceramente, creo que irte sola es una locura ―le dijo María sujetando sus manos.
―Ya lo hemos hablado muchas veces, María, no tienes nada que temer, de verdad, hija. Además, estoy cansada de todos los días lo mismo, sentarme a ver pasar el tiempo, algún paseo por el barrio o ir de tiendas, donde al final nunca compro nada.
Desde que tu padre nos dejó, mi mayor aventura es ir al cine con cuatro amigas solteronas y una merienda en Rodilla o algún sitio similar.
―Lo sé, mamá, y no pretendo que sigas así, pero tengo miedo; pasar de eso a irte a Argentina sola va un mundo de diferencia.